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Relatos Ardientes

Lo que aprendí de mi madre y mi abuela

Somos tres generaciones de mujeres que se parecen demasiado. Mi abuela Alicia lleva el cabello corto teñido de castaño rojizo y tiene los ojos verdes que me heredó a mí. Cincuenta y cuatro años, cuerpo trabajado en el gimnasio tres veces por semana, y una forma de entrar a los lugares que hace que los hombres maduros dejen de hacer lo que estaban haciendo. Mi madre Elena tiene treinta y siete: rubia, delgada, ojos claros, tímida para hablar pero imposible de ignorar cuando camina. Yo tengo dieciocho y soy la más discreta de las tres: pelo castaño liso, complexión pequeña, estatura mediana. No soy de las que detienen el tráfico.

Mi padre nos dejó cuatro meses antes de ese viaje. Se fue con otra mujer. Elena tardó semanas en levantarse de la cama. Alicia fue quien nos sacó del pozo: primero con palabras y después con la propuesta de la estancia en Córdoba. Una amiga suya, empresaria y viuda, tenía una propiedad en las sierras que dejaba libre en verano. Alicia lo arregló todo.

Elena tardó en convencerse. Fui yo quien insistió más: le mostré las fotos, le hablé del río, del silencio, del aire limpio. Terminó aceptando. Viajamos en ómnibus para no perdernos el paisaje, con Alicia protestando por la incomodidad durante las primeras dos horas y callando en cuanto el campo empezó a abrirse.

Tomamos un taxi desde la terminal. Caminos de tierra que no terminaban. Cuando la estancia apareció entre los árboles —piedra, madera, cerros, el sonido del agua cerca— las tres callamos al mismo tiempo.

El primer día fue para instalarnos y respirar. Esa noche, junto al hogar encendido, hablamos de cosas sin importancia, que era exactamente lo que necesitábamos.

***

Al día siguiente me levanté antes que ellas. Salí a la galería y me topé con un hombre parado en la entrada.

Era de los que intimidan sin abrir la boca: muy alto, cabeza rapada, piel oscura y curtida por el trabajo al aire libre. Lo calculé entre los cincuenta y los sesenta, aunque era difícil precisarlo. Camisa de franela escocesa, jeans gastados, movimientos bruscos y seguros. Le pedí que volviera cuando las demás despertaran.

Se llamaba Ramiro. Era el encargado de mantenimiento de la estancia, contratado por la dueña para que los huéspedes tuvieran lo que necesitaran. Lo primero que hizo fue buscar el hacha y cortar leña. Era hosco, de pocas palabras, casi incómodo de tenerlo cerca en silencio. Nos avisó, de todas formas, que se aproximaba una tormenta grande. En esa zona y por esa época, dijo, eran violentas.

Salimos a caminar por la tarde. Encontramos un bosque de pinos, subimos hasta una lomada con vista al valle. A la vuelta, el viento empezó a girar y el cielo se cerró rápido. Invitamos a Ramiro a tomar algo caliente antes de que arreciara la lluvia.

Mientras bebíamos, lo noté mirar. A las tres. Con esa mirada particular de los hombres que no están acostumbrados a tener mujeres cerca, o al menos mujeres como nosotras. Alicia lo llevó a hablar, como siempre: tenía esa habilidad de hacer que cualquier persona se abriera. Ramiro fue soltándose de a poco. Dijo que llevaba años trabajando en la estancia junto a otro hombre que vivía con él en el galpón del fondo.

Golpearon la puerta con fuerza antes de que Alicia pudiera preguntar más.

Era Horacio. Corpulento, más alto que Ramiro, cabello gris y arrugas profundas que lo ponían en los sesenta largos. Tenía una mirada oscura y directa que se posaba en cada una de nosotras por turno y no se apresuraba. Lo hicimos pasar. Elena le sirvió café.

