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Relatos Ardientes

El intercambio prohibido que ninguno olvidaría

Llevábamos tres meses intercambiando correos antes de acordar la fecha. Había encontrado a Diego en un foro privado, uno de esos espacios discretos donde la gente habla sin rodeos de lo que no puede nombrar en voz alta. Él tenía la misma inquietud que yo: un acuerdo entre dos hijos dispuestos a compartir lo que guardaban en secreto.

El intercambio fue su propuesta original. Yo ya había participado en algo parecido antes, aunque aquella vez no admití abiertamente lo que estaba pasando. Esta vez sería diferente. Esta vez seríamos cuatro personas en la misma habitación, con todo sobre la mesa, con las pollas y los coños de todos al aire, sin disfraces ni excusas.

La noche anterior al encuentro, mi madre y yo nos alojamos en un hotel pequeño a las afueras de la ciudad. No hacía falta explicar nada: Luisa ya sabía lo que vendría al día siguiente. Llevábamos tiempo así, y teníamos nuestros propios rituales de preparación.

Se recostó en la cama con las piernas abiertas de par en par y me dejó trabajar en silencio. Era una mujer de cuarenta y ocho años, con el cuerpo bien cuidado, unas tetas todavía firmes y una manera de mirarte que te hacía sentir que entendía exactamente lo que querías antes de que lo dijeras. Me arrodillé entre sus muslos y le abrí los labios del coño con dos dedos. Ya estaba mojada. Bajé la boca y empecé a lamerle el clítoris con la punta de la lengua, despacio, dibujando círculos que se iban cerrando hasta apretarle el capullo entre los labios y chupárselo.

—Así, hijo —murmuró, y su mano bajó a mi nuca para apretarme la cara contra su coño.

Le metí dos dedos hasta el fondo mientras seguía chupándole el clítoris. Los curvé buscando ese punto rugoso en la pared de arriba y ella empezó a mover las caderas, empujando el coño contra mi boca. Le pasé la lengua entera desde el culo hasta el clítoris, saboreándola. Luego escupí sobre su ojete y le metí un dedo ahí también, mientras los otros dos seguían dentro del coño.

—Mañana vas a comportarte —le dije sin dejar de hacer lo que hacía, con los labios brillándome de sus jugos.

—¿Yo? —respondió con una sonrisa que no era inocente—. Tú eres el que me pone en estas situaciones.

Tenía razón, por supuesto. Le seguí comiendo el coño hasta que se corrió apretándome la cabeza con los muslos, temblando entera y soltando un gemido largo que se le rompió en la garganta. Cuando levanté la cara, tenía el mentón empapado de ella. Me subí a la cama y le metí la polla en la boca sin decir nada. Luisa la chupó despacio, mirándome desde abajo, saboreándose a sí misma en mi verga.

—Traga —le dije cuando sentí que me venía.

Le vacié la corrida al fondo de la garganta y ella tragó cada gota sin apartar la boca, ordeñándome hasta la última descarga con la lengua enroscada en el glande. Cuando terminó, me lamió la punta con cuidado y sonrió.

Esa noche dormimos enredados sobre las sábanas. Le pedí que se colocara un plug antes de dormir y que lo mantuviera hasta el día siguiente. Lo hizo sin preguntar: la vi ponerse en cuatro, embadurnarse el ojete con lubricante y empujarse el plug metálico hasta que la base quedó ajustada entre sus nalgas. Apagué la luz poco después de las once.

***

A la mañana siguiente tomamos un taxi hasta la dirección que Diego me había enviado. Era un barrio tranquilo, de casas con jardín y calles sin mucho tráfico. Durante el trayecto, Luisa apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos. Yo miraba por la ventana y pensaba en Patricia.

Me había mandado una fotografía semanas antes, solo el rostro. Cabello oscuro a la altura de la barbilla, piel blanca, expresión calmada. Diego me había dicho que tenía cuarenta y cinco años y que era tan decidida como él. En los correos era directa, sin rodeos: escribía "quiero que me folles delante de tu madre mientras Diego me come el culo" con la misma naturalidad con que se pide un café. Eso me gustó desde el principio.

