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Relatos Ardientes

Tres primos y una noche que no debió pasar

Lucía fue la primera en ver el mensaje de Elena en el grupo de WhatsApp de la casa. Lo leyó dos veces antes de guardarse el móvil en el bolsillo y buscar con la mirada a Marcos entre la gente del local. Eran casi las dos de la madrugada y la música estaba demasiado alta para hablar, así que cuando lo encontró apoyado en la barra le hizo un gesto y él entendió enseguida que la noche había cambiado de planes.

Marcos dejó la cerveza sobre la barra, cogió la chaqueta del taburete y se acercó.

—Elena —dijo Lucía—. Nerea la dejó esta noche. Me voy a casa.

Marcos tardó dos segundos en decidir que él también se iba. La noche tampoco estaba siendo para tanto. Se despidió de la gente con un gesto y siguió a su prima hacia la salida.

***

Los tres estudiaban en Santiago de Compostela. Lucía tenía veinte años y cursaba tercero de Psicología; Marcos y Elena acababan de empezar Derecho, los dos con dieciocho recién cumplidos, aunque entre ellos no eran primos. Marcos era primo de Lucía por parte de madre; Elena, por parte de padre. Se habían conocido de niños en la comunión de Lucía y desde entonces solo habían coincidido en veranos esporádicos y en las redes sociales, hasta que los tres llegaron a la misma ciudad y los padres resolvieron, con la lógica de quien paga alquileres, que compartieran piso.

El piso tenía cuatro habitaciones, dos baños, terraza y salón. Lucía ocupaba la más grande, Marcos y Elena tenían habitaciones del mismo tamaño, y la cuarta servía de trastero y de sala de estudio cuando la biblioteca cerraba tarde. Las habitaciones de Lucía y Elena daban a la misma terraza. Esa distribución no había causado ningún problema hasta esa noche.

***

Lucía le pidió a Marcos que esperara en el pasillo mientras entraba a la habitación de Elena. Marcos asintió. Sabía que había conversaciones que se tienen mejor sin hombres presentes, y la intuición le decía que lo que Elena necesitaba esa noche era a su prima, no a él.

Se cambió de ropa, se lavó los dientes y se tumbó en su cama mirando el techo. Pensó en Elena, a quien conocía desde hacía dieciséis años aunque solo hubieran convivido de verdad durante los últimos meses. Era lesbiana, lo sabía desde siempre, y Nerea era su primera novia seria en la universidad. Entendía que el golpe fuera duro.

Pasaron veinte minutos. No escuchó nada al otro lado del pasillo: ni llantos, ni la voz baja de alguien contando lo ocurrido, ni el chirrido de la cama de Elena cuando se movía. Solo silencio.

Ese silencio lo llevó a la terraza.

***

La persiana de la habitación de Elena estaba subida unos quince centímetros. Suficiente rendija para ver y escuchar sin ser visto. Marcos se acercó descalzo, sin hacer ruido, y miró hacia dentro.

Lo que vio le detuvo el pensamiento por completo.

Lucía estaba tumbada en la cama sin camiseta. Tenía el pelo largo suelto sobre la almohada y los pantalones puestos, pero la parte de arriba había desaparecido. Sus pechos eran grandes, blancos, con los pezones oscuros ya tensos. Elena estaba inclinada sobre ella, mordiéndole el cuello, bajando despacio con la boca hacia uno de esos pechos, y Lucía tenía una mano en el pelo de su prima guiándola.

—Los dos —susurró Lucía—. No te quedes solo con uno.

Elena cambió de lado. Con la mano libre buscó el cierre trasero de su propio sujetador y lo soltó sin apartar la boca del pecho de su prima.

Marcos no se movió. Apoyó la mano en el marco de la puerta de la terraza y se quedó donde estaba, con la respiración contenida y la sensación concreta de que estaba viendo algo que no debía ver y que no pensaba dejar de ver.

Elena era alta, casi un metro ochenta, con el cuerpo de quien lleva años haciendo deporte: piernas fuertes, espalda ancha, abdomen plano. El sujetador cayó al suelo y Marcos pudo ver que sus pechos eran pequeños pero con los pezones muy pronunciados, puntiagudos y de areola clara. Lucía fue directa a ellos en cuanto Elena se incorporó lo suficiente.

Se cambiaron de posición. Ahora era Lucía la que estaba encima, bajando con la boca por el cuerpo de Elena, pasando despacio por el abdomen, por el ombligo con el piercing, hasta que se arrodilló en el suelo entre las piernas de su prima.

Le bajó la ropa interior sin apresurarse.

Marcos llevaba la mano sobre el pantalón desde hacía un minuto. La presión se hacía insostenible.

