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Relatos Ardientes

Esa noche invitamos al maestro a casa

Sofía lo vio primero.

Estaban en la librería del centro, pasando el sábado de esa manera perezosa que tienen las parejas cuando no tienen plan concreto, cuando ella lo reconoció desde el fondo del pasillo de filosofía. La espalda erguida, la chaqueta de pana oscura, los dedos siguiendo el lomo de un libro como si estuviera leyendo en braille. El profesor Víctor Aranda, en persona, a cinco años de distancia y a tres metros de ellos.

—Andrés —susurró ella, apretándole el brazo—. Andrés, míralo.

El encuentro duró veinte minutos. Charla sobre la maestría, sobre sus trabajos actuales en la universidad, sobre la ciudad que había cambiado. Víctor había pasado tres años en Lisboa después del doctorado. Al despedirse, Andrés lanzó la pregunta con esa naturalidad suya que nunca tiene trampa: «¿Y si mejor vienes a cenar un día de estos?».

Víctor aceptó el viernes.

Caminaron de regreso en silencio durante los primeros dos bloques. Luego Andrés soltó una risita baja que Sofía sintió más en el pecho que en los oídos.

—¿Qué? —dijo ella, aunque ya sabía.

—Nada. Que me acuerdo de lo que me dijiste aquel martes. Cuando llegaste de clase con esa cara.

Sofía apretó su mano y no respondió. Él no se equivocaba. Hacía dos años, cuando decidieron abrirse, habían hablado de fantasías con esa franqueza incómoda al principio y liberadora después. El nombre de Víctor había aparecido una noche, dicho casi en voz baja, y Andrés lo había repetido despacio antes de decir «cuéntame más».

—No tenemos que hacer nada —dijo Sofía.

—Ya sé que no tenemos que hacer nada.

—Pero si surge algo...

—Si surge, ya vemos.

La semana que siguió fue lenta de esa manera específica en que se vuelven lentas las semanas de anticipación. Sofía pensaba en él durante las reuniones de departamento, mientras corregía trabajos finales, mientras esperaba el café. Andrés planeó el menú con más cuidado del habitual: embutidos, pasta con pesto casero, una botella de Malbec que tenían reservada para algo que valiera la pena. «Si va a ser una noche memorable, que empiece bien», dijo.

El viernes, a las ocho, sonó el timbre.

***

Víctor llegó con vino y con una pregunta sobre un filósofo contemporáneo que Sofía no había leído pero fingió haber considerado. Se sentaron a la mesa. Las velas hacían que todo pareciera más íntimo de lo que pretendían admitir.

Al principio la conversación fue la de siempre: la universidad, los alumnos difíciles, la burocracia académica que aplastaba proyectos interesantes. Víctor hablaba con esa precisión que Sofía recordaba de las clases, esa capacidad para llegar al núcleo de cualquier asunto sin rodeos innecesarios. Pero sus ojos, cuando no hablaba, volvían una y otra vez hacia ella.

No era un mirar brusco. Era el tipo de mirada que nota detalles: cómo inclinaba la cabeza al escuchar, el gesto de llevarse el vaso a los labios, la manera en que el vestido verde se ajustaba al contorno de sus hombros cuando se movía. Sofía lo captaba todo y sentía un calor que no era del vino.

Fue durante el segundo plato cuando ocurrió. Sofía se levantó para traer más pan, y al girar hacia la cocina, notó que la conversación se había detenido por completo. Cuando volvió, Víctor estaba mirando su plato con una concentración excesiva, y Andrés tenía una sonrisa que no intentaba ocultar.

—¿Me perdí algo? —preguntó Sofía, dejando el pan sobre la mesa.

—Nada —dijo Andrés—. El maestro estaba reflexionando.

Víctor levantó la vista. Las mejillas, ligeramente sonrojadas, contrastaban con su compostura habitual.

—Disculpa —dijo, dirigiéndose a Andrés—. No pretendía ser descortés.

—No lo eres —respondió Andrés, con ese tono tranquilo que nunca tiene trampa—. Sofía genera ese efecto. Siempre lo ha hecho. Yo lo sé mejor que nadie.

