Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La sala que mi marido reservó para los ocho

—Sigo queriendo organizarlo —me susurró Lucas al oído mientras hacíamos la cuchara, y su erección encontraba sitio entre mis muslos.

Llevaba meses con la misma idea fija. Por mi cumpleaños le había regalado un lubricante que imitaba al semen con una fidelidad casi obscena, y le había dado permiso explícito para usarlo cuando y donde quisiera. Pensé, ingenuamente, que aquella concesión iba a calmar el asunto. El efecto fue justo el contrario: la idea acabó instalándose en su cabeza como una peonza que no dejaba de girar dentro de la caja fuerte de sus fantasías más profundas.

—Ya sabes lo que me da reparo del tema —le contesté, llevando las manos por detrás de mi cabeza para acariciarle el pelo de la nuca—. Tengo más dudas que ganas.

—¿Y si fuera capaz de atar todos los flecos? Al menos los más importantes —murmuró, amortiguando las palabras contra mi piel.

—Si fueras capaz de eso… no lo sé.

Notaba ya su humedad empapándome los labios.

—Al menos no es un no —concluyó, y entró despacio.

Su obstinación me provocaba ternura. Su entusiasmo, convencimiento. Lo hizo a traición, y él lo sabía perfectamente: en aquel momento de calor febril, difícilmente le iba a negar nada.

—Prepáralo todo y ya veremos —cedí, justo cuando lo sentí derramarse a golpecitos en mi interior.

***

No tardó nada en cumplir su parte. Tres semanas exactas. La conversación llegó un miércoles por la noche, en una de esas raras ocasiones en las que él se ofrecía a elegir la película antes de irnos a la cama. Qué casualidad que, justo aquella semana, le hubiera dado por descubrir el cine de Kubrick. Y qué casualidad mayor todavía que se interesara, así de pronto, por «Eyes Wide Shut».

—Creo que he conseguido atar todos los flecos —soltó a media película, sin apartar los ojos de la pantalla ni las manos de mis pies, que descansaban en su regazo.

—Qué eficiente eres para según qué cosas —contesté con mi tono habitual de condescendencia.

—He hablado con el club de intercambio que vimos el año que veraneamos en la costa. Ellos se encargan de todo.

—Define «todo».

—Les he explicado cómo somos y qué queremos exactamente. Ellos buscan a los demás chicos y se aseguran de que sea seguro. Tienen convenio con una clínica privada que les exige un examen completo doce horas antes del encuentro. Para esa noche nos reservarán una sala aparte, solo para nosotros. Para ti es gratis todo, incluso las consumiciones; yo me pago las copas, y los demás chicos pagan la entrada del club.

Lo soltó del tirón, como si llevara semanas ensayándolo, intentando no dejarse ningún argumento en el tintero.

Me quedé en blanco. No sabía qué decir, qué hacer, ni dónde mirar. Un torrente de pensamientos me martilleó la cabeza al mismo tiempo. Por un lado, le había lanzado un reto y lo había superado de un plumazo, resolviendo casi todas mis preocupaciones sanitarias y logísticas. Por otro, me seguía pareciendo una fantasía obscena, sexualmente agresiva, algo que nunca me había atraído por sí mismo. Pero confrontaba directamente con el morbo inmenso que me producía complacer a mi marido y verle perder la cabeza.

—Vale —concluí, cuando comprobé que la balanza se había decantado irremediablemente hacia su lado.

Noté cómo su erección crecía al instante bajo la manta, levantándome los dedos de los pies que mantenía apoyados en su regazo. Se le escapó un suspiro: no supe si de alivio o de placer. Aquello despertó en mí las ganas de seguir haciéndome la dura. Lo pisé con más fuerza, intencionadamente. Me encantaba anticipar sus reacciones; sabía exactamente cómo iba a estremecerse.

—Vale —repitió él, asimilando su victoria.

—¿Y cuántos chicos se han apuntado? —pregunté, fingiendo curiosidad casual mientras buscaba el camino para abrirme paso bajo la tela de su pantalón.

—Siete. Seríamos ocho, contándome a mí.

—Ocho… —murmuré, atrapando su erección al vuelo entre la planta y el empeine de mi pie desnudo.

Ocho, repetí dentro de mi cabeza. Y empecé a calcular cómo demonios iba a gestionar aquello. A duras penas había podido concentrarme en atender a Lucas la noche que me senté a horcajadas sobre Hernán dándole la espalda, en nuestro primer y único trío. Y, de repente, fui consciente de la avalancha de dudas —logísticas, físicas, carnales— que se me venían encima y que, por puro orgullo, no podía poner sobre el tablero.

Empecé a masturbarlo de la mejor manera de la que soy capaz cuando lo hago con los pies, aunque a él le bastaba sentir mi calor y mi suavidad para volverse loco. A mí, en cambio, me encantaba notar su dureza y sus contracciones bajo mi piel. La humedad de su glande empapándome los dedos. Recoger con ellos las gotitas transparentes que asomaban por la punta y estirarlas hasta romperlas en mil filamentos pegajosos para lubricarlo.

Inicié con torpeza el vaivén, atrapándolo con firmeza entre mis almohadillas. Dejé que me sujetara los tobillos para guiarme, marcando él el ritmo, hasta hacerlo acabar allí mismo. Noté cómo su semen caliente me manchaba el empeine y resbalaba hasta su pierna.

—¿Y cuándo sería? —pregunté en la penumbra, esperando inmóvil a que se le normalizara la respiración.

—Este sábado.

—¡¿Este sábado?! —repetí, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.

