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Relatos Ardientes

Las fotos que Claudia no quería mostrarle a mamá

Roberto pasó el mes de octubre recuperándose de una hernia umbilical que le habían operado a mediados de septiembre. El médico le había dado el alta con indicaciones claras: reposo, sin esfuerzo, frío local durante las primeras semanas. A sus cuarenta y siete años, Roberto tomaba esas indicaciones más en serio que a los treinta.

Esa mañana de domingo, Elena se había ido con Marcos al torneo de pádel del chico, que jugaba en un polideportivo a media hora en coche. Estarían fuera toda la mañana. Roberto se quedó en la cama con una bolsa de hielo sobre el abdomen, la tablet apoyada en las rodillas y tres horas por delante.

Claudia estaba en casa. Tenía veinte años, estudiaba diseño y dormía hasta tarde los domingos.

O eso pensaba Roberto cuando escuchó la puerta del cuarto abrirse.

—¿Qué haces, papá?

Claudia entró en pijama, con el pelo sin recoger y el teléfono en la mano. Era alta como su madre, rubia, con el mismo tipo que Elena pero sin los veintidós años que Roberto llevaba mirando ese cuerpo hasta ya no verlo.

—Aquí, con el hielo. Aburrido.

—Tengo que enseñarte algo. —Se sentó en el borde de la cama sin esperar invitación—. Pero primero prométeme que no te pones pesado.

Roberto bajó la tablet.

—¿Qué es?

Claudia le acercó el teléfono. Eran fotos de ella en ropa interior: fondo blanco, luz de estudio, un juego de lencería en distintos colores. Las poses eran limpias y profesionales. Claudia miraba a cámara con una seguridad que Roberto no le había visto antes, o que quizás había evitado mirar.

—Me han propuesto pruebas para una marca. Lencería de diseño, no es cualquier cosa. Pagan bien y el dinero me vendría para el viaje de fin de carrera.

Roberto no respondió durante un momento.

—¿Lo sabe tu madre?

—No. Por eso te lo enseño a ti primero. Sé que me vas a entender.

Entender. Era exactamente la palabra. La bolsa de hielo sobre su abdomen empezaba a ser un obstáculo más que un alivio.

—Hija, es que... prácticamente no llevas nada.

—¿Y? —Claudia lo miró a los ojos—. ¿Te parece mal?

No. No le parecía mal en absoluto. Eso era el problema.

Cambia de tema, se dijo Roberto. Dile que lo habléis los tres esta noche. Que hable con su madre.

En cambio se quedó callado mientras Claudia se recostaba a su lado para mostrarle mejor las fotos, pasando las imágenes despacio, explicando qué diseñadora era, cómo habían hecho la sesión, cuánto ofrecían. La falda corta que llevaba dejó de cubrir lo que debía cuando se recostó de lado, y Claudia no hizo nada por arreglarla. Debajo de la tela subida no llevaba nada, y el coño depilado de su hija quedó a la vista, con los labios ligeramente entreabiertos y ya brillantes de humedad.

Roberto lo vio. Claudia lo vio ver.

Hubo un silencio de clase distinta.

—¿Cómo tienes la hernia? —preguntó Claudia, cambiando el tono.

—Mejor.

—¿De verdad? —Se giró hacia él y retiró la bolsa de hielo con cuidado, como si comprobara algo—. Porque no parece que tengas tanta inflamación.

Sus dedos tocaron el abdomen de Roberto. Luego, sin prisa, bajaron por debajo del elástico del pantalón del pijama y se cerraron alrededor de una polla que ya estaba dura y hacía rato empujaba contra la tela.

—Claudia.

—Cállate, papá.

Le bajó el pantalón hasta los muslos con una tranquilidad de quien no está improvisando. La polla de Roberto quedó al aire, tiesa contra el vientre, y Claudia la miró un segundo antes de rodearla con la mano entera y empezar a masturbarlo despacio, apretando el prepucio hacia abajo y descubriendo el glande hinchado. Le escupió encima sin ceremonias, extendió la saliva con el pulgar y siguió pajeándolo con la muñeca girada, marcando un ritmo lento y firme.

—Hija —consiguió decir Roberto—, esto no...