La casa tenía una fachada blanca con una reja de hierro pintada de negro. Llamé al interfono dos veces y una voz femenina respondió.

—¿Rodrigo?

—Sí. Con mi madre.

—Esperen un momento. Ya bajamos.

Luisa me miró de reojo.

—La voz suena bien —dijo en voz baja, con una pequeña sonrisa—. Espero que su coño también.

Diego abrió la puerta dos minutos después. Era delgado, con el pelo oscuro y corto y una manera de moverse que delataba que también estaba nervioso, aunque trataba de disimularlo. Nos dio la mano a los dos y nos hizo pasar.

Patricia estaba sentada en el sofá de la sala cuando entramos. Se puso de pie y nos saludó con una sonrisa genuina. Llevaba una blusa sencilla y unos pantalones oscuros, nada ostentoso. Me pareció exactamente como esperaba: una mujer que sabía muy bien lo que quería y no necesitaba demostrarlo.

Hablamos unos minutos de cosas sin importancia. El calor, el trayecto, si habíamos tenido dificultad para encontrar la casa. Era esa pequeña ceremonia de presentaciones que hace falta cuando cuatro personas que nunca se han visto en persona se juntan para algo que ningún manual describe.

Luisa pidió usar el baño. Patricia se ofreció a acompañarla.

Me quedé solo con Diego en la sala.

—¿Todo bien por su parte? —le pregunté.

—Sí. Totalmente decididos.

—¿Sin condiciones especiales?

—Solo que si algo no le gusta a alguno, se dice y se para. Sin presiones. A mi vieja le gusta que le den por el culo, para que lo sepas.

—A la mía también. Trae plug desde anoche.

Diego asintió y se relajó visiblemente. Era la casa de sus abuelos, me explicó: ellos estaban de viaje y no volverían hasta el fin de semana.

Unos minutos después escuché pasos en el pasillo. Patricia entró primero, seguida de Luisa. Mi madre se había cambiado en el baño: llevaba un conjunto de látex negro que la ceñía perfectamente, con los pechos apretados hacia arriba y una abertura estratégica entre las piernas que dejaba el coño y el culo al descubierto. Los tacones hacían que sus piernas parecieran más largas. Patricia, por su parte, llevaba solo una bata corta que se abrió lo suficiente al caminar para dejar ver la lencería negra debajo, unas medias con liguero y unas bragas de encaje que ya se le marcaban en el pliegue.

—¿Empezamos? —dijo Patricia, sin preguntarle a nadie en particular, y ella misma se desató la bata y la dejó caer al suelo.

***

Lo que vino después fue como un mecanismo que llevaba meses esperando ponerse en marcha.

Luisa se acomodó en el sofá grande, se abrió el látex por la entrepierna, separó los labios del coño con los dedos y miró a Diego con esa expresión que yo conocía bien. Diego no necesitó más invitación. Se arrodilló frente a ella, le pasó la lengua entera desde el ojete hasta el clítoris de un solo lametón, y arrancó ahí un gemido bajo. Empezó a trabajar despacio, sin prisa, hundiéndole la lengua en el coño y luego chupándole el capullo con los labios apretados, siguiendo el ritmo que ella le marcaba con pequeños sonidos y con la presión de su mano sobre su cabeza.

—Métele dos dedos —le indicó Luisa—. Y con la otra mano quítame el plug del culo. Despacio.

Diego obedeció. Vi cómo el plug metálico salía brillando de saliva y jugos, y cómo el ojete de mi madre quedaba abierto unos segundos, dilatado y palpitante, antes de contraerse otra vez. Diego lo miró un momento y le hundió la lengua ahí también, alternando entre el coño y el culo mientras la follaba con los dedos.

Patricia se acercó a mí.

—Siéntate —me dijo.

