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Relatos Ardientes

La vecina que me vio en el sótano y no dijo nada

Llevaba toda la semana acumulando una tensión que no tenía dónde colocar. Mi mujer y yo llevábamos seis días sin tocarnos, no por ningún motivo concreto sino por ese desgaste silencioso que se instala en las parejas sin que nadie lo invite, y yo lo notaba en todo: en cómo conducía, en cómo leía los correos, en cómo me costaba concentrarme en las reuniones de trabajo.

Había un factor adicional que no ayudaba. Se llamaba Lucía y llevaba tres semanas en el departamento de proyectos de mi empresa. Tenía esa manera de moverse por la oficina que a mí me resultaba imposible ignorar, y la semana anterior habíamos tenido una conversación en la sala de descanso que no fue explícita en nada pero fue completamente explícita en todo. Desde entonces, me costaba mirarla sin notar ese calor particular en el pecho.

Ese jueves, al final de la jornada, tuve que llevarle unos informes a su mesa. Me los recibió sin levantar del todo la vista, con una sonrisa pequeña que no me ayudó en absoluto. Salí del edificio con la cabeza en otro sitio.

El coche tardó diez minutos en salir del aparcamiento de la empresa porque fui incapaz de concentrarme en el carril de salida. La ciudad estaba congestionada. Avancé por la avenida principal con una mano en el volante y la mente en bucle, pensando en Lucía, en la semana larga, en la cama grande y vacía de cualquier tensión que me esperaba en casa.

No quería llegar a casa. O, más exactamente, no quería llegar todavía.

***

Mi edificio tiene aparcamiento subterráneo en dos plantas. Tengo plaza en la primera, en un rincón tranquilo junto a una columna de hormigón. Es una de esas esquinas donde la luz llega con desgana, donde el eco de los pasos suena diferente al del resto del garaje. Durante los cuatro años que llevaba viviendo ahí, no había coincidido con ningún vecino más de dos o tres veces por semana.

Aparqué, apagué el motor y me quedé sentado en la oscuridad relativa del habitáculo.

Solo un momento, pensé. Solo esto y ya puedo subir.

Miré a mi alrededor con calma: la plaza de mi izquierda, vacía como casi siempre a esa hora. A mi derecha, el sedán gris oscuro de mis vecinos del cuarto —Beatriz y su marido Alberto— y junto a él, el de otro vecino que salía de viaje la mayoría de los jueves. Más al fondo, hacia el pasillo central, ningún movimiento, ninguna sombra.

Me recosté en el asiento, lo eché hacia atrás todo lo que daba, y me bajé el pantalón junto con el resto. Tenía la cabeza llena de imágenes que llevaban días acumulándose: Lucía en la sala de descanso, Lucía con esa sonrisa a medias, Lucía recibiendo mis informes sin levantar del todo la vista. No estaba pensando en Beatriz. En ese momento no pensaba en ninguna vecina.

Empecé.

La tensión de la semana se soltó de golpe, de una manera casi física, como cuando llevas demasiado tiempo con los hombros agarrotados y alguien te los presiona en el punto exacto. El silencio del garaje amplificaba todo: mi respiración, el pequeño crujido del asiento, el eco lejano de algún coche en la calle exterior.

Cerré los ojos.

Y entonces, sin ningún aviso previo, lo noté.

Un movimiento. Pequeño, al otro lado del cristal de mi derecha. Algo que no encajaba con el silencio anterior.

Me detuve de golpe. El corazón me aceleró de una manera que no tenía nada que ver con lo que estaba haciendo. Me quedé completamente inmóvil, con la respiración cortada, mirando hacia adelante sin atreverme a girar la cabeza.

Pasaron unos segundos.

Giré.

Beatriz estaba en el asiento del conductor de su sedán, a dos plazas de distancia. Tenía el teléfono en la mano y la mirada puesta en la pantalla. O eso parecía. Porque había algo en la forma en que sostenía el aparato, algo en la ligera inclinación de la cabeza, que no cuadraba con alguien que de verdad estuviera leyendo algo.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

La pregunta me golpeó con una claridad que hizo todo lo demás secundario.