—Esto sí —cortó ella—. Llevas mirándome el culo desde que cumplí los dieciocho. No pasa nada.

Se agachó sobre él y le pasó la lengua desde la base hasta la punta, sin soltar la polla, mirándolo a los ojos. Después abrió la boca y se lo tragó entero, hasta la garganta, con una arcada pequeña que no la frenó. Roberto sintió el fondo de su boca cerrarse alrededor del glande y le tembló el abdomen entero, hielo o no hielo.

Claudia empezó a mamársela con una técnica que no debería tener a los veinte años. Subía y bajaba con la boca entera, apretando los labios contra el tronco, y cuando llegaba arriba se detenía a chupar la punta con la lengua, dando vueltas alrededor del frenillo. Después volvía a hundirse hasta atragantarse a propósito, dejando hilos de saliva colgando del mentón que ella misma se limpiaba con la mano libre para volver a untárselos en la polla.

—Joder, Claudia... joder...

—Cállate y déjame —dijo ella, con la voz ronca y la boca llena—. Está muy rica.

Se soltó el pijama de arriba mientras seguía chupándosela y las tetas pequeñas y firmes le quedaron colgando sobre el muslo de su padre. Los pezones estaban duros. Roberto le puso la mano en la nuca y ella gimió con la polla dentro, empujando la cara hacia abajo para que la usara.

Cuando lo notó demasiado cerca, Claudia sacó la polla de la boca con un chasquido y se subió a horcajadas sobre él, cuidando de no apoyar el peso en la zona de la cicatriz. Se levantó la falda de un tirón y quedó con el coño empapado justo encima del glande.

—¿Con condón? —preguntó Roberto en un último resto de cordura.

—Tomo la píldora desde los diecisiete, papá. Tranquilo.

Se sentó de golpe, hasta el fondo. Los dos gimieron al mismo tiempo. Roberto sintió el coño de su hija cerrarse alrededor de él, apretado y ardiente, y pensó que iba a acabarse en tres segundos. Claudia no se movió al principio: se quedó quieta con la polla enterrada hasta la raíz, respirando fuerte, hasta que empezó a mover la pelvis en círculos, restregando el clítoris contra el pubis de su padre.

—Qué grande la tienes, cabrón —murmuró—. Mucho más que el niñato con el que salgo.

Empezó a cabalgarlo despacio, subiendo hasta dejar solo el glande dentro y bajando de golpe con un ruido húmedo que llenaba el cuarto. Roberto le agarró las tetas con las dos manos, le pellizcó los pezones y ella se arqueó hacia atrás soltando una risa entrecortada. Aceleró. El colchón empezó a crujir, la cabecera a golpear la pared, y a Claudia se le escapaban unos jadeos agudos que no intentaba disimular.

—Así, papá, así, fóllame, joder...

Roberto se olvidó de la hernia. La agarró de la cintura, plantó los pies en el colchón y empezó a embestir desde abajo, clavándosela con fuerza cada vez que ella bajaba. Los muslos de Claudia chocaban contra sus caderas con un sonido de carne mojada. Ella se echó hacia adelante, apoyó las manos en el pecho de su padre y le clavó las uñas mientras se corría, mordiéndose el labio para no gritar, con espasmos que le apretaban la polla dentro como una mano cerrándose.

Roberto aguantó unos segundos más y no pudo. Intentó avisar.

—Me voy a...

—Dentro —dijo ella sin dejar de moverse—. Córrete dentro.

Se corrió con un gruñido largo, chorro tras chorro, vaciándose en el coño de su hija mientras ella seguía bajando y subiendo despacio para exprimirle hasta la última gota. Cuando por fin se quedó quieta, con el pelo pegado a la cara, tenía una sonrisa que a Roberto le recordó a Elena de joven de una manera que no quiso examinar.

Se dejó caer a un lado. El semen empezó a chorrearle a Claudia por el muslo. Ella se lo recogió con dos dedos y se lo llevó a la boca, chupándoselos sin dejar de mirarlo.

Durante los treinta minutos siguientes no pensó en nada que no fuera lo que estaba pasando. Cuando por fin bajó de encima, se limpió con una toalla y Roberto la vio salir del cuarto con el pijama en la mano, entendió que no iba a ser la única vez.