Hablamos hasta tarde. El temporal arreciaba afuera. El alcohol desapareció de las botellas a un ritmo que ninguna comentó en voz alta. A las diez de la noche nos fuimos a dormir.

***

Desperté pasadas las dos. La luz del comedor estaba encendida.

Era Alicia, sentada junto al hogar en camisón blanco con ropa interior azul visible por debajo. Yo llevaba una musculosa negra y bombacha. Me hizo señas de que me sentara. Fui a buscar leche caliente a la cocina.

Al volver, un relámpago iluminó la galería. Vi dos figuras junto a la ventana. Alicia dijo que serían los árboles. Asentí, pero sabía lo que había visto.

A la mañana siguiente la lluvia continuaba. Ramiro y Horacio aparecieron temprano para arreglar una gotera en la galería. Elena los invitó a tomar un ron que había encontrado en el aparador. Los cuatro pronto bebían y conversaban mientras trabajaban. Yo decidí quedarme en mi habitación. La última vez que tomé alcohol terminé vomitando toda una noche.

Fue el silencio lo que me llamó la atención. Antes había voces y risas. De pronto, nada.

Salí al pasillo.

En el espejo del fondo vi a Alicia. Estaba besándose con Horacio. Él le tenía una mano metida entera bajo la falda, moviéndose con lentitud, y por la forma en que ella arqueaba la cadera supe que le estaba trabajando el coño con los dedos ahí mismo, de pie, contra el marco de la puerta.

Me quedé quieta. No podía moverme aunque quisiera.

Escuché ruidos en el baño. Iba a volver a mi habitación cuando vi, también por el reflejo del espejo, que Ramiro se acercaba en esa dirección. Me encerré en la mía a tiempo.

Espié por la rendija de la puerta.

Ramiro abría la puerta del baño. Entró y la dejó entornada.

—Por favor, salí —escuché decir a Elena. La voz era baja pero reconocible.

—No vine hasta acá para nada —respondió él—. Toda la mañana estuviste hablando de cosas que me calentaron más de lo que pretendías. Vos sabés perfectamente lo que estabas haciendo con esa boca, Elena.

Silencio. Después, ruidos que no eran de protesta. Escuché el roce de tela contra tela, un jadeo corto, y la voz gruesa de Ramiro murmurando algo que no alcancé a entender.

Me moví para ver mejor. Elena le rodeaba el cuello con los brazos. Él le apretaba el cuerpo contra el suyo, una mano en su nuca, la otra recorriéndola lentamente hacia abajo hasta meterse por dentro del pantalón. Vi cómo el brazo de Ramiro se hundía y cómo mi madre abría más las piernas para dejarlo entrar. Elena cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás cuando los dedos del hombre encontraron lo que buscaban.

—Estás empapada —le dijo él, mordiéndole el cuello—. No me digas que no querías esto.

Elena no le contestó con palabras. Le buscó la bragueta con las dos manos y se la abrió. Cuando la polla de Ramiro salió al aire, incluso desde donde yo espiaba pude ver el tamaño: gruesa, oscura, con las venas marcadas, curvada hacia arriba por la erección. Mi madre la sostuvo con una mano y no le entraba entera en la palma. Se la empezó a mover despacio, arriba y abajo, con la vista fija en la cara del hombre.

Sentí algo que no quería sentir: una corriente cálida en el vientre que no tenía nada de disgusto. Se me endurecieron los pezones contra la musculosa y noté que se me humedecía la bombacha nada más de mirar.

***

Salieron del baño juntos, entre caricias, y fueron al comedor. Alicia y Horacio ya no disimulaban nada. Él tenía el suéter de mi abuela subido hasta las clavículas y las tetas de Alicia le quedaban al aire, colgando pesadas, con los pezones oscuros y erectos que él se metía en la boca de a uno por vez. Alicia le tenía la mano dentro del pantalón y por el movimiento de la muñeca supe que se la estaba pajeando ahí mismo, parada contra la mesa.

