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Relatos Ardientes

Tres años después, mi hermana ya no era una niña

Era el primer sábado de noviembre cuando Rodrigo cruzó la puerta de la casa familiar. Tres años en Londres. Tres años de reuniones de trabajo, lluvia interminable y esa soledad de expatriado que se instala despacio hasta que ya no la notas. Los padres habían salido ese fin de semana a Salamanca con unos amigos, dejando la casa vacía. Solo Clara. Y ahora él.

Rodrigo tenía veintisiete años y llevaba el cuerpo más trabajado y el pelo más corto que cuando se fue. Dejó la maleta en el recibidor, aspiró ese olor a madera y jabón que tenía la casa desde siempre, y oyó pasos rápidos bajando las escaleras.

—¡Rodi!

Clara apareció en el rellano y bajó los últimos peldaños casi de un salto. Dieciocho años recién cumplidos. Rodrigo la recordaba como una adolescente con el pelo lleno de horquillas de colores y la costumbre de robarle los cascos inalámbricos. La persona que bajaba ahora era otra cosa completamente distinta: caderas anchas, cintura estrecha, unas tetas firmes que se marcaban con descaro bajo la camiseta fina, sin sujetador.

Se lanzó a sus brazos antes de que él pudiera moverse. Rodrigo la atrapó sin pensar, levantándola del suelo un segundo como hacía cuando eran pequeños. Pero ya no era pequeña. Las tetas se le aplastaron contra el pecho, los pezones duros clavándosele a través de la tela, y él sintió el bulto de su propia polla despertando en el pantalón antes de poder controlarlo.

—Cuánto tiempo —murmuró él contra su pelo.

—Tres años —dijo ella, apretando la cara contra su cuello—. Son muchísimos.

Se quedaron así un momento más del necesario. Las manos de Rodrigo, que habían caído de forma natural en su cintura, notaron el calor de su piel a través de la tela fina de la camiseta. Clara no se separaba. Él sintió cómo ella se restregaba un poco, apenas un movimiento de caderas, lo suficiente para notar que su polla medio dura le presionaba el vientre. Y Clara no se apartó.

Solo es la emoción del reencuentro, pensó él. Solo eso.

Cuando por fin se apartaron, ella lo miró de arriba abajo con esa sonrisa torcida que había heredado de su madre.

—Estás muy distinto —dijo.

—Tú también —contestó él, y se arrepintió inmediatamente del tono.

Clara sonrió de una forma que Rodrigo no supo clasificar. No era la sonrisa de su hermana pequeña.

—Mañana por la mañana te hago el desayuno —dijo—. Como antes, ¿recuerdas? Los sábados siempre hacíamos tortitas.

—Me acuerdo.

—Pues mañana repetimos. Los dos solos en la cocina, como en los tiempos.

Rodrigo durmió mal esa noche. La casa olía igual, la cama era la misma, las fotos en la mesita seguían en su sitio. Y, sin embargo, algo había cambiado en el reencuentro que no sabía nombrar. Algo que tenía que ver con el abrazo en el recibidor, con esa sonrisa que no era la de siempre, y con la polla dura que se le había puesto en cuanto Clara apretó sus tetas contra él. Se pajeó dos veces esa madrugada, mordiendo la almohada para no hacer ruido, con la imagen de su hermana adulta grabada detrás de los párpados. Se corrió cada vez con una intensidad culpable, y cada vez el semen le manchó el vientre sin que aquello le sirviera para dormir.

***

La mañana del domingo entró por las persianas con esa luz suave y cobriza de noviembre. Rodrigo bajó antes de las nueve y puso el café. Estaba apoyado en la encimera, dando el primer sorbo, cuando oyó pasos descalzos en el pasillo.

Clara apareció en la puerta con el pelo revuelto del sueño y los ojos todavía a medio abrir. Llevaba una camiseta de algodón blanco, larga y desgastada, que apenas le llegaba a mitad del muslo. Se desperezó estirando los brazos hacia arriba —la camiseta se le subió y él vio el borde de unas bragas blancas de algodón, sencillas, apretadas contra el pubis— y caminó directamente hacia él para robarle la taza.

—Buenos días —dijo, dando un sorbo sin pedir permiso. Exactamente igual que cuando tenían doce y quince años, excepto que ya nada era exactamente igual.

