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Relatos Ardientes

La noche que mi madrastra y yo cruzamos esa línea

Llevaba casi una hora esperando en el salón cuando escuché sus pasos en el piso de arriba. Con Clara siempre era así: tardaba el doble de lo que prometía, y uno aprendía a ajustar el reloj interno o a volverse loco. Mi padre lo había asumido desde los primeros meses de relación. Yo tardé un poco más en comprenderlo, pero también lo aprendí.

Lo que no había aprendido era a mirarla sin que algo en el pecho se me enredara.

Bajó las escaleras con esa calma que nunca llegué a descifrar del todo, como si el tiempo fuera un recurso que ella administraba a su propio criterio y nadie tuviera voz en eso. Cuando llegó al último escalón tuve que hacer un esfuerzo consciente para que mi mirada no se quedara demasiado tiempo en sus caderas. Llevaba unos pantalones oscuros muy ajustados que se le pegaban al culo dibujándole cada curva, una camisa con los primeros botones abiertos por donde se le adivinaban las tetas sin sujetador, y el pelo recogido de una manera que dejaba libre la nuca. No era provocadora. Peor: era completamente natural en ella.

—¿Nos vamos? —dijo, con la sonrisa que nunca supe si era inocente o calculada.

—Llevas más de una hora —respondí.

—Una hora y cuarto, exactamente. Y lo valgo —dijo, cruzando el salón sin esperar respuesta.

Clara siempre ganaba ese tipo de discusiones antes de que empezaran.

***

La moto estaba en el garaje, cubierta bajo una lona gris que no había levantado en semanas. Cuando la destapé, Clara se quedó quieta un momento detrás de mí, mirándola sin decir nada.

—Es enorme —dijo al fin.

—Tiene doscientos treinta caballos —respondí, pasando la mano por el depósito como hacía siempre que no la había tocado en un tiempo.

—¿Y eso es mucho?

—Sí.

Me monté primero y la arranqué. El rugido del motor llenó el garaje, y vi cómo ella apretaba los labios. Le tendí el casco y la observé ponérselo con movimientos lentos, ajustándose la correa con una concentración que me hizo mirar hacia otro lado.

—Sube detrás —dije—. Y agárrate a mí. No a la parrilla, a mí.

Clara dudó un instante. Luego puso una mano en mi hombro para apoyarse y se montó. Cuando sus muslos quedaron a ambos lados de los míos y sus brazos me rodearon el torso, noté que contenía la respiración. Yo también, aunque procuré que no se notara.

—¿Listo? —preguntó ella.

—¿Lista —la corregí—. Y sí.

—Sal despacio, por favor.

—Siempre —dije.

Mentí.

***

La ciudad cae en pendiente desde el barrio alto donde vivíamos hasta el puerto, y yo conozco cada curva, cada tramo recto, cada semáforo donde la moto puede respirar antes del siguiente repecho. La primera recta la tomé con suavidad, para que Clara se habituara al peso de la máquina y al sonido que producía entre sus piernas.

En la segunda curva, ella se pegó completamente a mi espalda.

No dijo nada. Yo tampoco.

Podía sentir su cuerpo apretado contra el mío, sus brazos cruzados sobre mi pecho, su cabeza inclinada hacia mi nuca. Cada vez que la moto se inclinaba en una curva, ella se tensaba y apretaba más. Sentía el calor de su coño contra mi espalda baja, la vibración del motor subiéndole por entre las piernas, y no me hacía falta girar la cabeza para saber que ella también lo notaba. No era solo miedo. Lo intuí porque conozco a Clara desde hace tres años, y ella no hace nada sin algún cálculo previo. O quizás esa noche sí.

—¡Dijiste que ibas despacio! —me gritó al oído después de una curva larga.

—¡Esto es despacio! —respondí.

—¡Eres un mentiroso!

Me reí, y ella apretó los brazos con más fuerza. Seguí conduciendo con esa presión en el pecho que ya no era solo física.

En el semáforo del cruce principal me detuve y dejé el motor en ralentí. Las luces del puerto se veían abajo, reflejadas en el agua oscura. Clara no se separó de mi espalda aunque la moto estuviera quieta.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Bien —dijo ella.

Pero no soltó los brazos.

***

Aparqué cerca del muelle de los veleros. Clara bajó con las piernas menos firmes de lo habitual, y tuve que sujetarla del codo mientras encontraba el equilibrio en el suelo.

—La adrenalina —dije, sin soltar el brazo todavía.

—Sí —respondió ella—. Eso debe ser.

Nos quitamos los cascos. Clara sacudió el pelo y lo recolocó con los dedos, con esa costumbre de pasar la mano desde la raíz hasta las puntas que tenía desde que la conocí. La observé hacer eso durante más tiempo del que debería haberme permitido.