Elena no los reprobó. Tenía la atención puesta en Ramiro, que le recorría el jean por encima con una mano lenta y segura, y con la otra le apretaba una teta por debajo de la remera.

Me quedé en el pasillo. Estaba viendo algo que no debía ver. Y no podía irme. Sin darme cuenta, mi propia mano se había ido metiendo dentro de la bombacha. Estaba mojada. Muy mojada.

Cuando me descubrieron, fue Ramiro quien habló:

—Vení —dijo—. Acá no hay nada que temer.

Elena giró. Intentó arreglarse la ropa. Ramiro la sujetó con suavidad.

—Dejala que venga —le dijo—. ¿Mirar a tu mamá no te calienta? A mí me parece que sí. Tiene la mano donde la tiene que tener.

Se me subió el calor a la cara. No la saqué.

Entré al comedor. Me paré en el centro de la habitación. No sé qué esperaba que pasara, pero me acerqué a Ramiro y lo besé en la boca.

Era la primera vez que besaba a un hombre de su edad. No fue como esperaba. Fue mucho mejor. Me metió la lengua entera, con hambre, sabiendo exactamente cómo llevarme. Me chupó el labio de abajo y me lo mordió despacio antes de soltarlo.

***

Mi experiencia con chicos de mi edad era escasa: algo de torpeza y mucha buena voluntad. Ramiro sabía exactamente lo que hacía. Me tomó la muñeca y me llevó la mano hacia él. Sentí el tamaño de lo que escondía debajo del jean: una vara dura, gruesa, palpitando contra la tela. El estómago me dio un vuelco.

—Apretala —me dijo al oído—. Quiero que sepas con qué te vas a coger.

Le hice caso. La apreté por encima de la ropa y le busqué la punta con los dedos. Le escuché el gruñido bajo en la garganta.

Miré de reojo a Alicia: Horacio le había arrancado el suéter y ahora la tenía inclinada sobre el respaldo del sillón, con la falda subida a la cintura y sin ropa interior. La bombacha estaba tirada en la alfombra. Le abría las nalgas con las dos manos y le pasaba la polla entera por la raja, sin meterla todavía, restregándose contra el coño mojado de mi abuela mientras ella empujaba la cadera hacia atrás pidiendo. Elena, a pocos metros, se había subido la remera y se pellizcaba un pezón con la mano libre mientras miraba lo que estaba pasando en el sillón.

Ramiro me llevó a mi habitación y cerró la puerta.

—Acá vamos a estar mejor —dijo—. Tu madre se pone nerviosa si te ve y ninguna de las dos va a poder disfrutar bien.

Tenía razón en lo primero. No estaba del todo de acuerdo con lo segundo: me gustaba mirar.

Me sacó la musculosa por arriba de la cabeza en un solo movimiento. Se quedó mirándome las tetas —chicas, firmes, con los pezones tan duros que me dolían— y bajó la boca a chuparlos. Me mordió uno y después el otro, alternando, con una succión larga que sentí bajar directamente hasta el clítoris. Me temblaron las piernas.

Me empujó contra la cama, me abrió las piernas y me arrancó la bombacha de un tirón que hizo saltar el elástico. Se arrodilló, me miró el coño de cerca —abierto, rosado, brillando de tan mojado que estaba— y sopló el aire tibio sobre él antes de tocarme. Yo levanté la cadera buscándolo.

Empezó con la lengua plana, lamiéndome de abajo hacia arriba, entera, del culo al clítoris, con lentitud calculada. Después se concentró en el clítoris, chupándolo con los labios y jugando con la punta de la lengua sobre él. Al mismo tiempo, me metió dos dedos gruesos y los curvó hacia arriba, buscando ese punto adentro que yo ni sabía que existía. Cuando lo encontró, grité contra la almohada.

—Callate no —me dijo, levantando un segundo la boca—. Quiero escucharte.