Lo que Lucía le estaba haciendo a Elena era metódico y generoso. Alternaba el ritmo, añadía los dedos cuando los gemidos bajaban de intensidad, los retiraba cuando subían demasiado deprisa, dejando a su prima en ese borde donde el placer se convierte en algo casi insoportable. Elena tenía las manos en las sábanas y los ojos cerrados, con la cabeza echada hacia atrás y la espalda levemente arqueada.

Marcos pensó varias veces en irse. Cada vez que lo pensaba pasaba algo que lo detenía: un cambio de posición, un sonido nuevo, la forma en que la espalda de Elena se tensaba cuando Lucía encontraba el ángulo exacto. Se sacó la polla y empezó a meneársela despacio, sin apartar los ojos de la rendija.

Elena llegó al orgasmo sin gritar, con el cuerpo rígido y los dientes apretados, sujetando la cabeza de Lucía con ambas manos hasta que el temblor pasó.

Después intercambiaron el lugar.

Elena era notablemente mejor en eso. Tenía más práctica o más intuición, o las dos cosas. No se limitó al clítoris: le comió el culo a Lucía también, con una naturalidad que hizo que Lucía soltara un sonido que Marcos no le había escuchado nunca. Lucía llegó en la mitad de tiempo y con más intensidad, y cuando terminó se quedó tumbada con una mano sobre los ojos, recuperando la respiración.

—Necesito algo más —dijo Lucía al cabo de un momento.

—Yo también —dijo Elena.

Hubo una pausa.

—Tengo el dildo en el armario —dijo Lucía.

—Ya lo sé. Pero no es lo mismo que de verdad.

—No, no lo es. Pero es lo que tenemos.

Marcos escuchó ese intercambio y sintió que algo se reorganizaba en su cabeza. Tenía diecinueve años, llevaba casi media hora con la polla en la mano mirando a sus dos primas y el frío de la terraza ya no le molestaba lo más mínimo. La vergüenza existía en algún lugar detrás de todo lo demás, muy lejos.

Escuchó a Lucía rebuscar en el armario. Escuchó a Elena preguntar que si estaba segura, y a Lucía decirle que sí, que se la chupara para lubricarla bien. Y entonces escuchó algo que lo terminó de decidir.

—Nunca he estado con un hombre —dijo Elena, con la voz ronca—. No sé lo que me pierdo.

—Te pierdes bastante —dijo Lucía.

—Nunca lo sabré.

Marcos se apartó de la ventana. Fue a su habitación, cogió el paquete de preservativos de la mesilla y volvió al pasillo. Se quedó delante de la puerta de Elena. Respiró una vez. Abrió la puerta.

***

Las dos primas lo miraron sin moverse ni decir nada. Lucía estaba arrodillada en el suelo con el dildo en la mano; Elena estaba tumbada en la cama con las piernas abiertas y una expresión en la cara que era mitad sorpresa y mitad otra cosa que Marcos no supo leer del todo. La habitación olía a sexo y a la colonia de Elena, una mezcla extraña que resultó completamente adecuada para lo que estaba pasando.

Marcos no entró todavía. Se quedó en el marco de la puerta y dejó el paquete de preservativos sobre la cómoda que tenía al lado.

—Si queréis —dijo.

Elena miró a Lucía. Lucía miró a Elena. Algo pasó entre ellas en ese segundo que Marcos no llegó a descifrar, pero el resultado fue inequívoco.

—Cierra la puerta —dijo Lucía.

Lo que siguió tuvo esa mezcla de torpeza y urgencia que tienen las cosas que se hacen por primera vez y que no se pueden planear. Lucía resolvió el problema de la distribución poniéndose a cuatro patas en la cama, de cara a Elena, y señalándole a Marcos con un gesto que se colocara detrás. Elena retomó el dildo y esperó instrucciones.

Marcos se puso un preservativo, se colocó detrás de su prima y se tomó un segundo para mirar lo que tenía delante: el culo de Lucía en pompa, con ese tanga negro que le había visto por la rendija de la persiana, los labios visibles y húmedos a los lados de la tela. Bajó la ropa interior despacio.

Lucía estaba mojada de una manera que no necesitaba ninguna preparación. Cuando Marcos rozó los labios con la punta, ella exhaló un sonido breve y concreto, y cuando empezó a entrar notó que el cuerpo de su prima lo recibía con una facilidad que lo sorprendió.

—Fuerte —dijo Lucía, con la cara vuelta hacia él por encima del hombro—. No me trates como si fuera a romperme.

Marcos no la trató como si fuera a romperse.

Con Marcos dentro, Lucía tomó el dildo con una mano firme y lo dirigió hacia Elena. Lo empujó despacio mientras ella soltaba el primer gemido de la noche que tenía algo de genuina sorpresa.

Los tres tardaron unos minutos en encontrar el ritmo. Marcos empujaba, Lucía se movía hacia delante, Lucía empujaba el dildo, Elena recibía. Era una cadena de movimientos que al principio parecía complicada y que de repente dejó de serlo. Los sonidos se mezclaban: la respiración forzada de Marcos, los gemidos de Elena, el golpe sordo de los cuerpos encontrándose.

