Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La vecina que me vio en el sótano y no dijo nada

Llevaba toda la semana acumulando una tensión que no tenía dónde colocar. Mi mujer y yo llevábamos seis días sin tocarnos, no por ningún motivo concreto sino por ese desgaste silencioso que se instala en las parejas sin que nadie lo invite, y yo lo notaba en todo: en cómo conducía, en cómo leía los correos, en cómo me costaba concentrarme en las reuniones de trabajo. La polla se me ponía dura sin motivo, en la ducha, en el coche, mirando la pantalla del ordenador. Seis días sin follar y el cuerpo empezaba a pedirlo a gritos.

Había un factor adicional que no ayudaba. Se llamaba Lucía y llevaba tres semanas en el departamento de proyectos de mi empresa. Tenía esa manera de moverse por la oficina que a mí me resultaba imposible ignorar, con unas tetas que se le marcaban bajo las blusas ajustadas y un culo redondo que tensaba las faldas de tubo cada vez que se agachaba a recoger algo del cajón inferior. La semana anterior habíamos tenido una conversación en la sala de descanso que no fue explícita en nada pero fue completamente explícita en todo. Desde entonces, me costaba mirarla sin imaginármela de rodillas, con la boca abierta y mi verga entrando hasta el fondo de su garganta.

Ese jueves, al final de la jornada, tuve que llevarle unos informes a su mesa. Me los recibió sin levantar del todo la vista, con una sonrisa pequeña que no me ayudó en absoluto. Se inclinó hacia adelante para coger los papeles y la blusa se le abrió lo justo para que se le viera el nacimiento de las tetas, apretadas contra un sujetador negro. Salí del edificio con la cabeza en otro sitio y la polla ya semierecta apretándome contra la bragueta.

El coche tardó diez minutos en salir del aparcamiento de la empresa porque fui incapaz de concentrarme en el carril de salida. La ciudad estaba congestionada. Avancé por la avenida principal con una mano en el volante y la mente en bucle, pensando en Lucía, en la semana larga, en la cama grande y vacía de cualquier tensión que me esperaba en casa. Cada vez que frenaba en un semáforo me pillaba a mí mismo apretando el bulto por encima del pantalón, tratando de calmar la tensión.

No quería llegar a casa. O, más exactamente, no quería llegar todavía. Necesitaba correrme antes de subir. Necesitaba vaciarme.

***

Mi edificio tiene aparcamiento subterráneo en dos plantas. Tengo plaza en la primera, en un rincón tranquilo junto a una columna de hormigón. Es una de esas esquinas donde la luz llega con desgana, donde el eco de los pasos suena diferente al del resto del garaje. Durante los cuatro años que llevaba viviendo ahí, no había coincidido con ningún vecino más de dos o tres veces por semana.

Aparqué, apagué el motor y me quedé sentado en la oscuridad relativa del habitáculo.

Solo un momento, pensé. Solo esto y ya puedo subir.

Miré a mi alrededor con calma: la plaza de mi izquierda, vacía como casi siempre a esa hora. A mi derecha, el sedán gris oscuro de mis vecinos del cuarto —Beatriz y su marido Alberto— y junto a él, el de otro vecino que salía de viaje la mayoría de los jueves. Más al fondo, hacia el pasillo central, ningún movimiento, ninguna sombra.

Me recosté en el asiento, lo eché hacia atrás todo lo que daba, me desabroché el cinturón y me bajé el pantalón junto con los calzoncillos hasta las rodillas. La polla saltó dura, apuntando al techo, con el glande hinchado y ya perlado de líquido preseminal. Me la agarré por la base con la mano derecha, apretando fuerte, y sentí cómo la vena gruesa que la recorría por debajo palpitaba contra mis dedos. Tenía la cabeza llena de imágenes que llevaban días acumulándose: Lucía en la sala de descanso, Lucía con esa sonrisa a medias, Lucía recibiendo mis informes sin levantar del todo la vista, Lucía de rodillas con la lengua fuera esperando mi corrida. No estaba pensando en Beatriz. En ese momento no pensaba en ninguna vecina.

Empecé.

Subí y bajé la mano despacio al principio, cerrando el puño sobre el glande con cada pasada, extendiendo el líquido preseminal por el tronco para lubricar el movimiento. La tensión de la semana se soltó de golpe, de una manera casi física, como cuando llevas demasiado tiempo con los hombros agarrotados y alguien te los presiona en el punto exacto. Aceleré el ritmo. La mano subía hasta cubrir el glande entero y bajaba hasta apretar contra los huevos, que ya los tenía tensos, pegados al cuerpo, cargados. El silencio del garaje amplificaba todo: mi respiración cada vez más pesada, el pequeño crujido del asiento, el chasquido húmedo de mi mano trabajándome la polla, el eco lejano de algún coche en la calle exterior.

