Mi confesión de anal en nuestra segunda cita
Bajo el edredón, después de hacerla correrse varias veces, me pidió al oído que le abriera el culo despacio y sin dejar de mirarla.
Bajo el edredón, después de hacerla correrse varias veces, me pidió al oído que le abriera el culo despacio y sin dejar de mirarla.
Arrodillada frente al sofá, con el móvil apuntándome, dejé de sentir vergüenza cuando entendí para qué quería recordar mi boca.
Todo empezó con una discusión incómoda en el coche, pero en la fila del cine una señora desconocida lo cambió todo con una tensión que nadie debía notar.
Salí ardiendo de la camilla, plantada por la app y con tanta calentura encima que acabé llamando a quien menos debía.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Abrí la puerta sin avisar y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la pantalla y un secreto que llevaba meses guardándose. Esa tarde por fin me lo contó.
Trabajábamos en el mismo edificio y bastó un roce en el ascensor para que entendiera que estaba a punto de perder algo que creía intocable: mi voluntad.
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Llevaba años amasando pan con la vista clavada en el piso, hasta que una tarde de verano se quedó a solas con el hombre que la miraba distinto.
Jamás había visto a una mujer desnuda hasta esa tarde junto a la cascada. Lo que no sabía era que ese deseo terminaría embarcándolo hacia el fin del mundo.
Nunca pensé que un comentario sobre lo dócil que era su perra pudiera encender algo así entre dos viejos conocidos en el sofá de su casa.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
«Solo hay una forma de averiguarlo», dijo mientras se acercaba al potro. Yo había ido a que me sacara la zanahoria, no a correrme delante de un desconocido con bata.
Mi amiga creyó que veníamos a tomar el aire. Yo ya había elegido a mi presa: el moreno que jugaba con su hijo a diez metros de nosotras.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Siempre me dije que mis deslices eran culpa del alcohol. Esa mañana, sobria y a plena luz, supe que me había estado mintiendo.
Vi su nombre en la pantalla y supe que no debía contestar. Pero lo hice, y en cuanto escuché su voz volví a ser la mujer que juré no volver a ser.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
No cuento esto para aliviar mi conciencia, sino para confesar hasta dónde fui capaz de llegar aquella tarde, con él dormido en la camilla y ella a unos metros.