La cuenta que mi hija no sabía que yo seguía
Tengo cuarenta y seis años y llevo cuatro viviendo solo en un piso del barrio de Ruzafa, en Valencia. Me separé de Carmen sin demasiado drama: nos habíamos querido, teníamos a nuestra hija, y en algún momento dejamos de tener sentido el uno para el otro. Ahora ella vive con su pareja en la misma ciudad y yo paso los días entre el trabajo, algún partido por la tele y esa vida paralela que he llevado siempre en silencio.
Porque siempre he tenido esa vida paralela. No lo cuento porque no hay manera de contarlo sin que la gente se forme una imagen de ti que no es exactamente correcta pero tampoco está del todo equivocada. Me gustan las cosas que no se dicen en voz alta. Me gusta saber lo que hay detrás de las puertas cerradas, lo que piensan las personas cuando nadie las observa, lo que desean y no admiten.
Llevo toda la vida siendo así y no voy a cambiar ahora.
***
Mi hija Claudia tiene veintidós años. Estudió diseño gráfico, trabaja de camarera los fines de semana y tiene más mundo del que debería para su edad, aunque eso también lo heredó de mí. Viene a casa a dormir de vez en cuando, cuando le queda cerca del piso para salir o cuando tiene ganas de cenar con su padre. Tenemos buena relación, del tipo que tienen los padres y los hijos cuando no viven juntos: sin roces, sin la fricción del día a día.
Yo la seguía en Instagram como cualquier padre. Fotos con amigas, algún atardecer, el tipo de contenido que sube la gente de su edad. Nada que me llamara demasiado la atención.
Hasta que una noche de noviembre, hojeando el móvil antes de dormir, el algoritmo me sugirió un perfil que no reconocí de inmediato. El nombre de usuario no me decía nada, pero algo en la imagen de portada me detuvo. Amplié la foto. La miré dos veces.
Era Claudia.
Un perfil diferente. Privado. Más de mil seguidores. Y en la descripción, un enlace.
Tardé menos de un minuto en hacer clic.
***
Era una plataforma de contenido para adultos. La suscripción mensual costaba diez euros.
Me quedé mirando la pantalla durante un buen rato. Luego fui a la cocina, bebí agua, volví al sofá y seguí mirando la pantalla.
Cierra esto y olvídalo.
No lo cerré.
Me creé una cuenta con un nombre falso, usé una tarjeta prepago que guardaba en el cajón del escritorio y me suscribí.
El primer vídeo empezaba con Claudia sentada en el borde de su cama, con una camiseta corta y sin sujetador, hablando a cámara como si le hablara a un amante. Se subió la camiseta muy despacio, sacándose primero un pecho y después el otro, y se pellizcó los pezones hasta ponerlos duros mientras miraba al objetivo con una media sonrisa. Después se metió una mano por dentro de las bragas y empezó a tocarse, y se le oía la respiración, y se le oía el ruido húmedo de los dedos moviéndose entre los labios de su coño.
En el segundo vídeo ya estaba desnuda, tumbada boca arriba, con las piernas abiertas de par en par apuntando a la cámara. Se lamía dos dedos y se los metía adentro, entrando y saliendo, arqueando la espalda, gimiendo bajito. Después sacó un vibrador rosa y se lo pasó por el clítoris hasta que se corrió de verdad, con las piernas temblando y un gemido largo que le salió del fondo de la garganta.
En el tercero se la mamaba a un tío al que solo se le veía el torso. Se metía la polla entera en la boca, hasta el fondo, y cuando la sacaba se le quedaban hilos de saliva colgando de la barbilla. Le miraba a los ojos mientras se la chupaba, sin apartar la vista, y de vez en cuando se la sacaba entera para lamerle los huevos con la lengua muy despacio.
Era su voz. Era su manera de ladear la cabeza cuando pensaba. Era la pequeña cicatriz en el hombro izquierdo de cuando se cayó en el patio del colegio con nueve años.
Vi cuatro vídeos esa noche. No dormí bien. Me la pelé dos veces antes de apagar el móvil y no fui capaz de mirarme en el espejo del baño después. Al día siguiente vi otros cinco.
***
No soy capaz de explicar qué fue exactamente lo que sentí durante esas primeras semanas. El conflicto es demasiado evidente como para no reconocerlo, y al mismo tiempo no había nada concreto que reconocer porque no había ninguna acción, ningún cruce de límites que no fueran los de mi propia cabeza.
Solo miraba. Solo pensaba. Solo me quedaba solo en el piso con la pantalla encendida y esa imagen que no podía desconectar.
Empecé a frecuentar ciertos foros en los que la gente habla de este tipo de cosas sin dar su nombre. Escribí en uno de ellos, con mucho cuidado, sobre la situación: que había descubierto que su hija adulta tenía contenido de ese tipo y que no sabía bien qué hacer con lo que sentía. Las respuestas fueron variadas. La mayoría, predecibles.
