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Relatos Ardientes

Lo que escondían las gafas de la dueña del bar

Si te dijera que mide un metro sesenta y dos, que tiene el pelo a media melena, semirrizado y casi negro, y que se esconde detrás de unas gafas de pasta gruesa, no te imaginarías a la mujer correcta. Te haría falta verla en persona, y aun así seguirías sin saber.

Camisetas anchas, blusas que disimulan el pecho, vaqueros rectos sin pretensiones, zapatillas blancas con la suela ya marcada por los meses. No habla mucho. Casi nunca se ríe. No hace bromas, no busca caer bien, no quiere atención. Es la clase de mujer que pasa al lado tuyo en la calle y, dos pasos después, ya se ha borrado de tu cabeza.

Por eso me obsesioné con ella. Porque mirarla, remirarla y volver a mirarla no me servía de nada: nunca conseguía hacerme una idea precisa de cómo era debajo de toda esa fachada de chica invisible. No sabía si tendría las tetas pequeñas y firmes o pesadas y caídas, si el coño lo llevaría depilado, con una tira estrecha o con la mata entera; no sabía si el culo, ese que se me antojaba redondo bajo los vaqueros, sería blanco, si tendría dos hoyuelos en la parte baja de la espalda, si el ojete lo tendría rosado o más oscuro. La incertidumbre, en mi caso, siempre se traduce en deseo, y aquella mujer era un catálogo entero de incertidumbres.

Lorena lleva el bar de la esquina, ese de los toldos verdes que abre todos los días desde hace tres décadas. Lo regentan ella, su madre y su hermano mayor, pero quien aguanta el peso real del horario es ella; los demás aparecen un par de horas, charlan con los habituales y se van. Tiene treinta y ocho años. Mis padres llevan yendo a desayunar a ese bar desde antes de que yo naciera, así que he crecido viéndola sin verla.

Hasta que cumplí los veintiséis y, una mañana de invierno, levanté la cabeza del periódico y me di cuenta de que llevaba un buen rato observándome desde el otro extremo de la barra.

Al principio lo dejé pasar. Pensé que eran imaginaciones mías, una de esas paranoias que se pegan al ego y no se sueltan. Pero los meses se hicieron años, y los años fueron afilando mis fetiches y, al parecer, los suyos. Hubo un momento, no sabría decir cuándo, en el que dejé de fingir y empecé a sostenerle la mirada cada vez que entraba al bar.

Desde entonces hemos vivido en una especie de juego silencioso, mudo, asfixiante: ella sabe que la busco, le gusta que la busque, y yo sé que ella me busca, y eso me gusta todavía más.

El verano pasado dio un paso que rompió las reglas tácitas del juego. Apareció un viernes vestida como nunca la había visto. Una camisa blanca sin mangas, casi traslúcida, abotonada hasta el segundo botón; se le adivinaba el aro oscuro de los pezones por debajo de la tela, sin sujetador, y cada vez que se giraba se le marcaban los picos endurecidos por el aire acondicionado. Vaqueros campana ceñidos en la cadera y abiertos en el bajo; el pelo recogido en un moño descuidado del que se le escapaban dos mechones rebeldes que le caían sobre el cuello. Sandalias de hilo negro, finas, sujetas al tobillo con una tira diminuta. Y las gafas, las de siempre, que esa tarde brillaban más que nunca por la luz que entraba lateral por la cristalera.

Cuando me acerqué a la barra, no fui capaz de esconder lo que aquella imagen me había provocado por debajo del pantalón. La polla se me había puesto dura contra la costura del vaquero, formando un bulto que nadie con dos ojos podía pasar por alto. Tuve que apoyarme en la madera con las dos manos para tapar lo evidente.

Joder, Lorena.

Las mujeres con gafas siempre me han desarmado. Hay algo en la forma en que se las colocan con un dedo después de una frase, en cómo entrecierran los ojos antes de hablar, que me devuelve a la adolescencia y me deja idiotizado. Si encima la mujer lleva sandalias de tira fina y tiene el dedo pequeño del pie pintado de un rojo discreto, ya no tengo escapatoria. Llevo demasiados años conviviendo con esa combinación de gafas y pies como para fingir que no me afecta.

—¿Qué te pongo? —dijo apoyando los codos en la barra. Los ojos marrones, enormes detrás de los cristales, parecían incapaces de haber roto un plato.

—Un chupito de amaretto.

