Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Duermo desnuda junto a él y ni se inmuta

Me llamo Lorena, tengo cuarenta y tres años, estoy casada desde hace veinte y tengo tres hijos. Si me vieran por la calle pensarían que mi vida está resuelta. Cuerpo cuidado, sonrisa amable, casa en orden. Nadie sospecharía que por las noches me acuesto desnuda junto a mi marido y él ni siquiera gira la cabeza.

No siempre fue así. Hubo una época en que Martín me deseaba con urgencia. Me tomaba contra la pared del baño antes de salir a trabajar, me metía la mano bajo la falda en el cine, me despertaba a las tres de la mañana con los labios en mi cuello. Esa época se fue diluyendo como el vapor en un espejo. Primero dejaron de ser todas las noches. Luego fueron los fines de semana. Después una vez al mes si había suerte. Ahora ya ni recuerdo cuándo fue la última vez.

Lo peor no es la falta de sexo. Lo peor es sentirte invisible dentro de tu propia cama.

Hace unos meses empecé a escribir en un foro. Nada serio, solo desahogos anónimos sobre mi frustración. Me sorprendió la cantidad de mensajes que recibí. Hombres jóvenes, casi de la edad de mi hijo mayor, diciéndome que era preciosa, que si pudieran me harían el amor durante horas, que siempre habían fantaseado con una mujer como yo. Uno me escribió: «Señora, usted es la definición de MILF, no puedo creer que su marido no la aproveche». Tuve que buscar el término porque no lo conocía. Cuando entendí lo que significaba me reí sola en la cocina, con el teléfono en una mano y un café frío en la otra.

Si supieran que a veces le tengo que rogar a mi propio marido para que me toque.

Hay una ironía cruel en todo esto. Mientras decenas de desconocidos me desean desde la distancia, el hombre que duerme a mi lado cada noche me trata como si fuera un mueble más. No es que sea malo conmigo. Martín es buen padre, buen proveedor, atento a su manera. Pero en la cama se convirtió en una pared. Una pared tibia que respira y ronca.

***

Una noche de jueves decidí intentar algo. Me duché con calma, me puse crema en todo el cuerpo, me dejé el pelo suelto y me metí en la cama sin ropa. Nada de camisón, nada de pijama. Solo yo, mi piel y las sábanas. Me acerqué a él por detrás, pegué mis pechos a su espalda, pasé mi brazo por su cintura y dejé que mi mano bajara lentamente hasta su pantalón.

Esperé. Mi respiración era audible. Mi corazón latía con fuerza. Podía sentir el calor de su cuerpo traspasando la tela del bóxer.

Nada.

Ni un suspiro, ni un movimiento, ni una palabra. Solo el tic-tac del reloj en la mesita de noche y el sonido distante de un perro ladrando en algún patio vecino. Retiré la mano despacio, como quien levanta los dedos de una estufa caliente. Me di la vuelta y me quedé mirando el techo en la oscuridad.

¿Cuándo dejé de ser suficiente?

Esa pregunta me persigue. Me miro al espejo después de bañarme y no entiendo. Mis pechos siguen firmes, generosos, con los pezones oscuros que antes lo volvían loco. Mi cintura se mantiene. Mis caderas se ensancharon con los embarazos pero de una manera que, según me dicen, resulta provocativa. No soy una modelo ni pretendo serlo, pero sé que tengo un cuerpo que despierta miradas. Lo noto cuando camino por el supermercado. Lo noto cuando me agacho a recoger algo en la oficina. Lo noto en los mensajes que recibo cada día.

Pero en mi cama, soy un fantasma.

***

Un sábado por la mañana quise sorprenderlo. Había leído consejos, había hablado con una amiga que me dijo que a veces los hombres necesitan que una tome la iniciativa de forma directa, sin rodeos, sin esperar señales. Así que esa mañana, cuando la casa estaba en silencio y los chicos dormían, me metí bajo las sábanas con cuidado.

Busqué su cuerpo con las manos. Lo encontré tibio, relajado, ajeno a todo. Le bajé el bóxer despacio, centímetro a centímetro, conteniendo la respiración para no despertarlo antes de tiempo. Cuando lo tuve libre, lo tomé con la mano y lo acerqué a mis labios. Quería que lo primero que sintiera al despertar fuera mi boca, mi lengua, mi deseo convertido en algo tangible.

Empecé suave. Lo rodeé con los labios, lo humedecí despacio, sentí cómo crecía un poco entre mis dedos. Mi cuerpo respondió al instante: el calor entre mis piernas, los pezones endurecidos contra las sábanas, esa pulsación familiar que me recordaba que seguía viva, que seguía deseando.

Martín se movió. Abrió los ojos. Por un segundo pensé que iba a tomarme del pelo, a guiarme, a gemir mi nombre como hacía antes. Por un segundo volví a tener veintitrés años y estábamos en aquel departamento diminuto donde hacíamos el amor en el piso de la cocina porque la cama rechinaba demasiado.

—Lorena, ¿qué haces? —su voz sonó ronca, molesta—. Mi amor, estoy muy cansado, anoche dormí pésimo. Mejor otro día, ¿sí?

