Lo que cambió entre mi madrastra y yo esa tarde
Llegué al restaurante con la mochila al hombro, el pelo sin cortar desde hacía meses y dos aviones de retraso encima. Mi padre, Mauricio, me esperaba en una mesa del fondo. Junto a él, una mujer de pelo castaño y vestido azul que me sonrió con la distancia calibrada de quien aún no sabe qué clase de persona tiene enfrente.
—Lucas, ella es Valeria —dijo mi padre, levantándose para abrazarme.
Valeria me extendió la mano. Tenía veinticinco años, tres menos que yo, y llevaba puesto el tipo de vestido que una no usa para una cena tranquila en familia. Su escote dibujaba una línea clara entre lo que mostraba y lo que sugería. Supuse que para ella no había cenas tranquilas: todo era contenido potencial.
—He oído hablar mucho de ti —dijo.
—Lo mismo —mentí.
Mi padre me había llamado tres semanas antes para contarme que se había casado. Yo estaba en la Patagonia, con el viento colándose por todas las costuras de mi ropa, y tardé unos segundos en entender lo que me decía. Cirujano plástico, cincuenta y cuatro años, casado con una de sus pacientes de veinticinco. Era el tipo de noticia que uno no sabe si celebrar o investigar.
Durante la cena estudiamos nuestras defensas mutuamente. Ella me llamó «el aventurero» con una media sonrisa que no era del todo amable. Yo le devolví algún comentario que tampoco lo era. Mi padre ejerció de árbitro con la paciencia de un hombre que ha aprendido a mediar entre el bisturí y el paciente.
Cuando me despedí para ir a ver a mis amigos de siempre, Valeria me deseó buenas noches con el mismo entusiasmo con que se despide a un conocido de un conocido.
***
Al día siguiente, Mauricio partió temprano al congreso médico. Tres días fuera. Nos dejó solos a los dos con instrucciones implícitas de que nos portáramos como adultos civilizados.
Dormí hasta el mediodía y salí al jardín con una cerveza, los ojos entrecerrados por el exceso de luz y el cuerpo todavía procesando los efectos de la noche anterior con mis amigos. La casa de mi padre era una construcción de cristal y hormigón al filo de una colina. Desde el jardín se veía la piscina, y desde la piscina se veía todo lo demás.
Valeria y su amiga Claudia estaban en bikini junto al agua, grabando un vídeo. Claudia sostenía el teléfono con la concentración de un cirujano en plena intervención. Valeria posaba frente a la cámara con esa naturalidad estudiada que tienen las personas que llevan años practicando ante un objetivo. El bikini rojo de Valeria se ceñía a una figura que habría llamado la atención incluso sin la piscina ni la luz de la mañana a sus espaldas.
Me senté en una tumbona bajo la sombra sin intención de molestar a nadie.
—¿Te importaría moverte? Nos estás estropeando el plano —me dijo Claudia desde el otro extremo de la piscina.
La miré un momento.
—Esta es mi casa —respondí, y me recliné un poco más.
Lo que vino después fue una escalada lenta e innecesaria. Claudia insistió. Yo no me moví. Ella subió el tono. Yo bajé el mío. Valeria intentó en varias ocasiones que su amiga lo dejara estar, pero Claudia no podía soportar que el plano perfecto que tenían planeado quedara arruinado por un espécimen como yo. En algún punto de esa espiral dije algunas cosas que no debí decir, Claudia recogió su toalla y su teléfono, y anunció que no volvería mientras yo siguiera en la casa.
Valeria se quedó de pie junto a la piscina, mirándome.
—¿Era necesario? —preguntó.
—Sí —dije.
Su mano llegó antes de que yo pudiera procesarla. Un golpe seco en la mejilla que resonó contra las paredes de hormigón. Le sujeté la muñeca en el aire cuando intentó repetirlo. Por un segundo estuvimos demasiado cerca: su cara a centímetros de la mía, su pecho agitado, el olor a cloro y a crema solar mezclados con algo más cálido que emanaba de su piel. Sus ojos, verdes y furiosos, sostenían los míos sin parpadear.