Sofía se sentó con las mejillas calientes, mordiéndose el labio. Víctor la miró entonces directamente, y algo en su expresión cambió, como si una calculación interna hubiera llegado a su conclusión.

La conversación derivó sola hacia el tiempo en Lisboa. Víctor habló de una pareja que había tenido allí, una relación que entendía el deseo de manera diferente a todo lo que había conocido antes. «Sin posesión», dijo, girando el vaso entre los dedos. «Sin el miedo de que querer a alguien implica que no puedes querer a otro. Fue la primera vez que entendí que los celos son aprendidos, no inevitables».

Andrés y Sofía se miraron.

—Nosotros llevamos dos años explorando algo parecido —dijo Andrés, sin dramatismo, como si comentara el tiempo afuera.

Víctor no respondió de inmediato. Los estudió a los dos durante un segundo que se extendió lo suficiente para notar.

—Entiendo —dijo al fin—. ¿Y esta cena es parte de esa exploración?

—Puede ser —dijo Sofía—. Depende de la noche.

***

Pasaron al sofá con las copas. Era casi la medianoche y el Malbec estaba a punto de acabar. Sofía se sentó entre ellos y sintió el calor de ambos cuerpos como dos fuentes distintas de una misma energía.

Víctor habló menos. Escuchaba más, con esa capacidad suya de procesar antes de actuar. Su mano, en un momento dado, se posó sobre la rodilla de Sofía mientras enfatizaba un punto de la conversación, y se quedó ahí unos segundos de más antes de retirarse. Andrés observaba. Sofía notó que él se había echado ligeramente hacia atrás, cediéndoles espacio, una señal que ella reconocía bien.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Víctor, dirigiéndose a Sofía.

—Claro.

—En clase, ¿alguna vez pensaste en esto?

Ella tardó un momento.

—En clase pensaba en las lecturas —dijo—. Después de clase, a veces.

La sonrisa que Víctor esbozó entonces no era la del aula. Era más lenta, más personal.

Se inclinó hacia ella y la besó. Fue un beso pausado, sin prisa, como si estuviera aprendiendo algo nuevo. Sofía correspondió con los ojos cerrados, sus manos subiéndole por el pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa. Andrés, a su lado, rozó su cuello con los labios y susurró: «Esto es lo que imaginamos».

Las manos de Víctor se movían con cuidado. Trazaba el contorno de sus hombros, bajaba por su espalda, memorizando cada forma. El vestido se abrió despacio, centímetro a centímetro, y el aire fresco de la sala tocó su piel. Andrés la besaba en el hombro, en el cuello, sus manos siguiendo caminos paralelos desde el otro lado.

Víctor retrocedió un instante para mirarla. En su mirada no había nada teatral. Solo atención. La observó de arriba abajo con una concentración que a Sofía le resultó más erótica que cualquier halago. Luego se desabotonó la camisa sin ceremonias y la dejó caer al sillón.

Se arrodilló frente a ella. Le apartó la tela con los dedos y empezó con la boca, despacio, metódico, sin apresurarse. Sofía arqueó la espalda. Sus muslos se apretaron instintivamente alrededor de su cabeza antes de aflojarse de nuevo. El placer llegó en olas, cada una más intensa que la anterior, hasta que estalló en un orgasmo que la dejó sin voz, con los dedos apretados en su pelo.

Andrés la besó mientras ella se recomponía. «¿Bien?», preguntó contra su sien. Ella asintió sin palabras.

***

Víctor se acomodó en el sofá y Sofía se montó sobre él con lentitud, bajando poco a poco, sintiendo su cuerpo abrirse para recibirlo. El sonido que él emitió fue breve, contenido, como si la intensidad lo hubiera sorprendido.

Marcó el ritmo ella. Víctor lo aceptó sin resistencia, sus manos en sus caderas más para sentir que para guiar. Andrés se colocó detrás de Sofía, sus labios en su nuca, su palma abierta sobre su vientre, y la sensación de tenerlos a los dos al mismo tiempo la hizo cerrar los ojos y respirar hondo.

—Despacio —pidió Sofía, y ambos ralentizaron sin decir nada.

