Me toqué pensando en él hasta correrme dos veces
Encendí la lámpara del buró, me subí la blusa de tirantes y empecé a jugar con mis pezones pensando en él. Ni siquiera imaginé cómo terminaría.
Encendí la lámpara del buró, me subí la blusa de tirantes y empecé a jugar con mis pezones pensando en él. Ni siquiera imaginé cómo terminaría.
Cuando revisamos el video del jacuzzi, descubrimos que no habíamos estado solos ni un solo segundo.
Desperté desnudo entre amigos y una desconocida tatuada; cuando abrí la ventana, entendí que lo más sucio todavía no había terminado.
Cada vez que abría mi puerta sin avisar, su mirada duraba un poco más. Yo empecé a dejarla abierta a propósito.
Desde mi ventana vi cómo la cena entre vecinos se convertía en un juego sucio de cuatro cuerpos, celos, bocas hambrientas y una sorpresa final.
Bajó a tirar la basura con un pijama fino sin sujetador y tardó diez minutos en volver. Cuando la escuché en la ducha, supe que algo se había roto para siempre.
Entre semana necesitaba otra polla, y aquel sábado convertí una pelea con mi marido en la excusa perfecta para cumplir mi fantasía más sucia.
Cuando me dijo que quería practicar conmigo antes de ir a un taller, supe que aquella noche no iba a parecerse a ninguna otra.
Entré a su casa con dos VHS viejos y salí con las cajas firmadas, la cara ardiendo y el recuerdo de su cuerpo temblando contra la pared.
Primero fueron sus ojos desde el edificio de enfrente; después, su bulto rozándome mientras bailábamos en mi sala.
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Todo empezó cuando el cabecero de su cama golpeó la mía. A partir de ahí, ya no pude fingir que no la escuchaba, ni que no la deseaba desde hacía meses.
Cada noche la escuchaba gemir con otros hombres; cuando por fin me miró distinto en el pasillo, supe que yo sería el siguiente.
Mi marido volvió del bar con una sonrisa rara, un número en el bolsillo y una idea sucia que me dejó empapada antes de tocarme.
El ascensor se detuvo entre pisos, y el silencio se llenó de miradas, confesiones sucias y una calentura que ya nadie quiso frenar.
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.
A la una menos un minuto, la puerta del ático ya estaba entreabierta y ella me esperaba temblando, sin saber hasta dónde pensaba llevarla.
Fui a pedirle ayuda por una llave rota y terminé descubriendo cómo se siente que un hombre experimentado te quite el aire y la vergüenza.
Le ofrecí agua por el calor, pero cuando volvió a mi piso por una cerveza, ya no venía solo a descansar.
Han pasado años, Mariana, y todavía te pienso mientras me toco en la oscuridad. Esta es la confesión que nunca vas a leer y la fantasía que no puedo dejar de repetirme.