Esa noche de verano con mi hermano mayor
La casa familiar en el campo siempre fue así en verano: caliente durante el día, caliente por la noche, con ese olor particular a madera vieja y lavanda que mi madre ponía en los armarios. Yo tenía veintiún años ese julio. Mis padres se habían ido a dormir antes de las once, y yo llevaba más de una hora mirando el techo de mi cuarto con los ojos bien abiertos.
No era el calor lo que no me dejaba dormir.
Era Marcos.
Tenemos cuatro años de diferencia. Él tiene veinticinco, yo veintiuno, y durante toda la infancia fue el hermano mayor clásico: el que me sacaba de los aprietos, el que me llevaba en la bici, el que me prestaba los auriculares cuando viajábamos. Lo conozco desde que nací. Conozco sus manías, sus miedos, la forma en que se rasca la ceja cuando algo no le cuadra. Pensé que lo conocía todo de él.
Ese verano descubrí que no.
Había algo diferente desde hacía meses, desde quizás el año anterior, una conciencia nueva que me molestaba porque no sabía bien de dónde venía ni adónde iba. Cuando nos juntábamos los fines de semana en casa de mis padres, había momentos en que sus ojos se quedaban en mí un segundo de más. Momentos en que la conversación se hacía rara, cargada de algo que ninguno de los dos nombraba. Yo lo ignoraba. Él también. Y así habíamos llegado al verano, a esta casa, a esta semana con mis padres que se dormían temprano y nos dejaban a los dos solos en el porche con cervezas y demasiado silencio.
Esa tarde, cerca de la pileta, me había mirado de una manera que me resultó imposible de ignorar. No fue nada obvio, solo una fracción de segundo en que sus ojos bajaron por mis tetas apretadas en el bikini mojado, siguieron hasta el triángulo de tela pegado al coño y volvieron a subir demasiado rápido, y algo en mi entrepierna se tensó como una cuerda húmeda. No dijimos nada. Seguimos nadando. A la noche comimos con mis padres, vimos un rato la televisión, y cuando dije que me iba a dormir él me dijo «buenas noches» con una voz que sonó diferente, ronca, contenida.
Llevaba una hora diciéndome que estaba imaginando cosas. Y con la mano metida entre las piernas, los dedos resbalándose sobre un clítoris que no me dejaba en paz, me estaba dando cuenta de que no.
***
Me levanté sin encender la luz.
El suelo de madera crujió bajo mis pies y me quedé quieta un momento, con el corazón latiéndome más fuerte de lo que tenía sentido para alguien que solo va al baño. Afuera los grillos seguían cantando. La casa dormía. Caminé hacia la puerta de mi cuarto, la abrí, y me quedé en el umbral del pasillo mirando la oscuridad hacia el fondo.
El cuarto de Marcos estaba a ocho metros.
Es una estupidez, me dije. Me lo dije en voz baja, casi en un susurro, como si alguien pudiera escucharme. Después avancé de todas formas, con las bragas ya empapadas pegadas al coño.
Su puerta estaba entreabierta, con un centímetro de oscuridad que parecía invitación y advertencia al mismo tiempo. Me detuve delante. Desde adentro llegaba el sonido de su respiración, regular, profunda. El olor de esa colonia que usaba desde siempre. Apoyé la mano plana en la madera.
Y empujé.
***
Entraba algo de luz por la ventana, lo suficiente para verlo. Dormía de lado con la sábana enredada a la altura de la cintura, un brazo extendido sobre el lado libre del colchón como si hubiera hecho espacio sin saberlo. Su espalda subía y bajaba despacio. Debajo de la sábana se marcaba el bulto de su polla contra el muslo, un contorno grueso que me hizo tragar saliva.
Me acerqué sin hacer ruido.
Cada paso era una decisión. Me senté en el borde de la cama con tanto cuidado que casi no hice presión sobre el colchón, y me quedé así, inmóvil, mirándolo. Tenía los hombros más anchos que cuando éramos adolescentes. Eso fue lo que pensé, de todas las cosas que podría haber pensado.
Le puse la mano en el brazo.
Solo eso al principio, un contacto liviano, como tomando el pulso a lo que estaba a punto de pasar. Su piel estaba cálida. No se apartó. Tampoco se movió, pero algo cambió en su respiración, un ajuste casi imperceptible que me dijo que no estaba dormido del todo.
