Las llaves del BMW de papá y lo que costaron
Me llamo Valentina. Tengo veinte años, estudio Publicidad en la universidad y vivo con mis padres, aunque uno de ellos no lo sea por sangre.
Mi madre se volvió a casar cuando yo tenía catorce años. Él se llama Rodrigo, tiene cincuenta y uno, trabaja en consultoría de empresas y conduce un BMW Serie 3 de color gris metalizado que guarda en el garaje comunitario como si fuera una reliquia familiar. Cuando se casó con mi madre, me adoptó legalmente, me dio su apellido y empezó a llamarme «hija» con la naturalidad de quien lleva haciéndolo toda la vida. Yo lo llamo papá. Discuto con él cuando llego tarde a casa y le pido favores con voz de niña buena cuando necesito algo.
Físicamente no encajo con la imagen que la gente tiene de una chica discreta. Soy alta, de pelo oscuro y liso hasta los hombros, y años de entrenamiento de natación me dejaron un cuerpo que atrae miradas sin que yo tenga que hacer nada especial: hombros anchos, cintura definida, piernas largas. Tampoco me faltan curvas. Mis pechos son generosos, caen un poco por su peso, y sé perfectamente el efecto que producen cuando me pongo la ropa adecuada.
El problema empezó cuando comencé el segundo año de universidad.
El primer año le pedí prestado el coche a Rodrigo para ir a clase. Dijo que sí sin pensarlo demasiado. Era un trayecto corto, yo tenía el carnet desde hacía un año, y él siempre había sido más complaciente conmigo de lo que debería. Me lo prestaba tres o cuatro días a la semana sin rechistar, y yo empecé a verlo como una extensión natural de mis cosas. El error fue cuando empecé a querer usarlo también los fines de semana.
***Mis amigas Claudia y Sara llevaban meses quejándose de lo mismo: salir de fiesta sin ningún sitio donde acabar. Si ligabas con alguien y querías seguir la noche, las opciones eran o meterte en el coche de un tipo que acababas de conocer o encontrar algún rincón entre los coches del aparcamiento. Ninguna de las dos opciones era buena, y las dos me miraban a mí cada vez que sacaban el tema.
—Tú tienes solución a ese problema —me dijo Claudia una tarde, con el tono de quien ya lleva días pensando la respuesta antes de plantear la pregunta.
—Mi padre no me va a dejar el coche para salir de fiesta.
—Tu padrastro —me corrigió Sara.
—Que es lo mismo.
—No es lo mismo. Y además lo tienes completamente loco. Se le nota en la cara cada vez que te mira.
No podía negarlo. Rodrigo llevaba tiempo mirándome de una forma que no era exactamente la de un padre. Las miradas al escote cuando bajaba las escaleras por la mañana, la mano que se quedaba un segundo de más en mi hombro cuando nos saludábamos, esa costumbre suya de aparecer en la cocina justo cuando yo estaba sola. Lo había notado desde hacía meses, pero nunca había hecho nada con esa información porque no había necesitado hacerlo.
—Solo tienes que insinuarte un poco —dijo Claudia—. No hace falta que hagas nada raro. Con tenerlo contento es suficiente.
—Es mi padre —dije.
—Es tu padrastro —repitieron las dos al mismo tiempo.
Volví a casa en metro pensando que no lo haría. Y durante el trayecto pensé exactamente cómo lo haría.
***Al día siguiente, mi madre tenía turno de tarde en la clínica donde trabajaba. La casa quedó vacía poco después de las dos.
Me puse unos vaqueros ajustados, una camisa de seda fina con tres botones abiertos y me recogí el pelo en una coleta baja. Sin zapatos, descalza sobre el suelo fresco del pasillo. Rodrigo estaba en el salón viendo las noticias, con el mando en la mano y el café de sobremesa a medio terminar en la mesita.
—Papá, ¿puedo hablarte de algo?
Me miró con esa expresión de quien ya espera que le pidan dinero.
—Claro, siéntate.
Me senté a su lado. Cerca. Nuestros muslos se rozaron y él bajó el volumen de la televisión sin que yo se lo pidiera.
—Necesito el coche para los fines de semana. No solo para ir a clase.