Me aparté despacio. Me limpié la boca con el dorso de la mano. Salí de debajo de las sábanas sin decir nada, me puse la bata que estaba colgada detrás de la puerta y bajé a la cocina.

Preparé café. El agua hirvió. La cafetera hizo su ruido habitual. Todo seguía exactamente igual que siempre. Todo menos yo, que estaba de pie junto a la estufa con los ojos húmedos y una vergüenza que me quemaba la garganta.

Otro día. Siempre otro día. Otro día que nunca llega.

***

Esa noche, después de que todos se durmieron, cerré la puerta de mi cuarto con llave. Martín roncaba de espaldas a mí, con la boca abierta y el celular todavía en la mano. Me quité la ropa en silencio. Me acosté boca arriba, separé las piernas ligeramente y cerré los ojos.

Empecé por mis pechos. Los tomé con ambas manos, los apreté despacio, pasé los pulgares sobre los pezones hasta sentirlos duros. Me humedecí los dedos con saliva y tracé círculos lentos alrededor de cada uno. Es una sensación extraña tocarte a ti misma: conoces cada punto sensible, sabes exactamente dónde presionar y con cuánta fuerza, pero falta algo. Falta el peso de otro cuerpo, el calor de otra respiración, esa torpeza deliciosa de las manos que no son las tuyas.

Mi mano derecha bajó por mi vientre. Despacio, sin prisa, como si tuviera toda la noche. Y la tenía. Nadie me iba a interrumpir. Nadie me iba a rechazar.

Encontré el punto exacto. Estaba húmeda desde antes, probablemente desde esa mañana, probablemente desde hacía semanas. Mis dedos se movieron en círculos, primero lentos, después un poco más rápidos. Con la otra mano seguí apretando mi pecho izquierdo, pellizcando el pezón con la presión justa. Mordí la almohada para no hacer ruido.

Cerré los ojos con fuerza y dejé que las imágenes vinieran solas. No pensé en Martín. Pensé en manos desconocidas. Manos más jóvenes, más firmes, más hambrientas. Pensé en alguien que me tomara por las caderas y me diera la vuelta sin pedir permiso. Alguien que me susurrara al oído que llevaba meses deseándome. Alguien que me hiciera sentir que mi cuerpo era exactamente lo que necesitaba.

El orgasmo llegó como una ola contenida. Apreté las piernas, arqueé la espalda, sentí el pulso en las sienes y entre las piernas al mismo tiempo. Duró unos segundos. Después, el vacío. El silencio. Los ronquidos de Martín como banda sonora de fondo.

Me limpié las manos con la sábana. Me tapé. Miré el techo otra vez.

Esto no puede ser todo lo que queda.

***

Hay algo que nunca le he contado a nadie. Una fantasía que tengo desde hace años y que jamás he cumplido. Nunca he sentido un miembro entre mis pechos. Parece ridículo decirlo a mi edad, con el cuerpo que tengo, con estos pechos que según todo el mundo son perfectos para eso. Pero Martín nunca lo pidió y yo nunca me atreví a proponerlo. Ahora pienso en eso con frecuencia. Me imagino a alguien sentado en el borde de la cama mientras yo me arrodillo frente a él, apretando mis pechos con las manos, envolviendo su dureza con mi piel, mirándolo hacia arriba mientras él pierde el control.

Me pregunto qué se sentirá. Me pregunto qué sentirá él. Si gemirá, si me tomará del pelo, si dirá mi nombre o se olvidará de todo nombre.

A veces pienso que es absurdo tener cuarenta y tres años y seguir coleccionando fantasías en lugar de vivirlas. Hay mujeres más jóvenes que ya lo han hecho todo, que no tienen miedo de pedir lo que quieren, que no se disculpan por desear. Yo me pasé dos décadas esperando que mi marido adivinara lo que necesitaba. Y él se pasó dos décadas sin mirar.

***

Anoche volví a acostarme desnuda. No para él. Para mí. Porque me gusta sentir la sábana contra mi piel, porque me gusta saber que debajo de esta rutina de madre y esposa y profesional sigue existiendo una mujer que se enciende, que desea, que imagina, que se toca en la oscuridad y no se avergüenza.

Martín roncaba a mi lado. Yo tenía los ojos abiertos.

Pensé en todas las noches que me arrimé a él esperando un gesto que nunca llegó. Pensé en todas las mañanas que me vestí sintiéndome invisible. Pensé en todos esos mensajes de hombres que no conozco diciéndome las cosas que mi marido debería decirme.

Y por primera vez no sentí tristeza. Sentí algo parecido a una decisión formándose en algún lugar de mi cuerpo, entre el pecho y el estómago, como un nudo que se deshace.

No sé qué voy a hacer con esto. No sé si algún día me atreveré a cruzar esa línea. Pero sé que ya no puedo seguir acostándome cada noche junto a alguien que no me ve, esperando que algún día abra los ojos.

Porque yo ya los tengo abiertos. Y lo que veo cuando me miro al espejo no es una mujer acabada ni una esposa resignada.

Es una mujer que todavía arde. Y que está cansada de arder sola.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario