Mi amiga quiso perder el miedo al sexo anal
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
El viernes subimos al coche riéndonos, pero cuando ella cerró las puertas entendí que el juego iba en serio y que ya no mandábamos nosotras.
Acepté una cerveza con un compañero y acabé temblando en una cama de hotel, empapada, pidiéndole que no dejara de chuparme las tetas.
Me quedé escondido en la cocina oyendo sus voces, y cuando ella entró y vio mi bulto supe que ya no había salida.
Cada mensaje en la pantalla la acercaba más a mí, hasta que me citó en el baño del tercer piso y supe que ya no había vuelta atrás.
Éramos pocos en la oficina, demasiado cachondos y con una costumbre peligrosa para los viernes. Aquella mañana nadie iba a salir vestido.
Entró derrotado al despacho, y yo solo quería consolarlo; no imaginé que terminaría de rodillas entre sus piernas.
Aquella mañana me depilé, me puse la lencería más provocadora del cajón y salí para la oficina con una sola decisión tomada: aceptar el trato de mi jefe.
Fui a pedir ayuda, pero cuando vi cómo me miraba en aquel despacho, supe que la conversación podía acabar de una forma mucho más peligrosa.
Acepté su cena por necesidad, pero cuando aparcó en la oscuridad supe que no quería tocarme: quería verme perder la vergüenza.
Cada noche la escuchaba gemir con otros hombres; cuando por fin me miró distinto en el pasillo, supe que yo sería el siguiente.
Mientras ella lo besaba en nuestra cocina, yo fingía normalidad con la polla dura y la certeza de que aquella noche iba a cambiarlo todo.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Entré a su despacho para abrazarlo, pero cuando cerró la puerta y me miró de arriba abajo, supe que no iba a salir de ahí igual.
Los dos mensajes de WhatsApp bastaron para que se me erizara la piel. Ven al servicio limpio, decía. Y no me refiero a la ducha.
Me agarró de la mano en recepción, dijo que le debía algo y, antes de pensarlo, ya lo estaba besando contra la puerta del baño.
Cuando cerró el pestillo del baño y se colocó entre mis piernas, entendí que llevaba días esperando ese beso.
Empezó como una prueba absurda entre jefa y subordinada, pero cuando me vio desnuda y sonrió, supe que ya no mandaba yo.
La humillé en el ascensor por algo que nunca debí saber, y al día siguiente supe que mi trabajo y mi cuerpo ya no me pertenecían del todo.