Mi mano se desplazó despacio hacia el hombro, sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido dilatarse. Marcos exhaló. Un sonido pequeño, controlado, que podría haber sido cualquier cosa y sin embargo no era cualquier cosa. Se giró.
Me miró.
No hubo sorpresa en su cara. Tal vez un poco, en los primeros dos segundos, y después algo más tranquilo, más profundo, que reconocí porque era lo mismo que yo llevaba semanas sintiendo entre las piernas sin saber cómo nombrarlo.
—Val —dijo. Solo eso.
—Sé que es una locura —dije.
—Ya lo sé.
—¿Quieres que me vaya?
Tardó menos de un segundo en responder.
—No.
Se incorporó apoyándose en el codo y me miró desde esa distancia que ya no era suficiente. Tenía el pelo revuelto y los ojos todavía entrecerrados del sueño, y yo sentí que se me iba a salir el corazón del pecho. Extendió la mano y tomó la mía, la llevó bajo la sábana y me la apoyó sobre su polla dura, gruesa y palpitando contra la tela del bóxer. La sostuvo ahí, sin apretar, como si me estuviera dando la oportunidad de cambiar de opinión.
No la cambié. Cerré los dedos alrededor de él y lo sentí latirme en la palma.
Fui yo quien se acercó primero. Nuestros labios se encontraron despacio, sin urgencia al comienzo, con esa delicadeza que tienen los besos cuando uno sabe que está cruzando una línea que no tiene vuelta atrás. Pero duró poco. A los pocos segundos su lengua se abrió paso entre mis dientes y yo se la chupé como si llevara meses esperando eso, y él me sostuvo la mandíbula con una mano, tan firme que casi me dolió, y me mordió el labio inferior al separarse.
—Estás mojada —dijo, más afirmación que pregunta, mientras su mano libre bajaba por mi vientre y se metía dentro de las bragas.
Sus dedos me encontraron el coño empapado y yo dejé escapar un gemido que tuve que ahogar contra su hombro. Me abrió los labios con dos dedos y deslizó el medio adentro despacio, hasta el fondo, mientras el pulgar me presionaba el clítoris hinchado.
—Hermano —susurré sin pensarlo, y él soltó un gruñido bajo que me hizo apretar las paredes alrededor de su dedo.
—Decilo otra vez.
—Hermano.
Me metió un segundo dedo.
Era mi hermano. Eso no lo olvidé en ningún momento. Y tampoco importó.
***
Lo que siguió fue lento de una manera que no me esperaba. Marcos no tenía prisa, o si la tenía la controlaba con la disciplina de alguien que llevaba demasiado tiempo pensando en eso. Me sacó la camiseta de dormir por la cabeza y se quedó mirándome las tetas con la boca entreabierta, como si estuviera confirmando algo que había imaginado mil veces. Después bajó la cara y me chupó un pezón, lento, envolviéndolo con la lengua y tirando después con los dientes hasta hacerme arquear la espalda contra la cama. Pasó al otro y repitió, más duro esta vez, mientras su mano seguía trabajándome el coño con dos dedos que entraban y salían empapados.
—Marcos, joder —susurré, agarrándolo del pelo.
—Callate, que los vas a despertar.
Me tapó la boca con la mano libre y siguió bajando. Me lamió entre las tetas, el vientre, el hueso de la cadera. Me arrancó las bragas por las piernas y las tiró al piso, y yo abrí las piernas para él sin pensarlo, porque a esa altura la vergüenza ya no existía en esa habitación.
Me miró el coño abierto, brillante, y respiró hondo.
—Hace un año que pienso en esto —dijo.
Y bajó la cabeza.
Su lengua me recorrió entera de abajo hacia arriba, desde el perineo hasta el clítoris, en un solo movimiento largo y lento que me hizo enterrar los dedos en la sábana. Después volvió al clítoris y se instaló ahí, chupándolo, dando vueltas alrededor con la punta de la lengua, tomándolo entre los labios y soltándolo, mientras dos dedos volvían a metérseme adentro curvados hacia arriba, buscando ese punto exacto que casi ningún tipo encuentra a la primera. Él lo encontró enseguida.
Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar.