Sacaron los ingredientes juntos. Clara encontró una playlist en su teléfono y la puso a un volumen bajo que llenaba el silencio sin romperlo. Empezaron a mezclar la masa.

—Así no —dijo ella, quitándole el cuenco—. Los huevos primero, solos. Si mezclas todo de golpe, la masa queda apelmazada.

—¿Desde cuándo sabes tú hacer tortitas?

—Desde que te fuiste y no tuve a nadie que me las hiciera los sábados.

Lo dijo sin drama. Era un hecho. Rodrigo lo sintió de todas formas.

Siguieron cocinando. Clara removía la masa con movimientos lentos y circulares, de pie junto a él, el hombro rozando el suyo cada vez que se movía. La cocina fue llenándose de olor a mantequilla caliente y a esa mezcla dulce de huevo y vainilla. En algún momento, sin que ninguno lo decidiera, el espacio entre ellos dejó de ser el espacio normal entre dos hermanos.

—Prueba —dijo ella, acercándole la cuchara.

Rodrigo tomó un poco de masa. La lengua le rozó los dedos de ella casi sin querer, o queriéndolo sin saberlo todavía. Clara no retiró los dedos. Los mantuvo ahí, contra la boca de él, medio segundo más de lo que hacía falta.

—Está bien —dijo.

—¿Solo bien?

—Está muy bien, Clara.

Ella sonrió y se giró hacia la sartén. La camiseta le caía sobre un hombro, dejando su clavícula al aire y una tira delgada de espalda desnuda. Rodrigo apartó los ojos, pero no antes de notar que bajo la tela sus tetas se movían libres, sueltas, cada vez que ella removía la masa.

***

Fue al ir a coger el azúcar cuando ocurrió. Clara estiró el brazo hacia el estante alto y su codo chocó con el cuenco que Rodrigo tenía en las manos. La masa cremosa y blanca le cayó sobre el hombro y bajó por su cuello, deslizándose despacio sobre su piel, colándose por el escote de la camiseta.

—¡Qué desastre! —exclamó ella, mirando el pegote.

Se miraron un segundo y los dos se echaron a reír.

—Voy a por un trapo —dijo Rodrigo.

—Da igual. —Clara tiró del bajo de la camiseta y se la quitó por la cabeza con la naturalidad de quien ya tenía esa decisión tomada antes de entrar a la cocina.

El silencio que siguió duró apenas dos segundos.

Se quedó frente a él en bragas, con las tetas al aire, los pezones rosados y ya endurecidos, el vientre plano y una pelusa suave que se perdía bajo el elástico blanco del algodón. La masa seguía bajando despacio por su hombro, un hilo blanco y brillante sobre su piel, hasta perderse entre sus pechos.

Cuando se giró, no había en su expresión ninguna incomodidad. Solo esa calma extraña que tienen las personas cuando están esperando algo que no saben cómo pedir.

—¿Me ayudas? —dijo en voz baja.

Rodrigo tenía el trapo en la mano. Lo sostuvo un momento. Luego lo dejó sobre la encimera.

Se inclinó hacia ella y pasó la lengua por su hombro, siguiendo el rastro de masa hacia abajo. Despacio. La piel de Clara olía a jabón y a esa calidez específica del sueño recién abandonado. La lengua siguió el hilo dulce por la clavícula, bajó por el esternón, y cuando llegó al pecho él giró la cara y le chupó el pezón entero, con la masa y todo, apretándolo con los labios y luego con los dientes.

Ella dejó caer la cabeza ligeramente hacia atrás y soltó un gemido corto, apagado.

—Rodrigo —susurró. Solo su nombre. Sin pregunta ni explicación, como si quisiera confirmar que era real, que estaba ocurriendo de verdad.

Él levantó la cabeza y la miró. En los ojos de Clara no había duda. Era algo que venía de lejos, de antes del viaje a Londres, de esa última noche cuando los dos se habían quedado en el pasillo hasta las cuatro de la mañana hablando sin poder explicarse por qué ninguno podía dormir.

—Esto no debería pasar —dijo él.

—Ya lo sé —dijo ella—. Pero llevo tres años imaginándomelo. Fóllame de una puta vez.

Y ninguno de los dos se apartó.