Empezamos a caminar por el paseo marítimo. Era una noche tibia y el puerto estaba lleno de gente: músicos callejeros, grupos en las terrazas, parejas sentadas en los bancos frente al agua. El contraste entre la intensidad del trayecto y la calma de caminar juntos creó un silencio extraño entre nosotros. No incómodo, pero sí cargado de algo que ninguno de los dos nombraba.

A mitad del paseo, Clara me tomó del brazo. Pasó el suyo por mi codo con una naturalidad que me descolocó. No dije nada. Solo sentí el calor de su brazo contra el mío y seguí caminando.

—Es raro esto —dijo ella después de un momento.

—¿El qué?

—Estar aquí contigo. Así. —Hizo una pausa—. En casa sé cuál es mi sitio. Aquí no lo tengo tan claro.

La miré de reojo. Ella tenía la vista al frente, en las luces del agua.

—¿Cuál es tu sitio en casa? —pregunté.

—La mujer de tu padre —dijo, con un punto de ironía seca.

—¿Y aquí?

Tardó en responder.

—Aquí soy solo una mujer en un puerto con alguien que no es su marido.

No contesté. Seguimos caminando.

***

Roberto apareció desde la terraza de un bar, corpulento, con la cabeza afeitada y una voz que sonaba como si amplificara todo lo que decía sin querer. Me dio un abrazo que me sacudió los hombros, luego se volvió hacia Clara con una sonrisa que no hizo ningún esfuerzo por disimular.

—Tú debes ser la amiga —dijo.

—Hola —respondió Clara, tendiéndole la mano con la firmeza de quien está acostumbrada a no dejarse intimidar.

—Roberto —dijo él, estrechándosela—. Oye, Adrián... menuda amiga tienes.

—Roberto —advertí.

—Es un cumplido, hombre. Relajaos. —Se giró hacia Clara—. ¿Sabe que este lleva dos años sin traer a nadie al puerto?

—No lo sabía —respondió ella, mirándome de reojo.

—Pues ya lo sabe. Os dejo, que mi mujer me espera. ¡Pero luego hay ronda!

Se fue entre la gente tan rápido como había aparecido. Clara esperó a que desapareciera.

—¿Dos años? —preguntó.

—Roberto exagera.

—¿Cuánto exagera?

—Año y medio —admití.

Ella no dijo nada más. Pero algo cambió en su expresión. No era lástima. Era algo más cercano a la comprensión, y eso resultaba bastante más difícil de ignorar.

***

Llegamos al extremo del muelle donde amarraban los barcos de pesca. La gente escaseaba allí, las farolas llegaban más débiles y el ruido del paseo quedaba reducido a un murmullo lejano. Clara se apoyó en la barandilla y miró el agua oscura que se movía en reflejos anaranjados.

—Tu padre me dijo que te costó mucho aceptarme cuando llegué —dijo, sin girar la cabeza.

—Mi padre habla demasiado.

—Sí. Siempre. —Una pausa—. ¿Es verdad?

Me apoyé en la barandilla a su lado, mirando también el agua.

—Al principio sí —dije.

—¿Y ahora?

Pensé en cómo responder eso sin decir lo que realmente pensaba. No encontré la manera.

—Ahora es diferente —dije—. Ahora el problema no es que no te acepte.

Clara giró la cabeza hacia mí. Estábamos a menos de medio metro. La luz llegaba desde atrás, y su cara quedaba a medias en sombra.

—¿Cuál es el problema entonces? —preguntó, con la voz más baja que en todo el resto de la noche.

—Que me resultas muy difícil de ignorar. —La miré de frente—. Y sé que no debería decirte esto.

Ella sostuvo mi mirada durante unos segundos que se hicieron largos.

—No —dijo al fin—. No deberías.

Pero no se apartó.

***

Volvimos a la moto en silencio. Un silencio diferente al de la ida: más denso, más consciente de sí mismo. Cuando Clara se colocó el casco y se montó detrás de mí, sus brazos me rodearon de otra manera. No apretados por el miedo, sino por algo que los dos fingíamos no reconocer. Sentí una de sus manos deslizarse por mi vientre bajo la chaqueta, quedarse ahí a un palmo de la bragueta, como midiendo el terreno. La tela del pantalón se me tensó de golpe. Ella lo notó. No apartó la mano.

Tomé la ruta más directa de vuelta, sin curvas innecesarias, sin tramos donde exprimiera el acelerador. Solo el camino más recto desde el puerto hasta casa, como si cualquier demora fuera innecesaria. Quizás lo era.

