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Relatos Ardientes

Fingí dormir mientras él me engañaba

El primer sonido fue apenas distinguible del silencio: el roce de unos pies descalzos sobre el suelo del pasillo. Llevaba media hora en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia, con el cuerpo pesado y la mente todavía flotando, cuando reconocí el perfume. Vainilla y bergamota. El mismo que mi hermana Claudia llevaba usando desde la universidad.

No abrí los ojos.

A mi lado, Damián se movió. Era un movimiento que yo conocía bien porque llevábamos cinco años compartiendo ese colchón: no era el de quien se revuelve dormido, sino el de quien se despierta de golpe y se contiene. La clase de movimiento que alguien hace cuando quiere que los demás crean que sigue dormido.

Qué irónico.

Llevaba semanas notando algo diferente en él. Pequeñas cosas: el móvil boca abajo sobre la mesilla, las conversaciones que se cortaban cuando yo entraba en la cocina, la forma en que evitaba mencionar a Claudia aunque ella venía a cenar cada quince días. No había querido nombrarlo. Nombrar las cosas las convierte en reales.

Contuve la respiración y me quedé quieta mientras él se incorporaba despacio, como si midiera cada centímetro. Hubo dos segundos de silencio absoluto. Los imaginé mirándose en la oscuridad, calculando, con el corazón en la garganta.

—Shhh —susurró Damián.

Era suficiente para entenderlo todo. No era la primera vez. No podía serlo. Nadie improvisa ese nivel de cuidado.

El crujido del sofá fue breve pero inconfundible. Tenemos uno frente a la cama, de esos que chirrían en la pata delantera cuando alguien se sienta. Se sentaron. Se acomodaron. Y entonces llegaron los primeros sonidos de sus bocas juntas.

Me concentré en que mi respiración siguiera siendo regular. Lenta. Profunda. La de alguien que duerme.

Los besos eran hambrientos desde el principio, sin la calma de algo nuevo. Se besaban como dos personas que saben exactamente lo que el otro necesita. Oía el sonido húmedo de sus lenguas, los jadeos cortos de Claudia, la respiración de Damián haciéndose más densa. El sofá crujió una vez. Luego otra.

—Dámela —dijo ella. Solo dos palabras, en voz muy baja. Pero las dijo como quien lleva meses esperando decirlas.

No pararon cuando me moví.

Me revolvía sobre el colchón, giré la cabeza hacia el otro lado, hice lo que haría alguien que se está despertando sin llegar a despertar del todo. Los sonidos se detuvieron durante unos segundos. Luego volvieron. Más decididos.

Ahora oía algo rítmico. Un movimiento de muñeca, repetido, que se acompañaba del jadeo contenido de él. Claudia le hacía una paja mientras se besaban, con esa cadencia que va aumentando de ritmo hasta que ya no hay vuelta atrás.

No quise imaginar nada más. Lo estaba escuchando todo con demasiada claridad.

El orgasmo de mi hermana llegó antes de lo que esperaba: una sacudida ahogada, un gemido sellado por la boca de Damián, los pies de ella golpeando el suelo sin poder evitarlo. Duró unos segundos. Después hubo una carcajada muy baja, casi inaudible.

—Fóllame —pidió Claudia.

Fóllame. Con esa misma naturalidad. Como si le hubiera pedido que le pasara la sal.

Escuché pasos. La puerta del baño abriéndose. Una franja de luz tibia cruzó el dorso de mis párpados y luego desapareció cuando la puerta quedó entornada.

***

Los sonidos del baño eran distintos. Más crudos. El eco de las superficies de baldosa convierte los ruidos en algo imposible de ignorar, y durante los siguientes minutos escuché todo con una claridad que me resultó casi insoportable.

El golpe sordo y repetido de algo contra el mueble del lavabo.

La voz de Claudia, cortada a medias, devolviéndose contra los azulejos.

Damián gruñendo.

Abrí los ojos.

Solo una rendija al principio, lo suficiente para que la habitación pasara de negro a gris. A través de la puerta entornada distinguía el rectángulo luminoso del espejo del baño, y en él, el reflejo de los dos.

Claudia estaba de rodillas sobre el suelo, con las manos apoyadas para no caer, mientras Damián le follaba la boca de pie con las manos enredadas en su pelo. No había ternura en ello. Tampoco brutalidad, exactamente. Era algo entre los dos, algo que habían negociado en silencio mucho antes de esta noche.

Debería sentir rabia. Lo entendía en algún nivel abstracto, esa parte de mí que comprendía las reglas de lo que estaba viendo. Pero lo que sentía no era rabia. Era algo más parecido al vértigo de quien lleva tiempo asomada al borde de algo y por fin ha dado el paso.

Damián giró la cabeza hacia la cama.

Me cerré en un segundo, el corazón latiendo tan fuerte que me sorprendió que no lo oyeran. Permanecí inmóvil. Conté hasta diez. Después entreabrí los ojos de nuevo.

Le estaba echando agua en la cara a Claudia, que se reía con los ojos entrecerrados. Él le lavó la boca con las manos y le dio un azote suave en la mejilla. Ella le ofreció el cuello y él la cogió para sacarla del baño.

La llevó al sofá.

***

Ahora los veía mejor. El sofá quedaba justo enfrente de la cama, y con los ojos entreabiertos podía distinguir cada movimiento reflejado en el espejo lateral.

Damián la tumbó sobre los cojines y se echó encima sin quitarle los ojos de encima. Claudia le recibió con las piernas abiertas y los brazos rodeándole el cuello.

Se besaban con una intensidad que me resultó difícil de sostener. No por lo que hacían, sino por cómo lo hacían: con la clase de urgencia que no se finge.

—Te quiero —dijo Claudia entre jadeos.

