Lo que aprendí de mi madre y mi abuela
Somos tres generaciones de mujeres que se parecen demasiado. Mi abuela Alicia lleva el cabello corto teñido de castaño rojizo y tiene los ojos verdes que me heredó a mí. Cincuenta y cuatro años, cuerpo trabajado en el gimnasio tres veces por semana, y una forma de entrar a los lugares que hace que los hombres maduros dejen de hacer lo que estaban haciendo. Mi madre Elena tiene treinta y siete: rubia, delgada, ojos claros, tímida para hablar pero imposible de ignorar cuando camina. Yo tengo dieciocho y soy la más discreta de las tres: pelo castaño liso, complexión pequeña, estatura mediana. No soy de las que detienen el tráfico.
Mi padre nos dejó cuatro meses antes de ese viaje. Se fue con otra mujer. Elena tardó semanas en levantarse de la cama. Alicia fue quien nos sacó del pozo: primero con palabras y después con la propuesta de la estancia en Córdoba. Una amiga suya, empresaria y viuda, tenía una propiedad en las sierras que dejaba libre en verano. Alicia lo arregló todo.
Elena tardó en convencerse. Fui yo quien insistió más: le mostré las fotos, le hablé del río, del silencio, del aire limpio. Terminó aceptando. Viajamos en ómnibus para no perdernos el paisaje, con Alicia protestando por la incomodidad durante las primeras dos horas y callando en cuanto el campo empezó a abrirse.
Tomamos un taxi desde la terminal. Caminos de tierra que no terminaban. Cuando la estancia apareció entre los árboles —piedra, madera, cerros, el sonido del agua cerca— las tres callamos al mismo tiempo.
El primer día fue para instalarnos y respirar. Esa noche, junto al hogar encendido, hablamos de cosas sin importancia, que era exactamente lo que necesitábamos.
***
Al día siguiente me levanté antes que ellas. Salí a la galería y me topé con un hombre parado en la entrada.
Era de los que intimidan sin abrir la boca: muy alto, cabeza rapada, piel oscura y curtida por el trabajo al aire libre. Lo calculé entre los cincuenta y los sesenta, aunque era difícil precisarlo. Camisa de franela escocesa, jeans gastados, movimientos bruscos y seguros. Le pedí que volviera cuando las demás despertaran.
Se llamaba Ramiro. Era el encargado de mantenimiento de la estancia, contratado por la dueña para que los huéspedes tuvieran lo que necesitaran. Lo primero que hizo fue buscar el hacha y cortar leña. Era hosco, de pocas palabras, casi incómodo de tenerlo cerca en silencio. Nos avisó, de todas formas, que se aproximaba una tormenta grande. En esa zona y por esa época, dijo, eran violentas.
Salimos a caminar por la tarde. Encontramos un bosque de pinos, subimos hasta una lomada con vista al valle. A la vuelta, el viento empezó a girar y el cielo se cerró rápido. Invitamos a Ramiro a tomar algo caliente antes de que arreciara la lluvia.
Mientras bebíamos, lo noté mirar. A las tres. Con esa mirada particular de los hombres que no están acostumbrados a tener mujeres cerca, o al menos mujeres como nosotras. Alicia lo llevó a hablar, como siempre: tenía esa habilidad de hacer que cualquier persona se abriera. Ramiro fue soltándose de a poco. Dijo que llevaba años trabajando en la estancia junto a otro hombre que vivía con él en el galpón del fondo.
Golpearon la puerta con fuerza antes de que Alicia pudiera preguntar más.
Era Horacio. Corpulento, más alto que Ramiro, cabello gris y arrugas profundas que lo ponían en los sesenta largos. Tenía una mirada oscura y directa que se posaba en cada una de nosotras por turno y no se apresuraba. Lo hicimos pasar. Elena le sirvió café.
Hablamos hasta tarde. El temporal arreciaba afuera. El alcohol desapareció de las botellas a un ritmo que ninguna comentó en voz alta. A las diez de la noche nos fuimos a dormir.
***
Desperté pasadas las dos. La luz del comedor estaba encendida.
Era Alicia, sentada junto al hogar en camisón blanco con ropa interior azul visible por debajo. Yo llevaba una musculosa negra y bombacha. Me hizo señas de que me sentara. Fui a buscar leche caliente a la cocina.