***

Después, el piso estaba en silencio y el reloj marcaba la una y veinte.

Se miraron.

—Ha sido... —Roberto no terminó la frase.

—Sí —dijo Claudia—. Ya lo sé.

Se escuchó el ascensor parar en el rellano. Luego la llave en la puerta.

Se levantaron en dos segundos. Claudia salió del cuarto por el pasillo justo cuando se oía la voz de Elena desde el recibidor.

—¡Ya estamos aquí!

Roberto se quedó en la cama con la bolsa de hielo de nuevo en su sitio y la cara de quien ha estado durmiendo toda la mañana. Marcos entró hablando del partido. Elena lo seguía con el bolso todavía en el hombro.

Claudia apareció desde su cuarto cinco minutos después, peinada y con otra ropa.

—¿Comemos fuera? Me apetecen unos espaguetis.

En el restaurante, a tres manzanas de casa, Roberto apenas habló. Marcos contaba anécdotas del partido con detalles que nadie había pedido, y Elena le hacía preguntas para que siguiera. Roberto asintió dos o tres veces en los momentos correctos.

En algún momento del postre, el pie de Claudia encontró su tobillo debajo de la mesa y se quedó quieto ahí. Sin moverse. Solo presente.

Roberto cogió el café sin mirarlo.

Al volver a casa, Elena le preguntó si había lavado las sábanas.

—Sí, estaban muy sudadas de hace días.

—Bien. Luego pongo la lavadora.

***

Una semana después, un sábado por la mañana, Marcos tenía otro torneo. Elena lo acompañó.

Roberto salió a dar una vuelta en bicicleta con unos amigos, temprano. Cuando volvió, cerca de las doce, el piso estaba en silencio.

—¡Hola! ¡Ya estoy en casa!

Nadie respondió.

Se fue al cuarto, se quitó la ropa de ciclismo y entró a la ducha. El agua estaba a buena temperatura. Cerró los ojos debajo del chorro.

No tardó ni dos minutos en sentir unas manos en su espalda.

No se giró. Las manos subieron por sus costados, rodearon su pecho, bajaron por su abdomen. Claudia se pegó a su espalda, y él sintió las tetas duras contra los omóplatos y el coño mojado contra la parte baja de la espalda. Ella siguió moviéndose despacio, enjabonándolo con una calma que contradecía la tensión que él sentía de la cabeza a los pies.

—Quieto —dijo ella cuando intentó girarse—. Déjame a mí.

La mano enjabonada bajó y se cerró alrededor de la polla, que ya estaba medio dura desde el momento en que había oído la puerta corrediza. Claudia lo pajeó despacio, con el jabón haciendo espuma entre los dedos, mientras con la otra mano le acariciaba los huevos. Le mordió el hombro. Le lamió el cuello. Le habló al oído.

—¿Sabes lo que hice ayer, papá? Me toqué pensando en tu polla. Dos veces.

Roberto apoyó las manos en los azulejos y dejó caer la cabeza. Claudia siguió pajeándolo unos minutos más y después se agachó bajo el chorro, se puso de rodillas en el plato de la ducha y se metió la polla en la boca sin sacarla del agua. El agua le corría por la cara y ella se la seguía tragando entera, hasta la garganta, con los ojos cerrados y las manos apretándole el culo a su padre para hundirse todavía más.

Cuando finalmente Roberto se giró y ella se levantó, se encontraron en un beso que duró más que cualquier beso de los últimos diez años de su matrimonio. Roberto le agarró las tetas mojadas y le mordió los pezones uno tras otro. Claudia gemía y buscaba la polla con la mano para volver a tenerla.

La levantó por los muslos y la apoyó contra los azulejos. Claudia le cruzó las piernas por detrás de la cintura y él la penetró de una embestida, hasta el fondo. Ella soltó un grito que rebotó en toda la ducha.

—Sí, joder, sí, así.

Roberto se la folló contra la pared con el agua cayendo entre los dos, embistiendo con fuerza, sintiendo los pies resbalar en el plato y sin que le importara. Claudia le clavaba los talones en el culo para que entrara más profundo y le mordía la boca entre jadeo y jadeo. Se corrió así, sujeta contra los azulejos, con los ojos abiertos y mirándolo a los de él.

