Los viernes Valeria siempre estaba lista
Era viernes, y los viernes tenían su propio lenguaje.
Me detuve frente a la casa de los padres de Valeria y apagué el motor. No hice falta llamarla: la puerta se abrió antes de que yo bajara del coche, y allí estaba ella bajo el umbral, con la luz del atardecer cayéndole de lado. Llevaba el vestido azul, el corto, el que apenas le rozaba los muslos. El escote en V dejaba adivinar la curva de sus pechos sin llegar a mostrarlos del todo, y eso era, en sí mismo, una forma de provocación que conocía bien.
Sabía perfectamente lo que hacía. Llevábamos meses construyendo este ritual en las noches que seguían al sexo, cuando los dos estábamos tumbados y sin defensas y yo le contaba mis ideas en voz baja, casi en susurro. Ella escuchaba, preguntaba a veces, y a la semana siguiente aparecía convertida en la versión exacta de lo que yo había descrito. Hoy, como siempre: nada de ropa interior.
—Hola —dijo desde la puerta, con esa sonrisa apenas insinuada.
—Estás perfecta —le dije mientras abría la puerta del copiloto.
Ella subió al coche con esa gracia suya, cruzando las piernas despacio, y el vestido se subió lo suficiente para que, antes de que yo pusiera primera, ya supiera todo lo que necesitaba saber sobre el estado de las cosas.
***
Salimos del barrio con la radio baja. En cuanto llegamos a la avenida principal, mi mano derecha dejó el volante.
—Tócate —dije. No fue una orden. Fue una petición que los dos sabíamos cómo terminar.
Valeria no dudó. Sus dedos se deslizaron bajo el dobladillo del vestido con una familiaridad tranquila, sin apuro, sin teatralidad. La escuché inhalar por la nariz.
—Ya estaba mojada —dijo, casi para sí misma.
—Lo sé.
Sus mejillas se tiñeron de ese rosa que solo aparecía en estos momentos. Mantuvo la vista al frente, con esa expresión de quien intenta parecer normal mientras por dentro se deshace, y sus dedos empezaron a moverse en círculos lentos que yo reconocía por el ritmo de su respiración. Yo conducía y la miraba de reojo. El semáforo en rojo fue casi un regalo.
—Más despacio —pedí—. Quiero que llegues justo antes del cine.
Ella apretó los labios y me miró de lado, con esa mezcla de irritación y rendición que me costaba describir con palabras pero que reconocía enseguida.
—Eres imposible, Andrés.
—Ya lo sé.
Sus dedos obedecieron. Más lento. Más preciso. Ella bajó el hombro contra el respaldo y su respiración se fue haciendo más corta, más irregular, con paradas breves cuando yo la miraba demasiado fijo. Para cuando encontramos aparcamiento frente al complejo, tenía la nuca apoyada en el asiento y los ojos entrecerrados.
—Ahora —dije.
Cuatro segundos después su cuerpo se tensó, un sonido suave y ahogado escapó entre sus dientes, y su mano se quedó quieta mientras la sacudida pasaba. La vi abrir los ojos despacio. Parpadeó dos veces.
—Bien —dije, arrancando el freno de mano.
—Eres un cabrón —murmuró. Pero sonreía.
***
La fila del cine era corta. Elegimos una película sin leer el título, solo buscando el horario más próximo. Compramos algo de beber por puro teatro. La sala estaba casi vacía, con un par de personas en las filas del centro y alguien solitario al fondo izquierda que miraba la pantalla sin moverse.
Nos sentamos al fondo, en el rincón de la derecha, y en cuanto las luces se atenuaron mi mano buscó su rodilla.
—Ábrete un poco —susurré.
Valeria se acomodó en el asiento, despacio, con esa conciencia plena de cada movimiento que a mí me resultaba imposible de ignorar. Era como si en estos momentos se convirtiera en otra persona: no menos ella misma, sino más. Más concentrada. Más presente en su propio cuerpo.
Metí la mano bajo el vestido.
Estaba caliente, húmeda todavía por lo del coche. Noté cómo contenía la respiración cuando la toqué, y ese instante de contención, ese segundo antes de entregarse, era para mí mejor que cualquier otra cosa. Empecé despacio. La pantalla proyectaba colores sobre su perfil. Ella miraba al frente con una expresión de absoluta concentración en la película que no engañaba a nadie, aunque no había nadie mirando.
Introduje dos dedos.
Su mano encontró mi antebrazo, no para detenerme sino para aferrarse. Sus caderas hicieron un movimiento imperceptible hacia delante.
—Quieta —susurré.
—No puedo —respondió entre dientes.
—Inténtalo.
Tardé unos minutos en llevarla al límite. Subí el ritmo, pausé, volví a empezar. Ella se mordió el labio hasta que se le puso blanco. El sonido que hizo cuando llegó fue tan pequeño que solo yo lo oí, tapado a medias por la banda sonora, pero lo sentí entero en cómo sus músculos se cerraron alrededor de mis dedos mientras el cuerpo decidía sin consultarle.
Salimos antes de que terminara la película.
