Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La mano en mi muslo no era la de mi marido

Supe que algo no cuadraba en el momento en que sentí aquella mano recorriendo el interior de mi muslo.

Era tibia, tentativa, como si dudara de cada milímetro que avanzaba. No era la mano de Marcos. La conozco demasiado bien para equivocarme: sus dedos son largos y algo ásperos de manejar maquetas toda la semana, y cuando me toca así, en la oscuridad, hay una seguridad en el movimiento que esa caricia no tenía. Marcos, cuando quiere follarme, no pregunta con los dedos: los mete. Sabe exactamente en qué punto de mi muslo tiene que apretar para que se me abran las piernas solas, sabe cuánto tardo en mojarme si me roza justo por encima de las bragas, sabe con qué presión hundir el pulgar contra mi clítoris para que se me escape el primer gemido antes de que me dé tiempo a tragármelo. Esta mano no sabía nada de eso. Esta era diferente. Exploratoria. Como si quien la hacía tampoco estuviera del todo seguro de lo que estaba haciendo.

Quise pensar que me lo imaginaba. Que el vino de la cena, la bruma del hachís y la tensión acumulada de las últimas horas me estaban jugando una mala pasada. Pero el tacto era demasiado real. Y el calor que subía desde mis piernas también.

***

El plan había sido idea de Marcos.

Llevaba meses hablando de alquilar algo en la costa antes de que llegara el invierno. Cuando mencioné que Valeria y su nuevo novio también andaban buscando un fin de semana largo, todo encajó demasiado bien. Alquilamos una casa en las Rías Baixas por tres noches: piedra, vigas de madera, una chimenea que hacía ruido al arder y unas vistas al mar que a primera hora de la mañana te hacían olvidar que existían las ciudades.

A Valeria la conozco desde la facultad. Estudió diseño gráfico cuando yo estudiaba veterinaria y compartimos piso durante tres años que, visto en perspectiva, fueron los más caóticos y divertidos de mi vida. Estuvo casada seis años con un tipo que no la merecía y, cuando por fin se separó, tardó exactamente cuatro meses en aparecer con Rodrigo. Lo presentó en una cena como «un amigo», pero nadie se tragó esa versión. No con esa manera que tiene ella de tocarse el pelo cuando habla con alguien que le gusta.

Rodrigo trabaja en banca. Es algo más joven que nosotros, más callado también, y tiene una educación que parece heredada de otra época. No era el tipo de hombre que uno esperaría ver junto a Valeria, que es todo lo contrario a la discreción, pero se complementaban de una forma que resultaba evidente nada más verlos juntos.

Marcos y yo llevamos seis años casados. Sin hijos, sin planes de tenerlos, con una rutina que nos funciona aunque a veces se sienta demasiado cómoda. Nos queremos, o al menos eso es lo que yo creía. Somos lo que la gente llama una pareja estable, lo cual, según se mire, puede ser la mejor o la peor de las noticias.

Era la primera vez que salíamos juntos los cuatro con pernoctación fuera. Rodrigo llevaba apenas cinco meses con Valeria y, aunque Marcos lo había conocido en un par de cenas, para mí seguía siendo casi un desconocido. Uno educado, discreto, con el que había tenido conversaciones agradables sobre vinos y sobre el mar. Pero un desconocido al fin y al cabo.

***

La noche del sábado empezó con una cena larga y demasiado vino.

Habíamos pasado el día caminando por el litoral y todos teníamos ese cansancio dulce de quien ha estado al aire libre muchas horas. La chimenea ardía, afuera llovía sin parar, y alguien encontró en un armario de la cocina una botella de orujo que probablemente llevaba allí desde los años noventa. La abrimos igual.

El juego empezó de forma inocente, como empiezan siempre estas cosas. Preguntas tontas, anécdotas de la época del piso, alguna apuesta ridícula que nadie cumplió. Hacia la medianoche, Valeria sacó de su mochila un par de cigarrillos liados que guardaba, según ella, para ocasiones especiales.

