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Relatos Ardientes

Lo que papá despertó en mí aquella tarde

Eran las ocho de la noche cuando Valeria llegó a la puerta de su casa. Cuatro horas de clases por la mañana, una práctica interminable de natación por la tarde, y el trayecto de vuelta en autobús con el bolso lleno de libros y los músculos todavía doloridos del agua fría. Metió la llave en la cerradura más por costumbre que por voluntad.

Desde el pasillo se veía la luz del salón. La televisión encendida, voces de hombres, el sonido inconfundible de botellas que se posan sobre la mesa. Su padre, Eduardo, estaba ahí con dos amigos. Valeria asomó la cabeza por la puerta entreabierta y levantó la mano a modo de saludo.

—Hija, qué tarde vienes —dijo Eduardo desde el sofá.

—Práctica larga, papi. Ahora no tengo energía ni para hablar.

Diego, el amigo de siempre, con bigote canoso y una risa siempre un poco más ruidosa de lo necesario, la miró con una sonrisa desde su sillón.

—Hola, Valeria. Te has cortado el pelo, ¿no?

—Hace tres meses —respondió ella, y siguió caminando hacia las escaleras sin detenerse.

Arriba, cerró la puerta de su cuarto sin echar el pestillo. Se quitó las zapatillas y las dejó donde cayeron, junto a la pared. No encendió la luz: bastaba con la que se colaba desde el pasillo por debajo de la puerta. Se dejó caer sobre la cama boca abajo, con la ropa puesta. Los leggings del entrenamiento y una camiseta gris del equipo universitario de natación. El pelo, todavía con restos de cloro, lo llevaba recogido en un moño que se había medio deshecho durante el viaje.

Esa noche su madre no estaba. Trabajaba en el hospital tres o cuatro noches por semana, y cuando había turno nocturno la casa tenía un silencio diferente. Un silencio más grande. Valeria llevaba veintiún años viviendo con ese silencio y sabía exactamente lo que significaba.

Pensó, boca abajo en la oscuridad, en lo que podría pasar esa noche. Su padre se quedaría bebiendo con sus amigos hasta las once, quizás más tarde. Subirían las voces, se reirían de cosas que a ella no le interesaban, y al final cada uno se iría a su casa y Eduardo subiría a acostarse. O quizás no.

A través del suelo le llegaban fragmentos de la conversación del salón. No todo, solo retazos. La voz de Diego, más alta que las otras, era la que más se distinguía entre el murmullo constante de la televisión.

—Eduardo, en serio. La Valeria se ha puesto muy guapa estos últimos años.

Su padre tardó un momento en responder. Ella reconoció ese silencio suyo: el silencio de quien piensa antes de hablar.

—Tiene veintiún años ya. Es toda una mujer. Y este año la nombraron capitana del equipo de natación.

—Se nota que entrena —dijo Diego, y los demás rieron.

Valeria cerró los ojos. No le molestó escucharlo. Al contrario: había algo reconfortante en que su padre hablara bien de ella cuando no estaba delante, sin exagerar, simplemente con ese orgullo tranquilo que ella conocía desde pequeña. Él siempre había sido así. Directo. Sin adornos. Las voces se fueron haciendo más difusas, el runrún de la televisión se mezclaba con la respiración lenta de su propio cuerpo, y sin darse cuenta se quedó dormida.

***

Lo primero que llegó fue el calor. No el calor del cuarto, sino un calor específico, localizado, sobre sus muslos. Una presión suave que se movía en círculos muy lentos. Tardó varios segundos en comprender qué era. El cerebro, cuando sale del sueño profundo, tarda un momento en ordenar las cosas.

Abrió los ojos. La habitación estaba en penumbra. Afuera había oscurecido del todo. El teléfono, en la mesilla, marcaba las once y cuarto de la noche.

Su padre estaba sentado en el borde de la cama, a su lado. Tenía una mano apoyada sobre su muslo derecho y la movía con esa lentitud particular, en círculos, sin ninguna prisa. Como si llevara tiempo haciéndolo. Como si hubiera empezado mucho antes de que ella abriera los ojos.

Valeria no se movió. Respiró despacio.

—Papi —dijo, con la voz todavía ronca de sueño.

—Aquí estoy, hija —respondió él, sin detenerse—. No te muevas.

Ella no se movió.

La mano de Eduardo recorría el muslo de arriba abajo, de adentro hacia afuera, con una presión que iba variando. A veces solo las yemas de los dedos, a veces toda la palma. La tela fina de los leggings no amortiguaba casi nada. Valeria notaba el calor con precisión, y notaba también, sin sorpresa ni alarma, que su cuerpo estaba respondiendo.

No era la primera vez que algo así ocurría entre ellos. Había habido otras veces, más breves, más ambiguas: una mano en la espalda que se quedaba unos segundos de más, un contacto en el sofá que duraba más de lo que debería. Nunca habían hablado de eso. Nunca lo habían nombrado. Pero ella lo había pensado muchas veces, sola, por las noches, con una mezcla de confusión y deseo que todavía no sabía del todo cómo clasificar.

Las manos de Eduardo llegaron hasta el dobladillo de los leggings. Dudó apenas un instante, y luego los metió por dentro y comenzó a bajarlos despacio, centímetro a centímetro. Valeria levantó las caderas sin pensarlo, por puro instinto. Él los deslizó hacia abajo por sus piernas y los dejó caer al suelo sin ruido.

La braga que llevaba era blanca, de algodón, la del entrenamiento. Sencilla, sin ningún adorno. Eduardo la contempló un momento, y en ese instante el corazón de Valeria latía demasiado fuerte para el silencio del cuarto.