Marcos no sabía dónde mirar. Cuando bajaba los ojos y veía su polla entrando y saliendo del coño de Lucía sentía que estaba a punto de perder el control; cuando miraba a Elena, con la cara encendida y los ojos entornados, tampoco era mucho mejor. Empezó a contar números primos en la cabeza para no correrse antes de tiempo. Llegó al 127 antes de que la matemática dejara de funcionar.

Fue Elena quien pidió cambiar de posición. Se incorporó, apartó el dildo y miró a Marcos con una expresión directa.

—Quiero probar de verdad —dijo—. No el plástico. Tú.

Lucía se apartó. Le hizo a Marcos un gesto para que se tumbara boca arriba en la cama, cosa que él hizo sin hacer preguntas.

Elena lo miró desde arriba durante un momento. Era la primera vez que iba a estar con un hombre y lo sabía, y en su cara había algo que no era miedo exactamente sino la concentración de quien está a punto de cruzar una línea que no va a poder descruzar. Se colocó encima de él, lo tomó con la mano y lo dirigió hacia su entrada.

Cuando empezó a bajar el sonido que hizo fue breve y honesto, más de sorpresa que de dolor. Se detuvo a mitad, lo miró a la cara y luego siguió bajando despacio hasta tenerlo entero.

—Dios —dijo en voz baja, para nadie en concreto.

Empezó a moverse. Marcos tenía las manos en sus caderas pero se las dejó marcar el ritmo. Lucía se había colocado a su lado y le estaba mordiendo el cuello a Elena, recorriéndole los pechos pequeños con las manos, diciéndole cosas al oído. Elena respondía acelerando, apretando los músculos vaginales cada vez que subía, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en el pecho de Marcos.

Lucía se colocó encima de la cara de Marcos. Él entendió sin que nadie le dijera nada.

Los tres encontraron en algún momento un equilibrio que no podría haberse planeado: Elena sobre Marcos, Marcos comiendo a Lucía, Lucía besando a Elena, todos moviéndose con esa sincronía involuntaria que ocurre cuando nadie intenta llevar el control. Fueron los mejores minutos que habían tenido en mucho tiempo, cada uno por razones distintas.

Marcos fue el primero en avisar.

—Voy a correrme —dijo, con la voz más tensa de lo que esperaba.

Elena se bajó rápido. Las dos primas se colocaron a su lado, juntas, y lo que siguió fue un trabajo sin competencia: una atendía el glande, la otra el resto. Dos cambios de posición y antes de que llegara el tercero Marcos soltó el grito que llevaba diez minutos conteniendo.

El primero fue a la cara de Elena. El segundo, a la de Lucía. Lo que siguió fue compartido a partes iguales, y las dos primas se encargaron de repartirlo con una naturalidad que hizo que Marcos pensara, en el segundo de claridad que siguió al orgasmo, que esto no era la primera vez que hacían algo así juntas.

***

Los tres quedaron tumbados en la cama, uno al lado del otro. La ropa estaba en el suelo. La persiana de la terraza seguía entreabierta y entraba el frío de la noche compostelana. Nadie habló durante un rato largo.

Fue Elena la que rompió el silencio.

—Seguimos siendo primos —dijo.

—Sí —dijo Lucía.

—Solo quería asegurarme de que los dos lo teníamos claro.

Marcos miraba el techo. Pensó en Nerea, la chica que había dejado a Elena esa misma noche alegando que la distancia era demasiada. Pensó que treinta kilómetros no eran ninguna distancia, que la gente siempre encontraba excusas para hacer lo que ya había decidido, y que a veces las cosas que ocurrían después de un golpe eran las que más te cambiaban, aunque no pudieras explicar exactamente por qué.

No dijo nada de eso. Cerró los ojos y escuchó el ruido de la calle tres pisos más abajo, el viento contra la persiana entreabierta, la respiración pausada de sus primas a cada lado.

Hay cosas que no tienen nombre todavía. A veces es mejor así.

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Comentarios (8)

Lucas_cba

tremendo relato, quede enganchado desde la primera linea!!!

Rulo_BA

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi. Muy bueno

fernandoarg91

Me recordo a una noche de verano hace como 10 años jajaja. Que recuerdos. Muy bien escrito

PacoNoche77

excelente!!!

Kaos

La tension del inicio esta muy bien lograda, se nota cuando todo cambia para Marcos. Sigue escribiendo asi!

CelinaRosario

Nunca leí algo tan bien narrado en esta categoria. Espero el proximo relato con ansias

Viky

La parte de la terraza es increible, se me hizo cortisimo. Quiero mas!

ElDestapado

Buen relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Saludos desde cordoba

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