***

Mi primer impulso fue exactamente el que cualquiera elegiría: subirme el pantalón, salir del coche como si nada y subir a casa a paso rápido. Era la opción lógica. Era la única opción sensata.

Pero no la elegí.

Lo que me detuvo fue algo pequeño, casi imperceptible. En el momento en que la miré, Beatriz hizo un movimiento leve con la cabeza, una fracción de giro hacia mi coche, y luego la volvió hacia el teléfono. Sin prisa. Sin sobresalto. Como alguien que lleva un rato en ese sitio y ha tomado la decisión consciente de no moverse de él.

No había huido cuando podría haberlo hecho. Eso cambió algo en mí que no sé cómo nombrar exactamente.

Conocía a Beatriz del ascensor y del portal, de esos cruces de vecindad en que se intercambian cuatro palabras sobre el tiempo o el ruido de la calle. Tenía unos cincuenta y cinco años, quizá algo más, y esa manera de estar en el espacio de quien sabe perfectamente el efecto que produce. Siempre bien arreglada, con el pelo oscuro cortado a la altura del mentón y unos ojos que cuando te miraban directamente te hacían sentir que estaban viendo algo que tú no sabías que llevabas encima. En el ascensor había pensado cosas sobre ella que no eran apropiadas para el contexto. Siempre había guardado esos pensamientos exactamente ahí, en el ascensor, y los había dejado subir solos cuando yo me bajaba en mi planta.

Ahora estaba sentada en su coche, a dos plazas de distancia, y había elegido quedarse.

Lo sabe, pensé. Y no se va.

No fue un razonamiento. Fue algo más parecido a un impulso eléctrico que recorrió todo desde la nuca hasta las rodillas, y que tomó una decisión antes de que yo terminara de pensarla.

Seguí.

***

Lo hice más despacio esta vez. Con una concentración diferente, más consciente de cada detalle: la textura del cuero del asiento, la luz fría del fluorescente que entraba por el parabrisas, el silencio pesado del aparcamiento subterráneo. Ya no pensaba en Lucía ni en la semana ni en el despacho. Pensaba en Beatriz, en los dos metros de hormigón y metal que nos separaban, en la decisión que ella había tomado de quedarse.

De vez en cuando desplazaba la vista hacia la derecha.

Ella seguía en el mismo sitio. El teléfono en las manos, la postura quieta. Pero había algo que había cambiado desde que yo había reanudado: los hombros estaban ligeramente más tensos, la inclinación de la cabeza era diferente. No estaba mirando ninguna pantalla. O si lo estaba haciendo, no era lo único que hacía.

En un momento dado giró la cabeza hacia mi coche durante un instante completo. No fingió que no lo hacía. Me miró. Y cuando nuestras miradas se cruzaron a través del cristal, en esa fracción de segundo, no desvió los ojos de inmediato.

Eso fue suficiente.

Llegué al final con más intensidad de la que había anticipado. Me dejé ir sin tratar de controlarlo demasiado, con un sonido que se escapó solo y que rebotó en el techo del habitáculo. Me quedé quieto unos segundos con los ojos cerrados, sintiendo cómo la tensión de días enteros se vaciaba de una sola vez.

Cuando abrí los ojos, Beatriz seguía en su coche.

Me limpié con calma. Me subí el pantalón. Abrí la puerta del coche, salí, cogí la bolsa del asiento trasero y cerré con el mando a distancia. Actué como si lo que acababa de ocurrir fuera completamente ordinario. Como si hacer eso en el aparcamiento de mi edificio, con mi vecina a dos plazas de distancia, entrara dentro de los parámetros normales de un jueves por la tarde.

Antes de girar hacia el ascensor, la miré una vez.

Ella levantó la vista del teléfono en ese preciso instante. Me sostuvo la mirada durante un segundo, quizá dos. Sin cambiar la expresión. Luego volvió a la pantalla.

