Lo que pasó en la cocina cuando volvió mi hermano
Clara se había levantado tres veces antes de las nueve de la mañana para mirar por la ventana del pasillo. Esa que daba al camino de acceso. La que permitía ver llegar los coches con suficiente anticipación como para decidir si correr o no.
Decidió no correr.
Cuando el taxi de Marcos apareció entre los pinos a las diez y cuarto, Clara estaba de pie en la cocina con una taza de café que llevaba más de veinte minutos sin beber, demasiado ocupada controlando el ritmo irregular de su propio corazón.
Tres años. En tres años se puede querer mucho a alguien por teléfono y por mensajes y por llamadas que a veces duraban hasta las dos de la mañana. Se puede también, sin quererlo del todo, empezar a quererlo de otra manera. Sin que ese segundo tipo de querer tenga nada de inocente.
La puerta principal se abrió y el frío de noviembre entró junto con Marcos.
Había cambiado. No de manera dramática, sino de la forma en que cambian las personas cuando llevan años siendo ellas mismas en un lugar nuevo: más asentadas en su propio cuerpo. Los hombros más anchos, la postura diferente, algo en la mandíbula que antes no estaba. Dejó la mochila en el suelo del hall y la miró.
—Clara.
Solo su nombre. Pero con esa voz grave que por teléfono no era igual.
Ella cruzó el espacio que los separaba y lo abrazó. Marcos la recibió de inmediato, los brazos envolviéndola con una fuerza tranquila que no esperaba. Olía a viaje, a frío, y debajo de eso a algo que reconoció sin necesidad de pensarlo.
—Estás diferente —dijo él contra su pelo.
—Tengo diecinueve años. Han pasado tres años.
—Ya lo sé. Pero igual.
Se separaron. Clara lo estudió con esa honestidad directa que siempre había tenido. Marcos le aguantó la mirada con esa calma suya que nunca había conseguido copiar.
—Berlín te ha cambiado —dijo ella.
—Para bien, espero.
—Para bien —confirmó.
Para demasiado bien.
Sus padres estaban en el salón. El reencuentro fue ruidoso, cálido, con el tipo de preguntas que los padres hacen cuando llevan años esperando un regreso. Clara se quedó en la periferia, observando. Observándolo a él, si era honesta. Y notando, muy abajo, un calor entre las piernas que llevaba tres años intentando ignorar y que esa mañana ya no pedía permiso.
***
A media mañana, con el café de bienvenida todavía sin recoger de la mesa, su madre los llamó a los dos.
—Tenemos que ir al pueblo a hacer unas gestiones. Puede que tardemos bastante. ¿Os arregláis solos para comer?
—Nos arreglamos —dijo Marcos.
La puerta se cerró. El coche desapareció por el camino de grava. Y la casa grande y silenciosa de la sierra se quedó de golpe solo para los dos.
Marcos se sirvió más café y se apoyó en la encimera de la cocina. Clara recogió las tazas del salón porque necesitaba hacer algo con las manos.
—Cuéntame —dijo él cuando ella volvió.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Todo lo que no me has contado por teléfono.
—Eso es mucho.
—Tenemos todo el día.
Clara dejó las tazas en el fregadero y se sentó en la encimera de enfrente, cruzando las piernas bajo el cuerpo. Lo miró durante un momento que se extendió más de lo previsto.
—¿Tú has echado de menos la casa? —preguntó.
—He echado de menos algunas cosas de la casa —dijo Marcos.
—¿Cuáles?
Le sostuvo la mirada.
—Ya sabes cuáles.
El silencio que siguió tenía peso. Clara lo dejó estar y miró sus propias manos.
***
La idea de cocinar juntos surgió cuando los dos abrieron el frigorífico al mismo tiempo y encontraron que sus padres habían dejado ingredientes para algo dulce antes de salir. Harina, huevos, leche, mantequilla.
—Tortitas —dijo Marcos.
—Nunca me salen bien.
—Yo te enseño.
Empezaron en silencio, con esa comodidad vieja que da conocerse desde siempre. Marcos midió los ingredientes con esa precisión suya que Clara siempre había encontrado exasperante en otros contextos y que ahora observó con una atención que no tenía mucho que ver con la receta. Tenía los antebrazos descubiertos, la camiseta recogida hasta el codo. Mezclaba con movimientos circulares, lentos.