Cuando apagué el motor en el garaje y Clara bajó de la moto, ninguno de los dos se movió hacia la puerta de casa. Ella se quitó el casco y lo dejó sobre el asiento. Luego se giró y me miró sin decir nada durante un momento que duró demasiado para ser casual.

—¿Vas a entrar? —preguntó.

—En un momento —respondí, sin moverme del todo.

Ella tampoco se movió.

La distancia entre nosotros fue reduciéndose sin que ninguno diera un paso que pareciera deliberado. O quizás sí los dimos y preferimos contárnoslo de otra manera. Cuando me di cuenta, tenía las manos en su cintura y Clara me miraba fijamente, sin la sonrisa calculada de los domingos en familia, sin ninguna distancia entre lo que sentía y lo que mostraba.

—Esto no debería pasar —dijo ella.

—No.

—Tu padre...

—Lo sé —repetí.

Clara cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo había pasado de un lado al otro.

—Cierra el garaje —dijo.

***

Bajé la persiana metálica de un tirón. El chasquido del cierre resonó en las paredes de hormigón y cuando me giré Clara ya estaba caminando hacia mí con los ojos fijos, sin ninguna intención de fingir nada más. Me empujó contra el capó del coche que dormía al lado de la moto y me besó con la boca abierta, sin preámbulos, la lengua directa contra la mía y una mano ya subiéndome por el muslo. Le devolví el beso mordiéndole el labio de abajo y ella soltó una risa ronca que era medio queja, medio provocación.

—Llevas tres años mirándome así —me dijo contra la boca—. Ahora mírame bien.

Le arranqué los botones de la camisa uno a uno, más rápido de lo que hacía falta. Cuando le abrí la tela, sus tetas quedaron al aire, pesadas, con los pezones ya duros y oscuros bajo la luz amarilla del garaje. Me agaché y le metí una en la boca entera, chupándole el pezón fuerte, tirándoselo con los dientes hasta que ella arqueó la espalda contra el capó y se agarró de mi pelo con las dos manos.

—Joder... así —jadeó—. Muérdela. Más fuerte.

Le pasé a la otra teta sin soltarle la primera, apretándosela con la mano mientras le chupaba, alternando lengua y dientes. Clara respiraba por la boca, la cabeza echada hacia atrás, y una de sus manos ya me buscaba entre las piernas por encima del vaquero. Cuando me apretó la polla a través de la tela, me di cuenta de que la tenía tan dura que dolía.

—Suéltamela —le dije al oído.

Ella no lo pensó. Me desabrochó el cinturón, me bajó la cremallera y metió la mano dentro. Cuando sus dedos se cerraron alrededor de la polla directamente, sin la tela de por medio, se me escapó un gemido que no supe contener. Me la sacó, la sostuvo con la palma abierta un momento, mirándola como quien mide algo que llevaba tiempo imaginándose.

—Menuda polla —dijo, en voz baja, casi para sí misma.

Y se puso de rodillas.

Me la metió en la boca despacio, hasta el fondo, sin dejar de mirarme desde abajo. Clara chupaba como si llevara años esperando hacerlo: la lengua rodeándome el glande en cada subida, la mano en la base ordeñándomela al ritmo de la boca, la saliva cayéndole por la barbilla sin que le importara. Cada vez que la sacaba entera para respirar me la escupía y volvía a metérsela hasta que la sentía golpearle la garganta. Le puse las manos en la cabeza, le sujeté el pelo, y ella empujó sola contra mí, dejándose follar la boca sin resistirse.

—Así, tragátela —le dije, y ella gimió con la polla dentro, y esa vibración me estuvo a punto de acabar antes de tiempo.

La levanté agarrándola por debajo de los brazos antes de correrme. La giré, la doblé sobre el capó del coche con la cara pegada al metal frío y le bajé los pantalones ajustados de un tirón hasta las rodillas. No llevaba bragas. Ni siquiera me sorprendió. Le abrí las nalgas con las dos manos y me encontré el coño empapado, brillante bajo la luz del techo, los labios hinchados y abiertos como si llevara toda la noche esperándome.

—Estás chorreando —le dije.

—Desde el semáforo —contestó ella, sin girar la cara—. Métemela ya.

Me agaché primero. Le pasé la lengua entera desde el clítoris hasta el ojo del culo, y Clara soltó un grito que ahogó contra el capó. Se lo hice otra vez, más lento, chupándole los labios, metiéndole la lengua dentro del coño, dándole con la punta al clítoris hasta que se puso a temblar y a empujar el culo contra mi cara.

—Para, para o me corro ya —jadeó—. Quiero tu polla dentro cuando me corra.

