Los viernes Valeria siempre estaba lista
Era viernes, y los viernes tenían su propio lenguaje.
Me detuve frente a la casa de los padres de Valeria y apagué el motor. No hice falta llamarla: la puerta se abrió antes de que yo bajara del coche, y allí estaba ella bajo el umbral, con la luz del atardecer cayéndole de lado. Llevaba el vestido azul, el corto, el que apenas le rozaba los muslos. El escote en V dejaba adivinar la curva de sus tetas sin llegar a mostrarlas del todo, y eso era, en sí mismo, una forma de provocación que conocía bien.
Sabía perfectamente lo que hacía. Llevábamos meses construyendo este ritual en las noches que seguían al sexo, cuando los dos estábamos tumbados y sin defensas y yo le contaba mis ideas en voz baja, casi en susurro, con mi polla todavía blanda contra su muslo y su coño empapado de mi corrida. Ella escuchaba, preguntaba a veces, y a la semana siguiente aparecía convertida en la versión exacta de lo que yo había descrito. Hoy, como siempre: nada de ropa interior. Ni bragas ni sujetador. Solo la tela azul contra la piel desnuda y ese coño esperando.
—Hola —dijo desde la puerta, con esa sonrisa apenas insinuada.
—Estás perfecta —le dije mientras abría la puerta del copiloto.
Ella subió al coche con esa gracia suya, cruzando las piernas despacio, y el vestido se subió lo suficiente para que, antes de que yo pusiera primera, ya viera el brillo húmedo entre sus muslos y supiera todo lo que necesitaba saber sobre el estado de las cosas.
***
Salimos del barrio con la radio baja. En cuanto llegamos a la avenida principal, mi mano derecha dejó el volante.
—Tócate —dije. No fue una orden. Fue una petición que los dos sabíamos cómo terminar.
Valeria no dudó. Sus dedos se deslizaron bajo el dobladillo del vestido con una familiaridad tranquila, sin apuro, sin teatralidad. La escuché inhalar por la nariz cuando se rozó el clítoris con la yema del dedo corazón.
—Ya estaba mojada —dijo, casi para sí misma.
—Lo sé. Ábrete el vestido. Quiero verte los dedos.
Ella se subió la tela hasta la cintura sin apartar la vista del parabrisas. Miré de reojo: su coño estaba abierto, brillante, con dos dedos deslizándose despacio entre los labios hinchados y un hilo de flujo estirándose entre la yema y la carne cada vez que los separaba. Sus mejillas se tiñeron de ese rosa que solo aparecía en estos momentos. Mantuvo la vista al frente, con esa expresión de quien intenta parecer normal mientras por dentro se deshace, y sus dedos empezaron a moverse en círculos lentos sobre el clítoris que yo reconocía por el ritmo de su respiración.
—Métetelos —dije en el siguiente semáforo—. Dos. Despacio.
Obedeció. Se llevó los dos dedos a la boca primero, los chupó con una lentitud calculada, y después los bajó y se los hundió en el coño hasta los nudillos. El sonido húmedo llegó por encima de la radio, ese chasquido inequívoco de dedos entrando y saliendo de una mujer empapada. Yo conducía y la miraba de reojo. El semáforo en rojo fue casi un regalo.
—Más despacio —pedí—. Quiero que llegues justo antes del cine.
Ella apretó los labios y me miró de lado, con esa mezcla de irritación y rendición que me costaba describir con palabras pero que reconocía enseguida.
—Eres imposible, Andrés.
—Ya lo sé. Sigue.
Sus dedos obedecieron. Más lento. Más preciso. El pulgar en el clítoris, dos dedos dentro, la muñeca girando apenas en cada embestida. Ella bajó el hombro contra el respaldo y su respiración se fue haciendo más corta, más irregular, con paradas breves cuando yo la miraba demasiado fijo. Vi cómo se pellizcaba un pezón por encima de la tela con la mano libre, cómo se le endurecía la punta contra el algodón. Para cuando encontramos aparcamiento frente al complejo, tenía la nuca apoyada en el asiento, los muslos abiertos hasta donde daba el cinturón y los ojos entrecerrados. El asiento debajo de ella estaba oscuro de humedad.
—Ahora —dije.