Fui hacia el ascensor con las piernas un poco menos firmes de lo normal.

***

Los dos días siguientes los pasé con eso dando vueltas en la cabeza de una manera que no conseguía controlar.

El miedo existía, claro que existía. Vivíamos en el mismo edificio. Beatriz y su marido Alberto eran el tipo de vecinos con quienes uno coincide en el rellano, en la portería, en el supermercado del bajo. Si se lo contaba a él, si lo mencionaba a mi mujer de manera casual, si lo sacaba en alguna conversación sin que yo pudiera anticiparlo... el daño sería difícil de gestionar.

Pero el miedo compartía espacio con otra cosa que lo superaba en volumen. Una expectativa tensa, casi física: las ganas de verla de frente y descubrir qué quedaba de ese momento en su cara. Si iba a tratarme como si nada hubiera pasado, si iba a evitarme, si iba a decirme algo con ese tono tranquilo que tenía para todo.

El sábado por la tarde abrí la puerta del portal con las dos manos ocupadas —llevaba la compra semanal en bolsas que me cortaban la circulación en los dedos— y alguien me la sostuvo desde dentro.

—Venga, entra, que vienes cargado —dijo la voz.

Alberto. Me sonreía con la amabilidad de siempre, sin ningún cambio en la expresión, sin ninguna tensión en la voz. Le di las gracias y pasé.

Beatriz estaba de pie junto a los buzones, con el abrigo puesto y las llaves en la mano. Me miró al entrar.

—Buenas tardes, vecino.

—Buenas tardes —respondí. La voz me salió más tranquila de lo que esperaba.

Alberto le puso la mano en la espalda y los dos se dirigieron hacia la puerta de salida. Yo entré en el ascensor, dejé las bolsas en el suelo, pulsé el botón de mi planta y me giré hacia las puertas mientras empezaban a cerrarse.

Beatriz giró la cabeza en ese momento exacto.

Me miró. Solo eso: me miró. Con la misma expresión de siempre, esa combinación de calma y algo más difícil de catalogar que le había visto cientos de veces en ese mismo ascensor. Pero esa tarde había algo en el fondo de la mirada que los dos sabíamos exactamente lo que era, y que ninguno de los dos iba a nombrar jamás.

Las puertas se cerraron.

Subí solo, con las bolsas de la compra y ese peso particular de los secretos que no van a ser dichos.

***

Esa noche, en la cama, con mi mujer dormida a mi lado y el techo del dormitorio en blanco encima de mí, no pensé en Lucía. No pensé en el trabajo ni en los informes que tenía que entregar el lunes.

Pensé en el garaje subterráneo. En la luz fluorescente. En el sedán gris oscuro a dos plazas de distancia. En una mujer de cincuenta y tantos años que había elegido quedarse cuando podría haber encendido el motor y marcharse, que había girado la cabeza en el momento exacto para mirarme a través del cristal, que dos días después me había saludado con la misma voz tranquila de siempre como si entre nosotros no existiera ningún secreto.

Eso era lo más perturbador de todo.

No lo que había pasado, sino lo que no iba a pasar nunca: ninguna conversación, ningún reconocimiento explícito, ningún momento en que alguno de los dos nombrara en voz alta lo que los dos sabían.

Solo ese cruce de miradas en el portal, esa fracción de segundo antes de que las puertas del ascensor se cerraran, y la certeza absoluta de que ella lo recordaba exactamente igual que yo.

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Comentarios (7)

PatoNocturno

que tension!!! me quede pegado hasta el final

RubenSur23

increible como describis esa mezcla de emociones, muy real. sigue asi

lectora_silenciosa

La vecina no dijo nada pero tampoco se fue... eso lo dice todo. Excelente detalle

MatiasG

jajaja la reaccion del protagonista al principio me mato, tremendo

Valentina_mx

Por favor segunda parte!!! me quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

DarkReader09

Se nota que hay algo de real en esto, esa tension psicologica no se inventa facilmente. Muy buen relato

Pancho_99

corto pero intenso, asi me gustan :)

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