Me senté en el sillón que quedaba frente al sofá. Ella me desabrochó el cinturón y me bajó el pantalón junto con la ropa interior de un tirón. Mi polla saltó dura, ya goteando líquido preseminal. Patricia se arrodilló y se tomó su tiempo: primero me miró desde abajo, con una calma deliberada, la agarró por la base y la miró como quien examina lo que va a comerse. Sacó la lengua y me pasó la punta desde los huevos hasta el glande, muy despacio, recogiendo la gota que asomaba.

—Rica —murmuró.

Y entonces empezó. Se metió toda la polla en la boca hasta que la nariz me tocó el vientre. Sentí el fondo de su garganta apretándome el glande y me tuve que aferrar a los brazos del sillón. Era precisa en lo que hacía, con una habilidad que no tenía nada de mecánico. Sabía cuándo acelerar y cuándo detenerse, cuándo usar las manos y cuándo solo la boca. Me la sacaba entera para escupirle encima, luego me lamía los huevos uno por uno metiéndoselos en la boca, y volvía a tragarme la verga entera hasta la base.

Desde donde estaba podía ver a mi madre y a Diego. Luisa tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, con la boca abierta y una mano apretándose una teta por encima del látex. Diego seguía comiéndole el coño y el culo alternadamente, con la barbilla brillando de saliva y flujo.

—Diego —dijo Luisa de pronto, jadeando—, cógeme ya, no aguanto.

Diego se levantó, se bajó los pantalones y se agarró la polla, gruesa y venosa, para masturbársela un par de veces frente al coño abierto de mi madre. Luego se la metió de un solo empujón. Luisa soltó un grito ahogado que se convirtió en gemido continuo mientras él empezaba a follársela con embates fuertes y regulares que hacían que sus tetas rebotaran dentro del látex.

Patricia sacó mi polla de su boca al escuchar el grito de Luisa y giró la cabeza para mirar.

—Tu madre folla bien —comentó, y volvió a tragarme entero.

Después de un rato intercambiamos posiciones.

Patricia se sentó en el sofá, junto a donde estaba mi madre, y yo me arrodillé entre sus piernas. Le arranqué las bragas de un tirón. Su coño estaba depilado, brillante, con los labios menores hinchados y separados. Le hundí la cara sin pensarlo y empecé a chupárselo. Sabía a mujer madura, un sabor fuerte y limpio a la vez. Diego se colocó al otro lado, entre las piernas de Luisa, siguió cogiéndosela con las piernas de mi madre sobre sus hombros. Durante varios minutos los dos estuvimos atendiendo a la madre del otro mientras las dos mujeres, sin ponerse de acuerdo, empezaron a tocarse: primero las manos, luego los hombros, luego más. Luisa buscó con la mano una teta de Patricia, se la sacó del sostén y empezó a pellizcarle el pezón. Patricia le devolvió el gesto metiéndole dos dedos en la boca a mi madre, que los chupó con los ojos entrecerrados.

—Mira para arriba —me pidió Patricia en voz baja, con una mano en mi nuca.

La miré, con la lengua todavía enterrada en su coño.

—Métemela ya —dijo—. Quiero sentir esa polla dentro.

Cerró los ojos.

Patricia tenía el cuerpo de alguien que lo había cuidado durante años pero sin obsesión: curvas marcadas, piel suave, unas caderas anchas que se movían de manera casi involuntaria cuando encontraba el ritmo que buscaba. Tenía varios lunares pequeños repartidos por el abdomen y los muslos. Me pareció que cada uno era un detalle que hacía al conjunto más real, más presente.

Me levanté, le agarré las piernas por detrás de las rodillas, se las abrí y le encajé la polla de un solo golpe. Estaba tan mojada que me tragó entero sin resistencia. Le empecé a coger con estocadas largas mientras ella se agarraba a mis brazos, con la boca abierta y las tetas moviéndose con cada empuje.

—¿Quieres que pasemos al otro cuarto? —preguntó Diego desde el otro lado del sofá, sin dejar de folla a mi madre.