—Así —dijo, pasándole el bol—. Sin apresurarte.
Clara tomó el bol y removió. Marcos se colocó detrás de ella, la mano sobre la suya para corregir el ángulo. El contacto fue tan natural como inesperado. Ella siguió removiendo. Él no apartó la mano de inmediato. Y ella sintió, muy claro, el bulto de la polla de Marcos apretándose contra la parte baja de su espalda a través del vaquero.
—¿Así? —preguntó Clara, con la voz un poco más rota de lo que quería.
—Así —dijo él, la voz más baja, más cerca de su oído.
Ninguno de los dos se movió durante varios segundos. Marcos empujó apenas la cadera hacia delante, casi imperceptible, y Clara sintió la verga endurecerse contra ella. Luego Marcos se separó y fue a encender el fuego, como si nada hubiera pasado.
Clara removió la masa sola, más despacio de lo necesario. Las bragas ya se le estaban humedeciendo y llevaba once minutos con él en la cocina.
Puso música desde el móvil. Pop actual, algo que sonara a normalidad. Se puso a cantar bajito mientras preparaba el resto, y cuando giró para buscar el azúcar, se encontró con que Marcos la estaba mirando desde el otro lado de la isla. No de una manera que pudiera señalarse. Solo mirando. La forma en que alguien mira algo que lleva mucho tiempo sin ver.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada —dijo él, y apartó los ojos hacia la sartén.
***
Fue ella quien derramó la masa. Un movimiento brusco al pasar el bol de un lado a otro, y un chorro espeso le cayó sobre la camiseta, cubriéndole el pecho. Se quedó inmóvil un segundo, mirando el desastre, y luego soltó una carcajada.
—Eres un peligro —dijo Marcos, acercándose.
—Siempre lo he sido.
Él cogió un trapo de la encimera, pero no lo usó. Se quedó delante de ella, mirándola con esa expresión que Clara llevaba toda la mañana intentando no catalogar. Con el trapo todavía en la mano, inclinó la cabeza y acercó la boca a su clavícula, donde un hilo de masa brillaba sobre su piel.
Su lengua recorrió el rastro despacio. Muy despacio. Lamiendo la masa y también la piel de debajo, aprovechando cualquier excusa para no despegarse.
Clara no se movió. Apoyó una mano en la encimera para no perder el equilibrio. La lengua de Marcos siguió bajando, chupando la masa del borde del escote, y con los dientes le tiró de la tela para llegar mejor. El calor de su boca se extendía desde su clavícula hacia el cuello, lento, sin ninguna urgencia, como si hubiera decidido que tenía tiempo. Ella sintió que su propia respiración cambiaba sin pedirle permiso y que las tetas se le tensaban por dentro del sujetador, los pezones duros como piedras contra la tela.
—Marcos —dijo ella. Una sola palabra, sin continuación.
Él levantó la cabeza. La miró desde muy cerca. Tenía la boca brillante de masa y saliva.
—Dime que no —dijo—. Si quieres que pare, me lo dices y paro.
Clara tardó un segundo entero en responder.
—No quiero que pares. No pares, joder.
***
Lo que vino después tuvo esa textura extraña de algo que llevaba demasiado tiempo queriendo ocurrir. Marcos la besó y esta vez no hubo cuidado: le metió la lengua entera en la boca, buscándola, y Clara le devolvió el beso con la misma hambre, chupándole la lengua como si llevara tres años esperando ese sabor. Le mordió el labio inferior. Él gruñó bajo, contra su boca, y con una mano le agarró la nuca y con la otra la cintura y la pegó contra sí.
Clara sintió otra vez la polla dura de Marcos, ahora contra su vientre, y no se apartó. Al revés: bajó la mano por la parte delantera del vaquero y le apretó el bulto encima de la tela. Marcos siseó entre dientes.
—Joder —dijo él contra su boca.
—Llevo tres años imaginándome esto —dijo ella—. Tres años.
—Yo también.
Le arrancó la camiseta manchada por encima de la cabeza y la tiró al suelo. El sujetador saltó detrás, con dos movimientos rápidos de sus dedos en el broche. Las tetas de Clara le cayeron libres, blancas y llenas, con los pezones rosados, duros, apuntándolo. Marcos se quedó mirándolas un segundo entero, con la boca abierta.