—Ni hablar —dijo, sin dudar ni un segundo—. Es un BMW, Valentina. Llevas año y medio con el carnet.
—Puedo pagar la gasolina.
—¿Con el dinero que te paso yo?
Decidí cambiar de enfoque. Con calma, puse la mano abierta en su muslo, como si fuera un gesto completamente natural entre nosotros. Él se tensó de inmediato. Miró mi mano. Luego me miró a mí.
—Anda, no seas tan estricto —dije, con la voz un tono más bajo de lo habitual—. Siempre has sido tan bueno conmigo.
No respondió. En sus pantalones empezó a marcarse una forma que no podía ignorar.
Exactamente donde quería tenerlo.
—Escucha —continué, acercándome un centímetro más—. Podríamos llegar a un acuerdo. Tú me dejas el coche los fines de semana y yo me encargo de que estés contento. Una vez a la semana. Lo que tú quieras.
—¿Lo que yo quiera? —repitió, con la voz ligeramente ronca.
Deslicé la mano hacia la cara interna de su muslo y le agarré el bulto por encima del tejido. Era más de lo que esperaba. Él contuvo el aliento.
—Algo así —dije.
Hubo cuatro o cinco segundos de silencio.
—De acuerdo —dijo.
No tardé demasiado en tenerlo con los pantalones abiertos y la polla en la mano. Era grande y ya completamente dura entre mis dedos, con las venas marcadas y la punta caliente. La masturbé despacio al principio, probando el ritmo, luego con más constancia, moviendo la muñeca en el arco de siempre. Él puso una mano en mi rodilla y apretó en silencio.
Tardó poco más de cinco minutos. Se corrió con un gemido corto que intentó contener, y tuve que apartarme rápido para no mancharme la camisa. Cogí un pañuelo de la caja de la mesita y limpié lo que pude.
Me levanté.
—Las llaves en la entrada, por favor.
—Sí —respondió, todavía con la respiración acelerada y la mirada perdida.
Esa noche salí con el BMW, aparqué en el centro y mis amigas subieron riéndose todo el camino. Yo también me reí. Pensé que lo tenía todo bajo control.
***El acuerdo funcionó durante un mes sin mayores complicaciones. Una vez a la semana, cuando mi madre estaba fuera, Rodrigo venía a buscarme con esa misma mezcla de nerviosismo y anticipación que no desapareció nunca. Siempre llegaba ya con ganas, siempre dispuesto antes de que yo lo tocara siquiera. Yo resolvía el asunto en cinco minutos y las llaves aparecían en la entrada antes de que me hubiera terminado de arreglar para salir.
Pero con el tiempo empezó a querer más. Siempre quieren más.
Lo primero que cambió fue la postura. Me propuso que me pusiera en pie mientras él se masturbaba mirándome, sin que yo lo tocara. Me lo presentó como una simplificación del trato, pero yo sabía perfectamente lo que era. Acepté de todas formas porque así me ahorraba tener que tocarlo.
Me plantaba en el centro del salón con las manos en las caderas mientras él se acomodaba en el sofá. Yo miraba hacia la ventana. Él tardaba más de lo habitual y empezó a pedirme que me girara, que caminara hacia el fondo de la habitación, que me inclinara a recoger algo del suelo. Detalles pequeños. Yo los hacía porque cuanto antes terminara, antes me podía ir.
Pero tardaba demasiado.
Un día, después de doce minutos de pie esperando que acabara, me preguntó si podía tocarme.
—Por encima de la ropa —dije.
—Por encima de la ropa —aceptó, antes incluso de que yo terminara la frase.
Se levantó del sofá. Le puse el trasero un poco en pompa para que terminara de una vez. Sentí sus manos en las caderas, luego en la cintura, y finalmente una de ellas rodeó mi cuerpo por delante y apretó mi pecho con cuidado, como si quisiera comprobar si yo iba a decir algo. No dije nada. Rozó el pezón a través de la tela de la camisa y se me puso duro en el acto, aunque no era lo que yo quería sentir en ese momento.
Se corrió dos minutos después, en el suelo, con un gemido que intentó ahogar contra mi pelo. Lo limpié con papel de cocina y me hice a un lado.
—Las llaves.
—Las llaves —repitió, como en sueños.