Me levanté, me escupí en la mano, me la pasé por la polla y se la fui metiendo despacio, viendo cómo el coño se le abría alrededor centímetro a centímetro. Cuando la tuve entera dentro, Clara soltó el aire de golpe y apretó las manos contra el capó.

—Dios, qué llena me pones —gimió.

Empecé a follármela así, doblada sobre el coche, agarrándole las caderas con las dos manos y clavándomela hasta el fondo con cada embestida. El garaje se llenó del ruido de la carne golpeando carne, de sus jadeos entrecortados, del chapoteo del coño mojado tragándome la polla una y otra vez. Le di una nalgada y ella empujó el culo hacia atrás pidiendo otra.

—Dámela más —dijo—. Fóllame como la mujer de otro. Así como estás pensando.

Le di otra nalgada, y otra, hasta que se le enrojeció la carne, y ella empujaba cada vez más fuerte contra mí, follándose sola contra mi polla. Le agarré el pelo recogido, tiré de él para levantarle la cabeza del capó, y ella arqueó la espalda ofreciéndome la garganta. Le rodeé el cuello con la otra mano, sin apretar, solo notando cómo tragaba, y ella gimió como si eso fuera exactamente lo que quería.

—Voy a correrme —avisó al rato, con la voz rota—. No pares, no pares, no...

La sentí apretarse alrededor de la polla como un puño, las piernas temblándole, el coño chorreando por dentro de los muslos hasta las rodillas. Se corrió con la cara contra el capó y un gemido largo que se le rompió a la mitad, y yo la seguí follando durante toda la corrida, sin dejar que bajara del todo.

Antes de acabar la saqué. La giré otra vez, la senté en el capó, le abrí las piernas, y volví a metérmela con ella mirándome a los ojos. Le puse las manos en las rodillas para tenerla bien abierta y la embestí más profundo, más despacio, viendo cómo la polla entraba y salía brillante de sus jugos.

—Córrete dentro —me dijo, con esa calma suya recuperada a medias—. Quiero notarlo.

—¿Seguro?

—Seguro. Dentro.

No aguanté mucho más. Un par de embestidas después me vacié en su coño con un gruñido que le pegué contra el hombro, y sentí cómo ella me apretaba las nalgas con los talones, atrayéndome más para que soltara hasta la última gota adentro. Me quedé así, hundido hasta el fondo, sintiendo el latido de la polla dentro suyo y su respiración caliente contra mi cuello.

Cuando por fin salí, la corrida le chorreó por la raja hasta el capó del coche. Clara bajó la mano, se pasó dos dedos por el coño recogiendo el semen y se los llevó a la boca sin apartar los ojos de los míos.

—Nadie puede saber esto —dijo Clara al fin, con esa calma que recuperaba siempre antes que yo.

—No.

—¿Puedes vivir con eso?

Pensé en año y medio sin traer a nadie al puerto, según Roberto. Pensé en Clara bajando las escaleras esa noche con esa sonrisa que nunca supe descifrar. Pensé en sus brazos apretados contra mi pecho en las curvas y en la forma en que me había mirado en el muelle cuando le dije que me resultaba difícil de ignorar.

—Puedo —dije.

Clara recogió la camisa del suelo, se la puso y la dejó abierta mientras recolocaba el pelo con los dedos. Me miró un momento desde el otro lado de la moto, con una expresión que no supe del todo descifrar.

—Entonces entra —dijo—. Y actúa normal.

Se giró hacia la puerta que conectaba el garaje con la casa. Antes de abrirla se detuvo.

—Adrián —dijo sin volverse.

—¿Qué?

—Gracias por la moto.

Entró. La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave.

Me quedé solo en el garaje, con el olor a aceite y a ella mezclados en el aire, mirando la moto que lo había empezado todo. Afuera, en algún punto de la casa, Clara estaba actuando normal. Yo tardé un poco más en estar listo para hacer lo mismo.

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Comentarios(8)

Alfonso24

Buenisimo!!! me dejo con ganas de leer mas

Renata_Sur

La tension entre los dos desde el principio es increible. Se nota que algo iba a pasar inevitablemente, muy bien logrado.

lagarto46

excelente relato, de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

MauroK77

La escena de la moto me enganchó al instante, no pude parar hasta el final jaja. Tremendo

NocheBCN

¿Va a haber segunda parte? porque asi no me puedo quedar jeje

SergioBernal

Muy bien narrado, se siente autentico sin exageraciones. Sigue escribiendo por favor!

DiegoCba22

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años... pero bueno eso es otro tema jaja. Muy buen relato!

Skarlet

Me gusto mucho como manejas la tension emocional sin apurarte. Eso es lo mas dificil de escribir y aca sale natural.

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