—Dios —murmuró—. Son mejores de lo que me había imaginado.
—¿Te las imaginabas?
—Todas las noches.
Se agachó y le atrapó un pezón con la boca. Clara soltó un gemido corto, agudo, que rebotó en la cocina. Marcos lo chupó fuerte, tirando con los labios, mientras con la mano libre le apretaba y le amasaba la otra teta, pellizcándole el pezón entre los dedos. Cambió al otro. Le pasó la lengua alrededor, lento, y después lo mordió apenas y Clara le clavó las uñas en los hombros.
—Marcos —jadeó.
—Shh.
La subió a la encimera sin esfuerzo, las manos firmes en su cintura, y se colocó entre sus rodillas. Le desabrochó el vaquero y se lo bajó de un tirón, junto con las bragas empapadas, dejándola desnuda del todo sobre el mármol frío. Clara sintió el escalofrío del contacto en el culo y el calor entre las piernas todo a la vez.
Marcos se apartó un paso. La miró entera. Miró sus tetas subiendo y bajando con la respiración, el vientre, el coño rasurado con el vello corto y oscuro justo encima, los muslos abiertos por su propia postura.
—Ábrete más —dijo con voz ronca.
Clara lo hizo. Se apoyó hacia atrás con las manos y separó las rodillas. Marcos volvió a acercarse y le pasó la palma abierta por la cara interior del muslo, subiendo, hasta llegar al coño. La primera vez que la tocó ahí, Clara casi se cae hacia atrás. Estaba empapada. Los dedos de Marcos resbalaron sin ninguna resistencia por los labios, arriba y abajo, y él soltó un ruido a medio camino entre risa y gemido.
—Estás chorreando.
—Llevo así desde que has entrado por la puerta.
Él le metió un dedo. Solo uno, hasta el fondo, y Clara arqueó la espalda. El dedo se movió despacio, buscando por dentro, curvándose hacia arriba. Cuando encontró el punto que quería, Clara soltó un gemido que no reconoció como suyo.
—Ahí —dijo Marcos, más para sí mismo que para ella—. Justo ahí.
Metió un segundo dedo. Los dos entraban y salían con un ruido húmedo obsceno que llenaba la cocina por encima de la música. Clara movía las caderas contra su mano, buscándolo, sin vergüenza, con la boca abierta y los ojos cerrados.
***
—Para —dijo ella de pronto.
Marcos se apartó de inmediato, las manos quedándose quietas donde estaban.
—¿Estás bien?
—Sí. —Clara respiró—. Solo necesitaba decirte algo primero.
Él esperó, con los dedos todavía brillantes de ella.
—Nunca he hecho esto con nadie —dijo ella—. No del todo. Soy virgen.
Marcos la miró durante un momento. Leyó su cara con esa costumbre de años que tenía de leerla.
—¿Quieres seguir? —preguntó.
—Sí. Pero quiero que seas tú. Necesitaba que lo supieras.
Él asintió despacio. Se llevó los dos dedos a la boca, sin dejar de mirarla, y se los chupó lentos, saboreándola. Clara sintió que el coño se le apretaba solo de verlo.
—Entonces vamos a hacerlo bien —dijo Marcos.
Y volvió a acercarse, esta vez todavía más despacio.
Le besó la boca. Le besó el cuello. Bajó por el esternón, entre las tetas, chupándole otra vez los pezones uno por uno hasta dejarlos rojos y sensibles. Siguió bajando por el vientre, mordiendo apenas la piel, hasta llegar al pubis. La tumbó sobre la encimera despejada. Clara notó el mármol frío en la espalda y el aliento caliente de Marcos entre las piernas y no supo qué la mareaba más.
Le agarró los muslos por debajo, se los echó sobre los hombros, y le abrió el coño con los pulgares.
—Joder, qué bonito lo tienes —murmuró.
La primera lamida fue larga y lenta, desde abajo hacia arriba, desde el culo hasta el clítoris. Clara soltó un gemido tan agudo que ella misma se sorprendió. Marcos volvió a subir la lengua, ahora más ancha, más aplastada, y le pasó por todo el coño como si estuviera comiéndoselo. Le chupó los labios uno por uno. Le metió la lengua dentro, la sacó, subió al clítoris y lo cercó, lo lamió en círculos, lo chupó con los labios.