No la quitó de inmediato. Pasó los dedos sobre la tela, siguiendo su contorno con la misma lentitud metódica de antes. Valeria apretó los dientes. Estaba húmeda y él lo sabía. La tela lo decía sin necesidad de palabras.

Cuando finalmente la deslizó hacia abajo y la dejó en el suelo junto a los leggings, el aire fresco del cuarto fue lo primero que sintió. Luego vino la vergüenza.

No se había duchado. Llevaba horas así: el entrenamiento en la piscina, el autobús, la siesta. No estaba limpia. Quiso decirle algo, advertirle de alguna manera. Pero las palabras no salieron, y él ya se había inclinado.

Su aliento llegó primero. Cálido, cercano. Luego sus labios, cerrados, rozando apenas la piel interior del muslo. Y después su lengua.

No debería. Estoy sucia. Debería haberme duchado.

Pero Eduardo estaba completamente concentrado, con una precisión que no dejaba espacio para nada más. Sus labios trabajaban despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no existiera nada fuera de ese cuarto. Valeria escuchó, sin quererlo, un sonido salir de su propia garganta. Pequeño, involuntario. La vergüenza seguía ahí, en algún rincón de su cabeza. Pero el placer era más grande.

Abrió las piernas un poco más. Fue casi involuntario. Su cuerpo lo hizo antes de que ella pudiera decidirlo con la cabeza.

Eduardo respondió al movimiento cambiando el ritmo. Su lengua se volvió más directa, más precisa en lo que buscaba. Valeria sintió que sus propias caderas empezaban a moverse en pequeños círculos, siguiendo ese ritmo que él marcaba sin apresurarse.

—Papi —susurró. Sin saber del todo por qué lo decía. Solo porque necesitaba decir algo, nombrarlo de alguna manera.

Fue entonces cuando sintió sus dedos. Dos, entrando muy despacio mientras su boca no se detenía. El cuerpo de Valeria respondió con un arco que no pudo controlar. Los dedos de Eduardo se movían en ritmos cortos y constantes, y en eso había una experiencia que ella todavía no tenía: una lectura del cuerpo ajeno que iba más allá de lo mecánico. Sabía cuándo acelerar. Sabía cuándo presionar y cuándo aflojar. Y su boca seguía su propio ritmo paralelo, sin perder el hilo.

La presión fue creciendo de manera inexorable. Valeria cerró los ojos y apretó la colcha con ambas manos. Todo en su interior se concentraba en un único punto que se volvía más intenso por momentos. Las voces de abajo habían desaparecido. No había nada más que ese cuarto, esa oscuridad, las manos y la boca de su padre.

Cuando llegó, lo hizo en silencio. Apretó los dientes y giró la cabeza hacia la almohada, y su cuerpo se tensó en una contracción larga que luego se fue deshaciendo en oleadas más pequeñas. Eduardo esperó. No retiró la boca hasta que ella dejó de moverse por completo.

***

Se quedaron quietos unos segundos. La respiración de Valeria fue calmándose poco a poco en la oscuridad.

Sabía lo que tocaba hacer. Lo había hecho en otras ocasiones. Se incorporó hasta quedar sentada en el borde de la cama, y Eduardo se puso de pie frente a ella. No dijo nada. No hacía falta.

Lo tomó con las manos primero, para encontrar el ritmo, y luego con la boca. Él apoyó una mano en el borde del armario para sostenerse. No tardó mucho en terminar. Cuando acabó, Valeria se limpió el labio con el dorso de la muñeca y se quedó sentada con las manos sobre las rodillas.

Su padre se recompuso la ropa en silencio. La miró un momento con esa expresión tranquila de siempre, como si nada de lo que acababa de ocurrir fuera extraordinario. Luego le puso una mano brevemente en el hombro, y salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad.

***

Valeria se quedó sola en la oscuridad. El teléfono marcaba las doce menos cuarto. Su madre llegaría a las seis de la mañana.

Pensó en ducharse. Pensó en comer algo. Pensó en que al día siguiente tenía Derecho Constitucional a las nueve y todavía no había repasado los apuntes para el parcial de la semana siguiente.

Pero sobre todo pensó en lo que nunca había ocurrido entre ellos.

Su padre nunca la había penetrado. En todo ese tiempo, en todos esos encuentros que habían ido sucediéndose sin que nadie los nombrara, él siempre había mantenido un límite que ella no terminaba de entender. Tomaba y dejaba que ella le diera. Pero nunca eso. No sabía si era miedo de su parte, o respeto, o algo que no tenía nombre en el idioma silencioso de lo que ocurría entre ellos. Pero esa línea existía, y los dos lo sabían.

Y cada vez que se quedaba sola después, como ahora, con el cuerpo todavía tibio y la habitación en silencio, Valeria pensaba en cuánto quería cruzarla.

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Comentarios (7)

lector87

Increible como te atrapa desde el primer parrafo. No pude dejar de leer!

Valentina_07

Necesito la segunda parte urgente!!! Me dejaste con muchisimas ganas de saber como continua

fan_relatos22

Muy bien escrito, la tension se siente real. De los mejores que leo ultimamente

Eduardo200

Uff, me tuvo paralizado hasta el final. Segui escribiendo porfavor

NestorPY

Excelente!!!

Marcos_Bs

Esperando ansioso el proximo capitulo. Saludos desde Buenos Aires

Claudia_Mdz

La forma en que describe los sentimientos es lo que mas me gusto. No es solo un relato mas, se nota el cuidado en cada detalle. Espero que haya continuacion

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