Lo que siguió fue un ajuste continuo de ritmos y posiciones, guiado por señales pequeñas. Sofía tomaba la iniciativa cuando quería más y los frenaba cuando necesitaba pausar. Víctor leía su cuerpo con la misma atención con que había leído la conversación durante la cena. Andrés, que la conocía desde hacía seis años, completaba lo que los otros dos dejaban sin decir.

Sofía llegó de nuevo, esta vez con un gemido largo que no intentó suprimir. Víctor siguió poco después, con las manos apretadas en sus caderas. Andrés fue el último, la frente apoyada en su hombro, una exhalación larga y lenta.

Se quedaron quietos durante un momento, los tres respirando juntos.

—Dios —dijo Víctor en voz baja.

Sofía y Andrés rieron al mismo tiempo.

***

Durmieron los tres en la cama. Sofía en el centro, un brazo de cada uno cruzado sobre su vientre. La última imagen antes de que el sueño la reclamara fue el techo blanco con una grieta que llevaba años ahí y que nunca habían reparado.

A las ocho escuchó el agua del baño. Se quedó tumbada un momento, con Andrés aún dormido a su lado, mirando ese mismo techo. Luego se levantó.

El vapor ya empañaba el espejo cuando entró. Víctor la vio a través del cristal de la ducha y sonrió.

—¿Vienes? —dijo.

El agua estaba caliente. Se presionaron bajo el chorro, jabón resbalando por sus pieles, y Sofía sintió las manos de Víctor recorrerle la espalda con una lentitud que ya no era exploratoria sino reconocedora: ya sabía lo que encontraba ahí y quería encontrarlo de nuevo. La besó en el cuello. Ella se giró y lo besó en la boca.

Fue diferente a la noche anterior. Sin audiencia, sin la tensión de lo desconocido. Solo los dos bajo el agua, el ruido de la ducha amortiguando cualquier sonido. Cuando terminaron, se quedaron apoyados uno contra el otro durante un momento, recuperando el aliento.

—Gracias —dijo Víctor en voz baja.

—¿Por qué? —preguntó Sofía.

—Por la invitación.

***

Andrés preparó café y tostadas con mermelada de ciruela. Los tres se sentaron en la cocina pequeña, los codos sobre la mesa, sin necesidad de llenar el silencio.

—Si hubiera sabido cómo terminaban las cenas de exalumnos —dijo Víctor—, habría aceptado antes las invitaciones.

—No todas terminan así —dijo Andrés—. Solo las que valen la pena.

Sofía mordió una tostada y no dijo nada, pero sonrió hacia su taza.

Víctor se marchó alrededor del mediodía. Abrazó a Andrés en la puerta con ese apretón de mano que se convierte en abrazo. A Sofía la sostuvo un instante de más, sus labios rozando su mejilla. «Nos vemos», dijo desde el rellano, y bajó las escaleras sin mirar atrás.

Sofía cerró la puerta y se recostó contra ella.

—¿Bien? —preguntó Andrés desde el sofá.

—Muy bien.

Él sonrió. Ella fue a buscar su café, que ya estaba frío, y se sentó a su lado con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Afuera había empezado a llover con esa mansedumbre característica de los domingos.

—¿Qué fue lo que más te gustó? —preguntó Andrés.

Sofía pensó durante un momento.

—Cuando paró para preguntarme si estaba bien.

Andrés asintió despacio, dejando que el silencio se asentara entre los dos como una manta.

—Sí —dijo—. Eso estuvo bien.

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Comentarios (8)

Nico_Noche

Excelente!!! se notaba desde el principio que la cena era solo un pretexto jaja

Angie_lect

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas sobre el maestro

DiegoPaz

Me encantó como lo contaste, la tension antes de que todo pase es lo mejor. Seguí escribiendo!

Rodrigo_lect

Me recordó a una situacion similar que viví hace años jaja. Muy bien contado, se siente real

Lili_noc

Se hizo corto, quiero mas :)

VeranoK99

La forma en que describiste ese momento de complicidad sin palabras... genial. Uno de los mejores que lei aca

CaroP

jajaja el titulo lo dice todo. Muy entretenido y bien escrito, nada ordinario

TaniaMar

Que tension tan bien descripta, lo senti en carne propia leyendolo. Bravo!

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