Volvió a hundir la cara. Me chupaba el clítoris y me la metía y sacaba con los dedos, curvando cada vez, mientras con la otra mano me abría más para tener acceso completo. Yo me aferré a sus hombros y empecé a moverme contra su boca sin pudor, montándole la cara. No aguanté mucho. Cuando llegué por primera vez esa noche, con las piernas apretándole la cabeza y el cuerpo temblando entero, supliqué que me penetrara.

—Por favor —le dije, con la voz rota—. Metémela ya.

Se levantó. Se sacó la camisa, después el jean, después el calzoncillo. La polla le saltó afuera, dura, apuntando al techo, más grande vista de cerca de lo que había parecido por encima de la tela. Me quedé mirándola. Era la primera vez en mi vida que veía una de ese tamaño en carne y hueso.

Lo que siguió fue deliberadamente lento. Se acostó sobre mí, me pasó la punta por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose en mi humedad, sin entrar. Me rozaba sin entrar, jugaba con los bordes, se detenía exactamente cuando yo necesitaba que no lo hiciera. Empezó a meterme apenas la cabeza y la sacaba, meterla y sacarla, dos centímetros y afuera, y yo me retorcía debajo de él y le clavaba las uñas en la espalda.

—Por favor —repetí—, por favor, metémela toda.

—Todavía no.

Empecé a tocarme sola de la desesperación y él me detuvo la mano.

—Tiempo —dijo.

Me dio vuelta. Me puso boca abajo. Empezó a recorrerme la espalda con la boca, los flancos, las nalgas. Me abrió el culo con las manos y me pasó la lengua por ahí también, sin previo aviso, un lametón largo desde el coño hasta el otro agujero. Me arqueé contra la cama con un gemido que no reconocí como mío. El muy bastardo manejaba los tiempos a su gusto y yo no podía hacer nada.

Me chupó el culo con la punta de la lengua, en círculos, mientras me metía tres dedos por delante y los movía a un ritmo lento y profundo. Empecé a acabar por segunda vez, contra los dedos, contra la lengua, empujando hacia atrás sin control.

Cuando pensé que ya no aguantaba más, me levantó de la cama y me llevó de vuelta al salón, todavía desnuda, con las piernas temblando y el coño chorreando por la cara interna de los muslos.

***

Lo que vi al llegar me detuvo en el umbral.

Horacio tenía a Alicia y a Elena arrodilladas frente a él, las dos desnudas. Las había llevado a besarse entre ellas —mi madre y mi abuela, boca contra boca, con la lengua adentro— y alternaba su propia polla entre las dos bocas. Se la metía a Alicia hasta el fondo de la garganta, se la sacaba brillando de saliva, y se la pasaba a Elena, que la agarraba con la mano y se la chupaba con una entrega que jamás le había visto a mi madre en nada. Después las hacía a las dos lamer al mismo tiempo, una de cada lado, chupándole la vara y los huevos, encontrándose las lenguas sobre la piel dura y palpitante del hombre.

No quedaba rastro de inhibición en ninguna. Se entrelazaban con una naturalidad que daba vértigo de ver. Alicia se agachó y le chupó los huevos entera, metiéndoselos en la boca de a uno, mientras Elena le trabajaba la punta con la lengua. Horacio les tenía a las dos una mano en la nuca y las guiaba con firmeza.

Ramiro se colocó detrás de mí y me rodeó por la cintura. Me apretó contra él. Sentí la polla dura clavándoseme en la baja espalda, dejando un rastro de humedad. Con una mano me apretó una teta y con la otra me buscó el clítoris. Quería que viera todo antes de que continuáramos.