Tardó más de la cuenta en servirlo. Cuando me lo acercó, sus dedos hicieron un movimiento extraño: avanzaron hacia los míos, dudaron, se retiraron a medio camino. Me percaté del gesto porque en quince años de cruzarnos por ese mostrador nunca había hecho nada parecido. Salí a la acera a fumar para enfriar la cabeza, le di dos caladas largas al cigarrillo con la polla todavía media dura apretada de lado en el pantalón, y entré con la falsa intención de comportarme.

No lo conseguí.

Cuando le devolví el vaso vacío, nuestras manos se encontraron a la altura del cristal. Esta vez ella no se apartó. Apoyó su mano sobre la mía y la dejó ahí, quieta, durante un segundo demasiado largo.

Yo extendí el índice y le acaricié el interior de la muñeca, despacio, una sola vez, recorriendo esa zona fina donde se le marcaba el pulso. Levanté la mirada justo a tiempo para verla morderse el labio inferior. Se le escapó un sonido pequeño, un gemido ahogado a medio camino entre la sorpresa y la rendición, que disimuló con un «gracias» en voz baja y un parpadeo apresurado para esconder lo que sus ojos acababan de decir. Bajo la camisa fina, se le habían puesto los pezones tan duros que dibujaban dos círculos exactos en la tela blanca.

Esa muñeca, ese suspiro, esa boca apretada, esos pezones a punto de romper el algodón, fueron el detonante. Ya no podía seguir escondiéndome detrás de las miradas.

***

Tres días después volví al bar en la hora muerta de la tarde, esa franja silenciosa entre las cinco y las siete en la que solo entra algún jubilado a tomarse un café antes del paseo. Sabía que estaría sola. Estaba sola.

—¿Qué te pongo? —repitió, con el tono de siempre, pero esta vez con la mirada firme y un punto de espera en los hombros.

—Un café con hielo.

Me senté en el extremo de la barra, en el rincón donde la luz del fluorescente no llega y donde la cámara del techo, lo sé porque me he molestado en comprobarlo más de una vez, no apunta. Ella preparó el café sin prisa. Cuando me lo dejó delante, no se retiró: apoyó las dos manos en el mostrador frente a mí y se quedó allí, a un metro escaso, esperando.

Ninguno de los dos habló durante un par de minutos. Sentía su calor desde el otro lado del mostrador y, peor, sentía el mío. Se me había secado la garganta. Las gafas se le habían empañado un instante con el vapor de la cafetera.

—Lorena —dije al final, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Me atraes muchísimo. Llevo años intentando entender qué tienes y no lo consigo, y eso es justo lo que más me pone.

Lo solté de un tirón, sin ensayarlo, sin pulirlo. Después de decirlo apreté el vaso entre los dedos esperando que me echara del local con cualquier excusa cortés.

—Ya era hora de que me lo dijeras.

Lo dijo bajo, casi sin abrir la boca, sin moverse del sitio. Y en ese momento todas las sospechas que llevaba arrastrando durante años se confirmaron de golpe.

Lo que me había vuelto loco de Lorena no era su físico, ni su silencio, ni la manera de moverse detrás de la barra. Era que la veía capaz de cualquier cosa. La veía capaz de pasar el día entero atendiendo a la peor pesadilla del barrio sin perder la sonrisa profesional y, al cerrar la persiana, ponerse de rodillas en una cocina ajena con la boca abierta esperando una polla ajena, con la misma naturalidad con la que servía un café. La veía capaz de los dos extremos a la vez. Y la respuesta que me acababa de dar, sin pestañear, sin sonrojarse, me lo acababa de confirmar.

Me fijé en sus vaqueros, esos vaqueros normales que llevaba siempre. Cuando se daba la vuelta para coger una botella, el culo se le movía con una libertad que me había vuelto a poner en tensión muchas tardes. Eran de una tela elástica, de las que marcan la ropa interior si la chica lleva ropa interior. A ella nunca se le marcaba nada.

Esa había sido mi obsesión privada durante meses: imaginar qué llevaba debajo. Un tanga de hilo que se le hundiera entre los cachetes del culo, un triángulo de encaje rojo empapado por delante, un bóxer corto que le apretara el coño, una culotte deportiva que le remarcara los labios, nada en absoluto y el vaquero rozándole el clítoris cada vez que se movía. Cualquiera de las opciones me servía para llegar a casa, tumbarme en la cama, sacarme la polla y machacármela con calma imaginándome que le bajaba esos vaqueros hasta las rodillas y le comía el coño por detrás mientras ella seguía secando vasos, apoyada de bruces contra la barra, mordiéndose el puño para que no se enterase su madre desde el almacén. Me la había cascado tantas veces pensando en ese culo suyo que las sábanas de la cama tenían mi historial completo grabado en manchas secas.