—¿Y cuándo es una ocasión especial para ti? —le pregunté.

—Cuando hay lluvia, orujo y buena compañía —respondió guiñando un ojo.

Yo no fumo. Apenas bebo más de dos copas en la misma noche. Pero hay noches en que uno decide suspender temporalmente sus reglas habituales. Esa fue una de ellas.

El giro serio llegó cuando Valeria me preguntó, con esa sonrisa suya que siempre anticipa que nada bueno puede salir de lo que viene a continuación, cuál era mi mayor fantasía erótica.

La habitación pareció quedarse en suspenso. Rodrigo levantó los ojos de su vaso. Marcos me miró de lado, despacio.

No sé si fue el orujo, el hachís o simplemente el efecto de estar los cuatro solos en una casa al borde del océano en una noche de tormenta. Pero lo dije sin pensarlo demasiado.

—Follar sabiendo que hay otra pareja al lado. Que nos oigan. Oírlos.

En el momento en que las palabras salieron de mi boca, sentí el calor subiéndome por las mejillas. Risas. Marcos me apretó la mano. Rodrigo estudió el interior de su vaso con una concentración exagerada que era en sí misma una respuesta.

—¿Solo oírlos? —preguntó Valeria con una ceja levantada—. ¿Oír cómo se la chupa ella a él, cómo él se la mete, cómo se corren los dos? ¿Solo eso?

—Solo eso —confirmé, aunque mi tono no sonó del todo convincente.

Fue entonces cuando Valeria señaló la vela que ardía en el centro de la mesa: una vela gruesa de color crema que habíamos encontrado en un cajón al inicio de la noche y que llevaba encendida desde antes de la cena. La mecha era ya muy corta, la cera casi consumida.

—Cuando se apague —dijo—, lo hacemos.

El silencio que siguió tenía una textura que no había sentido antes. No era incómodo del todo, pero tampoco era ligero. Era la clase de silencio que se produce cuando cuatro personas están pensando exactamente en la misma cosa y ninguna quiere ser la primera en decirlo en voz alta.

—Sois una broma —dije yo.

—¿No querías intercambio? —respondió ella.

—Yo no he dicho nada de intercambio.

—No hace falta decirlo —sonrió—. Se te nota en cómo se te ha puesto el cuello. Y en cómo aprietas las piernas debajo de la mesa desde hace media hora.

Marcos no dijo nada. En él, el silencio nunca significaba nada bueno.

***

La vela ardió durante lo que me pareció una eternidad.

Nadie habló mucho. La lluvia seguía golpeando las ventanas. Las ascuas de la chimenea se iban apagando y nadie se levantó a echar más leña, como si hacerlo rompiera algo frágil que todos estábamos sosteniendo sin saber muy bien cómo. Me descubrí mirando la llama más de lo que miraba a cualquier otra cosa. Calculando cuánto quedaba. Preguntándome qué pasaría si simplemente me levantaba, la soplaba y le ponía fin a aquella situación antes de que se convirtiera en algo de lo que no hubiera vuelta atrás.

No lo hice.

¿Por qué no lo hice?

Rodrigo estaba tenso, se notaba aunque intentara disimularlo. Tenía los hombros algo encogidos, los dedos tamborileando despacio sobre el muslo. Y una erección que se marcaba con demasiada claridad debajo del pantalón, algo que él intentaba tapar cambiando la postura cada dos minutos y que no hacía sino evidenciarla más. En esos tres días había aprendido a leerle los silencios, y ese silencio en concreto era diferente a los otros. Era el de alguien que evalúa una situación para la que no tiene ningún manual.

Valeria, en cambio, parecía la única completamente cómoda. Recostada en el sofá con los pies doblados debajo de ella y una copa entre las manos, miraba la vela con esa expresión suya de quien sabe exactamente lo que va a pasar a continuación y solo está esperando a que ocurra.

La llama parpadeó una vez, dos veces. Se redujo a un hilo de luz azulada que temblaba sin apenas dar calor. Y desapareció.