Me la comió durante minutos que se sintieron eternos, cambiando el ritmo cada vez que yo estaba a punto de irme, sosteniéndome al borde con una crueldad calculada que no le conocía. Cuando por fin dejó que me corriera fue con la lengua clavada en el clítoris y los dedos golpeándome el punto G a la vez, y yo me arqueé entera contra su cara, apretándole la cabeza entre los muslos, con las piernas temblándome sin control.
Cuando volví subió otra vez por mi cuerpo, con la cara brillante de mí, y me besó en la boca. Sentí mi propio sabor en su lengua.
—Ahora vos —dijo.
Le bajé el bóxer y su polla saltó dura contra mi mano, gruesa, con la punta ya húmeda. Era más grande de lo que había imaginado en cualquiera de las veces que me había odiado por imaginarla. La agarré en el puño y él siseó entre los dientes.
Me deslicé hacia abajo y me la metí en la boca sin preámbulo. La chupé hasta el fondo, hasta que la punta me tocó la garganta y tuve que respirar por la nariz, y él me agarró del pelo con las dos manos y soltó un «joder, Val» que casi me hace correrme otra vez solo con oírlo. Le trabajé la polla con la boca y la mano al mismo tiempo, subiendo y bajando, lamiéndole la cabeza, jugando con el frenillo con la punta de la lengua, hundiéndolo hasta la garganta cada tantos segundos porque me gustaba oírlo gemir cuando lo hacía.
—Para —dijo después de un rato, tirándome del pelo hacia arriba—. Para o me corro.
Lo saqué de la boca con un ruido húmedo y le sonreí desde abajo.
—Ven acá.
***
Me acosté de espaldas y él se puso sobre mí apoyado en los antebrazos, mirándome con una atención que no era nueva pero sí era diferente. Sentí la punta de la polla resbalar entre los labios de mi coño, buscando, empapándose, y me mordí el labio.
—Si en algún momento— empezó.
—No —lo corté—. No me voy a arrepentir. Metémela.
Y me la metió.
Entró de una sola vez, lenta pero completa, hasta el fondo, y yo abrí la boca en un gemido mudo porque me llenó de una manera que no había sentido nunca. Se quedó quieto adentro un segundo, mirándome, dejándome sentirlo entero.
—Estás apretadísima —susurró contra mi oído.
—Movete.
Empezó a follarme despacio, con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta que sus huevos golpeaban contra mi culo. Cada vez que entraba yo se lo sentía en el vientre. Me aferré a sus hombros y le clavé las uñas en la espalda, y él me agarró una pierna por debajo de la rodilla y me la subió contra el pecho, abriéndome más, entrando más adentro.
—Así te gusta —dijo, no era pregunta.
—Así, hermano, así.
La palabra lo prendió fuego. Aceleró de golpe, cogiéndome más duro, con la mano en mi boca para ahogarme los gemidos. El colchón crujía bajo nosotros y yo rezaba para que mis padres estuvieran realmente dormidos porque no había forma de ser silenciosa con lo que me estaba haciendo.
Me sacó de repente y me giró boca abajo. Me levantó el culo con las dos manos, me dio una nalgada seca que me hizo apretar los dientes, y volvió a metérmela desde atrás de una estocada. Desde ese ángulo entraba todavía más, y yo tuve que hundir la cara en la almohada para no gritar mientras él me embestía sin piedad, agarrándome de las caderas, clavándome los dedos en la carne.
—Puta, sos mi puta —gruñó, y me dio otra nalgada.
—Sí, soy tu puta, seguí, no pares.
Se inclinó sobre mi espalda sin dejar de follarme, me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, y me lamió el cuello mientras seguía golpeándome desde atrás con un ritmo que ya era animal. Su otra mano se coló por debajo y encontró el clítoris otra vez, frotándolo en círculos al ritmo de las embestidas.
Me corrí en menos de un minuto. Me corrí con la cara aplastada contra la almohada y el coño palpitando alrededor de su polla, y él tuvo que sostenerme por la cintura porque las rodillas ya no me respondían.
No paró.
Me dio vuelta otra vez, boca arriba, y se puso encima. Me metió las dos piernas sobre sus hombros y volvió a hundírmela hasta el fondo, doblada en dos, y yo lo miraba desde abajo con la cara descompuesta de placer mientras él me cogía con la mandíbula apretada y el sudor cayéndole de la frente sobre mis tetas.