Cuatro segundos después su cuerpo se tensó, un gemido ahogado escapó entre sus dientes, y su mano se quedó quieta con los dedos hundidos hasta el fondo mientras el coño le palpitaba alrededor. La vi abrir los ojos despacio. Se sacó los dedos, escurridos de flujo, y me los acercó a la boca. Los chupé sin apartar la mirada del suyo, saboreando el gusto salado y dulzón, hasta dejarlos limpios.
—Bien —dije, arrancando el freno de mano.
—Eres un cabrón —murmuró. Pero sonreía.
***
La fila del cine era corta. Elegimos una película sin leer el título, solo buscando el horario más próximo. Compramos algo de beber por puro teatro. La sala estaba casi vacía, con un par de personas en las filas del centro y alguien solitario al fondo izquierda que miraba la pantalla sin moverse.
Nos sentamos al fondo, en el rincón de la derecha, y en cuanto las luces se atenuaron mi mano buscó su rodilla.
—Ábrete un poco —susurré.
Valeria se acomodó en el asiento, despacio, con esa conciencia plena de cada movimiento que a mí me resultaba imposible de ignorar. Separó las piernas todo lo que el asiento le permitía y dejó caer una rodilla contra la mía. Era como si en estos momentos se convirtiera en otra persona: no menos ella misma, sino más. Más concentrada. Más presente en su propio cuerpo.
Metí la mano bajo el vestido.
Estaba caliente, empapada todavía por lo del coche, con los labios hinchados y el clítoris duro bajo la yema del pulgar. Noté cómo contenía la respiración cuando la toqué, y ese instante de contención, ese segundo antes de entregarse, era para mí mejor que cualquier otra cosa. Empecé despacio, dibujando círculos pequeños en el clítoris, sintiendo cómo se le contraía el vientre contra el dorso de mi mano. La pantalla proyectaba colores sobre su perfil. Ella miraba al frente con una expresión de absoluta concentración en la película que no engañaba a nadie, aunque no había nadie mirando.
Introduje dos dedos.
El coño se los tragó de golpe, apretado y resbaladizo, y ella dio un pequeño respingo que hizo crujir el asiento. Su mano encontró mi antebrazo, no para detenerme sino para aferrarse, clavándome las uñas por encima de la manga. Sus caderas hicieron un movimiento imperceptible hacia delante, buscando más profundidad.
—Quieta —susurré.
—No puedo —respondió entre dientes.
—Inténtalo.
Curvé los dedos hacia arriba, buscando ese punto rugoso que la volvía loca. Lo encontré. Ella dejó escapar un jadeo que tuve que ahogar poniéndole la otra mano en la boca. Sentí sus labios abrirse contra mi palma, la lengua húmeda buscando aire, los dientes rozándome sin llegar a morder. Con dos dedos dentro y el pulgar sobre el clítoris, empecé a marcarle un ritmo que se acompasaba con los cambios de plano de la película. Subí el ritmo, pausé, volví a empezar. La escuchaba respirar contra mi mano, sentía su aliento caliente estrellándose contra la piel, y su coño empapando el asiento debajo de ella.
Ella se mordió el labio hasta que se le puso blanco. Cuando llegó, sus caderas se despegaron del asiento y su coño se cerró alrededor de mis dedos con tanta fuerza que casi no podía moverlos. El sonido que hizo fue tan pequeño que solo yo lo oí, tapado a medias por la banda sonora, pero lo sentí entero en cómo sus músculos se cerraron y volvieron a abrirse en oleadas mientras el cuerpo decidía sin consultarle. Le saqué los dedos empapados, se los llevé a los labios y ella los chupó despacio, mirándome de reojo.
Salimos antes de que terminara la película.
***
El camino de tierra lo conocíamos desde hacía casi un año. Una desviación antes de llegar al polígono, entre eucaliptos que olían diferente según la estación. En primavera a resina y tierra seca, con grillos que llenaban el silencio de una forma que hacía todo más íntimo.
Aparqué entre los árboles. Apagué los faros. Por un momento nos quedamos en silencio, escuchando cómo el motor se enfriaba.
—Sal —le dije.
Valeria salió sin preguntar. La capota aún guardaba el calor del motor, y cuando la empujé suavemente contra ella sus manos buscaron apoyo y se quedaron planas sobre el metal.