—¿Y ahora qué? —preguntó. Nuestras caras estaban más cerca de lo prudente. Sentía el aroma del champú que usaba, algo cítrico y limpio, y notaba el calor que le subía por el cuello.

—Ahora alquilamos una casa rural, lo más apartada posible, donde no nos oiga ni un perro de un pueblo vecino. Y nos rompemos a polvos durante todo un fin de semana.

Sonrió con media boca, una sonrisa nueva que no le había visto antes, oscura y muy tranquila.

—A mí me gusta dominar en la cama —dijo, con la misma calma con la que servía cervezas—. Me gusta que el otro sea mi sumiso. Me gusta atarles las manos a la espalda, sentarme encima de su cara y hacerles tragar hasta que les duela la mandíbula. Tengo una caja entera de juguetes esperando a alguien que los aguante: consoladores gruesos, un plug para el culo, un látigo pequeño de cuero, una mordaza roja. Todo esperando.

—Los puedes usar si eres capaz de dominarme —contesté—. A mí también me gusta llevar el control. Me gusta agarrar del pelo, escupir en la boca, follar como si el otro fuese un juguete. De momento ninguna mujer ha conseguido ponerme por debajo.

—Conmigo eso va a cambiar.

—Habrá que pelearse en la cama para verlo.

—Habrá que pelearse, sí.

Sacó el móvil sin levantar la mirada de la mía. Lo manejaba con una rapidez que delataba que no era la primera vez que reservaba un sitio para algo así. En menos de cinco minutos teníamos una casa rural a hora y media de la ciudad, en mitad de un valle, sin vecinos en kilómetros, para todo el fin de semana siguiente. Pagó ella con su tarjeta sin preguntarme. Eso, viniendo de Lorena, era ya una declaración de intenciones.

Justo cuando guardaba el teléfono, sonó la campanilla de la puerta y entró un cliente preguntando por una caña y unos cacahuetes. Me incorporé con la calma del que acaba de cerrar un trato millonario, le pedí su número en voz baja, lo grabé en mi agenda con su nombre completo y dos emojis que nadie podría interpretar y me fui con la polla otra vez a media asta apretándome el vaquero por dentro.

***

Diez minutos después, sentado en el coche con el motor apagado, me vibró el bolsillo. Foto. Sus dedos índice y corazón juntos, brillando, empapados de un flujo espeso y transparente que le colgaba entre las falanges en un hilo largo, y el borde de un tanga rojo de hilo apartado a un lado, manchado del mismo brillo. Se le veía un trozo del labio mayor del coño, depilado, gordo, hinchado de sangre, y el arranque de una raja rosada, brillante, que empezaba justo donde acababa la foto.

Sin texto. Sin emojis. Sin nada. La imaginé de pie contra la puerta del almacén, con el vaquero desabrochado, la mano metida por debajo del tanga, los dedos hundidos hasta los nudillos en su propio coño, mordiéndose el labio de abajo mientras la cámara del móvil temblaba en la otra mano. La imaginé sacando esos dos dedos empapados, abriéndolos para que se viera el hilo de flujo tendiéndose entre ellos, disparando la foto y limpiándose luego contra el borde de las bragas con la misma tranquilidad con la que aclaraba una taza. Cerré los ojos, dejé el teléfono en el asiento del copiloto, conté hasta cien y arranqué antes de casarme allí mismo dentro del coche con la mano en la bragueta.

No le respondí enseguida. Subí a casa, cerré con llave, me metí en la ducha y abrí el agua bien caliente. En cuanto sentí el chorro cayéndome por la nuca, me agarré la polla con la mano derecha y empecé a bombeármela despacio, con la palma llena de gel, mirando cómo el capullo asomaba y desaparecía entre mis dedos con cada pasada. Tenía la imagen de la foto grabada a fuego detrás de los párpados: sus dos dedos brillantes, ese hilo de flujo colgando, el borde del tanga rojo apartado sobre el coño hinchado.

