Mi tía me encontró inconsciente en aquella cueva
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Cuando mi hermana me besó delante de su ex en la playa, supe que esa mañana había dejado de ser un día normal entre nosotros.
La última vez que la vi teníamos doce años. Ahora bailaba pegada a mí con una falda roja y una mirada que no era la de una prima.
Llegué un día antes que mi hermana al hotel de Cancún. Casi dos días sola con su marido: la playa nudista, el probador de lencería, los tequilas. Algo iba a pasar.
Lo vi salir del baño con la toalla en la cintura y todo cambió en un instante: dejé de verlo como mi hijo y empecé a planear cómo lograr que me deseara.
Los conocía de cuando salía con su hija. Años después los encontré en la costa y algo en la mirada de Valeria me dijo que ese verano sería diferente.
Ella tenía 59 años, era rubia, con curvas que no pedían disculpas. Yo era su sobrino favorito, y llevaba días mirándola de reojo sin poder evitarlo.
Valeria y yo llevábamos días dando rodeos hasta que, solas junto a la piscina, empecé a contarle todo: lo del permiso de Marcos, lo de los clientes, lo de la playa.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Entré a buscar el teléfono y lo encontré allí, en silencio, mirándome de esa forma que sabía exactamente lo que significaba.
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Llegamos al hotel como madre e hijo, fingiendo ser amantes. Para el domingo ya no era fingir.
Ella se giró en la toalla con un cuerpo de mujer, pero entre las piernas llevaba algo que me dejó sin palabras. Y sin embargo, no pude apartar los ojos.
Mi madre abrió la puerta del probador sin avisar. Lo que encontró al otro lado cambió todo entre nosotros, aunque ninguno supo nombrarlo esa tarde.
El marido se acercó a Nuria con voz tranquila y una petición que llevaba años queriendo hacer: quería ver cómo otro hombre se acostaba con su mujer mientras él observaba.
Sofía siempre decía que los halagos la ponían, pero que nunca haría nada. Esa tarde en la playa descubrí que el límite era más delgado de lo que creía.
Llevaba dos años mirando a mi cuñada como no debía. Esa noche en la disco, ella me preguntó si quería que me lo contara o que me lo mostrara.
Tres meses sin vernos y en cuanto bajó del avión supe que algo iba a pasar. Lo que no calculé fue que esa noche habría testigos en la playa.