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Relatos Ardientes

El verano tabú de mi abuela, mi madre y yo

Tenía 18 años cuando entendí que el deseo no entiende de parentesco ni de vergüenza. Lo aprendí durante una semana de lluvia, en una cabaña de montaña, con mi abuela y mi madre como testigos de todo lo que ocurrió.

El viaje fue idea de Nora, mi abuela. Cuando papá nos dejó —cinco meses antes de ese verano, sin aviso y sin explicación— ella apareció con una propuesta práctica, como hacía siempre. Una amiga le prestaba su propiedad en las montañas del sur: un chalet de madera rodeado de pinos, lejos de la ciudad y de todo lo que nos recordaba al desastre. Mi madre, Valeria, tardó en convencerse. Llevaba semanas con los ojos enrojecidos y el teléfono en la mano, esperando una llamada que no llegaba. Fui yo quien la convenció de que irnos era la única opción.

No tenía idea de cuánta razón tenía.

Viajamos tres horas en bus para no perdernos el paisaje. Nora protestó todo el camino, porque ella prefería los vuelos directos, pero al final cedió. Desde la terminal tomamos un taxi que nos llevó por caminos de tierra durante casi una hora. La cabaña era exactamente como en las fotos: paredes de madera oscura, montañas que lo tapaban todo, un silencio que se sentía distinto al de la ciudad. El primer día lo usamos para aclimatarnos. Caminamos por un sendero de pinos antes de que anocheciera y esa noche, las tres sentadas frente al fuego, casi no hablamos.

No hacía falta.

***

A la mañana siguiente fui la primera en despertar. Salí a buscar leña y casi choqué con un hombre parado en la entrada.

Era grande. Moreno, calvo, con una campera de cuero que le llegaba a las rodillas y una mandíbula que no invitaba a la conversación. Le calculé entre cincuenta y sesenta años. Se presentó como Rodrigo: el encargado de la propiedad, enviado por la dueña para lo que necesitáramos. Leña, compras, reparaciones. Le pedí que volviera cuando las otras estuvieran despiertas.

Cuando las tres lo conocimos, quedó claro que era un hombre de pocas palabras. Cortó leña sin que se lo pidiéramos, revisó el generador y nos advirtió de la tormenta que se aproximaba. Que en esa zona, en esa época del año, eran violentas. Que podían durar días.

Esa noche vino con su compañero. César era más alto que Rodrigo, con el cabello entrecano y una mirada quieta y penetrante que se quedaba en las cosas más tiempo del necesario. Le calculé unos sesenta años, aunque se movía con la energía de alguien más joven. Los invitamos a cenar. El temporal ya había empezado y no tenía sentido que se fueran con ese tiempo.

Nora fue quien habló más durante esa primera cena. Les preguntó por la vida en las montañas, por el clima, por las costumbres. Rodrigo respondía despacio, midiendo cada palabra. César escuchaba y observaba. Me di cuenta de que nos miraba a las tres con una atención metódica, como catalogando. Yo decidí no tomar alcohol. Recordaba demasiado bien la última vez que lo hice.

***

La tormenta duró dos días seguidos sin parar. Al tercero se calmó un poco por la mañana, pero volvió peor por la tarde. Rodrigo y César no podían irse con ese tiempo. Se quedaron.

Durante el segundo día de lluvia, el alcohol circuló más rápido de lo que yo notaba desde mi cuarto. Me había retirado temprano con un libro y solo escuchaba el rumor sordo de la conversación en el comedor. A las dos de la madrugada me desperté con sed y fui al baño.

El pasillo estaba en penumbras. Desde la puerta entornada del comedor salía una franja de luz amarilla.

Miré sin proponérmelo.

Nora y César estaban de pie junto a la mesa. Él tenía una mano en su cadera y la besaba en la boca despacio, sin apuro. Mi abuela no se resistía. Le devolvía el beso con la misma calma, una mano apoyada en el pecho de él. No había torpeza en ese gesto, ninguna incomodidad. Era algo que ya llevaba su propio ritmo.

Busqué a mi madre con los ojos y no la vi en el comedor. Escuché ruidos en el baño.

Decidí volver a mi cuarto. No llegué.