Me apoyé con el antebrazo en los azulejos y bajé la mano izquierda a los huevos, se los apreté suavemente, tirando de la piel hacia abajo mientras la derecha aceleraba el ritmo sobre el eje. Me imaginaba a Lorena de rodillas en el plato de la ducha, con las gafas empañadas por el vapor, la boca abierta y la lengua fuera, esperando. Le veía la melena semirrizada pegada a las mejillas por el agua, los pezones pequeños y oscuros erizados sobre unas tetas medianas y firmes, y una gota gruesa cayéndole por el esternón hasta el ombligo. La agarraba del pelo con la izquierda, le metía la polla entera hasta el fondo de la garganta, se la sacaba, se la volvía a meter, mientras ella dejaba que un hilo espeso de saliva le cayera del mentón al pecho.

Estuve casi diez minutos así, parándome cuando notaba que iba a correrme, cambiando de ritmo, apretándome la base para aguantar. Quería que me durase. Quería llegar a esa foto con la carga entera. Cuando por fin dejé que la corrida subiera, cerré los dientes para no gemir alto, saqué la polla del agua y me la disparé sobre la palma abierta, chorro tras chorro, cuatro tandas gordas de semen espeso que se me juntaron en el hueco de la mano formando un charco blanco caliente. Ni una sola gota cayó al suelo. La había cazado toda.

Salí de la ducha con la mano en alto, chorreando agua por el brazo, y caminé descalzo hasta el lavabo. Puse la mano sobre la encimera, con la palma bocarriba, la carga entera de semen brillando bajo la luz del fluorescente, la polla todavía medio dura goteando restos entre los muslos. Cogí el móvil con la otra mano y le disparé la foto: mi mano abierta sobre la encimera del baño, el pulgar y la palma cubiertos de semen espeso, con la luz de la mañana entrando por una ventana que ella no podía identificar.

«Para que vayas calentando», escribí debajo.

«Te vas a arrepentir de haber dicho eso», me contestó al instante.

Diez segundos después llegó otra foto suya: el tanga rojo bajado hasta los muslos, la mano abierta sobre el bajo vientre depilado, y en el pubis un charco pequeño y brillante de su propia corrida. Se había masturbado a la vez que yo, casi al mismo ritmo. Nos habíamos hecho pajas paralelas a treinta kilómetros de distancia y las dos habían acabado a la vez.

Faltan cinco días para el viernes. He empezado a hacer cuentas en la cabeza: cuántas horas son cinco días, cuántos minutos, cuántos turnos de bar la separan de mí, cuántas veces voy a machacármela pensando en cómo va a saber ese coño cuando por fin lo tenga en la boca. Lorena sigue trabajando como si no hubiera pasado nada, sirve cafés, cobra cervezas, atiende a los jubilados con la misma sonrisa pequeña de siempre. Cuando entro al bar, levanta la mirada un segundo, me sonríe con los ojos y vuelve a lo suyo, como si fuésemos dos extraños. Pero yo sé que cuando cierra la persiana y se queda sola en el almacén, se mete la mano dentro del vaquero pensando en el fin de semana que viene, igual que yo me la meto por debajo de las sábanas pensando en ella.

No sé quién va a ganar la pelea. Lo único que tengo claro es que quien la pierda va a salir de esa casa rural el domingo por la noche sin saber muy bien cuál es su propio nombre, con el culo abierto, la garganta ronca y el semen escurriéndosele por dentro del muslo. Y que ya no habrá manera de volver atrás, ni de fingir que no nos miramos, ni de pasar al lado del otro como si no nos conociéramos.

Ya os contaré cómo nos fue la pelea.

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Comentarios(9)

Ciro_BA

increible!!! quede sin palabras

VickyX88

necesito la continuacion, como termino todo entre ustedes??? por favor que no se quede ahi

MarinaVia

me recordó a una situacion parecida de hace años, esas miradas que dicen todo sin decir nada. muy bien contado

GatoNegro33

cuanto tiempo pasó entre la primera mirada y ese momento en la barra? me quedo la curiosidad jaja

RaulLector

Muy bien narrado, se siente real y autentico. Felicidades por animarte a contarlo

Lucas_cba

el detalle de las gafas me parecio genial, esas pequeñas cosas que quedan grabadas en la memoria jaja

Patricio_85

esto si es una confesion de verdad! no esas historias inventadas que se notan a leguas

SombradePino

me hice un cafe, me sente y lo lei de un tiron. tremendo

NocheCba

esperando ansiosa mas relatos asi. saludos desde Cordoba!!

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