La amante que tuve que callar en mi oficina
Llevábamos semanas sin tocarnos y, cuando por fin la tuve contra la puerta de mi despacho, descubrí que el problema no era el deseo, sino tener que hacerlo sin un solo gemido.
Llevábamos semanas sin tocarnos y, cuando por fin la tuve contra la puerta de mi despacho, descubrí que el problema no era el deseo, sino tener que hacerlo sin un solo gemido.
Llevaba años fingiendo en la cama de mi marido. Esa noche de fiesta, un chico al que doblaba la edad me susurró un bolero al oído y todo lo que creía dormido en mí despertó de golpe.
Durante años fuimos amantes sin ataduras y siempre mandó ella. El día que me firmó el despido decidí que, por una vez, las condiciones las ponía yo.
Nadie me miraba en aquella fiesta. Froté la lámpara por aburrimiento y pedí un cuerpo imposible de ignorar; jamás imaginé el precio que tendría ese deseo.
Era mi primera semana y él me guiaba en todo. La última noche me invitó a descansar a una sala olvidada, y entendí demasiado tarde lo que de verdad quería de mí.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Llevaba meses preparándome el mismo almuerzo sin que yo entendiera el mensaje. Esa tarde llegué a casa decidido a contestarle como ella esperaba.
Era para Andrés, mi novio. Pero el doble check azul apareció en tres segundos y entendí, con el estómago helado, que se lo había enviado al hombre equivocado.
Cada tarde me ponía un antifaz y me convertía en otra mujer para cientos de desconocidos. Lo que jamás imaginé es que uno de ellos sabría mi verdadero nombre.
Me dijo que volviera a las diez, cuando hiciera el cierre, y que me la chuparía mejor que ninguna. Tardé cuatro noches en encontrarla otra vez en la caja.
La conocía como la jefa de hierro a la que todos temían. Esa Nochevieja, en una isla lejos de la oficina, descubrí el colgante que escondía su mayor secreto.
Aburrida frente al televisor, sola en una cama demasiado grande, cerró los ojos y dejó que su mano hiciera lo que llevaba dos años sin permitirse.
Llevaba semanas mirándola de reojo cuando recogía las papeleras. Esa noche, los dos solos en la oficina, fue ella quien me pidió que la ayudara.
Echó el pestillo a mi espalda y, antes de que pudiera protestar, sus dedos ya buscaban mi cinturón. Solo dijo: «Escuché que era tu cumpleaños».
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».
Acepté un trago después del trabajo pensando que sería algo inocente. Tres horas más tarde entendí que nunca había querido que lo fuera.
Sabía exactamente lo que provocaba al cruzar las piernas frente a su escritorio. Lo que él no sabía era la sorpresa que escondía debajo de mi falda.
Llevaba un mes en recepción cuando la fiesta de viernes lo cambió todo: una mano bajo la mesa, una decisión que no pensé, y un lunes que ya no fue trabajo.
Tenía la edad de mi hija mayor y se empinaba para mirarme el escote mientras yo firmaba. No dije nada. Al día siguiente elegí el vestido pensando en él.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.