Solté su muñeca. Ella se dio la vuelta y entró en la casa.
Me quedé en la tumbona mirando la piscina. El ruido monótono de la depuradora llenaba el silencio.
***
Pedí comida china por teléfono y, mientras esperaba, investigué los perfiles de ambas en redes sociales. Cien mil seguidores para Valeria. Diez mil para Claudia. Había algo en los comentarios de Claudia —sutiles, casi invisibles a primera vista— que apuntaban siempre hacia Valeria como si fuera el árbol del que ella colgaba. No era envidia lo que sentía; era algo más estratégico y más frío.
Cuando llegó el pedido, tomé una de las bolsas y subí al primer piso. Rasqué suavemente la puerta del dormitorio principal.
—He pedido comida. Debes de tener hambre —dije.
Nada.
Te lo dejo en el pomo —añadí—. Y si cuando estés lista quieres hablar, aquí estoy.
Bajé las escaleras descalzo. Unos minutos después escuché el sonido de la puerta abriéndose apenas una rendija. Luego el roce de la bolsa arrastrándose al interior. Sonreí solo, mirando el techo del salón.
***
Hacia las cuatro de la tarde la encontré junto a la piscina. Ya no tenía el bikini sino unos shorts cortos y una camiseta blanca de manga corta. De pie, con los brazos cruzados, observándome desde el otro lado de la tumbona.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté.
—Poco —dijo—. ¿Cómo tienes la resaca?
—Mejor. ¿Cómo tienes la mano?
Una pausa. Luego algo que no llegó a ser una sonrisa pero se acercó.
Se sentó en la tumbona junto a la mía. Empezamos a hablar con el cuidado de dos personas que caminan sobre algo que saben que puede romperse. Le dije lo que había visto en las redes de las dos, la diferencia de seguidores, los comentarios de Claudia en sus propios vídeos que señalaban siempre hacia ella como fuente de todo.
—¿Acaso estás celoso? —preguntó con incredulidad.
—Solo observo. Soy mochilero: es lo único que he hecho bien estos últimos dos años.
No le gustó el diagnóstico. Pero tampoco lo rechazó con la rapidez que yo habría esperado.
Le hablé de la Patagonia, del frío que se mete en los huesos de una manera que ningún abrigo combate del todo. Del año que pasé viajando solo después de que mi madre dejara a mi padre por otro hombre. De cómo uno necesita a veces ponerse en movimiento para dejar de sentirse estático por dentro. Ella escuchó sin interrumpir, con la cabeza ligeramente ladeada, y en sus ojos apareció algo distinto a lo que había estado ahí durante el día.
—Fui a operarme el pecho a su consulta —dijo finalmente, con la honestidad inesperada de quien ya no tiene nada que demostrar—. Tenía veintitrés años y una inseguridad enorme. Él me trató como a una persona, no como a un expediente. Eso fue todo al principio. El resto vino solo.
La creí. No sé exactamente por qué, pero la creí.
—Mi padre también se fue cuando era pequeña —añadió en voz más baja—. No es comparable, ya sé. Pero fue mi versión del desastre.
—No hace falta que sean comparables para que duela igual —respondí.
El sol bajó por detrás de los árboles y las sombras del jardín se alargaron sobre el travertino. Ella seguía reclinada en la tumbona, con los ojos cerrados de vez en cuando y la camiseta blanca moviéndose suavemente con su respiración. De cerca, sin la cámara ni la actuación del día, tenía algo más auténtico que resultaba más difícil de ignorar que su belleza estudiada de la noche anterior.
—¿Qué lees? —preguntó, señalando el libro que había dejado sobre la tumbona.
—El hombre en busca de sentido. Viktor Frankl.
—¿De qué va?
—De cómo alguien sobrevivió a perderlo todo, incluyendo a las personas que más quería, y aun así encontró razones para seguir adelante.