Cerré los ojos. Me imaginé a Lucía montada encima, bajando el coño mojado sobre mi verga hasta el fondo, sus tetas rebotándome en la cara.

Y entonces, sin ningún aviso previo, lo noté.

Un movimiento. Pequeño, al otro lado del cristal de mi derecha. Algo que no encajaba con el silencio anterior.

Me detuve de golpe, con la polla todavía apretada en el puño. El corazón me aceleró de una manera que no tenía nada que ver con lo que estaba haciendo. Me quedé completamente inmóvil, con la respiración cortada, mirando hacia adelante sin atreverme a girar la cabeza.

Pasaron unos segundos.

Giré.

Beatriz estaba en el asiento del conductor de su sedán, a dos plazas de distancia. Tenía el teléfono en la mano y la mirada puesta en la pantalla. O eso parecía. Porque había algo en la forma en que sostenía el aparato, algo en la ligera inclinación de la cabeza, que no cuadraba con alguien que de verdad estuviera leyendo algo.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

La pregunta me golpeó con una claridad que hizo todo lo demás secundario. Y mientras la formulaba, me di cuenta de otra cosa: la polla, en lugar de bajárseme del susto, se me había puesto todavía más dura. Palpitaba en mi mano como si tuviera vida propia.

***

Mi primer impulso fue exactamente el que cualquiera elegiría: subirme el pantalón, salir del coche como si nada y subir a casa a paso rápido. Era la opción lógica. Era la única opción sensata.

Pero no la elegí.

Lo que me detuvo fue algo pequeño, casi imperceptible. En el momento en que la miré, Beatriz hizo un movimiento leve con la cabeza, una fracción de giro hacia mi coche, y luego la volvió hacia el teléfono. Sin prisa. Sin sobresalto. Como alguien que lleva un rato en ese sitio y ha tomado la decisión consciente de no moverse de él.

No había huido cuando podría haberlo hecho. Eso cambió algo en mí que no sé cómo nombrar exactamente.

Conocía a Beatriz del ascensor y del portal, de esos cruces de vecindad en que se intercambian cuatro palabras sobre el tiempo o el ruido de la calle. Tenía unos cincuenta y cinco años, quizá algo más, y esa manera de estar en el espacio de quien sabe perfectamente el efecto que produce. Siempre bien arreglada, con el pelo oscuro cortado a la altura del mentón y unos ojos que cuando te miraban directamente te hacían sentir que estaban viendo algo que tú no sabías que llevabas encima. Un cuerpo que se conservaba peleando el paso del tiempo: unas tetas todavía grandes que se le marcaban bajo la blusa cada vez que se cruzaba conmigo en el rellano, unas caderas anchas de mujer madura, un culo que las faldas rectas nunca conseguían disimular del todo. En el ascensor había pensado cosas sobre ella que no eran apropiadas para el contexto: cómo sería abrirle la blusa y meterle la lengua entre esas tetas, cómo se le tensaría el coño maduro alrededor de mi polla, qué ruidos haría cuando se corriera. Siempre había guardado esos pensamientos exactamente ahí, en el ascensor, y los había dejado subir solos cuando yo me bajaba en mi planta.

Ahora estaba sentada en su coche, a dos plazas de distancia, y había elegido quedarse.

Lo sabe, pensé. Y no se va.

No fue un razonamiento. Fue algo más parecido a un impulso eléctrico que recorrió todo desde la nuca hasta las rodillas, y que tomó una decisión antes de que yo terminara de pensarla.

Seguí.

***

Lo hice más despacio esta vez. Con una concentración diferente, más consciente de cada detalle: la textura del cuero del asiento contra las nalgas desnudas, la luz fría del fluorescente que entraba por el parabrisas iluminándome la polla tiesa en el puño, el silencio pesado del aparcamiento subterráneo. Bajé la mano por el tronco hasta la base, la apreté ahí unos segundos hasta hacer que el glande se hinchara todavía más, morado, brillante bajo la luz. Después volví a subirla, cerrando el puño sobre la punta con un giro de muñeca que me arrancó un temblor en las piernas. Ya no pensaba en Lucía ni en la semana ni en el despacho. Pensaba en Beatriz, en los dos metros de hormigón y metal que nos separaban, en la decisión que ella había tomado de quedarse a mirarme mientras yo me la meneaba.

De vez en cuando desplazaba la vista hacia la derecha.