La bajó al suelo con cuidado y la sacó de la ducha. Los dos escurriendo agua, sin siquiera secarse, fueron hasta la cama. Claudia se puso a cuatro patas encima del colchón, arqueó la espalda y separó las rodillas.

—Ahora por detrás. Despacio.

Roberto se puso de rodillas detrás de ella y le abrió el culo con las manos. El coño estaba abierto, rojo, chorreando agua y flujo, y Claudia empujaba las caderas hacia atrás buscándolo. Le pasó el glande por los labios del coño un par de veces, empapándolo, y después se lo metió despacio, centímetro a centímetro, hasta que las pelotas le chocaron contra el clítoris.

Empezó a follársela lento, saboreando cada envite, apretándole la cintura. Claudia se dejaba caer contra él con un ritmo hipnótico, las tetas balanceándose debajo, gimiendo bajo, con esa voz de garganta que él no le había oído nunca a Elena. Roberto le escupió en el ojo del culo y le pasó el pulgar mojado por encima, presionando ligeramente. Claudia gimió más fuerte.

—Métemelo ahí también.

—¿Estás segura?

—Con calma.

Roberto le hundió el pulgar en el culo hasta el nudillo mientras seguía follándola por el coño. Claudia se derritió contra el colchón, con la cara aplastada contra las sábanas, y empezó a masturbarse el clítoris con dos dedos mientras él la partía en dos con la polla y el pulgar. Se corrió gritando en la almohada, con los espasmos apretándole todo a Roberto a la vez.

Él aguantó. La giró boca arriba, le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros. Volvió a metérsela con el coño ya destrozado y se dedicó a embestirla con una furia que no sabía que tenía. Claudia lo miraba desde abajo con la boca abierta.

—Córrete en mi cara —dijo ella cuando lo notó cerca—. Sácala y córrete en mi cara.

Roberto la sacó, se subió sobre su pecho a horcajadas y se pajeó dos segundos antes de descargar sobre la boca abierta de su hija. Ella no cerró los ojos. Recibió el semen en la lengua, en los labios, en las mejillas, y cuando el último chorro cayó se limpió con dos dedos, se los metió en la boca y se lo tragó todo con un ruido de garganta.

Claudia fue meticulosa. Roberto lo fue también. Más de una hora después, cuando el piso volvió a estar en silencio y los dos se miraban desde lados opuestos de la cama, Roberto sintió algo que no supo nombrar del todo: no era culpa, no era euforia. Era algo más parecido a la claridad.

—¿En qué piensas? —preguntó Claudia.

—En que son casi las dos.

Claudia se rio y saltó de la cama.

***

Esa misma tarde, después de comer, la casa entera dormía la siesta. Roberto en la cama, Elena en el sofá grande, Marcos en el otro sofá. Claudia en su cuarto.

Lo despertó un ruido en la escalera. Pasos suaves, luego silencio.

Cuando abrió los ojos, Claudia estaba en el umbral del pasillo, mirándolo. Le hizo una señal hacia abajo y se llevó el dedo a los labios.

Roberto se levantó despacio.

Bajaron tres peldaños en silencio. Desde la escalera, el salón era visible sin ser visto.

Lo que Roberto vio tardó un segundo en registrarse, y cuando lo hizo se quedó paralizado. Elena estaba de rodillas en la alfombra, con la falda subida hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo, y Marcos, su propio hijo, estaba de pie delante de ella con la polla enterrada hasta el fondo de la boca de su madre. Elena se la chupaba con las dos manos apoyadas en los muslos del chico, sin apuros, con esa técnica que Roberto conocía bien y que ahora estaba aplicada al hijo de los dos.

Elena levantó la cabeza. Los miró a los dos desde abajo, sin sorprenderse, con la polla de Marcos todavía apoyada en la mejilla.

—Ya era hora de que bajarais —dijo en voz baja—. Venid.

***

Nadie habló durante los primeros minutos.

Fue Elena quien puso las palabras sobre la mesa cuando los cuatro estaban en el salón y el peso de lo que acababa de pasar todavía flotaba en el aire.