Rodrigo emergió del fondo del pasillo. Me vio, asintió apenas, y empujó la puerta del baño sin llamar. La dejó entornada.

Me acerqué sin hacer ruido. Por la rendija vi a Valeria con la espalda contra la pared, levantándose el pantalón a toda prisa. Rodrigo la miraba desde el umbral.

—Salí, por favor —le dijo ella en voz baja.

—Después de lo que estuvimos hablando no me vas a decir que te asustaste.

Ella no contestó. Él cerró la distancia entre los dos despacio y mi madre no se apartó. Le puso una mano en la mandíbula, le levantó la cara, y la besó. Valeria tardó dos segundos en responder, pero respondió.

Me quedé inmóvil en el pasillo.

Esto no puede estar pasando, pensé. O sí está pasando y no sé bien qué sentir.

Volví a mi cuarto y me senté en la cama con el corazón acelerado. Intenté leer. No pude. Escuché pasos, puertas, el murmullo de voces bajas mezclado con la lluvia. Al final me levanté.

***

Cuando abrí la puerta del comedor tuve que detenerme un momento.

César estaba arrodillado frente a mi abuela. Ella tenía los ojos cerrados y una mano apoyada en la cabeza de él. Su ropa interior estaba corrida hacia un lado y él le pasaba la lengua con una precisión que la hacía contorsionarse en silencio, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Nora tenía 54 años y ese cuerpo que tantas veces yo había visto en la playa o en el vestuario del gimnasio respondía ahora a algo que yo nunca le había conocido.

Mi madre y Rodrigo llegaron desde el pasillo un momento después. Él le tenía una mano entre las piernas, sobre el pantalón, y la guiaba hacia donde estaban los otros dos. Valeria miraba la escena con los ojos muy abiertos.

Rodrigo me vio desde el umbral. Sonrió apenas, un gesto sin ternura pero tampoco sin crueldad.

—Vení —dijo—. No hay nada que temer.

Mi madre giró al oírlo y me vio. Intentó incorporarse pero Rodrigo la retuvo sujetándola por la cadera.

—Dejala. Que decida ella.

Entré. Me acerqué a Rodrigo y lo besé antes de que nadie dijera nada más. Era la única manera de no detenerme a pensar demasiado. Tenía la boca áspera y sabía a vodka. Me puso las manos en la cintura y me acercó a él hasta que sentí su tamaño contra mi cadera.

Me llevó la mano hacia él. Era enorme, duro, y sentí algo parecido al miedo mezclado con otra cosa que no supe nombrar.

Mis experiencias hasta ese momento habían sido con chicos de mi edad: imprecisas, rápidas, sin demasiada memoria. Esto era distinto. Completamente distinto.

Miré de reojo a Nora. Ella acariciaba a César con la misma concentración con que hacía cualquier otra cosa: enfocada, sin prisa, sin vergüenza aparente. Mi madre observaba la escena con los ojos brillantes mientras Rodrigo le encontraba el camino entre la ropa.

No pienses, me dije. Mira lo que hacen ellas y no pienses.

***

Rodrigo me llevó a mi cuarto en algún momento de esa noche. Dijo que así estaríamos más tranquilos, que mi madre se ponía nerviosa al verme.

No estaba de acuerdo, pero antes de que pudiera decir nada se arrodilló y colocó la boca entre mis piernas, sobre la tela. Lo hizo con paciencia, explorando, aprendiendo cómo respondía yo, y sentí que me mojaba rápido, sin poder controlarlo. Le agarré la cabeza sin pensarlo.

Cuando por fin le pedí que me penetrara, no lo hizo de inmediato. Me acomodó boca abajo sobre la cama, me separó las piernas y empezó a recorrer los bordes de mi sexo con la punta de él, acercándose y retrocediendo, sin terminar de entrar. Aprendí esa noche lo que es el deseo sostenido: algo que te llena la cabeza de ruido y te hace perder la noción del tiempo.

Cuando finalmente lo hizo, no fue por donde yo esperaba. El dolor fue agudo e inmediato y grité.

—Respirá hondo —dijo—. Relajate o va a ser peor.