Pero uno de los mensajes privados que recibí fue diferente.
Era de alguien que se hacía llamar Rodrigo. Cincuenta años, también divorciado, también con una vida interior que no mostraba en el trabajo ni en las cenas familiares. Me escribió sin juzgar, sin aconsejar, sin hacer preguntas que no vinieran a cuento. Solo dijo que entendía.
Hablamos durante semanas. Primero de cosas generales, luego de cosas más concretas. Fue él quien, mucho después, me habló de la posibilidad de hacer algo que llamó una escena controlada: un encuentro acordado con una persona que acepta un rol de manera explícita, dentro de unos límites claros.
No lo consideré en serio hasta que empecé a pensar que quizás era la única manera de sacar aquello de mi cabeza durante al menos un tiempo.
***
Claudia seguía viniendo algunos fines de semana. Cenábamos, veíamos algo en la tele, ella me contaba cosas de su vida, las justas. Todo igual que antes.
Excepto que ya no era igual.
Una tarde, después de que se fuera, me quedé sentado en el sofá sin hacer nada durante un buen rato. Luego me levanté, fui hasta la puerta de su cuarto y me quedé en el umbral mirando la cama hecha, la silla del escritorio con una camiseta olvidada encima.
No entré. Cerré la puerta y me fui al otro extremo del piso.
Esto no puede seguir así.
Pero siguió así unas semanas más.
***
Encontré a Valeria en una plataforma de servicios para adultos. Su perfil decía que tenía veinticuatro años, que era discreta, que estaba abierta a conversar antes de cualquier encuentro. Le escribí un mensaje largo explicando lo que tenía en mente, con todo el cuidado y la precisión que pude. Esperé su respuesta con una mezcla de nerviosismo y algo parecido al alivio de haber dicho algo en voz alta por primera vez.
Respondió al día siguiente. Dijo que entendía perfectamente.
Quedamos en un bar antes del encuentro. Valeria tenía el pelo oscuro y liso, medía algo menos de metro sesenta y tenía una forma de moverse que me recordó a Claudia desde el primer momento, aunque no se parecieran demasiado en los rasgos. Era algo en la postura. En cómo apoyaba los codos sobre la mesa cuando escuchaba.
Le expliqué lo que quería. Escuchó sin cambiar la expresión, hizo algunas preguntas concretas, aclaró sus límites con precisión. Luego dijo que sí.
—Una condición —dije antes de levantarme—. Que no salgas del personaje hasta que te lo diga yo.
—Entendido —respondió.
***
En el piso, le pedí que usara el cuarto de Claudia. Había dejado algo sobre la cama para que se lo pusiera: una camiseta vieja de mi hija que había quedado olvidada en un cajón, sin bragas debajo. Esperé en el salón escuchando sus pasos, el ruido de la puerta al cerrarse, el silencio después.
Cuando Valeria abrió la puerta y apareció en el pasillo, me quedé quieto.
Era el mismo cuarto. La misma cama con la colcha oscura que mi hija había elegido dos veranos atrás. La misma penumbra con las persianas bajadas a medias. Y alguien que, desde ese ángulo, con esa ropa, podía ser cualquier persona que yo quisiera que fuera.
Entré despacio.
Me senté en el borde de la cama y puse una mano sobre su espalda. Ella respiraba con calma, los ojos cerrados, sin moverse.
—Llevo mucho tiempo pensando en esto —dije en voz baja—. Más tiempo del que debería.
No hubo respuesta. Tampoco la esperaba.
Le hablé durante un rato. Le dije cosas que no le había dicho a nadie, cosas que había guardado en los rincones más oscuros de esa vida paralela que llevo desde siempre. Cosas que pensaba cuando Claudia se iba del piso los domingos por la tarde y yo me quedaba mirando la puerta cerrada. Cosas que no tenían ningún lugar al que ir.
Después de un momento largo, Valeria se movió despacio y se giró hacia mí. Me miró sin decir nada. Luego extendió la mano y me la apoyó en el brazo.
—¿Seguimos? —preguntó en voz baja.
—Sí —dije.
Le subí la camiseta hasta los hombros y le dejé las tetas al aire, pequeñas, con los pezones oscuros y ya duros. Le pasé la lengua por uno y después por el otro, muy despacio, mordisqueándoselos, y ella arqueó la espalda y soltó el primer gemido de la noche. Le bajé la mano por el vientre hasta el coño y me la encontré ya empapada, con los labios hinchados, y le metí dos dedos de golpe. Estaba tan mojada que se oía el ruido húmedo cada vez que los sacaba y los volvía a meter.
—Papá —susurró de repente, sin que yo se lo hubiera pedido.
Se me cortó la respiración. La miré. Ella me sostuvo la mirada sin pestañear y volvió a decirlo, más bajo esta vez, casi contra mi oído.