—Todavía no —respondió Luisa entre jadeos—. Quiero que tu madre me vea correrme primero.

Patricia abrió un ojo y miró a mi madre. Luego los cerró de nuevo y sonrió mientras yo seguía cogiéndosela.

Luisa se corrió unos segundos después, con Diego martillándole el coño y un dedo suyo en el culo. Fue un orgasmo ruidoso, con las piernas temblando y la espalda arqueándose hasta despegar el culo del sofá. Diego la sacó justo a tiempo y le pintó el vientre y las tetas de látex con chorros gruesos de corrida. Luisa se pasó dos dedos por encima, se los llevó a la boca y los chupó mirando a Patricia.

***

La primera vez que estuve dentro del culo de Patricia fue en el sofá, con ella apoyada sobre las rodillas y las manos, mirando hacia adelante. Diego me pasó el lubricante sin decir nada. Le eché un buen chorro entre las nalgas y se lo esparcí con el pulgar, metiéndoselo en el ojete hasta que el músculo cedió y aceptó primero un dedo, luego dos. Patricia soltó un gruñido bajo y empujó el culo hacia atrás.

—Ya —dijo—. Métemela.

Apoyé la punta contra el ojete lubricado y empujé despacio. El anillo cedió con un pequeño chasquido y me tragó hasta la mitad. Me tomé unos segundos antes de empezar, solo para fijarme en cómo respiraba y cómo su culo se iba adaptando a mi polla.

—Diego —dijo sin girarse—, mira cómo me da tu amigo por el culo.

Diego levantó la vista. Tenía a Luisa sentada sobre él en el sillón pequeño, moviéndose despacio con las manos apoyadas en sus hombros, con la polla de él enterrada en el ojete de mi madre.

—Dale más fuerte —le dijo a mi madre, sin dejar de mirar hacia Patricia—. Ordéñame la verga con ese culo tuyo.

Luisa no necesitó que se lo repitieran. Empezó a botar sobre él con toda la fuerza que tenía, las tetas rebotando sacadas por encima del látex, el culo tragándose la polla entera en cada bajada.

Empujé más fuerte en el ojete de Patricia. Se la metí hasta el fondo, hasta que mis huevos golpearon su coño. Patricia respondió inclinándose un poco hacia adelante y empujando hacia atrás, encajándomela hasta la raíz. Encontramos el ritmo sin hablarlo. Le di una palmada fuerte en la cadera y ella giró la cabeza con los ojos entrecerrados.

—Más —dijo.

Le di otra en la otra nalga, y otra más, hasta que la piel se le enrojeció. Le agarré del pelo con una mano y le tiré la cabeza hacia atrás mientras seguía martillándole el culo.

—Así —jadeó ella—. Rómpeme.

Bajé la otra mano hasta su coño y le froté el clítoris con dos dedos mientras la cogía por el culo. Patricia empezó a soltar una letanía de guarradas.

—Sí, así, más fuerte, cógeme el culo, tu polla es una puta maravilla, más, más, no pares.

Desde el sillón llegaban los sonidos de mi madre y Diego mezclados con la voz de Luisa dando instrucciones. A veces la reconocía por el tono, aunque las palabras se perdían entre gemidos. Era uno de esos momentos en que la conciencia se divide: una parte de ti está completamente presente en lo que haces y otra parte observa todo desde fuera, sin poder creer del todo que sea real.

Después de un rato Patricia pidió cambiar de posición. Me la saqué del culo, ella se giró y se sentó de frente sobre mí, empalándose ahora en el coño con un gemido de alivio. Empezó a moverse con una cadencia lenta y regular que fue acelerando gradualmente. Sus manos se apoyaron en mis hombros. Sus ojos, abiertos, miraban un punto por encima de mi cabeza.

—Tu madre hace bien su trabajo —me dijo en voz baja, sin dejar de moverse, mientras su coño chupaba mi polla en cada bajada.

Giré la cabeza. Luisa estaba de rodillas frente a Diego, con las manos sobre sus muslos, chupándole la polla con la boca abierta y la lengua fuera, dejándose la cara embadurnada de saliva.

