El intercambio prohibido que ninguno olvidaría
Llevábamos tres meses intercambiando correos antes de acordar la fecha. Había encontrado a Diego en un foro privado, uno de esos espacios discretos donde la gente habla sin rodeos de lo que no puede nombrar en voz alta. Él tenía la misma inquietud que yo: un acuerdo entre dos hijos dispuestos a compartir lo que guardaban en secreto.
El intercambio fue su propuesta original. Yo ya había participado en algo parecido antes, aunque aquella vez no admití abiertamente lo que estaba pasando. Esta vez sería diferente. Esta vez seríamos cuatro personas en la misma habitación, con todo sobre la mesa.
La noche anterior al encuentro, mi madre y yo nos alojamos en un hotel pequeño a las afueras de la ciudad. No hacía falta explicar nada: Luisa ya sabía lo que vendría al día siguiente. Llevábamos tiempo así, y teníamos nuestros propios rituales de preparación.
Se recostó en la cama con las piernas abiertas y me dejó trabajar en silencio. Era una mujer de cuarenta y ocho años, con el cuerpo bien cuidado y una manera de mirarte que te hacía sentir que entendía exactamente lo que querías antes de que lo dijeras. Mientras la preparaba para el día siguiente, sus labios se entreabrían poco a poco.
—Mañana vas a comportarte —le dije sin dejar de hacer lo que hacía.
—¿Yo? —respondió con una sonrisa que no era inocente—. Tú eres el que me pone en estas situaciones.
Tenía razón, por supuesto.
Esa noche dormimos enredados sobre las sábanas. Le pedí que se colocara un plug antes de dormir y que lo mantuviera hasta el día siguiente. Lo hizo sin preguntar. Apagué la luz poco después de las once.
***
A la mañana siguiente tomamos un taxi hasta la dirección que Diego me había enviado. Era un barrio tranquilo, de casas con jardín y calles sin mucho tráfico. Durante el trayecto, Luisa apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos. Yo miraba por la ventana y pensaba en Patricia.
Me había mandado una fotografía semanas antes, solo el rostro. Cabello oscuro a la altura de la barbilla, piel blanca, expresión calmada. Diego me había dicho que tenía cuarenta y cinco años y que era tan decidida como él. En los correos era directa, sin rodeos. Eso me gustó desde el principio.
La casa tenía una fachada blanca con una reja de hierro pintada de negro. Llamé al interfono dos veces y una voz femenina respondió.
—¿Rodrigo?
—Sí. Con mi madre.
—Esperen un momento. Ya bajamos.
Luisa me miró de reojo.
—La voz suena bien —dijo en voz baja, con una pequeña sonrisa.
Diego abrió la puerta dos minutos después. Era delgado, con el pelo oscuro y corto y una manera de moverse que delataba que también estaba nervioso, aunque trataba de disimularlo. Nos dio la mano a los dos y nos hizo pasar.
Patricia estaba sentada en el sofá de la sala cuando entramos. Se puso de pie y nos saludó con una sonrisa genuina. Llevaba una blusa sencilla y unos pantalones oscuros, nada ostentoso. Me pareció exactamente como esperaba: una mujer que sabía muy bien lo que quería y no necesitaba demostrarlo.
Hablamos unos minutos de cosas sin importancia. El calor, el trayecto, si habíamos tenido dificultad para encontrar la casa. Era esa pequeña ceremonia de presentaciones que hace falta cuando cuatro personas que nunca se han visto en persona se juntan para algo que ningún manual describe.
Luisa pidió usar el baño. Patricia se ofreció a acompañarla.
Me quedé solo con Diego en la sala.
—¿Todo bien por su parte? —le pregunté.
—Sí. Totalmente decididos.
—¿Sin condiciones especiales?
—Solo que si algo no le gusta a alguno, se dice y se para. Sin presiones.
—Igual de nuestra parte. Con eso alcanza.
Diego asintió y se relajó visiblemente. Era la casa de sus abuelos, me explicó: ellos estaban de viaje y no volverían hasta el fin de semana.
Unos minutos después escuché pasos en el pasillo. Patricia entró primero, seguida de Luisa. Mi madre se había cambiado en el baño: llevaba un conjunto de látex negro que la ceñía perfectamente y unos tacones que hacían que sus piernas parecieran más largas. Patricia, por su parte, llevaba solo una bata corta que dejaba adivinar la lencería negra debajo.
