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Relatos Ardientes

La voz de Camila en el teléfono esa noche

El apartamento estaba demasiado silencioso desde que Camila se fue. Cuatro días en Buenos Aires por un congreso de diseño, nada del otro mundo, pero yo nunca había sabido estar solo en ese piso que olía a ella por todas partes. Al tercer día ya había aprendido a no abrir su armario.

Eran casi las once y media. Tenía el portátil abierto sobre las piernas pero hacía veinte minutos que no había leído una sola línea del informe que se suponía debía terminar. La cama estaba hecha a medias. El libro que ella dejó en la mesita de noche seguía abierto en la misma página desde el martes. Una novela gráfica sobre una mujer que construía barcos. No sé qué página era, pero era la misma.

El teléfono vibró en la almohada.

—Hola —dijo su voz.

Algo en ese saludo era diferente al de las noches anteriores. No sé si fue el tono o la pausa que dejó después, o simplemente que llevaba tres noches esperando que llamara y esta vez lo hizo más tarde que de costumbre. Pero lo noté.

—Hola —contesté—. ¿Ya terminaste la cena con los del congreso?

—Hace rato. Estoy en la habitación.

—¿Qué haces?

—Pensarte.

Cerré el portátil.

—¿A mí? —dije, aunque era una pregunta estúpida.

—A ti —repitió—. Y a lo que haría contigo si estuviera en esa cama ahora mismo.

Hubo un silencio. De esos que pesan. Me eché hacia atrás en la almohada sin saber muy bien qué decir. Con Camila siempre pasaba eso: que cuando decidía algo, lo decidía hasta el fondo, y yo tardaba un momento en entender que no era una broma ni una insinuación vaga. Era exactamente lo que parecía.

—¿En serio? —fue lo mejor que se me ocurrió.

Escuché su respiración al otro lado. Tranquila. Segura de sí misma, como siempre que había tomado una decisión y ya no había vuelta atrás.

—Apaga la lámpara —dijo—. Quiero que estés a oscuras.

La apagué. El cuarto quedó solo con la luz que entraba por las persianas desde la calle, sombras largas en el techo que se movían cada vez que pasaba un coche. El edredón todavía olía a su champú de vainilla y algo más verde, algo que no sabría nombrar.

—Ya —dije.

—Bien. Ahora quítate la camiseta.

Me la quité. El aire del apartamento era tibio pero sentí un escalofrío igual, ese tipo de escalofrío que no tiene nada que ver con el frío.

—Cuéntame —le pedí.

—No. —Su voz sonó casi divertida—. Tú escuchas y yo hablo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

***

Su voz bajó un tono. Se volvió más lenta, más deliberada, como si estuviera eligiendo cada palabra antes de soltarla y midiendo el efecto antes de pasar a la siguiente.

—Imagina que entro al cuarto. Llevas puesto lo de siempre: los pantalones de deporte y nada más. La habitación está a oscuras igual que ahora. Yo vengo de la ducha, todavía con el pelo húmedo pegado al cuello, y me siento en el borde de la cama. No digo nada todavía. Solo me siento ahí y te miro.

La escuché. No hablé.

—Te miro un momento sin tocarte. Y tú ya sabes lo que viene y por eso te pones tenso, ese tipo de tensión que no es ansiedad sino anticipación pura. ¿La sientes ahora?

La sentía. Era absurdo: ella estaba a cuatro mil kilómetros en una habitación de hotel con aire acondicionado y minibar, y la sentía igual.

—Sí —dije.

—Pon una mano en el pecho. Sin hacer nada todavía, solo apoyada.

Lo hice.

—Ahora bájala despacio. Hasta el estómago. Para ahí.

Paré.

—Eso es. Dime cómo tienes el corazón.

—Rápido.

—Bien —dijo, y escuché que sonreía—. Así me gusta.

Camila habló durante un buen rato. No daba instrucciones exactamente, o no solo eso: construía imágenes con mucho detalle. Describía cómo habría entrado al cuarto, qué ropa llevaría puesta, cómo olería su piel después de la ducha, la textura de su pelo húmedo contra mi cuello si me inclinara para besarla ahí, justo debajo de la oreja donde siempre la besaba primero.

Era un juego que habíamos hecho alguna vez, años atrás, cuando recién empezamos a vivir juntos y había semanas que los dos trabajábamos turnos distintos y nos veíamos poco. Pero hacía tiempo que no lo hacíamos y yo había olvidado lo bueno que era. Cuánto podía hacer una voz conocida en la oscuridad.

—Baja la mano un poco más —dijo en algún momento.

La bajé.

—¿Cómo estás?

—Muy bien —admití, y ella se rio suave, esa risa baja que solo usaba cuando estábamos solos.

—Bien. Despacio, Marcos. Sin prisa.

***

Su voz tenía esa cadencia particular que solo aparecía en ciertos momentos: una mezcla de autoridad y ternura que no sabría describir si me lo pidieran. No era seductora de una manera obvia ni calculada. Era simplemente ella, completamente en control desde una habitación a cuatro mil kilómetros, con el teléfono apoyado en la almohada probablemente, la luz apagada también.

—Cierra los ojos —dijo.

Los cerré.

—Imagina que estoy sentada a tu lado. No encima, todavía no. Solo a tu lado, con una mano apoyada en tu pecho. Hablándote bajito. Como ahora. ¿Puedes verme?

Podía. Era fácil porque la conocía bien: la forma en que se sentaba con las piernas cruzadas, cómo apoyaba el codo en la rodilla cuando se inclinaba hacia adelante. El pelo húmedo cayéndole sobre un hombro.