Clara movía las caderas contra su boca sin poder evitarlo. Le agarró la cabeza con las dos manos y le tiró del pelo, no para apartarlo sino para pegarlo más, y Marcos gruñó contra ella y el vibrado de su garganta le llegó al clítoris como una descarga.
—No pares —jadeó Clara—. No pares no pares no pares.
Él no paró. Metió un dedo otra vez, luego dos, mientras seguía comiéndole el clítoris con la boca. Los dedos entraban y salían con un ritmo constante, curvándose hacia arriba en cada empuje, y la lengua trabajaba el clítoris arriba, lento, deliberado.
Clara empezó a notar que el cuerpo se le tensaba entero. Los muslos le temblaban sobre los hombros de Marcos. La respiración se le entrecortó. Sonidos que no había hecho nunca le salían del pecho, altos, sin filtro.
—Voy a… Marcos, voy a…
—Córrete —dijo él contra su coño, sin dejar de moverse—. Córrete en mi boca.
Clara se corrió. Se corrió tan fuerte que el orgasmo le arqueó la espalda y le levantó el culo de la encimera y la hizo gritar sin ninguna vergüenza. Le apretó la cabeza de Marcos entre los muslos, lo asfixió contra su coño, y él siguió lamiéndola despacio, más suave, arrancándole los últimos temblores mientras ella caía otra vez sobre el mármol jadeando.
Tardó un rato en recuperar la respiración. La luz de la cocina era la misma de antes. La música seguía sonando desde el móvil, demasiado suave para haber tapado nada.
—¿Bien? —preguntó Marcos, la barbilla apoyada en su vientre, brillante hasta las mejillas, mirándola desde abajo.
—No tengo palabras para lo bien que ha sido.
Él sonrió.
***
Fue Clara quien tomó la iniciativa después. Se incorporó, todavía desnuda sobre la encimera, lo miró, y fue directa porque siempre había sido directa: pasó una mano por el cuello de Marcos, acercó su boca a la de él, y se probó a sí misma en sus labios. Le lamió la barbilla mojada. Le chupó el labio inferior.
—Ahora tú —dijo.
Le desabrochó los botones del pantalón con dedos que no temblaban tanto como esperaba. Le bajó el vaquero y el bóxer de un tirón. La polla de Marcos saltó fuera, dura, larga, con la punta rojiza y una gota brillando en la ranura. Clara se quedó mirándola un segundo. Era más grande de lo que había supuesto. Se le hizo la boca agua sin quererlo.
La rodeó con la mano. Estaba caliente, firme, con las venas marcadas bajo la piel fina. Marcos se tensó entero bajo su contacto y soltó un ruido bajo entre dientes.
—Espera —murmuró él.
Pero ella ya se había bajado.
Se arrodilló en el suelo de la cocina y lo miró desde abajo con esa mezcla de curiosidad honesta e intención clara que lo caracterizaba todo en ella. Le sacó la lengua y le lamió la punta, recogiendo la gota de precorrida. Salado. Le gustó. Le lamió toda la cara inferior de la polla, de abajo arriba, como si fuera un helado, y cuando llegó a la punta se la metió entera en la boca.
Marcos soltó un gemido gutural que rebotó en los azulejos.
—Dios, Clara. Joder.
Ella no sabía exactamente lo que hacía, pero fue aprendiendo sobre la marcha. Bajó la boca todo lo que pudo, sintió la punta en la garganta, se echó atrás, tomó aire, volvió a bajar. Un hilo de saliva le colgaba de la comisura y no le importó nada. Marcos tenía los dedos enredados en su pelo, sin empujar, solo siguiendo el movimiento, viéndola desde arriba con la boca abierta.
—Así —jadeó él—. Justo así.
Clara chupó más fuerte. Le pasó la lengua alrededor del glande cada vez que subía. Le bajó una mano a los huevos y se los amasó despacio mientras la boca hacía el resto. Con la otra mano rodeó la base de la polla y bombeaba lo que no le cabía en la boca, coordinado, un ritmo constante. Cada vez que se atragantaba un poco Marcos gruñía como un animal y a ella eso le humedecía otra vez el coño.
—Mírame —dijo él con la voz rota.