Ella seguía en el mismo sitio. El teléfono en las manos, la postura quieta. Pero había algo que había cambiado desde que yo había reanudado: los hombros estaban ligeramente más tensos, la inclinación de la cabeza era diferente. No estaba mirando ninguna pantalla. O si lo estaba haciendo, no era lo único que hacía. Me pareció verle el brazo izquierdo moverse por debajo del volante, un movimiento pequeño, rítmico. Como si tuviera la mano metida entre las piernas por debajo de la falda. Como si mientras me miraba pajearme, ella también estuviera tocándose el coño.

La idea me hizo apretar más fuerte la polla. Un chorro de líquido preseminal me resbaló por el glande y me bajó por los nudillos.

Empecé a subir el ritmo. Ya no era el pajeo cuidadoso del principio. Era una masturbación abierta, con toda la muñeca metida en el movimiento, con la mano cerrada en un puño apretado que subía y bajaba de la base al glande sin descanso. Con la otra mano me agarré los huevos, tirando ligeramente hacia abajo, apretándolos entre los dedos. Se me escapó un jadeo que rebotó en el techo del habitáculo. Abrí un poco más las piernas, tanto como me dejaban los pantalones caídos en las rodillas, para que ella pudiera verme mejor si giraba la cabeza. Para exponerme entero.

En un momento dado giró la cabeza hacia mi coche durante un instante completo. No fingió que no lo hacía. Me miró. Y cuando nuestras miradas se cruzaron a través del cristal, en esa fracción de segundo, no desvió los ojos de inmediato. Bajó la vista por un instante —lo justo para verme la polla en el puño, hinchada, brillante, subiendo y bajando entre mis dedos— y después volvió a mis ojos. Sin sonreír. Sin apartar la mirada.

Eso fue suficiente.

Sentí cómo el orgasmo empezaba a acumularse en la base de la columna, en los huevos apretados contra el cuerpo, en un cosquilleo eléctrico que me subía desde los muslos. Aceleré todavía más la mano, apretando el puño con cada bajada, mientras la miraba a ella y ella me miraba a mí, dos caras a través de dos cristales bajo la luz de un fluorescente. Se me tensó todo el cuerpo. Levanté las caderas del asiento, empujando la polla contra la mano como si fuera un coño, como si estuviera follándome el puño de ella y no el mío.

Llegué al final con más intensidad de la que había anticipado. La primera corrida saltó con fuerza, un chorro espeso que me llegó hasta el pecho, manchándome la camisa por dentro. La segunda cayó sobre el vientre, caliente, y la tercera me resbaló por los nudillos mientras seguía apretando y ordeñando la polla hasta la última gota. Me dejé ir sin tratar de controlarlo demasiado, con un gruñido que se escapó solo y que rebotó en el techo del habitáculo. Me quedé quieto unos segundos con los ojos cerrados, la polla todavía dura y palpitando en la mano, sintiendo cómo la tensión de días enteros se vaciaba de una sola vez sobre mi propio vientre.

Cuando abrí los ojos, Beatriz seguía en su coche. Y tenía la cara ligeramente enrojecida, la respiración notoriamente más rápida que antes.

Me limpié con calma con un pañuelo que llevaba en la guantera, pasándolo por el tronco reblandecido, por los huevos vaciados, por las manchas que me habían quedado en el vientre y en la camisa. Me subí los calzoncillos, después el pantalón. Abrí la puerta del coche, salí, cogí la bolsa del asiento trasero y cerré con el mando a distancia. Actué como si lo que acababa de ocurrir fuera completamente ordinario. Como si masturbarme entero delante de mi vecina de cincuenta y tantos años en el aparcamiento de mi edificio entrara dentro de los parámetros normales de un jueves por la tarde.

Antes de girar hacia el ascensor, la miré una vez.

Ella levantó la vista del teléfono en ese preciso instante. Me sostuvo la mirada durante un segundo, quizá dos. Sin cambiar la expresión. Luego bajó los ojos, lentamente, y los dejó caer un momento sobre mi bragueta antes de volver a la pantalla del móvil.

Fui hacia el ascensor con las piernas un poco menos firmes de lo normal y el olor de mi propia corrida todavía metido en la nariz.

***

Los dos días siguientes los pasé con eso dando vueltas en la cabeza de una manera que no conseguía controlar. Me la volví a menear tres veces en el baño de casa pensando en su cara enrojecida a través del cristal, en el movimiento rítmico de su brazo por debajo del volante, en la mirada que había clavado sobre mi polla dura antes de volver a mis ojos.