La oscuridad fue absoluta. No había luna esa noche y las persianas estaban bajadas. No veía absolutamente nada. Solo escuchaba la lluvia, el crepitar apagado de las últimas brasas y la respiración de los demás, más pesada de lo habitual.

Durante los primeros segundos nadie se movió.

Luego noté que alguien se acercaba en el sofá. El peso desplazando los cojines. El calor de un cuerpo que creí reconocer.

Y entonces llegaron los primeros sonidos de Valeria. Suaves al principio, casi contenidos, el tipo de sonido que se hace cuando uno intenta no hacer sonido pero ya no puede evitarlo. Un jadeo corto, un «así» susurrado entre dientes, el chasquido húmedo e inconfundible de una boca chupando algo. Fueron haciéndose más nítidos, más seguros. El ruido de la tela. El roce de una cremallera bajándose. Un suspiro grave, masculino, que llegó desde el otro sofá, o desde donde yo creía que estaba el otro sofá, y detrás el sonido rítmico y mojado de una polla entrando y saliendo de una boca. Valeria se la estaba mamando a alguien. Y ese alguien apretaba los dientes para no gemir demasiado alto.

Me acurruqué contra lo que creía que era el cuerpo de Marcos.

Fue entonces cuando sentí la mano.

Subiendo por el interior de mi muslo desde la rodilla. Despacio, muy despacio, sin prisa y sin convicción. Los dedos avanzando por encima del vaquero, tanteando cada centímetro como si fueran leyendo braille. Cuando llegaron a la costura interior, se detuvieron un instante justo debajo de la ingle, ahí donde la tela se marcaba contra mi coño, y presionaron. Un poco. Lo justo para que yo lo sintiera todo: el calor de esa palma, la duda de esos dedos, la manera en que se me contrajo el vientre sin permiso.

El contacto me paralizó.

No era él.

No era Marcos. No era su forma de tocarme. No era la temperatura exacta de su piel ni la textura de sus dedos ni la seguridad que tienen sus movimientos cuando me conoce como se conocen las cosas que uno ha tenido entre las manos durante años. Marcos, a estas alturas, ya me habría desabrochado el vaquero, ya tendría dos dedos metidos hasta los nudillos empapándose de mí, ya me estaría mordiendo el cuello mientras me susurraba en el oído lo mojada que estaba. Era otra mano. Una mano que me tocaba como quien toca algo por primera vez y todavía no termina de decidirse a hacerlo. Una mano que se atrevía a presionarme por encima de la tela, justo sobre el clítoris, con un movimiento circular tímido, y que noté cómo se envalentonaba con el segundo círculo, y con el tercero, hasta que noté también, aunque no quisiera notarlo, que mi cuerpo respondía. Que mis caderas se inclinaban una fracción de milímetro hacia esa mano.

Al otro lado del salón, Valeria dejó de mamar y soltó un gemido agudo, ahogado, del tipo que se le escapa a una mujer cuando le meten la polla hasta el fondo por primera vez. Después vino el ruido inconfundible de un cuerpo penetrando a otro. Un golpe suave y húmedo. Otro. Otro. Y encima el jadeo de Marcos —porque era el jadeo de Marcos, lo reconocí en la primera respiración, lo tengo grabado de seis años oyéndolo encima de mí— rompiéndose en un gruñido bajo que yo conocía milímetro a milímetro.

El pánico fue físico e inmediato. Un cierre repentino en la garganta, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación. Quise decir algo y no salió ningún sonido. Quise moverme y mi cuerpo tardó un segundo entero en obedecerme, ese segundo eterno en que el cerebro y el cuerpo todavía están negociando. La mano de Rodrigo —porque era Rodrigo, ya no había duda posible— seguía apretándome el coño por encima del vaquero, y sus dedos habían empezado a buscar el botón de la bragueta.

Cuando por fin lo hice, me aparté de golpe hasta golpearme los riñones contra el reposabrazos del sofá.