Ella levantó los ojos sin sacárselo de la boca. Marcos la miraba con una intensidad que no le había visto nunca. Le acarició la mejilla con el pulgar, marcando el bulto de la polla dentro.
—Eres preciosa así —murmuró—. Con mi polla en la boca. Dios, no sabes cuántas veces me he corrido pensando en esto.
Clara gimió alrededor de él y el vibrado lo hizo tensarse entero.
—Clara —dijo él con la voz rota—. Voy a correrme. Si no quieres…
Ella no se apartó. Al revés: aceleró. Chupó más fuerte, más rápido, con la mano bombeando en sincronía. Marcos gruñó, echó la cabeza hacia atrás, y se corrió en su boca con dos empujes largos que le llenaron la lengua de semen caliente y espeso.
Ella tragó lo que pudo. El resto le resbaló por la comisura, por la barbilla, le cayó al pecho, entre las tetas. No paró hasta que él terminó del todo, chupándolo suave, ordeñándolo con los labios. Cuando por fin sacó la polla de la boca, levantó la vista hacia él, los ojos brillantes, la barbilla llena, y él la miró de vuelta con una expresión que Clara no había visto nunca en su cara.
—Ven aquí —dijo Marcos.
La levantó del suelo. La besó en la boca, en los labios sucios de él, sin ningún asco, chupándose su propio sabor de la lengua de ella. Le limpió con el pulgar lo que le quedaba en la barbilla y se lo metió en la boca a ella para que también lo tragara. Clara lo hizo, mirándolo a los ojos.
***
—Ahora tú —dijo él—. Quiero follarte.
—Sí.
—Dilo tú.
—Fóllame. Por favor.
Marcos gruñó y la levantó otra vez sobre la encimera. La polla no se le había bajado del todo y a los pocos segundos, con la boca de Clara mordiéndole el cuello y las manos de ella recorriéndosela, volvía a estar dura contra su vientre.
Sacó un preservativo de la cartera —Clara notó que llevaba uno preparado, y le gustó eso—, se lo puso mirándola a los ojos. Se colocó entre sus rodillas, agarró la polla por la base, y le pasó la punta por todo el coño, arriba y abajo, empapándose, deteniéndose en el clítoris hasta que ella soltó un gemido de queja.
—Métemela ya.
—Voy despacio.
Apoyó la punta en la entrada del coño. Empujó apenas. Clara sintió la presión, un ensanche, algo tensándose por dentro que no había sentido nunca. Marcos entró un centímetro más. Se detuvo. La miró.
—¿Bien?
—Sigue.
Empujó otro poco. Ella cerró los ojos, apretó los dientes. Le dolió un instante, un pinchazo, y luego el dolor se disolvió en la plenitud extraña de tenerlo dentro. Marcos siguió, muy despacio, milímetro a milímetro, hasta que la sintió entera alrededor suyo.
—Joder —murmuró él—. Estás apretadísima.
—Estás dentro —dijo Clara, medio riéndose medio llorando—. Estás dentro del todo.
—Estoy dentro del todo.
Se quedó quieto, dejándola acostumbrarse. Le besó la boca, el cuello, le chupó otra vez los pezones. Cuando Clara empezó a mover las caderas por sí misma, buscando más, Marcos empezó a moverse.
Los primeros empujes fueron lentos, casi cautelosos. La sacaba casi entera y la metía otra vez, con calma, dejando que ella sintiera cada centímetro. Clara le clavó los dedos en los hombros cuando empezó a entender qué estaba sintiendo. Una presencia, una plenitud, algo que no sabía que le faltaba hasta que dejó de faltarle. La polla de Marcos abriéndole el coño despacio, saliendo, volviendo a entrar, y con cada empuje una ola de calor subiéndole por el vientre.
—Más —jadeó ella—. Más fuerte.
Marcos aceleró. La agarró de las caderas y empezó a follársela con más fuerza, con un ritmo constante que hacía que las tetas de Clara rebotaran y la piel de sus muslos chocara contra la de él con un chasquido húmedo cada vez. Hubo torpezas: un ángulo que no funcionó a la primera, una pausa para ajustar que los hizo reír por lo bajo. Se movieron. Clara enganchó las piernas alrededor de la cintura de él y Marcos entró más profundo. Ella soltó un grito ahogado.