—Papá, por favor.
La tumbé de espaldas y le abrí las piernas. Me arrodillé en el suelo, con la cara entre sus muslos, y le comí el coño como si llevara meses esperando ese momento. Le pasaba la lengua desde abajo hasta arriba, lento, deteniéndome en el clítoris, chupándoselo entre los labios, y ella me hundía las manos en el pelo y movía las caderas contra mi boca. Le metí la lengua entera, todo lo hondo que pude, y noté cómo se contraía. Cuando se corrió lo hizo mordiéndose el antebrazo para no gritar, con las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza.
Me levanté, me desnudé del todo y me subí encima de ella. La tenía frente a mí y la miraba a los ojos, y por un momento que no puedo describir bien su cara fue la cara que yo quería que fuera. La agarré del pelo con una mano y con la otra me guié la polla hasta la entrada de su coño. Empujé despacio, notando cómo se abría alrededor de mí, cómo lo iba tragando entero, hasta que se la metí toda de una vez y ella soltó un gemido largo contra mi cuello.
La follé despacio primero, con embestidas hondas, mirándola a la cara, buscando en su gesto lo que no podía buscar en ningún otro sitio. Después la puse a cuatro patas, de espaldas a mí, con la cabeza hundida en la almohada de mi hija y el culo levantado, y le volví a meter la polla hasta el fondo. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a embestirla fuerte, sin freno, oyendo cómo mis huevos chocaban contra ella cada vez que entraba entero. Le tiré del pelo, le pasé el pulgar por el ojete apretándoselo un poco, le di un cachete en el culo que le dejó la marca de la mano marcada en la piel.
—Sigue diciéndolo —le pedí con la voz rota.
—Papá —jadeaba ella cada vez que la embestía—. Papá, más fuerte, papá.
Le puse una mano en la nuca y la hundí más contra el colchón mientras la seguía follando. Ella metía la mano por debajo de su cuerpo y se frotaba el clítoris al ritmo de mis embestidas, y en algún momento se corrió otra vez, apretándome la polla por dentro con unos espasmos que casi me hacen terminar ahí mismo.
La giré. La quería mirar a la cara para el final. La puse boca arriba, le levanté las piernas apoyándomelas sobre los hombros y me hundí en ella hasta el fondo, tan hondo que ella soltó un gritito. La embestí así, doblada, con la cara a un palmo de la mía, mirándola fijo, y cuando noté que me llegaba se lo dije.
—Me corro.
—Dentro —dijo ella sin dudarlo, cumpliendo el guion hasta el final—. Córrete dentro, papá.
Me corrí a chorros dentro de ella con un gemido animal que me salió de un sitio que no sabía que existía. Empujé cuatro o cinco veces más, vaciándome del todo, y me quedé un momento así, encima de ella, con la polla todavía dentro, temblando. Me aferré a ese instante con la misma desesperación con que uno se aferra a los sueños justo antes de despertar. No duró mucho, pero duró lo suficiente.
Salí de ella despacio y me tumbé a su lado. Vi cómo el semen le chorreaba por dentro del muslo y le manchaba la colcha oscura de mi hija, y en lugar de sentir pena o vergüenza sentí un alivio hondo que no me esperaba. Valeria se quedó quieta a mi lado, sin decir nada, con la camiseta todavía subida y la respiración lenta.
—¿Estás bien? —preguntó después de un rato.
—Sí —respondí—. Creo que sí.
***
Nos quedamos hablando casi una hora. Ella se cambió de ropa, yo preparé café, y los dos nos sentamos en el salón con esa calma extraña que dejan las conversaciones que importan.
—¿Te ayudó? —me preguntó en algún momento.
Pensé la respuesta antes de darla.
—No sé si «ayudar» es la palabra correcta. Pero me sirvió para algo.
Valeria asintió como si eso tuviera sentido.
—La mayoría de la gente que viene no quiere lo que cree que quiere —dijo—. Quieren poder decirlo sin que nadie salga corriendo.
No respondí. Pero me pareció que tenía razón.
***
Claudia sigue subiendo contenido a su perfil. Yo sigo suscrito, sigo viendo los vídeos, sigo pensando en ella de maneras que no me enorgullecen y que tampoco he encontrado la manera de detener.
Sigo quedando con Valeria una vez al mes. A veces hacemos escenas. A veces solo hablamos.
La relación con mi hija continúa igual por fuera: cenas cada dos o tres semanas, mensajes de vez en cuando, el tipo de vínculo que tienen un padre y una hija que se quieren pero que ya no necesitan al otro para vivir. Ella no sabe nada. Yo sigo cargando con lo que sé.
Hay cosas que no tienen solución ni resolución limpia. Solo tienen el peso con el que uno aprende a convivir.
Yo llevo mucho tiempo aprendiendo.