—Marcos y yo llevamos seis meses —dijo—. Y sé lo que pasó estas últimas semanas. Claudia me lo contó antes de que pasara nada, cuando todavía era solo una idea que tenía en la cabeza.

Roberto la miró durante un momento.

—¿Lo sabías?

—Lo esperaba. —Elena sonrió de una manera que él no le conocía—. Os conozco a los dos. Sois iguales: los dos pensáis en esto constantemente, y los dos os habríais torturado solos si yo no hubiera dicho algo primero.

Marcos tenía diecinueve años y miraba a su hermana con una franqueza que no disimulaba. Claudia tenía los brazos cruzados y la expresión de alguien que acaba de ver confirmado algo que ya sabía.

—¿Qué propones exactamente? —preguntó Claudia.

—Nada complicado —dijo Elena—. Que en esta casa no haya secretos. Que lo que pase aquí se quede aquí. Que si alguien quiere algo, lo diga. Somos adultos los cuatro. —Hizo una pausa—. Había pensado en alquilar una casa en la costa este verano. Zona tranquila, apartada, playa privada. Quince días.

Nadie dijo que no.

***

Lo que siguió no fue el caos que Roberto habría imaginado. Fue algo más extraño: fue natural. Como si las cuatro personas en ese salón hubieran llevado mucho tiempo caminando hacia ese punto desde distintas direcciones y ahora simplemente hubieran llegado.

Elena se levantó la primera y se quitó la ropa con la misma calma con que lo hacía en el cuarto de matrimonio, sin dramatismo, sin buscarlo. Claudia la imitó. Roberto y Marcos se miraron un segundo desde el sofá.

—Vosotros esperáis —dijo Elena.

Las dos mujeres empezaron a moverse juntas. Elena besó a su hija en la boca, con lengua, con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo pensándolo. Le pasó la mano por el pecho, le pellizcó un pezón despacio y bajó por el vientre hasta abrirle los labios del coño con dos dedos. Claudia gimió contra la boca de su madre.

Elena la tumbó en la alfombra y se puso entre sus piernas. Le abrió el coño con los pulgares y le pasó la lengua entera desde el ano hasta el clítoris, en una lamida larga y lenta. Claudia arqueó la espalda. Elena empezó a comérselo con hambre, chupándole el clítoris, metiéndole dos dedos y curvándolos hacia arriba con la técnica exacta de veintidós años de práctica. Claudia se retorcía contra la moqueta y le agarraba la cabeza a su madre para que no parara.

Elena tenía cuarenta y cuatro años y cada centímetro de su cuerpo lo demostraba de la mejor manera posible: las caderas anchas, las tetas todavía firmes cayendo pesadas mientras se movía, el culo levantado en el aire. Claudia tenía veinte y el mismo tipo que su madre, la misma forma de inclinar la cabeza cuando se corría.

Y Claudia se corrió, con la boca de Elena pegada al coño, gritando sin pudor.

Roberto sintió que le costaba respirar con normalidad.

Claudia se arrodilló entonces frente a Elena. Elena le pasó los dedos por el pelo con una ternura que no tenía nada de maternal, y le empujó la cabeza hacia abajo entre sus muslos. Claudia se lo devolvió: lamió el coño de su madre con la misma dedicación, aprendiendo, mirando hacia arriba de vez en cuando para verle la cara.

Luego Elena levantó la mirada hacia el sofá e hizo un gesto.

Los dos hombres no tardaron.

***

La tarde se extendió durante horas. Roberto se puso detrás de Elena, que seguía sentada sobre la cara de su hija, y la penetró desde atrás mientras ella se echaba hacia adelante y le mamaba a Claudia el clítoris. Marcos se acercó por el otro lado y le metió la polla a su madre en la boca. Elena se dejó follar por los dos extremos, con la polla del padre en el coño y la del hijo en la garganta, gimiendo entre las dos con los ojos cerrados.

El comprimido que Roberto se había tomado esa mañana por precaución —sin saber que lo necesitaría tan pronto— cumplió su función más allá de lo previsto. Le folló el coño a su mujer con más rabia de la que había usado en años, agarrándola de las caderas, viendo cómo Marcos la usaba de la boca al mismo tiempo, cómo Claudia se le pegaba a los muslos para no dejar de lamerle el clítoris a su madre.