Vi cómo Horacio posicionó a las dos en la alfombra, una sobre la otra, los cuerpos rozando, con Alicia arriba y Elena abajo. Los coños de las dos mujeres quedaron pegados, frotándose entre ellos por el peso de mi abuela sobre mi madre. De un solo movimiento, Horacio la penetró a Alicia con fuerza por atrás y empezó a empujar. Cada embestida hacía que el pubis de Alicia se restregara contra el de Elena, y las dos gemían al unísono. Mi abuela tiró de las manos de Elena hacia su propio cuerpo. Mi madre respondió sin dudar: le apretó las tetas, le buscó la boca desde abajo, le metió los dedos en la boca para que los chupara.

Horacio no paraba. Le hundía la polla entera a Alicia con cada empujón, sacándola hasta la punta y volviéndola a meter con un ruido húmedo que se escuchaba por encima de los gemidos. Después se salió de golpe, cambió de agujero y se la clavó a Elena, sin pausa, mientras Alicia se ajustaba hacia arriba para que mi madre le pudiera lamer el coño abierto y chorreante en la cara. Elena obedeció: sacó la lengua y empezó a chupar a su propia madre mientras Horacio la cogía a ella desde atrás.

Debería haber sentido asco. Sentí exactamente lo contrario. Ramiro me estaba trabajando el clítoris con dos dedos y yo me apretaba contra su mano sin dejar de mirar.

Ramiro me susurró al oído que dejara de pensar. Que el pensamiento era el único error posible en ese momento.

Tenía razón.

***

La primera vez que Ramiro me penetró fue por detrás, no como yo esperaba. Me puso de rodillas en la cama, con el pecho contra las sábanas y el culo levantado. Se paró detrás y me pasó la punta por el coño primero, mojándose en mi humedad, y después me la subió al otro agujero. Empujó despacio. El dolor inicial fue agudo y me aferré a las sábanas con los puños cerrados. Me pidió que respirara. Que me abriera poco a poco.

—Respirá hondo —me dijo, con las manos firmes en mis caderas—. Aflojá. Yo te aviso cuándo.

Fue metiéndola de a poco, centímetro por centímetro, deteniéndose cuando yo me tensaba. Me pasaba una mano por la espalda para que me relajara y con los dedos de la otra me buscaba el clítoris por delante y me lo frotaba en círculos. Poco a poco, el ardor fue cediendo y algo distinto lo reemplazó.

Lo hice.

Cuando ya la tenía adentro entera —la sentía profunda, muy adentro, apretándome de una forma que no había sentido nunca—, empezó a moverse. Primero con embestidas cortas, casi tímidas para su tamaño. Después más largas. Cada empujón me arrancaba un gemido nuevo.

Lo que vino después del dolor fue algo sin nombre todavía para mí: una sensación profunda que fue creciendo hasta que ya no podía separar el malestar del placer. Me metió dos dedos en el coño al mismo tiempo que me la clavaba por atrás, y sentí las dos cosas a la vez, llena por los dos lados, sin espacio, sin aire. Empecé a moverme con él. A encontrar el ritmo. A empujar hacia atrás cuando él empujaba hacia adelante.

—Así —le escuché decir—, así, buena chica.

Acabé una tercera vez, con la cara contra la almohada y los dedos de él enterrados en el coño mientras me terminaba de coger el culo con embestidas cada vez más fuertes. Sentí cuando él estaba por acabar: se puso más rápido, más brusco, me apretó las caderas con fuerza. Se salió en el último momento y se corrió sobre mi espalda, un chorro grueso y caliente que sentí caer entre los omóplatos.

Cuando acabó y se recostó a mi lado, cobré conciencia de dónde estaba y con quién. Me senté en la cama. Tenía el semen tibio corriéndome por la espalda y no me lo limpié. Los sonidos que llegaban del salón no dejaban dudas sobre lo que seguía ocurriendo allá: gemidos superpuestos, la voz grave de Horacio dando órdenes, el ruido húmedo y rítmico de piel contra piel.

—Descansá un momento —me dijo—. Todavía no terminaste.

Unos minutos después fui al salón. Desnuda, sin taparme con nada.

