La noche que mi amiga me dejó sola con ellos
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Llevaba años amasando pan con la vista clavada en el piso, hasta que una tarde de verano se quedó a solas con el hombre que la miraba distinto.
Jamás había visto a una mujer desnuda hasta esa tarde junto a la cascada. Lo que no sabía era que ese deseo terminaría embarcándolo hacia el fin del mundo.
Nunca pensé que un comentario sobre lo dócil que era su perra pudiera encender algo así entre dos viejos conocidos en el sofá de su casa.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
«Solo hay una forma de averiguarlo», dijo mientras se acercaba al potro. Yo había ido a que me sacara la zanahoria, no a correrme delante de un desconocido con bata.
Mi amiga creyó que veníamos a tomar el aire. Yo ya había elegido a mi presa: el moreno que jugaba con su hijo a diez metros de nosotras.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Siempre me dije que mis deslices eran culpa del alcohol. Esa mañana, sobria y a plena luz, supe que me había estado mintiendo.
Vi su nombre en la pantalla y supe que no debía contestar. Pero lo hice, y en cuanto escuché su voz volví a ser la mujer que juré no volver a ser.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
No cuento esto para aliviar mi conciencia, sino para confesar hasta dónde fui capaz de llegar aquella tarde, con él dormido en la camilla y ella a unos metros.
Bajé el tenedor que se le había caído y, al agacharme bajo la mesa, descubrí algo que ninguno de los adultos sospechaba. Esa noche todo cambió.
Me había jurado que su virginidad era innegociable. Esa mañana, en el departamento que un amigo me prestó, me demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Nunca imaginé que un domingo cualquiera en el río terminaría conmigo de rodillas sobre el pasto, entregada a él y suplicando que no parara nunca.
Cuando su número apareció en la pantalla como una llamada perdida, supe que esa noche en la montaña iba a romper algo en ella que nunca podría rearmarse.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?