Mi mujer se desnudó y me preguntó cómo quería verla
Llevamos veinte años casados, Beatriz y yo, y en ese tiempo el sexo ha tenido sus temporadas. Épocas en las que no podíamos estar el uno sin el otro y épocas más áridas en las que pasaban semanas sin que ninguno de los dos lo nombrara. Con los años aprendí que eso era normal: el deseo tiene sus mareas, y una pareja que dura no es la que siempre quiere lo mismo, sino la que sabe navegar los cambios.
Lo que nunca ha cambiado, desde que tengo memoria, es mi costumbre de masturbarme. Eso ha sido una constante desde la adolescencia.
Empecé como casi todos: con las revistas que pasaban de mano en mano entre los amigos del barrio. Páginas arrugadas, fotos granuladas, mujeres de curvas generosas que en esa época me parecían lo más excitante del mundo. Después llegaron los vídeos, los prestados y los que se compraban disimuladamente en tiendas que ya no existen. Y cuando cumplí treinta y tantos años y llegó el internet a casa, se abrió un universo que no tenía fondo. Aprendí a moverme por él con discreción: borrar historiales, usar auriculares, aprovechar las mañanas en que Beatriz estaba en el trabajo o los domingos cuando ella se quedaba durmiendo más.
No era que no la deseara. Era algo distinto, paralelo. Siempre lo había sido.
Beatriz lo sabía, o lo intuía. Las parejas de largo recorrido desarrollan un radar para las pequeñas zonas de sombra del otro, aunque no las nombren nunca. Durante años establecimos una especie de pacto tácito: yo tenía mis ratos, ella prefería no saberlos en detalle. En ese silencio vivíamos sin problemas.
Y en las épocas en que ella estaba sin ganas, a veces, en lugar de rechazarme directamente, me hacía una paja. Rápida, tranquila, sin aspavientos. Era su manera de decir que me quería pero que esa noche no tenía más que dar. Lo agradecía. Funcionaba.
Lo que no esperaba era que un día quisiera hablar de todo aquello.
***
Fue un martes a última hora de la noche. Yo llevaba buen rato en el salón con el portátil sobre las rodillas, las luces apagadas, creyendo que Beatriz había subido a dormir hacía tiempo. Tenía un vídeo abierto, el volumen al mínimo, cuando escuché sus pasos en la escalera.
Cerré la pantalla de golpe. Ese movimiento reflejo de quien lleva demasiados años borrando rastros.
Beatriz entró, encendió la pequeña lámpara del rincón y miró el portátil sobre mis rodillas. Luego me miró a mí. Se sentó al otro extremo del sofá sin decir nada. Estuvo así unos segundos, como ordenando sus pensamientos antes de hablar.
—Sé que ves porno —dijo al final.
No era una pregunta. Tampoco sonaba a acusación. Era solo un hecho que ponía sobre la mesa, como si colocara un objeto que llevara tiempo cargando.
—Beatriz, escúchame...
—No me enfado. —Levantó una mano para cortarme. —Solo que creía que teniéndome a mí no te hacía falta buscar nada más.
Me quedé callado. No había una respuesta simple para eso. Intenté explicarle lo que podía: que no tenía que ver con ella, que era algo que hacía desde mucho antes de conocerla, que no decía nada sobre el deseo que todavía sentía por ella.
Ella me escuchó sin interrumpir.
—¿Y qué quieres que haga yo, entonces? —preguntó cuando terminé.
—¿Cómo?
—Que qué quieres que haga. —Se puso de pie. —Dime cómo quieres que me ponga.
Se quitó la camiseta sin esperar respuesta. Luego el sujetador. Sus pechos quedaron al aire: grandes, suaves, con los pezones oscuros que yo conocía desde hacía dos décadas y que todavía tenían ese poder sobre mí que nunca había menguado del todo. Tenía el cuerpo de alguien que ha vivido en él sin disculpas, con las marcas y las curvas de todos los años que habíamos pasado juntos.
Me miraba. Esperando.
Tragué saliva.
***
—A cuatro patas —dije, sin reconocer del todo mi propia voz.
Beatriz no dudó. Se subió al sofá, se giró y se colocó exactamente como le pedí: de rodillas, las palmas apoyadas sobre los cojines, el trasero orientado hacia mí. Se había bajado también el pantalón del pijama. No llevaba nada debajo.
Llevaba veinte años con esa mujer y en ese momento era como verla por primera vez.
Me quedé quieto un instante, solo mirando. Los labios de su sexo cerrados, sin apenas vello, la piel suave de sus nalgas bajo la luz tenue de la lámpara. Me acerqué despacio y noté su calor antes de tocarla. Quise acercar la boca, pero ella levantó la cabeza y me miró por encima del hombro.