—Sí. Podemos entrar al local hacia las once de la noche, y nos reservan la sala de doce a dos de la madrugada.

—Joder —acerté a decir, mientras me limpiaba el pie con un pañuelo de papel.

—Tenemos hasta el viernes por la mañana para cancelar sin compromiso, y hasta el sábado a mediodía pagando una penalización. Piénsatelo bien. Necesito que estés cien por cien segura, porque yo no lo voy a disfrutar si tú vas a estar incómoda.

—Sí, no te preocupes. Iremos. Seguramente iremos. Es solo que me ha entrado vértigo por la proximidad de la fecha, nada más.

Y una mierda «nada más».

***

No estuve convencida ni siquiera a las once y veinte de la noche de aquel sábado, cuando ya estábamos dentro del local. Durante todo el trayecto en coche habíamos ido en completo silencio, escuchando de fondo cualquier cosa que escupiera la radio. Y, sinceramente, creo que él iba mucho más nervioso que yo.

Llegamos con tiempo de sobra. Cenamos en un restaurante a dos calles del club, intentando aplacar los nervios con un par de copas de vino que apenas tocamos, y entramos al local antes de la hora marcada para tomar algo en la barra.

Allí conocimos a los siete chicos que el club había seleccionado.

Puede parecer una tontería, pero aquella charla trivial —el establecer cierta sintonía visual, el comprobar que eran tipos normales y educados, el escuchar cómo a uno de ellos se le quebraba un poco la voz al pedirme una copa— me ayudó a relajar los hombros. A afianzar mi papel en aquel teatro que estábamos a punto de empezar.

Eran muy distintos entre sí. Uno alto, con el pelo casi rapado y una sonrisa demasiado simétrica para ser sincera. Otro bajito, con barba cuidada al milímetro y unas gafas de pasta que se quitaba cada vez que iba a hablar. Otro de mi edad, con la piel oscura y los ojos verdes, que apenas decía nada y se quedaba un paso por detrás de los demás, observando. Los recuerdo por gestos, no por nombres. Los nombres me los habían dicho en la presentación, pero no me detuve a fijarlos. No quería fijarlos.

Lucas se mantuvo a mi lado todo el rato, rozándome la espalda baja con la palma de la mano. Una caricia casi paternal, como recordándome que él seguía estando ahí. Que yo no estaba sola. Que aquello, por descabellado que pareciera, lo habíamos decidido juntos.

Cuando llegó la medianoche, la encargada nos indicó el protocolo. La sala ya estaba preparada. Me pidieron que entrara yo primero, que me pusiera cómoda y que, cuando estuviera lista, pulsara un interruptor de la pared para avisarles.

El cuarto era impecable. Aséptico. Cuidado hasta el último detalle. Olía a un desinfectante neutro que casi parecía perfume. Las paredes, pintadas en un beige cálido. Una lámpara cenital con luz regulable, que la encargada había dejado en un punto medio: ni hospitalaria ni cabaretera. Una butaca baja en una esquina. Un par de toallas dobladas con esmero sobre una banqueta. Y, en el centro, una alfombra grande, gruesa, a juego con las paredes.

Respiré hondo. Me desnudé despacio, sin mirar al espejo de la pared del fondo, dejando sobre mi piel únicamente un tanga minúsculo. Me recogí el pelo por detrás de las orejas para despejarme la cara y el cuello. Tiré un par de cojines mullidos al suelo, sobre la alfombra, para no hacerme daño en las rodillas cuando quisiera arrodillarme.

Y pulsé el botón.

Al otro lado de la puerta principal había una especie de vestidor con taquillas, así que los ocho entraron directamente desnudos, sin ropa que les diera pausa.

El espacio se contrajo de golpe.

De repente, el aire de la sala se volvió denso, pesado, cargado con un olor inconfundible a almizcle masculino. Ocho hombres adultos cerraron el círculo a mi alrededor, bloqueando la luz de la lámpara cenital, convirtiéndose en una muralla asfixiante de carne, vello y erecciones. El calor que irradiaban sus cuerpos era casi sofocante.

Busqué a Lucas con la mirada en aquel paisaje confuso de torsos y manos. Lo encontré. Estaba pálido, casi temblando, mucho más afectado por la situación que yo. Y en aquel instante, mientras él contenía la respiración y los otros siete esperaban una señal mía, comprendí algo que llevaba semanas esquivando: en aquel círculo de ocho hombres, la única que tenía poder real era yo. La única dueña de cómo iba a desarrollarse la siguiente hora era yo. Y el único que, si no andaba con cuidado, iba a perder de verdad la cabeza esa noche, era él.

Me arrodillé sobre los cojines, lentamente, sin apartar los ojos de los suyos.

Y antes de cerrarlos, le dediqué la sonrisa más tranquila que pude poner.

Valora este relato

Comentarios (7)

ElTorcido_99

buenisimo!!

Caro_BA

Se me hizo cortisimo, quiero la segunda parte ya!!!

SilvanaMdz

Que bien narrado, la tension desde el primer parrafo no te suelta. Sigue escribiendo!

MarcoGdl

jajaja solo con el titulo ya sabia que iba a ser tremendo. No defrauda para nada.

Gonzalo_87

Me encanto como construis la espera, esa mezcla de angustia y deseo es lo que hace que no puedas dejar de leer. De los mejores que lei este mes.

LauraB91

Me recordo a una fantasia que tuve hace años y nunca me anime a contar. Muy bien escrito, muy real.

Ramiro_cba

Excelente relato, de los mejores de esta categoria. Esperando mas!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.