—¿Por qué leerías algo tan triste?
—Porque para entender la alegría a veces hay que asomarse a lo contrario. Y porque leer a alguien que lo perdió todo y sobrevivió le da perspectiva a cualquier cosa que a uno le parezca un desastre.
Ella lo pensó durante un momento.
—¿Y si no estás preparado para tener perspectiva? —preguntó.
—Entonces lees de todas formas y la perspectiva llega sola, tarde o temprano.
Sus labios dibujaron algo que esa vez sí fue una sonrisa. La primera de verdad desde que nos conocimos.
***
Preparé algo de cenar con lo que encontré en la nevera de mi padre: huevos, tomate, queso, unas hierbas. Valeria puso la mesa sin que yo se lo pidiera. Comimos con la televisión encendida de fondo y sin hablar demasiado, pero el silencio ya no tenía la misma textura hostil de la mañana. Era otro tipo de silencio: el que existe entre dos personas que han bajado las defensas y todavía no han encontrado qué hacer con las manos ahora que ya no están cruzadas.
Después de cenar se acomodó en el sofá con las piernas recogidas bajo el cuerpo, sosteniendo una copa de vino. Yo me quedé en el otro extremo con el libro de Frankl abierto sobre las rodillas, sin leer demasiado.
—¿Cuánto tiempo llevas sin dormir en una cama de verdad? —preguntó.
—Más de un año si no cuento los hostales.
—¿Y cómo es eso?
—Al principio extrañas todo: la cama, el olor conocido, tener un sitio propio para dejar las cosas. Luego te acostumbras tanto al movimiento que lo quieto te pone nervioso.
—¿Como ahora?
La miré. Ella sostuvo mi mirada durante un segundo más del que habría sido neutral. Luego bebió un sorbo de vino y desvió los ojos hacia la ventana.
—Como ahora —dije.
Se levantó y dijo que iba a ducharse. Yo seguí con el libro un rato, sin procesar una sola línea. Escuché el agua correr en el baño que estaba al fondo del pasillo. Dejé el libro sobre la mesita de centro y cerré los ojos.
Cuando el agua se detuvo, la casa quedó en silencio.
—Lucas.
Estaba en la entrada del salón. Llevaba una bata corta de rizo blanco que le llegaba a mitad del muslo, el pelo todavía húmedo y los pies descalzos sobre el suelo de madera. No llevaba nada más debajo: lo dejaba claro la forma en que la tela caía sobre su cuerpo, siguiendo sus contornos sin resistencia.
Me levanté despacio y crucé el salón sin prisa, dándole tiempo a retroceder o a cambiar de idea. No lo hizo.
Cuando estuve frente a ella aparté el mechón húmedo que le cruzaba la frente. Mi dedo rozó su sien. Ella no se movió. Sus ojos me miraban con una pregunta que no había encontrado todavía las palabras para formularse.
—Eres la mujer de mi padre —dije.
—Lo sé.
—Y yo soy su hijo.
—También lo sé, Lucas.
Fue ella quien dio el último medio paso. Sus labios encontraron los míos con una suavidad que contradecía todo lo que habíamos sido durante el día. La besé despacio al principio, calibrando, midiendo la temperatura exacta de lo que estaba ocurriendo. Luego con más intensidad, cuando sus manos se aferraron a mi camiseta y la tensión acumulada desde la mañana encontró por fin un cauce.
La llevé al sofá. Se sentó en el borde y me miró desde abajo con esos ojos verdes que tenían ahora una oscuridad diferente en el centro, algo que no había estado ahí en la cena del día anterior ni junto a la piscina de la tarde. Desanudé el cinturón de su bata sin prisa y la tela cayó a los lados, descubriendo lo que ya intuía: que no llevaba nada debajo.
Su cuerpo en la penumbra del salón. La lámpara tenue desde el otro extremo de la habitación. El ruido lejano y constante de la depuradora de la piscina llegando desde el jardín.