***

Elena cabalgaba sobre Ramiro en el sillón cuando llegué —él había vuelto antes que yo—. Lo hacía con una intensidad que nunca le había conocido: sentada a horcajadas, con las manos apoyadas en el pecho de él, subiendo y bajando la cadera con toda la polla adentro. Se le sacudían las tetas con cada movimiento y ella misma se agarraba una y se la llevaba a la boca para chupársela mientras seguía moviéndose. Ramiro le apretaba las nalgas con las dos manos y la ayudaba a caer con más peso.

Alicia, a un costado, los miraba con la mano entre sus propias piernas y los ojos entrecerrados. Estaba desnuda también, sentada en un sillón, con las piernas abiertas de par en par y tres dedos moviéndosele adentro del coño a un ritmo lento. Se acariciaba el clítoris con el pulgar de la misma mano. Cuando me vio entrar, no dejó de tocarse. Me sostuvo la mirada.

Me senté cerca de Horacio. Nos miramos. Tenía la polla dura otra vez, brillando de saliva y de flujo, apoyada contra el vientre. Se acercó despacio, como si supiera que esta vez yo no necesitaba que me llevaran a ningún lado.

Me acostó boca arriba sobre la alfombra. Me abrió las piernas con las rodillas y se acomodó entre ellas. Me pasó la punta por el coño, ya bien abierto y mojado de todo lo anterior, y de una sola embestida me la metió entera. Grité. Era más grueso que Ramiro y me llenó de una forma que me dejó sin aire por un segundo.

Mis dedos encontraron mi clítoris mientras él me abría camino con embestidas profundas y sostenidas. Cada empuje me sacudía el cuerpo entero. Esta vez no me iba a quedar con las ganas. Me tocaba con dos dedos, en círculos rápidos, mientras él me la clavaba una y otra vez con un ritmo brutal.

—Miralo —le escuché decir a Alicia desde el sillón, con la voz ronca—. Miralo cómo te la mete, nena.

La miré. Ella se estaba corriendo también, sacudiéndose sobre sus propios dedos, sin dejar de mirarme.

A pocos centímetros, mi madre y yo gemíamos al mismo tiempo. Dos mujeres de la misma sangre, en el mismo estado, con dos hombres que habían llegado a nuestras vidas por una casualidad de tormenta. Elena estaba a punto de acabar sobre Ramiro: le vi la cara, los ojos apretados, la boca abierta, el cuerpo entero temblando mientras se dejaba caer hasta el fondo. Yo llegué al mismo tiempo, con Horacio adentro, apretándolo con el coño en espasmos que no podía controlar.

Horacio no se detuvo. Cuando terminé, me dio vuelta, me puso a cuatro patas y me la volvió a meter por atrás, esta vez en el coño, aprovechando la posición para hundirse más profundo. Me tomó del pelo con una mano y me hizo levantar la cabeza. Me hizo mirar cómo Ramiro y Elena, ahora de costado en el sillón, seguían cogiendo. Me hizo mirar cómo Alicia se movía hacia el sillón y se acomodaba de manera que Ramiro pudiera meterle a ella la mano al mismo tiempo que le seguía cogiendo a Elena.

Horacio acabó adentro mío, con un gruñido largo, y sentí el chorro caliente hundirse profundo. Se salió y me quedó chorreando por los muslos.

En ese momento no pensé en nada. Solo sentí.

***

Los días que siguieron fueron una extensión de esa primera noche. La tormenta pasó al día siguiente, pero nadie sugirió que Ramiro y Horacio volvieran al galpón. La ficción de que eran solo los encargados quedó enterrada con la lluvia.

Comíamos juntos. Salíamos a caminar. Volvíamos. Nadie ponía nombre a lo que éramos.