Fue Clara quien cerró el espacio que quedaba entre ellos. Puso las manos abiertas en el pecho de su hermano y lo miró desde abajo con la mirada de quien ya ha decidido y ya no tiene miedo. Rodrigo le puso las manos en la cintura. Sus pulgares encontraron la curva de sus caderas y bajaron sin permiso hasta apretarle el culo por encima de las bragas.

—Tres años —dijo ella, muy bajito.

La besó. Un beso que empezó con cuidado y que fue perdiendo el cuidado a medida que avanzaba. Las lenguas se enredaron sin pudor, con hambre atrasada. Las manos de Rodrigo bajaron por su espalda y le metieron los dedos por dentro del elástico de las bragas hasta agarrarle el culo desnudo, apretándolo con las dos manos. Ella arqueó el cuerpo hacia él, buscando el contacto sin pudor, y sintió por primera vez la polla dura de su hermano contra su vientre, un bulto grueso e insistente que le apretaba justo encima del hueso del pubis.

—Joder, qué dura la tienes —susurró contra su boca.

—Desde que ayer me abrazaste en el recibidor —contestó él.

Clara soltó una risa baja, ronca, y le mordió el labio inferior.

***

Clara tenía la espalda contra la encimera y los ojos cerrados. La boca de Rodrigo bajó por su cuello, por su clavícula, por el trazo que antes había seguido la masa. Se detuvo otra vez en sus tetas y se las chupó de una en una, con lengua entera y labios cerrados, tirando de los pezones hasta hacerla gemir en serio, sin frenarse. Ella soltó un sonido suave, casi una exhalación larga que se le rompía en la garganta, y enredó los dedos en el pelo de su hermano mientras él seguía bajando.

Rodrigo se arrodilló despacio. Besó su costado, la curva de su cintura, el hueso de su cadera, la línea suave de vello bajo el ombligo. Las manos de Clara buscaron el borde de la encimera para sostenerse cuando él enganchó los pulgares en el elástico de las bragas y se las bajó por las piernas hasta dejarlas en el suelo de la cocina.

Se quedó un segundo mirándola. El coño de su hermana, depilado casi por completo salvo por una tira fina de vello castaño, ya brillaba de mojado, los labios entreabiertos y rosados a pocos centímetros de su boca.

Dios mío, pensó ella, sintiendo el aliento caliente de Rodrigo contra su coño. Cuánto tiempo llevaba guardando esto sin saber que lo guardaba.

—Abrí las piernas —dijo él, con voz baja.

Clara obedeció, apoyando un pie en el travesaño de la banqueta. Rodrigo le pasó la lengua entera desde abajo hacia arriba, de un solo trazo lento, y ella pegó un tirón de caderas contra su boca sin poder evitarlo.

—Joder —jadeó—. Joder, Rodrigo.

Él la tomó con la boca sin prisa, con hambre pero sin prisa. Le abrió los labios del coño con los pulgares y buscó el clítoris con la punta de la lengua, dando vueltas alrededor, sin tocarlo del todo, jugando con ella. Clara cerró los ojos con fuerza. Rodrigo sabía lo que hacía y lo hacía con una lentitud deliberada que le resultaba insoportable de lo bien que se sentía. Sus manos grandes le sujetaban las caderas contra la encimera, sin dejarla moverse. Cuando por fin cerró los labios sobre el clítoris y empezó a chupar, ella soltó un gemido largo y agudo que rebotó en los azulejos de la cocina.

—Ay, joder, así, no pares, no pares —le pidió con la voz rota.

Él no se detuvo. Metió dos dedos dentro del coño mojado de su hermana, curvándolos hacia arriba, mientras seguía chupando el clítoris con la boca. Clara empezó a temblar. La presión fue aumentando de forma deliberada, sin que ella pudiera hacer nada más que sujetarse al borde de la encimera y dejar que ocurriera.

—Me corro, me corro, me voy a correr en tu boca —gimió apretando los muslos alrededor de la cabeza de él.

Cuando llegó el momento, llegó de golpe, sin aviso. Clara le clavó los dedos en el pelo y se apretó contra su boca, mordiéndose el labio para no gritar. El orgasmo fue largo y completo, de los que dejan las piernas sin fuerza; el coño se le contraía en oleadas alrededor de los dedos de su hermano, y una humedad caliente le bajó por la cara interna de los muslos. Rodrigo no la soltó hasta que ella lo apartó suavemente, temblando.

