Aquel verano el cocinero me enseñó más que a cocinar
Yo tenía veintisiete y hambre de todo. Él tenía las manos anchas, la mirada gris y una verga que aún no sabía, aquella tarde, que iba a probar antes del amanecer.
Yo tenía veintisiete y hambre de todo. Él tenía las manos anchas, la mirada gris y una verga que aún no sabía, aquella tarde, que iba a probar antes del amanecer.
La vi caminar descalza al atardecer y, cuando me habló, supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
Creí que aquel beso en el pueblo era lo único que tendría de él, hasta que volvió a mirarme como si los años no hubieran pasado.
Lo vi en la playa, brindamos de noche y, cuando cerré la puerta del hotel, supe que iba a terminar de rodillas chupándosela sin freno.
Me imaginé tus manos en el volante y tu polla en mi boca antes de llegar al mar; cuando la playa quedó vacía, ya no hubo freno posible.
Después del turno, sus miradas ya no eran inocentes; cuando cerré la puerta de mi cuarto, supe que esa primera vez no iba a quedarse en un simple beso.
Me bastó una sonrisa frente al mar para saber que esa noche no iba a dormir en calma.
Caminé dos kilómetros por la orilla buscando a alguien que me hiciera olvidar mi nombre. Junto al eucalipto lo vi tumbado, con unos huevos como un toro.
Cuando vimos cómo se le marcaba la erección al salir del agua, supe que aquella cala no iba a terminar con una simple cerveza.
Cuando se quitó el bikini delante de desconocidos, supe que no iba a conformarme con mirar el mar.
Me llevó del porche al baño sin soltarme la mano, cerró la puerta y me miró en el espejo como si ya supiera cómo iba a acabar aquello.
Llevábamos años provocándolo desde la arena, pero aquella tarde mi mujer abrió más las piernas y supe que ya no iba a quedarse solo mirando.
Nunca me habían mamado la polla delante de tanta gente. Y todavía no había pasado lo peor: lo que ese pelirrojo iba a hacerme al llegar a la última cala.
Mi mujer volvió de casa de los vecinos con la mirada encendida, el coño temblándole y una condición clara: la próxima vez, yo tenía que verlo todo.
Cuando la playa quedó casi vacía, su mano bajó por mi abdomen y entendí que ese último baño no iba a terminar como un juego inocente.
Cuando apareció sin su hija y me pidió ver el atardecer, supe que esa noche no iba a terminar solo con arena y vino.
Cuando volví con otra botella, mi esposa ya estaba desnuda en el centro del círculo y todos la miraban como si la noche apenas empezara.
Llevábamos años desnudándonos sin cruzar la línea, hasta que una ducha borracha en la playa convirtió las miradas en algo mucho más sucio.
En la playa nudista entendí que no le faltaban ganas, solo alguien que se atreviera a empujarla hasta donde llevaba tiempo queriendo llegar.
Solo quería que dejaran de ignorarme, aunque para conseguirlo tuviera que ponerme delante de todos y dejar que se rieran mientras me observaban.