—Puedes tocar. No chupar.
No discutí.
Empecé a masturbarme con la mano derecha, despacio, mientras con la izquierda recorría sus caderas sin prisa. Le pasé las yemas de los dedos por los labios, sin penetrar, solo sintiendo el contorno, la textura suave de esa piel que no había tocado así, quieto y atento, en mucho tiempo. Ella respiró diferente cuando lo hice. Los labios se separaron levemente al contacto, como respondiendo por su cuenta.
Llevaba tiempo sin sentirme tan despierto. No era solo la imagen, aunque la imagen era poderosa. Era que ella estaba ahí porque lo había elegido, que me lo ofrecía de una manera que no habíamos encontrado en todos estos años.
Fui apretando el ritmo de la mano pero sin precipitarme. Me recreé en cada movimiento, subiendo desde la base, dejando que la tensión se acumulara. Con el pulgar le rocé el clítoris: apenas un contacto circular, muy suave.
Beatriz bajó la cabeza entre los brazos y exhaló por la nariz.
—Así —dijo, casi en voz baja.
Continué. La tocaba sin entrar, solo rodeando. Me masturbaba más despacio de lo que habría querido para no llegar antes de tiempo. Notaba las venas marcadas en la mano, la erección sostenida que no quería resolver todavía. Ella no decía nada más, pero su respiración lo decía todo.
***
—Túmbate —dije al cabo de un rato.
Se giró con calma y se colocó a mi lado en el sofá, boca arriba, con las piernas abiertas. La lámpara la iluminaba de costado. La televisión seguía encendida sin volumen; en la pantalla pasaban imágenes que ninguno de los dos miraba.
Seguí masturbándome mientras le acariciaba los pechos con la mano libre. Le tomé un pezón entre el índice y el pulgar y lo apreté despacio. Ella cerró los ojos.
Metí dos dedos dentro de ella. Estaba húmeda ya, más de lo que había imaginado. Su cuerpo se abrió sin resistencia y ella apoyó un pie en el cojín del sofá para separarse mejor, sin que yo se lo pidiera. Con su propia mano empezó a tocar su clítoris: movimientos circulares, pequeños, muy precisos. Sabía exactamente qué necesitaba.
Nunca la había visto así. No tan concentrada, no tan libre.
La observé sin apartar los ojos. Seguía con los dedos dentro de ella, notando cómo se contraía a ratos alrededor de ellos. Con la otra mano me masturbaba sin prisa, sosteniéndome en ese límite que no quería cruzar todavía. Beatriz llevó su mano libre hacia el pecho y se estiró el pezón, lo soltó, lo buscó de nuevo.
El ritmo de sus dedos sobre el clítoris se fue acelerando. Movimientos que se volvieron más cortos, más centrados. Tensó los muslos. Contuvo la respiración un segundo.
—No pares —dijo, y era para ella misma tanto como para mí.
Se corrió con un sonido bajo y contenido, los músculos del interior apretándose alrededor de mis dedos. Duró poco, pero fue claro y completo. Algo que nunca había presenciado así de cerca, así de entero.
Esperé a que terminara del todo. Después le pedí que abriera la boca.
Lo hizo.
***
Nos quedamos callados después. Beatriz se levantó, fue al baño y volvió con una toalla. Se tumbó otra vez a mi lado y apagó la lámpara.
—Ha sido raro —dijo, mirando el techo.
—¿Malo raro?
—No. —Una pausa larga. —Solo raro.
Escuchamos la lluvia que había empezado fuera. El salón olía diferente.
—Ha valido la pena —dije.
Ella tardó en responder.
—Sí. Creo que sí.
***
Lo hemos repetido varias veces desde aquella noche. Cada vez es distinto: a veces ella se coloca como la primera vez y yo me masturbo mirándola desde detrás sin tocarla, solo con los ojos puestos en ella; otras veces nos tumbamos juntos y ella me describe en voz baja lo que siente mientras yo la veo hacerlo. Hemos probado con la luz encendida y con la luz apagada. Una tarde pusimos un vídeo los dos y lo fuimos comentando en voz baja, como si estuviéramos en un cine que no existe para nadie más.
La menopausia no ha desaparecido. El cansancio después del trabajo tampoco. Beatriz sigue teniendo noches en las que no tiene ganas de nada, y eso está bien. Pero ahora hay algo entre nosotros que antes no existía: un espacio que encontramos casi por accidente una noche de martes, cuando ella decidió entrar al salón en lugar de quedarse dormida.
No sé si lo que hacemos tiene un nombre concreto. Beatriz dice que no hace falta ponérselo.
Puede que lleve razón.