Rodrigo se puso de pie despacio, la barbilla brillante, y la miró. Tenía esa expresión tranquila y algo oscura que había llevado toda la mañana. Clara respiraba agitada, con el pecho subiéndole y bajándole, los pezones todavía duros y enrojecidos de la boca de él.

Lo besó otra vez, saboreándose a sí misma en la lengua de su hermano. Sus manos bajaron por el torso de él, encontrando el cinturón. Lo desabrochó sin apartar la boca de la suya, le bajó la cremallera y le sacó la polla del calzoncillo de un tirón. Era gruesa, dura, con una gota de líquido brillándole en la punta. Clara la envolvió con la mano y apretó, deslizando la piel arriba y abajo un par de veces sin dejar de besarlo.

—Yo también —dijo ella en voz baja, contra sus labios—. Ahora quiero yo.

Rodrigo la miró. Ella sostuvo esa mirada sin pestañear.

Clara se deslizó hacia abajo con calma, de rodillas en el suelo frío de la cocina. Lo tomó con ambas manos y lo observó un momento antes de acercar la boca. Le sacó la lengua entera desde la base hasta la punta, muy despacio, siguiendo la vena gruesa del reverso, y remató con un beso húmedo en el glande. Lo besó despacio al principio, con una atención que no tenía nada de torpe. Se le metió el glande entero en la boca y lo chupó lento, cerrando los labios y sacando saliva alrededor. Luego abrió los labios y lo tomó dentro entero, tan hondo como pudo, moviéndose con un ritmo lento que fue ganando profundidad a medida que encontraba el ángulo.

—Joder, Clara —jadeó él.

Ella se retiraba hasta la punta, se detenía, le lamía las pelotas una a una metiéndoselas medio a la boca, y volvía a tragar la polla entera. Un hilo de saliva le colgaba de la barbilla. Rodrigo apoyó una mano en la encimera para no perder el equilibrio. La otra cayó sobre el pelo de su hermana sin presionar, apoyándose apenas en su suavidad. Clara levantó los ojos hacia los suyos sin detenerse, con la polla hasta el fondo de la garganta y las mejillas hundidas de succión. Esa mirada desde abajo fue suficiente para que él perdiera toda la calma que había mantenido desde el recibidor de la noche anterior.

—Clara —dijo, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Así no voy a durar.

Ella se sacó la polla de la boca con un ruido húmedo y se la pajeó despacio, apuntándola contra sus labios.

—Pues córrete —dijo—. Córrete en mi boca, quiero probártelo.

Y volvió a tragarlo. Siguió moviéndose, más profundo, con más hambre, hasta que la respiración de Rodrigo se volvió entrecortada y sus nudillos se pusieron blancos alrededor del borde de la encimera. Él le apretó la nuca sin querer, empujándole las caderas contra la cara, follándose su boca con dos, tres, cuatro embestidas cortas.

Cuando llegó el momento, ella no se apartó. Se quedó donde estaba, sosteniéndolo, con la polla latiendo entre sus labios mientras la primera oleada de semen le llenaba la boca. Tragó lo que pudo, sin dejar de chupar, ordeñándole hasta la última gota. Un poco de corrida se le escapó por la comisura y le bajó por la barbilla. Rodrigo tenía la mano en su pelo, quieta, sin moverla. Los dos se quedaron así unos segundos, sin decir nada, con la respiración mezclándose en el silencio de la cocina.

Clara se limpió el mentón con el dorso de la mano y se lamió el pulgar, mirándolo desde abajo con media sonrisa.

—Sabes bien —dijo.

Después, Clara se levantó del suelo. Rodrigo la envolvió en sus brazos, todavía con los pantalones a media pierna, y la sentó en la encimera. Le abrió las piernas otra vez y se colocó entre ellas. La polla, medio dura todavía, se le apoyó contra el coño mojado de su hermana, resbalando por los labios sin entrar.

—Otra vez —susurró ella, agarrándosela y guiándola—. Métemela ya. Llevo tres años esperando.

Rodrigo empujó despacio y la polla se abrió paso dentro de ella. Clara soltó un gemido largo que se le atragantó en la garganta. Le clavó los talones en los muslos y le tiró de la cabeza hacia sus tetas mientras él empezaba a moverse. Al principio fueron embestidas largas y lentas, medidas, que la hacían jadear contra su oreja. Después el ritmo se aceleró. La encimera crujía debajo de ella. La sartén con la última tortita seguía calentándose al fondo, olvidada.