—¿Empezamos? —dijo Patricia, sin preguntarle a nadie en particular.
***
Lo que vino después fue como un mecanismo que llevaba meses esperando ponerse en marcha.
Luisa se acomodó en el sofá grande, abrió las piernas y miró a Diego con esa expresión que yo conocía bien. Diego no necesitó más invitación. Se arrodilló frente a ella y empezó a trabajar despacio, sin prisa, siguiendo el ritmo que ella le marcaba con pequeños sonidos y con la presión de su mano sobre su cabeza.
Patricia se acercó a mí.
—Siéntate —me dijo.
Me senté en el sillón que quedaba frente al sofá. Patricia se arrodilló y se tomó su tiempo: primero me miró desde abajo, con una calma deliberada, y luego empezó. Era precisa en lo que hacía, con una habilidad que no tenía nada de mecánico. Sabía cuándo acelerar y cuándo detenerse, cuándo usar las manos y cuándo solo la boca.
Desde donde estaba podía ver a mi madre y a Diego. Luisa tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Diego hacía bien su trabajo.
Después de un rato intercambiamos posiciones.
Patricia se sentó en el sofá, junto a donde estaba mi madre, y yo me arrodillé frente a ella. Diego se colocó al otro lado. Durante varios minutos los dos estuvimos atendiendo a la madre del otro mientras las dos mujeres, sin ponerse de acuerdo, empezaron a tocarse: primero las manos, luego los hombros, luego más.
—Mira para arriba —me pidió Patricia en voz baja.
La miré.
—Bien —dijo, y cerró los ojos.
Patricia tenía el cuerpo de alguien que lo había cuidado durante años pero sin obsesión: curvas marcadas, piel suave, unas caderas anchas que se movían de manera casi involuntaria cuando encontraba el ritmo que buscaba. Tenía varios lunares pequeños repartidos por el abdomen y los muslos. Me pareció que cada uno era un detalle que hacía al conjunto más real, más presente.
—¿Quieres que pasemos al otro cuarto? —preguntó Diego desde el otro lado del sofá.
—Todavía no —respondió Luisa—. Quiero que tu madre me vea primero.
Patricia abrió un ojo y miró a mi madre. Luego los cerró de nuevo y sonrió.
***
La primera vez que estuve dentro de Patricia fue en el sofá, con ella apoyada sobre las rodillas y las manos, mirando hacia adelante. Me tomé unos segundos antes de empezar, solo para fijarme en cómo respiraba.
—Diego —dijo sin girarse—, mira.
Diego levantó la vista. Tenía a Luisa sentada sobre él en el sillón pequeño, moviéndose despacio con las manos apoyadas en sus hombros.
—Dale más fuerte —le dijo a mi madre, sin dejar de mirar hacia Patricia.
Luisa no necesitó que se lo repitieran.
Empujé más fuerte. Patricia respondió inclinándose un poco hacia adelante y empujando hacia atrás. Encontramos el ritmo sin hablarlo. Le di una palmada fuerte en la cadera y ella giró la cabeza con los ojos entrecerrados.
—Más —dijo.
Le di otra.
—Así.
Desde el sillón llegaban los sonidos de mi madre y Diego mezclados con la voz de Luisa dando instrucciones. A veces la reconocía por el tono, aunque las palabras se perdían. Era uno de esos momentos en que la conciencia se divide: una parte de ti está completamente presente en lo que haces y otra parte observa todo desde fuera, sin poder creer del todo que sea real.
Después de un rato Patricia pidió cambiar de posición. Se sentó de frente sobre mí y empezó a moverse con una cadencia lenta y regular que fue acelerando gradualmente. Sus manos se apoyaron en mis hombros. Sus ojos, abiertos, miraban un punto por encima de mi cabeza.
—Tu madre hace bien su trabajo —me dijo en voz baja, sin dejar de moverse.
Giré la cabeza. Luisa estaba de rodillas frente a Diego, con las manos sobre sus muslos.
—La tuya también —respondí.