—Ahí —jadeó—. Ahí, joder, ahí.
Marcos se apoyó con las dos manos en la encimera a cada lado de ella y empezó a follársela en serio. Empujes largos, profundos, que la clavaban contra el mármol. Clara le abrazó el cuello, los pechos aplastados contra el suyo, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado y no consiguiéndolo del todo.
—Eres mía —le dijo él al oído, con la voz oscura—. ¿Lo entiendes? Toda mía.
—Tuya. Soy tuya.
Él gruñó y aceleró. La cocina se llenó de ruido de piel contra piel, de gemidos, del ruido húmedo del coño de Clara empapado alrededor de la polla de Marcos. Ella sintió otra vez el cuerpo tensándose, el calor subiendo desde el vientre, el segundo orgasmo formándose antes de lo que esperaba.
—Otra vez —jadeó—. Me voy a correr otra vez.
—Córrete conmigo dentro —dijo él—. Quiero sentirte.
Marcos bajó una mano y le buscó el clítoris con el pulgar mientras seguía embistiéndola. Dos círculos y Clara se rompió. El orgasmo la partió por dentro, más fuerte que el primero, y el coño se le cerró en espasmos alrededor de la polla de Marcos, apretándolo, ordeñándolo.
—Joder —gruñó él—. Joder, Clara, no aguanto.
—Córrete —jadeó ella—. Córrete dentro.
Marcos dio tres empujes más, hondos, brutales, y se corrió con un gemido roto contra su cuello, la polla latiendo entera dentro de ella. Clara lo apretó más fuerte con las piernas y sintió cada uno de los latidos como si fueran suyos.
Se quedaron así un rato largo, respirando. La cocina olía a mantequilla quemada porque la sartén había seguido encendida todo ese tiempo. Marcos se retiró con cuidado, se quitó el preservativo y lo tiró, y fue a apagarla. Clara se quedó donde estaba, desnuda sobre el mármol, mirando el techo, con ese silencio interior que a veces viene después de las cosas importantes y con las piernas todavía temblándole.
***
Mucho después, cuando los dos estaban sentados en el suelo con la espalda contra los armarios bajos —Clara con la camiseta de Marcos puesta y nada más, él en bóxers—, Clara miró el bol de masa solidificada en la encimera y soltó una carcajada larga.
—Se nos ha arruinado el postre.
—Completamente —confirmó Marcos.
—Habrá que explicar dónde fueron los ingredientes.
—Diremos que nos salió mal. Lo cual es técnicamente cierto para las tortitas.
Clara apoyó la cabeza en su hombro. Él apoyó la suya sobre la de ella. Afuera, los pájaros de la sierra hacían ruido entre los pinos y el sol de noviembre pegaba bajo y frío por la ventana.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Clara, sin dramatismo. Una pregunta real.
Marcos tardó en responder.
—No lo sé. Supongo que tenemos que pensarlo.
—Sí.
—¿Estás bien?
—Mejor que bien. —Hizo una pausa—. ¿Y tú?
—Sí. —Otra pausa—. Aunque no sé cómo llamar a esto todavía.
—No tienes que llamarlo nada ahora mismo.
Él asintió despacio.
Siguieron así, en silencio, hasta que oyeron el ruido del coche de sus padres en el camino de grava. Entonces se levantaron a toda prisa, recogieron lo que había que recoger, Clara corrió a ponerse su propia ropa, y ella puso agua a hervir para el café con esa calma de quien sabe exactamente lo que está haciendo, aunque lo que acababa de ocurrir no cupiera todavía en ninguna categoría conocida.
Marcos la miró desde el otro lado de la cocina mientras ella esperaba que el agua hirviera.
—Clara —dijo.
Ella se giró.
—Lo sé —dijo ella antes de que él pudiera continuar.
Él asintió. Y ninguno de los dos dijo nada más cuando la puerta principal se abrió y sus padres entraron con bolsas y ruido y preguntas sobre si habían comido bien.
—Intentamos hacer tortitas —dijo Clara—. Nos salió mal.
Su madre miró el bol vacío y la sartén limpia y no preguntó nada más. Marcos sirvió el café. La tarde en la casa de la sierra continuó como si nada hubiera pasado, que era exactamente la forma correcta de continuar por el momento.