—Adentro, quiero que te corras adentro —le dije, y ni yo entendí de dónde salió eso.
—¿Estás segura?
—Sí. Vení, hermano, correte adentro de tu hermana.
Eso lo terminó. Dio cuatro o cinco embestidas más, cada vez más brutales, y después se enterró hasta el fondo y se quedó ahí, tembloroso, mientras yo lo sentía descargarse a chorros calientes dentro de mí. Fueron muchos. Siguió corriéndose durante lo que parecieron segundos larguísimos, con los ojos cerrados y los dientes apretados, y yo apreté las paredes del coño alrededor de él para ordeñarlo hasta la última gota.
Se derrumbó sobre mí, jadeando contra mi cuello. Le pasé los brazos por la espalda empapada y lo abracé, sintiendo cómo su polla seguía latiendo adentro mío, y sentí cómo el semen empezaba a escurrirse cuando por fin la sacó despacio.
Nos quedamos así, respirando.
***
El ventilador del techo giraba en silencio. La cortina se movía con la brisa que de vez en cuando se acordaba de pasar. Marcos rodó a mi lado y me pasó el brazo por encima, y yo me quedé mirando el techo con ese estado particular que viene después, cuando el cuerpo todavía zumba y la mente empieza a volver de a poco. Tenía los muslos pegajosos y el coño abierto, latiéndome despacio.
—Oye —dijo después de un rato.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
—Sí. —Hice una pausa—. ¿Tú?
—Sí.
No hablamos más. No hacía falta, o no en ese momento. Cerré los ojos y respiré despacio, sintiendo el peso de su brazo sobre mi cuerpo y el calor de esa noche de verano que de pronto se sentía diferente, más liviano, como si algo que había estado tenso durante meses hubiera decidido finalmente soltarse.
Me quedé dormida sin querer.
***
Me desperté cuando empezaba a clarear, con esa luz gris de las seis de la mañana filtrándose por la cortina. Marcos dormía. Lo miré un momento, con ese gesto familiar de siempre y ese otro gesto nuevo de esa noche, y sentí las dos cosas juntas sin que ninguna cancelara a la otra. Debajo de la sábana, entre mis piernas, todavía sentía su corrida escurriéndose despacio.
Me puse la ropa en silencio y antes de salir me detuve en el umbral para mirarlo una vez más. No se movió. Salí al pasillo y cerré la puerta con cuidado.
La madera crujió igual que a la ida.
En mi cuarto, el colchón estaba frío en comparación con el calor que había dejado atrás. Me tumbé de espaldas y miré el techo sin tratar de ordenar nada, sin buscarle sentido todavía. Solo me dejé estar ahí, con el cuerpo tranquilo y la cabeza llena de imágenes que no iba a olvidar fácilmente.
A las ocho y media, mi madre golpeó la puerta y dijo que el desayuno estaba listo.
Me duché, sintiendo cómo el agua caliente arrastraba lo que quedaba de él entre mis piernas, me vestí, y bajé. Marcos ya estaba sentado a la mesa con una taza de café. Levantó la vista cuando entré. No sonrió, exactamente, pero hubo algo en su cara, un gesto pequeño que solo yo podía leer porque lo conocía de toda la vida.
Me serví café y me senté a su lado.
Mi madre hablaba del tiempo que se esperaba esa tarde, de si iban al pueblo, de si la pileta necesitaba más cloro. Yo respondía cuando tocaba y comía sin mucha hambre y sentía el brazo de Marcos junto al mío sobre la mesa, ese contacto mínimo que ninguno de los dos había buscado y ninguno de los dos apartó.
No sé qué éramos después de esa noche.
No sé si lo que había pasado tenía nombre o si necesitaba uno. Lo que sí sé es que cuando mi madre se levantó a buscar más pan y nos quedamos solos un segundo, Marcos me miró y dijo en voz baja:
—¿Esta noche tampoco vas a poder dormir?
Y yo, que debería haberle dicho que no, que debería haberle dicho que lo de anoche había sido un error, que somos hermanos y que hay cosas que no tienen vuelta atrás, le dije:
—Depende de si dejas la puerta entreabierta.
Él volvió a mirar su café y no dijo nada más.
Pero cuando mi madre regresó con el pan, vi que sonreía.