El padre de mi amiga se ofreció a llevarme a casa
Me senté entre los dos en el coche y, cuando mi amiga bajó en su casa, quedé a solas con su padre y con una tensión que ninguno se atrevía a nombrar.
Me senté entre los dos en el coche y, cuando mi amiga bajó en su casa, quedé a solas con su padre y con una tensión que ninguno se atrevía a nombrar.
Bajé las escaleras vestida para servirles tragos, pero todos en esa sala sabían que el verdadero premio de la partida no estaba sobre la mesa, sino entre sus manos.
Yo seguía desnuda sobre la cama cuando la puerta se abrió, y por un segundo ninguno de los dos supo qué hacer con lo que el otro acababa de ver.
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Cualquiera habría pensado que después del banquete de la noche anterior estaríamos saciados. En esta casa, el deseo nunca descansa, y aquel domingo iba a desbordarse.
Mi madre creía que era otro hombre quien la embestía contra el cabecero. A su lado, mi hermana me lanzaba besos mientras mi padre la castigaba sin piedad.
Bajé las escaleras con el vestido que mamá había usado en sus últimas vacaciones. Cuando mi padre levantó la vista, supe que algo en él se había roto para siempre.
—Eso también podemos solucionarlo —murmuró mi hija con una sonrisa, y me tomó de la mano para llevarme hasta el baño del fondo del apartamento.
Pegué la oreja a la puerta cerrada de mis hermanas y entendí, demasiado tarde, que en mi familia ninguna regla se discutía: solo se obedecía.
El médico me mandó dos meses de reposo lejos de todo. Nunca imaginé que el descanso terminaría con mi hija desnudándose despacio frente a mí.
Subí furioso a regañarla por el ruido, pero cuando abrí la puerta y la vi así, fui yo quien se quedó sin palabras y sin voluntad.
Pedí un masaje en el pie casi en broma. No imaginé que esa noche, frente al fuego y con el vino encima, mi padre y mi primo dejarían de contenerse.
El vapor salió con ella envuelta en una toalla diminuta, y por primera vez en meses sentí ganas de tomar un pincel. Lo que vino después no debió pasar.
Con la casa para nosotros solos y él de espaldas entre los rosales, supe que esa tarde no me conformaría con seguir mirándolo desde la ventana.
Llevaba días con los ojos tapados y solo reconocía a la gente por su perfume y su voz. Aquella noche, sus manos no se parecían en nada a las de una enfermera.
Puse su dedo donde ningún padre debería tocar y lo sentí temblar. Dijo que no, que era mi padre. Pero esa noche descubrí en qué se convierte un hombre cuando se niega lo que más desea.
Vi su silueta recortada contra la luz de la nevera, descalza sobre la losa fría, y supe que esa noche no había bajado por un vaso de leche.
Su padre la observaba desde el borde del agua y, por primera vez, ella se preguntó qué se escondía detrás de esa mirada que la seguía en cada brazada.
El crujido del colchón en el cuarto de sus padres no era el del sexo: era el del robo. Sabina avanzó descalza por el pasillo hasta pegar el ojo a la rendija de la puerta.
Bastó una mentira para que mi padre dejara de mirarnos con rabia. Mi hermana lo supo antes que yo, y me hizo una señal con la cabeza para que siguiera.