***Fue mi propia impaciencia la que empeoró las cosas. Empecé a usar aceite para masajes porque los minutos que pasaba en esa habitación me parecían una cantidad excesiva de vida desperdiciada. Con aceite en las manos el proceso entero se reducía a cuatro minutos como mucho. Los ruidos húmedos y constantes de mis manos resbalando por su polla, el chapoteo del aceite caliente entre los dedos, todo eso lo ponía al límite con una rapidez que no esperaba.
Pero entonces empezó a mirarme de una forma distinta, más hambrienta, y supe que el aceite solo había abierto otra puerta.
Le propuse un acuerdo nuevo: yo me quitaba la camisa, él no me tocaba, y terminábamos antes. Me pareció una concesión mínima a cambio de ganar diez minutos de mi tarde. Aceptó.
La primera vez que lo hice en topless tardó menos de tres minutos. Mis pechos, libres y con los pezones duros por el aire de la habitación, se mecen con cualquier movimiento. Cuando me arrodillé frente a él y me incliné hacia delante, caían y se balanceaban al ritmo de mis brazos, y ese espectáculo fue lo que hizo que Rodrigo perdiera el control antes de lo habitual. Se corrió con dos sacudidas fuertes que me alcanzaron el pecho antes de que pudiera apartarme.
—Lo siento —dijo.
—No pasa nada —dije, aunque no era verdad.
Me limpié en el baño y me miré en el espejo un momento. Ya no sabía exactamente quién controlaba el trato.
***La conversación que lo cambió todo fue en el aparcamiento del polideportivo.
Yo venía de un entrenamiento, todavía con el pelo mojado y el bolso colgado del hombro. Rodrigo había ido a recogerme porque ese fin de semana el coche estaba en el taller. Entramos en el garaje comunitario, aparcó en su plaza habitual, y no desbloqueó las puertas.
—Tenemos que hablar del trato —dijo, mirando al frente.
—¿Qué pasa con el trato?
Se desabrochó los pantalones con una calma que me resultó inquietante, como si estuviera haciendo algo completamente ordinario. Sacó la polla y la acomodó sobre el muslo, ya medio dura.
—El BMW tiene gastos. El seguro, el mantenimiento, la revisión el año que viene. Más la gasolina que cubro yo aunque tú digas que la pagas tú. —Me miró de reojo—. Lo que haces ya no compensa lo que cuesta.
—Rodrigo…
—Soy papá —dijo, con una media sonrisa que no tenía nada de paternal.
Dios mío.
—¿Qué quieres exactamente? —pregunté, aunque la respuesta ya me la estaba imaginando.
—Una mamada. Una vez a la semana. Bien hecha. Y me corro en tu boca.
Lo miré a él. Luego miré la polla, que ya estaba completamente dura. Era la misma que llevaba meses conociendo por forma y por textura, la misma que había tenido entre las manos cientos de veces. Pero esto era diferente y los dos lo sabíamos.
Pensé en el coche. En los fines de semana, en mis amigas, en todo lo que eso implicaba. Pensé también en lo que ya había hecho durante meses sin que nadie me lo hubiera obligado, y en la distancia real que había entre ese punto y el siguiente.
—Solo una vez a la semana —dije.
—Una vez.
—Y nada de tocarme. Sin manos encima.
—De acuerdo.
El garaje estaba en silencio. Las tuberías crujían en algún punto lejano del edificio. Arriba, en el cuarto piso, mi madre estaría preparando la cena o poniendo una serie.
Cogí el chicle que estaba masticando, lo envolví en un papel del bolso y lo dejé en el cenicero del coche. Me recogí el pelo en una coleta. Me incliné hacia su lado.
Solo es una mamada.
Lo agarré con la mano derecha, noté el peso familiar, el calor de siempre, y abrí la boca. Los pelos ásperos me rozaron la nariz en cuanto me lo tragué hasta el fondo. Cerré los ojos y respiré por la nariz, concentrada, mientras mi boca trabajaba con el ritmo que sabía que funcionaba.
Ya sé exactamente cuándo va a correrse. Me he acostumbrado a su forma, a su tamaño y a su sabor. Lo que no sé todavía es en qué momento dejé de llevar la cuenta de lo que esto me está costando.