***
El camino de tierra lo conocíamos desde hacía casi un año. Una desviación antes de llegar al polígono, entre eucaliptos que olían diferente según la estación. En primavera a resina y tierra seca, con grillos que llenaban el silencio de una forma que hacía todo más íntimo.
Aparqué entre los árboles. Apagué los faros. Por un momento nos quedamos en silencio, escuchando cómo el motor se enfriaba.
—Sal —le dije.
Valeria salió sin preguntar. La capota aún guardaba el calor del motor, y cuando la empujé suavemente contra ella sus manos buscaron apoyo y se quedaron planas sobre el metal.
Le levanté el vestido hasta la cintura.
—Mira hacia los árboles —dije.
—¿Por qué?
—Porque me gusta.
Ella giró la cabeza. La luz que quedaba era poca pero suficiente para ver la línea de su espalda, la curva de sus caderas, el modo en que se aferraba al metal como si necesitara sujetarse a algo sólido. La penetré de un empuje, y el sonido que hizo contra la noche no se parecía a nada de lo que hacía entre cuatro paredes. Más libre. Sin filtro.
Empecé a moverme.
Sus dedos arañaron el capó. Le mordí el hombro, despacio. Ella echó la cabeza atrás y dijo mi nombre dos veces, la segunda casi como una pregunta, y cambié el ángulo para que lo dijera una tercera.
Después cambiamos de posición. Ella encima, en el asiento trasero, con las rodillas a ambos lados de mis caderas y el vestido ondeando con cada movimiento. La observé. Me gustaba observarla siempre, pero en este estado más que en ningún otro: los ojos medio cerrados, el labio inferior atrapado entre los dientes, los pechos moviéndose bajo la tela fina con cada sacudida.
—No pares —dijo.
No paré.
Nos corrimos con poca diferencia entre uno y otro, y después nos quedamos quietos un rato largo, con la frente de ella apoyada en la mía y el sonido de los grillos entrando por la ventanilla entreabierta.
***
La primera vez que nos encontró la patrulla fue en octubre, casi al principio de todo.
Estábamos en el asiento trasero, Valeria encima de mí, cuando las luces azules iluminaron el interior del coche. Nos detuvimos los dos a la vez, sin ponernos de acuerdo. Ella bajó el vestido. Yo subí el pantalón.
Golpe seco en la ventanilla.
—Documentación.
El agente era joven, apenas mayor que nosotros. Miró el interior con esa expresión de quien ya sabe lo que encontrará. Le di el carné, lo revisó, volvió al vehículo patrulla un momento y regresó.
—No se puede aparcar aquí de noche. Sigan adelante.
—Entendido. No volverá a pasar.
Pasó dos veces más. La segunda vez, Valeria me estaba besando el cuello cuando llegaron las luces. La tercera, directamente habían reducido la velocidad, nos iluminaron un segundo con la linterna y siguieron de largo sin detenerse. A partir de entonces, solo veíamos el coche patrulla pasar a lo lejos, despacio, reconociendo el nuestro.
Nunca lo hablamos demasiado, pero algo en ese riesgo nos aceleraba de un modo que ninguno de los dos había logrado replicar en ninguna otra situación.
***
Una noche de noviembre nos quedamos en el coche con las ventanillas abiertas y el frío entrando a pequeñas dosis. Valeria estaba apoyada en mi hombro.
—¿Qué piensas cuando me ves así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Como esta noche. En el cine. En el coche.
Tardé un momento en responder. No porque no lo supiera, sino porque había una diferencia entre sentirlo y decirlo.
—Me gusta verte rendirte —dije al final—. No de un modo extraño. Es que cuando te veo así, sé que lo estás eligiendo. Y eso me parece lo más erótico que existe.
Ella no dijo nada durante unos segundos.
—¿Y lo del cine? ¿Sabiendo que había gente cerca?
—Eso también.
—¿El miedo a que nos vean?
—No exactamente. —Busqué las palabras—. Es la idea de que alguien pudiera verte en ese estado. Solo la idea. Que yo soy el único que sabe lo que está pasando realmente, y que si alguien mirara vería una cosa y yo estoy viendo otra completamente distinta.
Valeria levantó la cabeza para mirarme.
—Voyerismo al revés —dijo.
—Algo así.
Se quedó pensativa un momento. Luego me contó algo que nunca me había dicho: que una vez, en una fiesta universitaria, acabó en la terraza con alguien. No llegó a pasar nada, pero el momento en que sintió que podría haber habido testigos le había quedado grabado. No con vergüenza. Con algo distinto, más difícil de nombrar.
—Por eso no te sorprendió lo del cine —dije.
—Por eso no me sorprendió.
Le pasé la mano por el pelo. Estábamos en ese tono de conversación que solo existe muy tarde por la noche, cuando la guardia baja y las cosas se dicen sin calcularlas.
—La semana que viene —dije—, lleva la falda negra. La corta. Sin medias.
Ella sonrió contra mi cuello.
—¿Adónde vamos esta vez?
—Todavía no lo sé. Ya se me ocurrirá algo.
—Seguro que sí —murmuró.
Mi mano bajó despacio por su espalda, y el frío de noviembre siguió entrando por las ventanillas abiertas mientras ninguno de los dos hacía nada por cerrarlas.