Pasé las manos por su cintura y por sus caderas, despacio, sin prisa, memorizando cada curva. Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás cuando mis dedos recorrieron el interior de sus muslos, acercándose y alejándose en un ritmo deliberado que le sacó el aire de los pulmones de forma audible. Tenía la piel caliente todavía por la ducha. Olía a jabón y a algo más que era simplemente suyo, algo que no tenía nombre.
Sus manos encontraron el botón de mis vaqueros.
—¿Esto está mal? —preguntó en voz baja.
—Sí —dije.
—¿Y eso te importa ahora?
Le tomé la cara entre las manos y la besé de nuevo antes de responder. Cuando me separé su boca estaba entreabierta y su respiración era completamente distinta a la que tenía cuando entró al salón.
—Ahora mismo no —dije.
Lo que ocurrió después tuvo la lógica inexorable de las tormentas de verano: anunciada desde el amanecer, demorada durante horas, imparable cuando finalmente llegó.
La recosté sobre el sofá y tomé el tiempo que necesitábamos los dos antes de ir más lejos. Mis labios recorrieron su cuello, la curva de su clavícula, el espacio entre sus pechos, el borde de su vientre. Ella respondía con pequeños movimientos de cadera que se volvían más urgentes a medida que yo bajaba. Cuando finalmente mis dedos entraron en ella, soltó un sonido breve y contenido que rompió el silencio de la casa.
—Lucas —dijo, y era casi una pregunta y casi una orden al mismo tiempo.
Nos movimos juntos con esa sincronía extraña que aparece a veces entre dos personas que llevan todo el día chocando entre sí, como si el cuerpo supiera lo que la mente tardó horas en aceptar. Ella tenía las manos en mi espalda, los dedos marcándome la piel, y la boca junto a mi oído pronunciando palabras en voz tan baja que casi se confundían con la respiración, palabras que no eran para que yo las escuchara sino para ella misma.
Cuando la penetré, con la lentitud deliberada de quien quiere que cada sensación quede registrada, se le escapó el aire que había estado conteniendo. Sus caderas se arquearon hacia mí y sus piernas se cerraron alrededor de los míos con una fuerza que no esperaba.
Lo que siguió fue largo y sin prisa. La habitación se redujo al espacio del sofá, a la presión de su cuerpo contra el mío, al ritmo que encontramos solos sin necesidad de negociarlo. El orgasmo llegó para ella gradualmente, como una marea, no de golpe: un temblor que empezó en sus muslos y fue subiendo despacio por todo su cuerpo hasta que apretó los ojos, tensó la mandíbula y dejó escapar el aire de sus pulmones de una vez. Luego su cuerpo se aflojó bajo el mío y me miró desde abajo con algo que podría haber sido gratitud o podría haber sido otra cosa completamente distinta.
Yo la seguí poco después.
***
Nos quedamos en silencio durante un tiempo que no medí. El techo del salón. La lámpara todavía encendida en el otro extremo. El ruido constante de la piscina desde el jardín, monótono y ajeno a todo.
Valeria se volvió a atar la bata. Yo me abroché los vaqueros. Ninguno de los dos dijo nada durante varios minutos que se extendieron con la comodidad inusual de lo que ya no tiene remedio.
—Mi padre vuelve el domingo —dije finalmente.
—Lo sé —respondió ella.
No añadió nada más. Se levantó y fue hacia las escaleras. Antes de subir se detuvo sin girarse del todo, con la mano en el pasamanos.
—Gracias por la cena —dijo.
Y subió.
Me quedé en el sofá con el libro de Frankl cerrado sobre el regazo. Pensé en lo que él escribió sobre el sentido de las cosas: que no siempre aparece donde uno lo busca, sino donde menos se espera, en los momentos más improbables y en las circunstancias más difíciles de justificar.
Afuera, el jardín estaba oscuro y la piscina seguía haciendo su ruido. La casa olía a la cena que habíamos preparado juntos y a algo más que todavía no tenía nombre claro.
Esa noche tardé mucho en dormirme.