Un día me apoyaron contra un árbol al borde del bosque. Ramiro me subió la pollera hasta la cintura, me arrancó la bombacha y me la metió parada, con una pierna mía enroscada en su cadera y la corteza del árbol arañándome la espalda. Horacio miraba desde unos metros mientras se pajeaba lento, esperando su turno. Cuando Ramiro se salió, Horacio ocupó su lugar sin decir palabra y me la clavó ahí mismo, contra el mismo árbol, hasta acabar sobre el pasto.

Otro día fue en el río, con el agua hasta la cintura. Alicia y Elena se metieron desnudas al agua conmigo. Los dos hombres se turnaron: uno me sostenía contra el pecho, con las piernas mías flotando abiertas alrededor de su cadera, mientras el otro le entraba a mi madre o a mi abuela a pocos metros. Después cambiaban. Vi a Horacio penetrar a Alicia contra una piedra de la orilla mientras Ramiro me llenaba el coño y me chupaba las tetas fuera del agua. Vi a mi madre acabar con la boca de una de las dos mujeres —la suya o la mía, ya no sé— en el clítoris.

Había de todo: manos, bocas, cuerpos que se turnaban sin que nadie lo programara. Una noche terminamos las tres arrodilladas sobre la alfombra frente al hogar, con las bocas puestas en las dos pollas al mismo tiempo, pasándonoslas de una a otra, chupando lo que hiciera falta. Otra, mientras Horacio se cogía a Elena por atrás, Alicia y yo nos besamos por primera vez, sin planearlo, con la mano de ella entre mis piernas y la mía entre las suyas. Hubo momentos en que ya no sabía quién estaba con quién ni a qué cuerpo le estaba respondiendo el propio.

Alicia fue la primera en hablar de ello, como siempre era ella la primera en todo. Una tarde, mientras yo miraba el valle desde la galería, se sentó a mi lado.

—Lo que viviste estos días no es lo habitual —dijo—. Pero eso no significa que esté mal. Significa que sos libre.

Le pregunté si ella lo sentía así.

—Soy más vieja que vos —respondió—. Sé que el deseo no siempre elige bien. Pero sabe exactamente lo que hace.

Elena nunca habló del tema. Creo que prefería no nombrarlo para poder seguir haciéndolo.

***

El último día, antes de que el taxi llegara a buscarnos, Alicia les dijo a los dos que los llamaría. Que cuando pudiéramos, volveríamos.

Yo no dije nada. Pero tampoco protesté.

Desde esa semana, los chicos de mi edad me parecen otra cosa. No peores ni mejores. Solo distintos, como si hablaran un idioma que yo ya empecé a dejar atrás.

Alicia tenía razón en eso: el deseo sabe lo que hace. Aunque a veces elija lo más complicado.

Volvimos a la estancia tres meses después. Ramiro estaba en la entrada cuando llegamos, como la primera vez. Esta vez ninguna de las tres fingió sorpresa. Bajamos las valijas, entramos, y antes de que el taxi hubiera terminado de girar en la explanada, yo ya tenía la boca de él contra la mía y la mano de Horacio metiéndose por debajo de mi falda.

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Comentarios(9)

NocheLector77

Increible... de lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

DiegoR

La parte de la cabaña con la tormenta, tremendo. Que tension la que armaste ahi!

BorgesLector

Me dejo pensando todo el dia. Eso es lo que hace un buen relato, que no se olvida facil.

Caro88

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas. Se corto demasiado rapido!

Pacheco_22

Muy bien escrito, se nota que hay sentimiento real detras. No es facil tocar estos temas con tanto cuidado y salir bien parado.

ManuelOK

Buenisimo!!!

CarlaM77

Me recordo a esa sensacion de intimidad que da quedarse encerrado con alguien durante una tormenta. Bien logrado, en serio.

lector_pampa77

La abuela como la que toma las decisiones... ese detalle me gusto mucho, es poco comun en estos relatos

Rosario_G

Me engancho desde el principio, no pude parar. Sigue escribiendo!!

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