—Sí.

—Entonces imagina que bajo la mano yo también. Que te toco despacio, sin apuro, como si no te conociera de memoria pero quisiera aprenderte igual. Como la primera vez, pero sin el nerviosismo de la primera vez.

Hice lo que ella describía. Las sombras del techo seguían moviéndose.

—¿Bien? —preguntó después de un momento.

—Muy bien —dije, y esta vez la voz me salió diferente, más baja.

—Lo sé —murmuró—. Te escucho.

Hubo algo en eso que me descolocó más que cualquier cosa que hubiera dicho antes. Que me estaba escuchando. Que desde el otro lado del teléfono leía mi respiración igual que yo leía la suya.

—¿Qué estás haciendo tú? —le pregunté.

—Escucharte —contestó—. Y lo mismo que tú, más o menos.

La imagen de ella en esa habitación de hotel, sola, pensándome, con el teléfono cerca y los ojos cerrados quizás. Eso me afectó más que todo lo que había descrito hasta entonces.

—Camila…

—Shhh. No pares.

***

No paré.

Ella siguió hablando. Describió cosas que habíamos hecho juntos, variaciones, momentos concretos que los dos recordábamos. Una tarde en el apartamento cuando se cortó la luz en todo el edificio y estuvimos dos horas a oscuras sin que ninguno buscara las velas. Una noche después de una cena con amigos en la que llegamos a casa riéndonos de algo que ya no recuerdo y terminamos sin ropa en el pasillo antes de llegar al dormitorio.

—¿Te acuerdas de esa noche? —preguntó.

—Sí.

—La del pasillo.

—Sí, Camila.

—Imagina que es esa noche. Que acabo de cerrar la puerta con el pie y te estoy mirando. Todavía con el abrigo puesto. Y tú sabes exactamente lo que viene.

Me acordaba. El recuerdo era nítido: ella con el abrigo verde, riéndose de algo, y luego de repente no riéndose.

Su respiración al otro lado del teléfono había cambiado. Más corta. Más cerca del micrófono.

—Ahora —dijo, y su voz sonó diferente, tensa de una manera distinta—. Ahora no pares.

No paré.

Escuché el momento exacto en que su respiración se cortó y luego volvió, lenta, con ese sonido suave que yo conocía bien y que no esperaba escuchar esta noche a esta distancia.

Y entonces todo lo demás fue fácil. Todo fue exactamente lo que tenía que ser.

***

Después hubo un silencio largo que ninguno de los dos rompió durante un buen rato. El apartamento seguía oscuro. La calle afuera seguía con su ruido constante de coches y alguna moto lejana. Yo tenía los ojos abiertos mirando el techo y pensando en nada concreto, que es una de las mejores formas de pensar.

—Hola —dijo Camila después de un rato.

—Hola —dije yo.

Se rio. Y yo me reí también, sin saber muy bien por qué pero sin poder evitarlo.

—Extraño la cama —dijo.

—La cama te extraña a ti.

—¿Solo la cama?

—También el libro que dejaste abierto en la mesita de noche.

—¿Sigue en la misma página?

—Exactamente en la misma.

—Bien. No lo cierres.

—No lo cierro.

Hubo otra pausa, más corta esta vez. El tipo de pausa que no es incómoda sino lo contrario.

—Marcos.

—¿Qué.

—Esto no es lo mismo que estar ahí.

—No —admití.

—Pero no está mal.

—No está nada mal —dije—. ¿Cuándo llegas?

—El domingo a las tres. ¿Me recoges?

—Sí.

—Bien. —Y otra pausa más—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Colgó.

Estuve un rato sin moverme, con el teléfono apoyado en el pecho, mirando las sombras del techo que seguían moviéndose con los coches de la calle. El apartamento seguía en silencio. El libro de Camila seguía abierto en la misma página. El edredón todavía olía a vainilla y a esa otra cosa que no sabría nombrar.

Pero el cuarto se sentía diferente. Menos solo, quizás. O solo de otra manera, que no es lo mismo.

El domingo ella llegó puntual, como siempre llega cuando promete algo. A las tres y diez apareció en la puerta de llegadas con la maleta de cabina y el pelo suelto, buscándome entre la gente con los ojos un poco entrecerrados como hacía siempre en sitios con mucha luz. Cuando me encontró levantó la mano y sonrió, y yo recordé su voz en la oscuridad y pensé que algunas distancias se acortan de maneras que nadie te avisa de antemano.

—Hola —dije cuando llegó a mi lado.

—Hola —contestó, y era exactamente el mismo tono de aquella noche.

Cogí su maleta. Ella cogió mi mano. Y salimos del aeropuerto sin decir nada más, que era exactamente lo que hacía falta.

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Comentarios (8)

lectora_nocturna

ese final me dejo con el corazon acelerado, sigue asi!!!

NocheSilenciosa

Por favor continua la historia, quede con ganas de saber que paso despues

Valeria_88

Me recordo a una llamada que recibi hace tiempo... esas noches que uno ya sabe como van a terminar jeje. Muy bien escrito!

GabrielCordo

Excelente relato! La tension del principio esta perfecta, se nota que sabes escribir

curiosa_porteña

Es autobiografico o pura fantasia? porque se siente muy real la situacion

MironDelSur

Tremendo!! Mas de esto porfavor

AnaSol72

Me encanto como lograste transmitir esa tension con tan pocas palabras al inicio. Seguire atenta a tus relatos, espero que publiques mas seguido!

Pato77

buenisimo, una segunda parte siiii

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