—La tuya también —respondí, subiendo las manos hasta las tetas de Patricia para apretárselas.

Patricia soltó un sonido breve que podría haber sido una risa o algo más. Siguió moviéndose. Sus pechos grandes se movían con cada impulso y yo apoyé las manos en sus caderas para ayudarle a mantener el ritmo, empujándola hacia abajo con cada estocada mía hacia arriba. Le mordí un pezón, se lo chupé entero, se lo estiré con los dientes.

—Casi —dijo de pronto, con los ojos cerrados—. Espera. No te corras, no te corras dentro todavía.

Esperé, quieto, con la polla enterrada hasta el fondo mientras ella se movía apenas, moliendo el clítoris contra mi hueso púbico.

Unos segundos después el temblor empezó en sus caderas y subió hasta los hombros. Su coño se cerró alrededor de mi polla en oleadas, apretándome, ordeñándome. Patricia se inclinó hacia adelante y me apretó los hombros con fuerza, soltando un gemido largo que le nació en el vientre. Luego se quedó quieta, respirando despacio, con la frente apoyada en mi cuello.

—Bien —dijo finalmente—. Ahora subimos. Quiero que me la metan los dos.

***

La habitación de arriba tenía una cama grande con sábanas blancas y dos ventanas con las persianas a medio bajar. La luz era lateral, cálida. Patricia entró primero y se recostó sin esperar, se abrió de piernas y se pasó dos dedos por el coño mientras nos miraba entrar.

Diego llegó con Luisa unos segundos después. Mi madre se sentó al borde de la cama y lo miró con esa expresión que usa cuando está decidiendo algo.

—Ven aquí —le dijo, y lo atrajo hacia ella, se recostó y le abrió las piernas para que se le encajara entre los muslos.

Lo que siguió fue más lento, más deliberado que en la sala. Yo me acomodé encima de Patricia y le volví a meter la polla en el coño. Diego se colocó detrás de ella, con Patricia recostándose entonces de lado sobre mí, en posición de cuchara, con una pierna levantada. Diego le escupió en el ojete, se lubricó la polla y se la metió despacio en el culo, milímetro a milímetro.

Patricia lo recibió con un sonido que salió del fondo de la garganta y luego se quedó quieta unos segundos, adaptándose a las dos vergas que ahora la llenaban por completo.

—Bien —dijo finalmente—. Ahora sí. Los dos. Fuerte.

El movimiento tenía que coordinarse. Fue torpe al principio, como siempre lo es, pero luego encontró su lógica propia. Cuando yo entraba, Diego salía. Cuando yo salía, Diego entraba. Patricia marcaba el ritmo con la cadera y nosotros lo seguíamos, sintiéndonos mutuamente a través de la delgada pared que separaba sus dos agujeros. Cada estocada le arrancaba un gemido que se le rompía en la garganta.

Luisa se colocó junto a nosotros, de rodillas sobre la cama, y le puso la mano a Patricia en la nuca con una suavidad inesperada. Luego bajó la cabeza y empezó a chuparle una teta, mordisqueándole el pezón mientras nosotros la seguíamos taladrando.

—¿Bien? —le preguntó.

—Muy bien —contestó Patricia, sin abrir los ojos—. Mándame tu coño a la boca.

Luisa se subió sobre la cara de Patricia y se sentó, apoyándose en el respaldo. Patricia le hundió la lengua en el coño y empezó a comérselo mientras nosotros seguíamos cogiéndola por los dos agujeros. Mi madre me miraba a los ojos por encima del cuerpo de Patricia, con la boca abierta, gimiendo.

Durante los minutos que siguieron los cuatro funcionamos como una sola cosa, sin que nadie diera instrucciones ni nadie tomara el mando. Patricia llegó primero: un temblor que empezó en las caderas y subió hasta los hombros, su coño ahogando a Luisa, su culo apretándome la polla de Diego, su boca todavía chupando el clítoris de mi madre. Fue un orgasmo largo, en varias oleadas, que le hizo cerrar las piernas alrededor de la cabeza de Luisa.