Le levanté el vestido hasta la cintura. Su culo quedó al aire, blanco bajo el poco de luna que colaba entre las ramas, con esa curva de la cadera que me obligaba a llenarla con las manos. Le pasé la palma abierta por una nalga, se la apreté hasta dejarle la marca de los dedos, y le abrí las piernas con una rodilla entre las suyas.
—Mira hacia los árboles —dije.
—¿Por qué?
—Porque me gusta.
Ella giró la cabeza. Me bajé la bragueta, saqué la polla, dura ya desde el cine, y me la pasé un par de veces entre los labios de su coño para empaparla. Ella gimió cuando la punta le rozó el clítoris. La luz que quedaba era poca pero suficiente para ver la línea de su espalda, la curva de sus caderas, el modo en que se aferraba al metal como si necesitara sujetarse a algo sólido. La penetré de un empuje, hasta el fondo, y el sonido que hizo contra la noche no se parecía a nada de lo que hacía entre cuatro paredes. Más libre. Sin filtro. Un gemido largo, hondo, que se perdió entre los eucaliptos.
Empecé a moverme.
Al principio despacio, saliendo casi entero para volver a hundirla hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se ajustaba a mí a cada embestida. Ella arqueaba la espalda, subía el culo, buscaba el ángulo. Le agarré la cadera con una mano y la nuca con la otra, presionándola contra el capó, y aceleré. Los golpes de mis muslos contra sus nalgas sonaban obscenos en el silencio del bosque, un chasquido húmedo y sordo que se repetía sin descanso. Sus dedos arañaron la pintura. Le mordí el hombro, despacio, y después el cuello, marcándoselo con los dientes por encima de la clavícula. Ella echó la cabeza atrás y dijo mi nombre dos veces, la segunda casi como una pregunta, y cambié el ángulo para que lo dijera una tercera.
—Más fuerte —pidió—. Fóllame más fuerte.
Se lo di. La sujeté por las caderas con las dos manos y la embestí sin tregua, viéndole el culo temblar con cada golpe, oyendo cómo se le escapaba el aire entre los dientes. Le pasé un dedo por la raja del culo, húmedo del flujo que le chorreaba por los muslos, y le apreté el otro agujero con la yema. Ella gritó, ahogado, y su coño se cerró alrededor de mi polla en una contracción que casi me obliga a correrme.
—Al asiento —dije, saliendo con un chasquido húmedo.
Después cambiamos de posición. Ella encima, en el asiento trasero, con las rodillas a ambos lados de mis caderas y el vestido remangado hasta las axilas. Le arranqué el vestido por arriba, dejándola desnuda por completo, y sus tetas quedaron balanceándose delante de mi cara con cada movimiento. Se agarró a mis hombros, se bajó despacio, y volvió a tragarse toda la polla con un gemido gutural. La observé. Me gustaba observarla siempre, pero en este estado más que en ningún otro: los ojos medio cerrados, el labio inferior atrapado entre los dientes, los pezones duros y enrojecidos por la fricción, las gotas de sudor deslizándose entre las tetas.
Le chupé un pezón, mordiéndolo con cuidado, mientras ella empezaba a cabalgarme cada vez más rápido. Su culo golpeaba contra mis muslos, el asiento crujía, la ventanilla se empañaba con nuestro aliento. Le agarré las nalgas con las dos manos y la ayudé a subir y bajar, guiando el ritmo, sintiendo cómo su coño me apretaba en cada bajada.
—No pares —dijo.
No paré. La embestí desde abajo, levantando las caderas para clavársela hasta el fondo, y ella se dejó caer del todo, gimiendo cada vez más alto, sin cuidarse ya del ruido. Cuando se corrió, lo hizo temblando entera, con el coño estrujándome en oleadas que me arrastraron a mí un segundo después. Me vine dentro, empujándola hacia abajo con las dos manos en las caderas, sintiendo cómo mi corrida la llenaba y se le escapaba enseguida por los bordes, mojándome los cojones y los muslos.
Nos corrimos con poca diferencia entre uno y otro, y después nos quedamos quietos un rato largo, con la frente de ella apoyada en la mía, mi polla aún dentro y ablandándose despacio, y el sonido de los grillos entrando por la ventanilla entreabierta. Un hilo de semen le bajó por el muslo hasta manchar el tapizado. Ninguno de los dos se movió a limpiarlo.
***
La primera vez que nos encontró la patrulla fue en octubre, casi al principio de todo.