Un trueno sacudió la casa exactamente en ese momento, como si el exterior hubiera estado esperando su turno.

Y entonces volvió la luz.

***

No sé si pasó un segundo o diez. Solo sé que la imagen que vi cuando mis ojos se adaptaron a la claridad repentina se quedó grabada en algún lugar de mi cabeza desde el que no ha terminado de irse.

Rodrigo, al otro lado del salón, pegado a la pared, con la cara blanca, la bragueta abierta y la polla todavía medio dura asomando por encima de la ropa interior, brillante de saliva ajena. La expresión no era exactamente de culpa sino de algo más parecido al alivio de quien ha sido descubierto antes de cometer un error irreparable.

Valeria, en el sofá de enfrente, incorporándose a toda velocidad, con la falda arremangada hasta la cintura, sin bragas —¿dónde estaban las bragas?, ¿desde cuándo no las llevaba?—, un hilo espeso y blanco resbalándole por la cara interna del muslo, y los pezones marcados contra la blusa desabrochada hasta el ombligo. Se ajustaba la ropa con los movimientos bruscos de quien tiene prisa por recuperar una apariencia que ya no tiene ningún sentido recuperar.

Y Marcos.

Marcos con los pantalones por los tobillos, la polla erecta todavía brillante, la mano derecha retirándose de la cadera de Valeria en un movimiento lento, casi involuntario, como el de alguien que ha tocado algo caliente y el instinto de retirada llega con retraso. En la otra mano tenía aún un mechón del pelo de ella que soltó a cámara lenta, como si hasta ese gesto necesitara pensárselo dos veces.

Vi todo eso. Lo procesé en fracciones de segundo.

Pero lo que grabé con más detalle, lo que mi cabeza eligió retener por encima de todo lo demás, no fue ninguna de esas cosas.

Fue una mirada.

Una fracción de segundo, tan breve que si hubiera parpadeado en ese instante la habría perdido. Valeria subiéndose las bragas del suelo, y los ojos de Marcos cruzándose con los suyos un momento.

No era la mirada de dos personas que acaban de ser sorprendidas en algo espontáneo. Era la mirada de dos personas que tienen un idioma propio y están calculando, en tiempo real, cuánto ha visto la otra. La mirada de dos personas que se han corrido juntas muchas más veces de las que hacían falta para reconocerse así en medio de un desastre.

Rodrigo se abrochó la bragueta con dedos torpes, se separó de la pared y salió del salón sin decir nada, caminando hacia las escaleras con la rigidez de quien necesita poner distancia entre su cuerpo y lo que acaba de ocurrir.

Yo me levanté del sofá.

—Laura, escúchame —dijo Marcos, subiéndose los pantalones a tirones.

—Laura, ha sido una tontería —dijo Valeria, todavía con las bragas en la mano—. El orujo, el hachís, nadie estaba pensando con claridad.

Los miré a los dos.

—Ha sido una broma —añadió ella—. No lo convirtamos en algo que no es.

Cuando Valeria dice eso, con esa voz que pone cuando quiere que las cosas sean más manejables de lo que son, normalmente funciona. Es uno de sus dones: la capacidad de suavizar los bordes de cualquier situación hasta convertirla en algo tolerable.

Esta vez no funcionó.

—¿Qué broma? —pregunté—. ¿La que tienes en el muslo? Porque desde aquí se te ve la corrida de mi marido bajándote por la pierna.

Mi voz sonó extraña. Demasiado tranquila para lo que sentía por dentro.

—Cariño —intentó Marcos.

—No me llames así ahora mismo.

Fui hasta las escaleras. Subí. Cerré la puerta de la habitación y eché el pestillo.

***

Me senté en el borde de la cama en la oscuridad y dejé que mi cabeza hiciera lo que mejor sabe hacer: ordenar.