Después fue Luisa, con un sonido más agudo y las manos aferradas al cabecero, empujando el coño contra la boca de Patricia hasta que se le vaciaron los pulmones.

Y después nosotros dos, con unos minutos de diferencia. Diego se corrió primero, con un gruñido, vaciándose entero en el culo de Patricia. Cuando la sacó, un hilo de semen le corrió por el perineo hasta mis huevos. Yo aguanté unos segundos más, hasta que Patricia me susurró "córrete dentro, lléname el coño", y entonces me dejé ir, descargando dentro de ella en oleadas mientras ella me clavaba las uñas en la espalda.

***

Nos quedamos en la cama un rato largo sin hablar. Patricia tenía los ojos abiertos mirando el techo, con las piernas todavía abiertas y las corridas de los dos escurriéndosele por los muslos. Diego estaba tumbado boca arriba a su lado. Mi madre se había acurrucado contra mí con la espalda apoyada en mi pecho, y yo tenía una mano perezosa sobre una de sus tetas.

—¿Cuándo vuelven sus abuelos? —preguntó Luisa al cabo de un momento.

—El sábado —respondió Diego.

—Es martes.

—Sí.

Silencio.

—Bien —dijo mi madre, y cerró los ojos.

Ninguno de los cuatro dijo nada más durante un buen rato. Por la ventana entraba una luz que ya se había desplazado hacia el naranja. Habíamos llegado a las diez de la mañana. Eran, calculé, cerca de las dos de la tarde.

Cuando finalmente nos levantamos y nos vestimos, lo hicimos despacio, sin prisas. Patricia preparó café mientras Diego bajaba con Luisa por las escaleras. En la cocina, mientras esperábamos, Patricia me miró desde el otro lado de la encimera.

—Fue como lo esperaba —dijo.

—¿Para bien o para mal?

—Para bien. —Hizo una pausa breve—. Vuestro correo sigue siendo el mismo, ¿no?

—El mismo.

Asintió y llenó las tazas sin decir nada más.

Cuando nos despedimos en la puerta, lo hicimos con la misma calma con que habíamos llegado. Diego y Patricia nos acompañaron hasta la reja. Mi madre y Patricia se dieron un abrazo breve. Diego me estrechó la mano.

En el taxi de vuelta, Luisa apoyó de nuevo la cabeza en mi hombro. El conductor tenía la radio puesta, una canción que ninguno de los dos reconocimos. Las calles pasaban lentas por la ventana.

—¿Repetimos? —preguntó mi madre sin levantar la cabeza.

Pensé en Patricia mirando el techo con los ojos abiertos y las piernas manchadas. Pensé en Diego siguiendo el ritmo sin que nadie se lo pidiera. Pensé en los cuatro funcionando como esa cosa sin nombre que habíamos sido durante unas horas.

—Sí —dije—. Repetimos.

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Comentarios(9)

Damian77

tremendo!!! me quede pegado hasta el final sin poder parar

CuriosaNocturna

Por favor continualo, no puede quedar asi. Quedo con demasiadas ganas de saber como termina todo entre los cuatro

Romi_Gdl

Lo que mas me gusto es como se va construyendo la tension desde el principio. Esos tres meses coordinando... se siente muy real. Sigue escribiendo!

PabloNqn

ese momento de la puerta me mato jajaja, lo imagine perfectamente

Steelheart

Muy bien escrito, se nota que lo pensaste antes de ponerte a escribir. Sin apuro, sin vulgaridades innecesarias. Gracias

Tomas_MDP

uff que arranque... ya quiero la segunda parte

LucianaC

Increible como lograste narrar eso sin que se vuelva burdo. Una joya de relato, en serio.

ValentinaOk

me recordo a algo que jamas confese jeje. Muy bueno, espero mas relatos asi

ManuelOK

La verdad no esperaba ese giro cuando abre la puerta. Excelente!!

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