Al volver, un relámpago iluminó la galería. Vi dos figuras junto a la ventana. Alicia dijo que serían los árboles. Asentí, pero sabía lo que había visto.
A la mañana siguiente la lluvia continuaba. Ramiro y Horacio aparecieron temprano para arreglar una gotera en la galería. Elena los invitó a tomar un ron que había encontrado en el aparador. Los cuatro pronto bebían y conversaban mientras trabajaban. Yo decidí quedarme en mi habitación. La última vez que tomé alcohol terminé vomitando toda una noche.
Fue el silencio lo que me llamó la atención. Antes había voces y risas. De pronto, nada.
Salí al pasillo.
En el espejo del fondo vi a Alicia. Estaba besándose con Horacio.
Me quedé quieta. No podía moverme aunque quisiera.
Escuché ruidos en el baño. Iba a volver a mi habitación cuando vi, también por el reflejo del espejo, que Ramiro se acercaba en esa dirección. Me encerré en la mía a tiempo.
Espié por la rendija de la puerta.
Ramiro abría la puerta del baño. Entró y la dejó entornada.
—Por favor, salí —escuché decir a Elena. La voz era baja pero reconocible.
—No vine hasta acá para nada —respondió él—. Toda la mañana estuviste hablando de cosas que me calentaron más de lo que pretendías.
Silencio. Después, ruidos que no eran de protesta.
Me moví para ver mejor. Elena le rodeaba el cuello con los brazos. Él le apretaba el cuerpo contra el suyo, una mano en su nuca, la otra recorriéndola lentamente hacia abajo. Sentí algo que no quería sentir: una corriente cálida en el vientre que no tenía nada de disgusto.
***
Salieron del baño juntos, entre caricias, y fueron al comedor. Alicia y Horacio ya no disimulaban nada. Él tenía la mano bajo el suéter de ella. Alicia tenía los ojos entrecerrados y un color en las mejillas que no era del hogar.
Elena no los reprobó. Tenía la atención puesta en Ramiro, que le recorría el jean por encima con una mano lenta y segura.
Me quedé en el pasillo. Estaba viendo algo que no debía ver. Y no podía irme.
Cuando me descubrieron, fue Ramiro quien habló:
—Vení —dijo—. Acá no hay nada que temer.
Elena giró. Intentó arreglarse la ropa. Ramiro la sujetó con suavidad.
—Dejala que venga —le dijo—. ¿Mirar a tu mamá no te calienta? A mí me parece que sí.
Entré al comedor. Me paré en el centro de la habitación. No sé qué esperaba que pasara, pero me acerqué a Ramiro y lo besé en la boca.
Era la primera vez que besaba a un hombre de su edad. No fue como esperaba. Fue mucho mejor.
***
Mi experiencia con chicos de mi edad era escasa: algo de torpeza y mucha buena voluntad. Ramiro sabía exactamente lo que hacía. Llevó mi mano hacia él y sentí el tamaño de lo que escondía. El estómago me dio un vuelco.
Miré de reojo a Alicia: luchaba por acoplarse a Horacio con una mezcla de urgencia y rendición que no le había visto nunca. Elena, a pocos metros, se contorsionaba sin prestar atención a nada más que a las manos que la recorrían.
Ramiro me llevó a mi habitación y cerró la puerta.
—Acá vamos a estar mejor —dijo—. Tu madre se pone nerviosa si te ve y ninguna de las dos va a poder disfrutar bien.
Tenía razón en lo primero. No estaba del todo de acuerdo con lo segundo: me gustaba mirar.
Se arrodilló, me abrió las piernas y empezó a trabajar con la boca a través de la tela. Lo que se sentía así, con esa barrera entre los dos, fue suficiente para que me aferrara a sus hombros y cerrara los ojos.
Cuando llegué por primera vez esa noche, supliqué que me penetrara.
Lo que siguió fue deliberadamente lento. Me rozaba sin entrar, jugaba con los bordes, se detenía exactamente cuando yo necesitaba que no lo hiciera. Empecé a tocarme sola de la desesperación y él me detuvo la mano.
—Tiempo —dijo.
Me dio vuelta. Empezó a recorrerme la espalda con la boca, los flancos, las nalgas. El muy bastardo manejaba los tiempos a su gusto y yo no podía hacer nada.
Cuando pensé que ya no aguantaba más, me levantó de la cama y me llevó de vuelta al salón.