Valeria llevaba gimiendo antes de que yo sintiera ninguna mano. Valeria le estaba mamando la polla a alguien antes de que Rodrigo hubiera cruzado. Eso significaba que Rodrigo había cruzado antes al otro sofá, al mío. Y mientras tanto Marcos ya tenía la polla dentro de la boca de mi mejor amiga. La mano que había sentido en mi muslo no era la de mi marido, porque mi marido estaba al otro lado de la mesa follándose a Valeria con la eficiencia de quien lleva tiempo haciéndolo.

Porque eso también lo había oído, aunque hubiera intentado no oírlo: el ritmo. El ritmo con el que Marcos se la metía a Valeria no era el ritmo de un tipo probando un cuerpo nuevo. Era el ritmo de alguien que ya sabe cuánto aguanta ella antes de correrse, en qué ángulo hay que empujar para que le tiemblen las piernas, cuándo agarrarle el pelo y cuándo soltarlo. Con qué fuerza morderle el hombro para que no grite del todo.

Eso no era una broma. Una broma se interrumpe antes. Una broma no requiere que alguien cruce el salón en la oscuridad. Una broma no incluye a Valeria sin bragas debajo de la falda desde antes de cenar.

Entonces empecé a pensar en el cuándo.

No en el qué, que ya lo tenía bastante claro. En el cuándo. Cuándo había empezado. Cuándo se había convertido en algo que necesitaba de una casa alquilada, de una noche de tormenta, de una vela consumiéndose como excusa para que todo pareciera improvisado.

Porque nada de aquello había sido improvisado.

Voces al otro lado de la puerta. Solo dos. Las reconocí sin esfuerzo.

¿Una broma? ¿Una broma que hubiera llegado hasta dónde? Si yo no hubiera notado nada raro. Si la luz no hubiera vuelto. Si Rodrigo hubiera seguido metiéndome mano hasta desabrocharme el vaquero, si me hubiera bajado las bragas, si me hubiera abierto las piernas ahí mismo en el sofá mientras Marcos se corría dentro de Valeria a tres metros de distancia... ¿Al día siguiente todo el mundo se ríe y seguimos siendo los mismos cuatro amigos de siempre?

No. Aquello no se improvisa en una noche. Para eso hace falta tiempo. Hace falta querer. Hace falta que Valeria haya practicado con la boca de mi marido las veces suficientes como para saber cuándo apartarse justo antes de que se corra. Hace falta que Marcos sepa que ella no lleva bragas cuando quiere que la follen.

Me levanté, giré el pestillo y abrí la puerta.

Marcos casi cayó hacia dentro, tenía la frente apoyada en la madera. Valeria estaba detrás, a medio metro, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba parecer serena pero que no lo era en absoluto.

Los miré a los dos. Luego solo a él.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

La pregunta retumbó en el pasillo. Mi voz sonó más tranquila de lo que me sentía. Pero era lo único que necesitaba saber en ese momento. Todo lo demás podía esperar.

La respuesta tardó demasiado en llegar.

Y eso también era una respuesta.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios(10)

vikingo33

Madre mia... me quede sin palabras. Que comienzo!!

LectorSilente

Necesito la segunda parte ya. Me dejaste con la tension a tope, no puedo creer que termina donde termina

martuchaBA

El detalle de la vela apagandose como entrada al tema... que recurso tan bueno. Muy bien escrito, de verdad

CarlosFdez

jajaja al principio no entendia bien si era confusion o intencional, pero despues todo tiene sentido. genial la forma de contarlo

NoraCba_lect

Esa sensacion de un segundo que lo cambia todo... tremendo. Me engancho desde la primera linea

FelipeMza

Muy bien narrado, se siente la tension. Seguí escribiendo por favor!

Elisa77

me recordo a algo parecido que me paso en una cena con amigos... nada tan extremo pero esa confusion de no saber exactamente quien te toca, uf. escalofrios

ToniVzla

Esperando ansioso el proximo. Saludos desde Venezuela!

Marcos_78

Buenisimo!! el suspenso del inicio es adictivo

DieguiSalta

y despues que paso??? no puede terminar ahi jeje

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.