Él no respondió. Le separó las piernas y entró en ella.

El sonido fue breve pero contundente. Claudia contuvo el grito con los dientes. Damián empujó. Y empujó de nuevo. Y otra vez, con ese ritmo que yo reconocía porque era el mismo que tenía conmigo cuando se dejaba llevar, solo que aquí no se contenía, no medía, no miraba si yo estaba bien.

El chapoteo húmedo y el golpe de sus cuerpos llenaron la habitación. Claudia ya no intentaba callarse. Gemía con la boca pegada a la de él, y él le sellaba los sonidos con la lengua, y ella seguía gimiendo dentro de esa boca como si fuera a ahogarse.

—AHHHH —se le escapó, antes de que Damián le cubriera la boca con la palma.

El estómago se me apretó.

¿Por qué no me levanto? ¿Por qué no paro esto?

Pero no me levanté.

Los seguí mirando en el espejo mientras él la sacaba y la volvía a clavar de un golpe, y ella se sacudía entera con cada embestida, y los dos sudaban ya con la frente pegada la una a la otra.

***

El momento en que Damián la cogió del pelo y la orientó hacia la cama fue el momento en que lo entendí.

No la estaba llevando al sofá. No la estaba llevando al baño. La estaba llevando hacia mí.

La dobló sobre el borde del colchón con la misma calma de quien sabe lo que hace, y la cara de Claudia quedó a centímetros de mis pies. Podía sentir su aliento en los tobillos. El calor de su cuerpo llegaba hasta mí como algo físico.

En el espejo lateral vi cómo Damián le separaba las nalgas con las manos y le apretaba el pulgar contra el ano. Claudia hundió la cara en el colchón y mordió la sábana.

Él entró en ella despacio. Primero con el dedo. Luego con algo más. El movimiento se propagó por el colchón hasta donde yo estaba, una vibración leve pero constante que me recorrió la espalda desde la cadera hasta los hombros.

La mano de Claudia apareció en mi pierna.

Sus dedos se posaron sobre mi pantorrilla con una delicadeza que contrastaba con todo lo que estaba pasando. Ascendieron despacio, tanteando, sin apretar. Yo no los detuve.

Cuando Damián empujó con más fuerza, la cara de Claudia rodó hasta quedar pegada a mi muslo. La sentí jadear contra mi piel. La sentí abrir la boca.

El cerebro tiene formas de capitular antes de que la voluntad lo autorice.

Él salió del ano de Claudia y entró en su coño de una sola vez, y ella gritó contra mi pierna, y yo me quedé quieta, fingiendo dormir, aunque ya hacía mucho que había dejado de fingir cualquier cosa que no fuera eso.

***

Damián le dio la vuelta. La subió por el colchón hasta que su cabeza quedó a la altura de la almohada, junto a la mía, y empujó sus piernas contra mi espalda. Sentí el calor de la piel de Claudia como algo inevitable, como el final de algo que había empezado mucho antes de esta noche.

Él entró en ella de nuevo y empezó a follarla despacio, con embestidas largas y profundas, del tipo que no permiten pensar en otra cosa. Los jadeos de Claudia eran continuos ahora, húmedos, sin control. Le oí decir mi nombre, no el de él, el mío, como si necesitara anclarse a algo que le resultara conocido.

Y entonces Damián me cogió de la cara.

Me giró con suavidad, sin brusquedad, con una ternura que me descolocó. Pegó su boca a la mía, todavía con el sabor de ella, y me besó despacio. Yo no correspondí con los labios. Me dejé hacer.

Claudia se volvió hacia mí también. La sentí antes de verla: su aliento cálido, su perfume de vainilla mezclado con el sudor, los suaves labios de mi hermana rozando los míos por primera vez en toda su vida.

Cuánto tiempo llevábamos esperando esto, pensé.

Damián empujó más adentro. El orgasmo de Claudia llegó largo y tendido, con ese temblor profundo que le sacude las piernas y le cierra los puños en la tela. La escuché gemir contra mi boca. La escuché decir mi nombre una vez más.

Y yo me corrí sola, sin que nadie me tocara directamente, solo con el sonido y el calor y el peso acumulado de todo lo que había fingido no saber durante quién sabe cuánto tiempo.

Cuando Damián se corrió dentro de ella, el silencio que siguió fue distinto al del principio: más denso, más cargado, más honesto.

***

Abrí los ojos del todo.

Claudia me estaba mirando. Tenía el pelo pegado a la frente y la respiración todavía acelerada, y me miraba con esa mezcla de vergüenza y algo más que no tenía nombre exacto. Me devolvió una sonrisa cautelosa, casi tímida, y me preguntó en voz muy baja si lo había hecho bien.

Yo tardé un momento en contestar.

—Lleváis mucho tiempo tardando —dije al final.

Damián, desde donde estaba, soltó una carcajada corta. Y los tres nos quedamos en la oscuridad del cuarto, escuchando cómo el edificio volvía a sus ruidos de siempre.

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Comentarios (7)

ValentinaK

que relato tan intenso!!! me dejo sin palabras literalmente

RubenMza

La traicion doble es lo que mas duele. Muy bien narrado, se siente demasiado real.

Carlitos_lector

necesito la segunda parte ya! como termino todo esto???

lectora_pampa

El detalle del perfume que reconocio... eso es lo que te mata por dentro. Excelente.

fercho_lee

yo no me hubiera podido quedar quieto jajaja imposible

MarisolF

Me pregunto si el sabia que ella seguia ahi. Que fria la situacion. Buenisimo.

noche_rota

Se hace cortisimo, quiero mas. La forma en que lo contaste en primera persona es perfecta, te mete adentro de la situacion sin que te das cuenta.

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