Elena se corrió así, atrapada entre los tres, mordiéndose la polla del hijo para no gritar.

Fue Marcos quien fue después hacia Claudia, con la urgencia directa de sus diecinueve años. La tumbó boca arriba en el sofá y se la metió de una, sin preámbulos. Ella lo recibió sin ceremonias, riendo, cruzándole las piernas por detrás. Marcos se la follaba rápido, con la fuerza torpe de quien todavía no sabe dosificar, y Claudia le clavaba las uñas en la espalda y le pedía más al oído. Cambiaron de postura tres veces en cinco minutos: ella encima, ella a cuatro patas, ella con las piernas sobre los hombros. Marcos se corrió sobre las tetas de su hermana con un gruñido y ella se pasó los dedos por el semen y se los chupó despacio, mirando a Roberto desde el sofá.

Roberto fue con Elena.

—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja, aunque «bien» no era exactamente la palabra que describía ninguna de las dos situaciones que compartían el mismo salón.

—Estoy muy bien. ¿Y tú?

—Todavía no lo sé.

—Ya lo sabrás.

La tumbó boca arriba en la alfombra y le abrió las piernas. La conocía desde hacía veintidós años. Conocía su cuerpo mejor que el suyo propio. Y sin embargo, mientras se hundía en ella y la miraba a los ojos con Claudia y Marcos desnudos a un metro, algo había cambiado, no en ella sino en el contexto que los rodeaba: todo era igual y todo era distinto, como escuchar una canción muy conocida en un lugar en que nunca habías estado.

Hubo un momento en que las cuatro personas en ese salón se entrelazaron sin una geometría clara. Claudia terminó cabalgando a su padre mientras se besaba con su madre encima de él. Elena se sentó sobre la cara de Marcos y le dejó que le comiera el coño lleno del semen de Roberto que le había quedado dentro. Después Roberto se puso detrás de Claudia y Marcos delante, y padre e hijo se turnaron en el mismo coño mientras Elena, sentada a un lado, se masturbaba mirándolos.

Luego otras combinaciones que Roberto registró con los sentidos pero no con la memoria, porque no estaba en condiciones de memorizar nada. En algún momento tuvo la polla de su hija en la boca —no, la de su hijo, no, otra vez la mano de Elena— y ya no supo distinguir bien.

Los cuatro acabaron tumbados en el suelo del salón, entre los cojines del sofá que habían caído en algún momento sin que nadie los recogiera. Sudados, pegajosos, con marcas rojas por todas partes.

Silencio.

Afuera, el sol ya había bajado bastante.

***

Fue Claudia quien rompió el silencio.

—¿La casa de la costa tiene piscina?

Elena soltó una carcajada. Marcos también. Roberto tardó un segundo, pero se rio también, y la risa de los cuatro juntos llenó el salón de una manera que Roberto no recordaba que hubiera pasado en mucho tiempo.

—Habrá que cenar algo —dijo Elena, poniéndose de pie con la misma calma con que había empezado todo.

Y fueron a cenar. Los cuatro. Como una familia.

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Comentarios(10)

LucioCba

Tremendo relato!!! Me dejo sin palabras desde la primera linea. Sigue escribiendo por favor

Homersolo

La tension que fuiste construyendo es increible. Se siente real, no forzado. Excelente

Pedrito_Mza

Hace tiempo no leia algo tan bien narrado, en serio. La forma en que describe ese momento de darse cuenta... genial

Marco

Que morbo progresivo, jaja. Cada parrafo sube un poco mas la temperatura. Muy buen trabajo

Valentina_07

Quede con ganas de mas!!! Hay segunda parte? Por favor que haya segunda parte jaja

nicky_lp

excelente!!!

Marianela_ok

Ay dios que nervios al leerlo jaja, muy bueno en serio. La narracion te mete adentro de la escena sin que te des cuenta

MarisolP

Me encanto como lo contaste sin ser burdo, eso es lo que mas valoro. Espero el proximo relato

CineFan33

El detalle de los tres segundos me parecio brillante. Muy cinematografico todo. Buen relato

RubenSur23

Cortito pero intenso, asi me gustan. No le sobra ni le falta nada. Saludos desde el sur

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