El miedo existía, claro que existía. Vivíamos en el mismo edificio. Beatriz y su marido Alberto eran el tipo de vecinos con quienes uno coincide en el rellano, en la portería, en el supermercado del bajo. Si se lo contaba a él, si lo mencionaba a mi mujer de manera casual, si lo sacaba en alguna conversación sin que yo pudiera anticiparlo... el daño sería difícil de gestionar.

Pero el miedo compartía espacio con otra cosa que lo superaba en volumen. Una expectativa tensa, casi física: las ganas de verla de frente y descubrir qué quedaba de ese momento en su cara. Si iba a tratarme como si nada hubiera pasado, si iba a evitarme, si iba a decirme algo con ese tono tranquilo que tenía para todo. Si iba a dejarme entender que quería más.

El sábado por la tarde abrí la puerta del portal con las dos manos ocupadas —llevaba la compra semanal en bolsas que me cortaban la circulación en los dedos— y alguien me la sostuvo desde dentro.

—Venga, entra, que vienes cargado —dijo la voz.

Alberto. Me sonreía con la amabilidad de siempre, sin ningún cambio en la expresión, sin ninguna tensión en la voz. Le di las gracias y pasé.

Beatriz estaba de pie junto a los buzones, con el abrigo puesto y las llaves en la mano. Me miró al entrar. Llevaba una falda por debajo de la rodilla y una blusa de seda que se le pegaba a las tetas, y su marido no notó cómo sus ojos se detuvieron una fracción de segundo sobre mi bragueta antes de subir a mi cara.

—Buenas tardes, vecino.

—Buenas tardes —respondí. La voz me salió más tranquila de lo que esperaba.

Alberto le puso la mano en la espalda y los dos se dirigieron hacia la puerta de salida. Yo entré en el ascensor, dejé las bolsas en el suelo, pulsé el botón de mi planta y me giré hacia las puertas mientras empezaban a cerrarse.

Beatriz giró la cabeza en ese momento exacto.

Me miró. Solo eso: me miró. Con la misma expresión de siempre, esa combinación de calma y algo más difícil de catalogar que le había visto cientos de veces en ese mismo ascensor. Pero esa tarde había algo en el fondo de la mirada que los dos sabíamos exactamente lo que era, y que ninguno de los dos iba a nombrar jamás. La imagen de mi polla dura en el puño, chorreando semen sobre mi vientre bajo la luz del fluorescente, estaba ahí, entre los dos, tan real como los buzones y la puerta y la mano de su marido en su espalda.

Las puertas se cerraron.

Subí solo, con las bolsas de la compra y ese peso particular de los secretos que no van a ser dichos.

***

Esa noche, en la cama, con mi mujer dormida a mi lado y el techo del dormitorio en blanco encima de mí, no pensé en Lucía. No pensé en el trabajo ni en los informes que tenía que entregar el lunes.

Pensé en el garaje subterráneo. En la luz fluorescente. En el sedán gris oscuro a dos plazas de distancia. En una mujer de cincuenta y tantos años que había elegido quedarse cuando podría haber encendido el motor y marcharse, que había girado la cabeza en el momento exacto para mirarme la polla a través del cristal, que había movido el brazo por debajo del volante mientras yo me corría sobre mi propia camisa, que dos días después me había saludado con la misma voz tranquila de siempre como si entre nosotros no existiera ningún secreto. Metí la mano por dentro del calzoncillo. Se me había vuelto a poner dura.

Eso era lo más perturbador de todo.

No lo que había pasado, sino lo que no iba a pasar nunca: ninguna conversación, ningún reconocimiento explícito, ningún momento en que alguno de los dos nombrara en voz alta lo que los dos sabían.

Solo ese cruce de miradas en el portal, esa fracción de segundo antes de que las puertas del ascensor se cerraran, y la certeza absoluta de que ella lo recordaba exactamente igual que yo, con el mismo detalle exacto: la polla, el puño, la corrida, el silencio.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(9)

PatoNocturno

que tension!!! me quede pegado hasta el final

RubenSur23

increible como describis esa mezcla de emociones, muy real. sigue asi

lectora_silenciosa

La vecina no dijo nada pero tampoco se fue... eso lo dice todo. Excelente detalle

MatiasG

jajaja la reaccion del protagonista al principio me mato, tremendo

Valentina_mx

Por favor segunda parte!!! me quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

DarkReader09

Se nota que hay algo de real en esto, esa tension psicologica no se inventa facilmente. Muy buen relato

Pancho_99

corto pero intenso, asi me gustan :)

un_lector_curioso

Como lograste meterme tan adentro de la cabeza del personaje? Es lo mejor que lei en semanas

Norberto_B

me recordo a algo que me paso hace unos años, aunque sin tanto suspenso jaja. Muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.