***
Lo que vi al llegar me detuvo en el umbral.
Horacio tenía a Alicia y a Elena arrodilladas frente a él. Las había llevado a besarse entre ellas y alternaba su propia boca entre las dos. No quedaba rastro de inhibición en ninguna. Se entrelazaban con una naturalidad que daba vértigo de ver.
Ramiro se colocó detrás de mí y me rodeó por la cintura. Me apretó contra él. Quería que viera todo antes de que continuáramos.
Vi cómo Horacio posicionó a las dos en la alfombra, una sobre la otra, los cuerpos rozando. De un solo movimiento, la penetró a Alicia con fuerza y empezó a empujar. Mi abuela tiró de las manos de Elena hacia su propio cuerpo. Mi madre respondió sin dudar.
Debería haber sentido asco. Sentí exactamente lo contrario.
Ramiro me susurró al oído que dejara de pensar. Que el pensamiento era el único error posible en ese momento.
Tenía razón.
***
La primera vez que Ramiro me penetró fue por detrás, no como yo esperaba. El dolor inicial fue agudo y me aferré a las sábanas con los puños cerrados. Me pidió que respirara. Que me abriera poco a poco.
Lo hice.
Lo que vino después del dolor fue algo sin nombre todavía para mí: una sensación profunda que fue creciendo hasta que ya no podía separar el malestar del placer. Empecé a moverme con él. A encontrar el ritmo.
Cuando acabó y se recostó a mi lado, cobré conciencia de dónde estaba y con quién. Me senté en la cama. Los sonidos que llegaban del salón no dejaban dudas sobre lo que seguía ocurriendo allá.
—Descansá un momento —me dijo—. Todavía no terminaste.
Unos minutos después fui al salón.
***
Elena cabalgaba sobre Ramiro en el sillón cuando llegué. Lo hacía con una intensidad que nunca le había conocido. Alicia, a un costado, los miraba con la mano entre sus propias piernas y los ojos entrecerrados.
Me senté cerca de Horacio. Nos miramos. Se acercó despacio, como si supiera que esta vez yo no necesitaba que me llevaran a ningún lado.
Mis dedos encontraron mi clítoris mientras él me abría camino. Esta vez no me iba a quedar con las ganas.
A pocos centímetros, mi madre y yo gemíamos al mismo tiempo. Dos mujeres de la misma sangre, en el mismo estado, con dos hombres que habían llegado a nuestras vidas por una casualidad de tormenta.
En ese momento no pensé en nada. Solo sentí.
***
Los días que siguieron fueron una extensión de esa primera noche. La tormenta pasó al día siguiente, pero nadie sugirió que Ramiro y Horacio volvieran al galpón. La ficción de que eran solo los encargados quedó enterrada con la lluvia.
Comíamos juntos. Salíamos a caminar. Volvíamos. Nadie ponía nombre a lo que éramos.
Un día me apoyaron contra un árbol al borde del bosque. Otro, en el río con el agua hasta la cintura. Había de todo: manos, bocas, cuerpos que se turnaban sin que nadie lo programara. Hubo momentos en que ya no sabía quién estaba con quién ni a qué cuerpo le estaba respondiendo el propio.
Alicia fue la primera en hablar de ello, como siempre era ella la primera en todo. Una tarde, mientras yo miraba el valle desde la galería, se sentó a mi lado.
—Lo que viviste estos días no es lo habitual —dijo—. Pero eso no significa que esté mal. Significa que sos libre.
Le pregunté si ella lo sentía así.
—Soy más vieja que vos —respondió—. Sé que el deseo no siempre elige bien. Pero sabe exactamente lo que hace.
Elena nunca habló del tema. Creo que prefería no nombrarlo para poder seguir haciéndolo.
***
El último día, antes de que el taxi llegara a buscarnos, Alicia les dijo a los dos que los llamaría. Que cuando pudiéramos, volveríamos.
Yo no dije nada. Pero tampoco protesté.
Desde esa semana, los chicos de mi edad me parecen otra cosa. No peores ni mejores. Solo distintos, como si hablaran un idioma que yo ya empecé a dejar atrás.
Alicia tenía razón en eso: el deseo sabe lo que hace. Aunque a veces elija lo más complicado.
Volvimos a la estancia tres meses después. Ramiro estaba en la entrada cuando llegamos, como la primera vez. Esta vez ninguna de las tres fingió sorpresa.