Estábamos en el asiento trasero, Valeria encima de mí con la polla dentro, cuando las luces azules iluminaron el interior del coche. Nos detuvimos los dos a la vez, sin ponernos de acuerdo. Ella se levantó, se sacó la polla del coño con un chasquido, bajó el vestido. Yo subí el pantalón con la verga todavía húmeda de ella.
Golpe seco en la ventanilla.
—Documentación.
El agente era joven, apenas mayor que nosotros. Miró el interior con esa expresión de quien ya sabe lo que encontrará. Le di el carné, lo revisó, volvió al vehículo patrulla un momento y regresó.
—No se puede aparcar aquí de noche. Sigan adelante.
—Entendido. No volverá a pasar.
Pasó dos veces más. La segunda vez, Valeria me estaba chupando la polla con la cabeza hundida en mi regazo cuando llegaron las luces; se sentó de golpe con un hilo de saliva colgándole de la barbilla. La tercera, directamente habían reducido la velocidad, nos iluminaron un segundo con la linterna y siguieron de largo sin detenerse. A partir de entonces, solo veíamos el coche patrulla pasar a lo lejos, despacio, reconociendo el nuestro.
Nunca lo hablamos demasiado, pero algo en ese riesgo nos aceleraba de un modo que ninguno de los dos había logrado replicar en ninguna otra situación.
***
Una noche de noviembre nos quedamos en el coche con las ventanillas abiertas y el frío entrando a pequeñas dosis. Valeria estaba apoyada en mi hombro, desnuda de cintura para abajo, con mi mano descansando entre sus muslos y dos dedos hundidos despacio en su coño empapado.
—¿Qué piensas cuando me ves así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Como esta noche. En el cine. En el coche.
Tardé un momento en responder. No porque no lo supiera, sino porque había una diferencia entre sentirlo y decirlo. Moví los dedos despacio, sacándolos y volviéndolos a meter, y ella suspiró contra mi cuello.
—Me gusta verte rendirte —dije al final—. No de un modo extraño. Es que cuando te veo así, con el coño abierto y goteando sin poder disimularlo, sé que lo estás eligiendo. Y eso me parece lo más erótico que existe.
Ella no dijo nada durante unos segundos. Solo apretó los muslos alrededor de mi mano.
—¿Y lo del cine? ¿Sabiendo que había gente cerca?
—Eso también.
—¿El miedo a que nos vean?
—No exactamente. —Busqué las palabras, y curvé los dedos dentro de ella—. Es la idea de que alguien pudiera verte en ese estado, con mi mano metida entre las piernas, corriéndote sin poder callarte. Solo la idea. Que yo soy el único que sabe lo que está pasando realmente, y que si alguien mirara vería una cosa y yo estoy viendo otra completamente distinta.
Valeria levantó la cabeza para mirarme.
—Voyerismo al revés —dijo.
—Algo así.
Se quedó pensativa un momento, con mis dedos todavía moviéndose dentro de ella. Luego me contó algo que nunca me había dicho: que una vez, en una fiesta universitaria, acabó en la terraza con alguien. No llegó a follar, pero le había dejado que le metiera la mano bajo la falda, y en el momento en que sintió que podría haber habido testigos, mirándola desde el jardín de abajo, se corrió con más fuerza que nunca. No con vergüenza. Con algo distinto, más difícil de nombrar.
—Por eso no te sorprendió lo del cine —dije.
—Por eso no me sorprendió.
Le pasé la mano libre por el pelo mientras seguía follándola despacio con los dedos de la otra. Estábamos en ese tono de conversación que solo existe muy tarde por la noche, cuando la guardia baja y las cosas se dicen sin calcularlas. Ella se movió apenas, montando los dedos, buscando más presión.
—La semana que viene —dije—, lleva la falda negra. La corta. Sin medias. Sin bragas.
Ella sonrió contra mi cuello y me mordió despacio el lóbulo de la oreja.
—¿Adónde vamos esta vez?
—Todavía no lo sé. Ya se me ocurrirá algo.
—Seguro que sí —murmuró, apretándome los dedos con el coño en una contracción lenta.
Mi mano bajó despacio por su espalda hasta el culo, y el frío de noviembre siguió entrando por las ventanillas abiertas mientras ninguno de los dos hacía nada por cerrarlas.