Tardé varios minutos en encontrar algo parecido a la comodidad. Él no se apuró. Cuando lo encontré, el dolor se mezcló con una sensación más profunda, y me sorprendí a mí misma acompañando sus movimientos sin que nadie me lo pidiera.

Cuando terminó, se recostó a mi lado y me dijo que descansara. Que lo mejor estaba por llegar.

***

Los tres días que siguieron no tienen un orden claro en mi memoria. El tiempo dentro de esa cabaña funcionaba diferente: sin televisión, sin señal, con la lluvia siempre de fondo y el fuego encendido.

Hubo momentos en que estábamos los cinco juntos y momentos en que nos separábamos. Hubo una tarde en que César y Nora desaparecieron durante horas y cuando volvieron, ella traía el cabello suelto y una expresión serena que no le había visto antes. Hubo una noche en que mi madre y yo estuvimos en el mismo espacio, recibiendo la misma atención de los dos hombres, y no nos miramos a los ojos. No hizo falta.

Rodrigo me llevó un día hasta el claro entre los pinos, con llovizna fina y el barro frío bajo los pies. Me apoyó contra el tronco más grueso y me tuvo ahí, de pie, hasta que tuve que aferrarme a la corteza para no perder el equilibrio. Cuando volvimos a la cabaña, nadie preguntó dónde habíamos estado.

César tenía más paciencia que Rodrigo. Era más minucioso, más lento, y eso también era una forma de intensidad. Con él aprendí que la velocidad no siempre es lo que importa.

Hubo una noche en que Nora y Valeria terminaron entrelazadas entre sí, ante la mirada de los dos hombres. No sé bien cómo llegó a eso. Estas cosas no se planifican. Las empuja el alcohol, el calor, el encierro, la ausencia de consecuencias visibles. Yo las miraba desde la alfombra y me tocaba yo misma hasta que alguien reparó en mí.

Mi abuela, en un momento que compartimos las tres con los dos hombres, me miró desde el otro lado del sillón con una expresión que no era vergüenza ni disculpa. Era algo más parecido al reconocimiento. Como decirme: esto también sos vos, y no hay que temerle.

***

El último día salió el sol por primera vez.

Rodrigo y César desayunaron con nosotras y se fueron sin ceremonia. César le apretó la mano a Nora y le sostuvo la mirada un momento más de lo estrictamente necesario. Rodrigo asintió desde la puerta y no dijo nada. Esa también era su manera de despedirse.

Pasamos el resto del día haciendo las maletas y caminando por el sendero de pinos. Nadie hablaba mucho. No había mucho que decir que no resultara demasiado grande para una conversación al aire libre.

En el bus de vuelta, Nora durmió con la cabeza en la ventanilla. Valeria miraba el paisaje. Yo las miraba a las dos.

Pensé en lo que había pasado durante esa semana sin intentar clasificarlo. No con vergüenza, aunque quizás debería haberla sentido. Pensé en cómo cada una habíamos llegado a ese chalet cargando algo distinto: mi madre con la herida de una separación, mi abuela con esa energía que no encuentra dónde gastarse, yo con esa mezcla de curiosidad y miedo que tienen los dieciocho años cuando todavía no saben bien qué son.

Y pensé que a veces lo que te cambia no es lo que esperabas que te cambiara.

Cuando llegamos a casa, algo había cambiado entre las tres. No de manera visible, nada que pudiera señalarse. Pero estaba ahí, en cómo nos hablábamos, en el silencio que ahora compartíamos sin incomodidad, en la manera en que Nora me miraba de vez en cuando como reconociendo algo.

No lo nombramos nunca. No hizo falta nombrarlo.

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Comentarios (7)

GabrielNochero

tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de esos que no podes parar de leer

Valentina_R

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi

PedroDelSur

Muy buena ambientacion, la tormenta le da tension a todo el relato. Felicitaciones

Martincho87

Me engancho desde la primera linea, con esa intro ya sabia que iba a ser bueno

Laura

Excelente!!! sigue escribiendo mas asi

ElBeto77

jajaja la intro me mato, tremendo comienzo

Lectora77

Me recordo a un verano con mi familia aunque obvio lo mio termino muy distinto jajaja. Buen relato!

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