Patricia soltó un sonido breve que podría haber sido una risa o algo más. Siguió moviéndose. Sus pechos grandes se movían con cada impulso y yo apoyé las manos en sus caderas para ayudarle a mantener el ritmo.
—Casi —dijo de pronto, con los ojos cerrados—. Espera.
Esperé.
Unos segundos después el temblor empezó en sus caderas y subió hasta los hombros. Patricia se inclinó hacia adelante y me apretó los hombros con fuerza. Luego se quedó quieta, respirando despacio, con la frente apoyada en mi cuello.
—Bien —dijo finalmente—. Ahora subimos.
***
La habitación de arriba tenía una cama grande con sábanas blancas y dos ventanas con las persianas a medio bajar. La luz era lateral, cálida. Patricia entró primero y se recostó sin esperar.
Diego llegó con Luisa unos segundos después. Mi madre se sentó al borde de la cama y lo miró con esa expresión que usa cuando está decidiendo algo.
—Ven aquí —le dijo, y lo atrajo hacia ella.
Lo que siguió fue más lento, más deliberado que en la sala. Diego se colocó detrás de Patricia mientras yo seguía dentro de ella por delante. Patricia lo recibió con un sonido que salió del fondo de la garganta y luego se quedó quieta unos segundos, adaptándose.
—Bien —dijo finalmente—. Ahora sí. Los dos.
El movimiento tenía que coordinarse. Fue torpe al principio, como siempre lo es, pero luego encontró su lógica propia. Patricia marcaba el ritmo con la cadera. Diego lo seguía. Yo me ajustaba a ambos.
Luisa se colocó junto a nosotros, de rodillas sobre la cama, y le puso la mano a Patricia en la nuca con una suavidad inesperada.
—¿Bien? —le preguntó.
—Muy bien —contestó Patricia, sin abrir los ojos.
Durante los minutos que siguieron los cuatro funcionamos como una sola cosa, sin que nadie diera instrucciones ni nadie tomara el mando. Patricia llegó primero: un temblor que empezó en las caderas y subió hasta los hombros, y luego un silencio de varios segundos antes de que retomara la respiración.
Después fue Luisa, con un sonido más agudo y las manos aferradas a la sábana.
Y después nosotros dos, con unos minutos de diferencia.
***
Nos quedamos en la cama un rato largo sin hablar. Patricia tenía los ojos abiertos mirando el techo. Diego estaba tumbado boca arriba a su lado. Mi madre se había acurrucado contra mí con la espalda apoyada en mi pecho.
—¿Cuándo vuelven sus abuelos? —preguntó Luisa al cabo de un momento.
—El sábado —respondió Diego.
—Es martes.
—Sí.
Silencio.
—Bien —dijo mi madre, y cerró los ojos.
Ninguno de los cuatro dijo nada más durante un buen rato. Por la ventana entraba una luz que ya se había desplazado hacia el naranja. Habíamos llegado a las diez de la mañana. Eran, calculé, cerca de las dos de la tarde.
Cuando finalmente nos levantamos y nos vestimos, lo hicimos despacio, sin prisas. Patricia preparó café mientras Diego bajaba con Luisa por las escaleras. En la cocina, mientras esperábamos, Patricia me miró desde el otro lado de la encimera.
—Fue como lo esperaba —dijo.
—¿Para bien o para mal?
—Para bien. —Hizo una pausa breve—. Vuestro correo sigue siendo el mismo, ¿no?
—El mismo.
Asintió y llenó las tazas sin decir nada más.
Cuando nos despedimos en la puerta, lo hicimos con la misma calma con que habíamos llegado. Diego y Patricia nos acompañaron hasta la reja. Mi madre y Patricia se dieron un abrazo breve. Diego me estrechó la mano.
En el taxi de vuelta, Luisa apoyó de nuevo la cabeza en mi hombro. El conductor tenía la radio puesta, una canción que ninguno de los dos reconocimos. Las calles pasaban lentas por la ventana.
—¿Repetimos? —preguntó mi madre sin levantar la cabeza.
Pensé en Patricia mirando el techo con los ojos abiertos. Pensé en Diego siguiendo el ritmo sin que nadie se lo pidiera. Pensé en los cuatro funcionando como esa cosa sin nombre que habíamos sido durante unas horas.
—Sí —dije—. Repetimos.