—Más fuerte —jadeó Clara—. Fóllame más fuerte, Rodi, me da igual, más fuerte.

Él la agarró de las caderas y la embistió hasta el fondo, con la piel golpeándose contra la suya en un ruido húmedo y obsceno que llenaba la cocina. Las tetas de Clara rebotaban con cada golpe. Le besaba el cuello, le mordía el hombro, le susurraba su nombre entre dientes. Ella le clavó las uñas en la espalda, marcándosela.

—Voy a correrme otra vez —gimió—. Joder, otra vez, no pares.

Rodrigo la levantó de la encimera sin sacársela y la giró contra el mueble, poniéndosela de espaldas. Le empujó la nuca hasta que ella se dobló hacia adelante, apoyando las tetas contra la superficie fría, con el culo levantado y las piernas abiertas. Volvió a metérsela de un empujón. Desde ese ángulo entraba más hondo y los dos lo notaron. Clara soltó un grito que ahogó contra el brazo.

—Así, así —jadeaba ella con cada embestida—. Rómpeme.

Él le agarró el pelo con una mano y con la otra le dio un cachete en el culo que dejó marca roja. Clara se corrió con eso, el coño apretándosele alrededor de la polla en espasmos que le sacaron a él el último control que le quedaba.

—Adentro no —jadeó ella justo a tiempo—. En el culo, córrete en el culo.

Rodrigo la sacó del coño en el último segundo, se la pajeó dos veces contra la raja de su hermana y se corrió a chorros sobre sus nalgas, la corrida caliente resbalándole entre las mejillas y bajando hasta el coño todavía palpitando. Clara temblaba, apoyada contra el mueble, jadeando con la boca abierta contra el mármol.

Se quedaron así unos segundos, él inclinado sobre su espalda, con la frente pegada entre sus omóplatos, ella intentando recuperar el aire. Después Rodrigo cogió el trapo que había dejado antes en la encimera y le limpió la corrida de la espalda y del culo con una ternura desconcertante, casi conyugal.

Los dos se quedaron apoyados en la encimera, escuchando la canción que seguía sonando en el móvil como si nada hubiera ocurrido ese domingo de noviembre.

Pero todo había ocurrido. Y los dos lo sabían.

***

Cuando los padres llegaron esa tarde con bolsas de la compra y voces alegres desde el recibidor, Rodrigo y Clara estaban sentados a la mesa con las tortitas en un plato entre los dos y los cafés ya fríos.

—¿Habéis desayunado sin nosotros? —preguntó la madre, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.

—Brunch —corrigió Clara con una sonrisa completamente normal—. Son casi las dos, mamá. Ya era hora.

Todo fue como siempre. El padre comentó el tráfico de vuelta. La madre dijo que hacía frío para noviembre. Rodrigo contestó preguntas sobre el trabajo en Londres. Solo él y Clara sabían que debajo de esa mesa normal él tenía el pie rozando el suyo, y que ella no lo había apartado. Solo ellos sabían que Clara seguía sin bragas debajo de la camiseta limpia, y que aún notaba la corrida de su hermano seca en el interior del muslo.

—¿Cuándo te vuelves? —preguntó el padre.

—El martes —dijo Rodrigo.

Miró a Clara de reojo. Ella miraba el plato. Pero sonreía.

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Comentarios(9)

Alfonso24

exelente!!! me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer

Lautaro_BA

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

elBohemio

Me recordo algo parecido cuando volvi a ver a mi prima despues de tres años. Como cambia la gente sin que te des cuenta... Muy bueno

noche_larga88

bien narrado, se siente autentico

Fernanda_R

hay continuacion?? quede con ganas de saber que paso despues de ese momento

PilarLect

De lo mejor que lei ultimamente. La forma en que describis ese primer momento es increible, la tension se siente desde el principio. Seguí asi!

SantiRol

jaja tres años hacen demasiado, muy bueno

MauriRosario

Me gusto que no te apuraste, que dejaste que el momento respire. Esperando mas relatos, saludos desde rosario

IgnacioB

el comienzo ya me atrapo, quiero saber como sigue

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