El motel donde descubrí el secreto de mi tía
Me llamo Daniel y tengo treinta y cuatro años. Soy psicólogo, trabajo como docente en la universidad y nunca pensé que acabaría escribiendo esto. Mi especialidad no es la terapia familiar, pero he estudiado los complejos edípicos con suficiente profundidad como para impartir seminarios. Conozco la teoría de memoria. Lo que no sabía era hasta qué punto uno puede cruzar la línea entre el análisis clínico y el deseo puro.
Mi tía Clara es periodista. Tiene sesenta años, casi un metro setenta de estatura y un cuerpo que no es ni delgado ni pesado: carnes firmes, proporcionadas, como las de una mujer que se ha cuidado toda la vida. Enviudó hace cinco años. Su único hijo, Sergio, se casó hace un par con Lucía y se mudó a un pueblo cerca de Bilbao por trabajo. Desde entonces, yo me convertí en algo parecido a un segundo hijo para ella. Mis padres murieron durante la pandemia, así que el vínculo funcionó en ambas direcciones.
Clara no es una periodista estrella, pero tampoco una desconocida. Tiene prestigio en el terreno del documental. Precisamente su último trabajo fue el detonante de todo lo que voy a contar: un documental sobre el incesto.
Como tenía un sobrino psicólogo a mano, me entrevistó durante dos tardes para el proyecto. Hablamos de las relaciones madre-hijo, de los mecanismos de represión, de los tabús sociales. Yo ofrecí mi opinión académica; ella tomó notas con la profesionalidad de siempre. Consultó también a juristas, antropólogos y colegas míos. Cuando el documental se emitió en un canal de pago, tuvo buena acogida y le regaló a mi tía una pequeña etiqueta nueva: «la periodista del incesto».
En una entrevista posterior, en un programa nocturno, un colaborador le preguntó en tono ligero si ella había tenido alguna experiencia incestuosa. Clara sonrió con una picardía que tardé días en sacarme de la cabeza y respondió que no. Pero esa sonrisa no fue del todo convincente.
Hasta ese momento yo la miraba como lo que era: la hermana de mi madre. Una mujer guapa, sí, atractiva para su edad, pero nunca objeto de deseo. Ni las charlas del reportaje ni su aparición en aquel programa me produjeron nada más allá de curiosidad profesional. Estaba preparando una tesis sobre hipnosis para mis alumnos y todo aquello me resultó útil como material académico.
Entonces llegó el detonante.
Una mañana, en el bar de la facultad, dos estudiantes comentaban en la mesa de al lado la entrevista de mi tía.
—Está buenísima la periodista, una MILF en todo su esplendor —dijo uno.
—Yo creo que con esa risita estaba confesando que se muere por llevarse a su hijo a la cama —añadió el otro, guiñando un ojo.
No es mi costumbre psicoanalizarme, pero aquella frase me perforó. Empecé a repasar todos los gestos de Clara durante las entrevistas. La manera en que se mordía el interior del labio al escuchar ciertas preguntas. Las pausas demasiado largas. La facilidad con la que manejaba un vocabulario que la mayoría de la gente evita.
De pronto, el plano teórico se convirtió en otro muy distinto. Empecé a verla como la veían los alumnos. Y tuve que admitir que era una mujer muy deseable. Pelo rubio cuidado, piernas largas, cintura marcada incluso a su edad, un culo carnoso y unos pechos que hacían trabajar cualquier sujetador por encima de la talla cien. Mi tía era, sencillamente, un cuerpo.
No tendría que estar pensando esto, me repetía. Pero lo pensaba.
Yo no tenía pareja estable. Había roto con una novia con la que nunca funcioné bien en la cama. Recurría a profesionales de tanto en tanto y salía siempre con la sensación de que faltaba algo. Lo que empezó como una curiosidad clínica sobre mi tía se convirtió muy rápido en obsesión.
Una noche bajé a su piso —vivimos en el mismo edificio, en plantas distintas— a reparar una fuga del grifo del fregadero. Ella había salido a hacer la compra. Mientras esperaba, miré por pura curiosidad la carpeta de trabajo que tenía abierta sobre la mesa del despacho. El título era demasiado sugerente como para ignorarlo: «Incesto madre-hijo: ¿una relación autorizada por la sociedad?».
Dentro había referencias a películas, enlaces a páginas pornográficas con contenido de ese tipo, revistas eróticas. Encendí el ordenador. No tenía contraseña. En el historial, fechas muy posteriores al cierre del documental, sitios del mismo tema. Mi teoría se reforzaba: Clara había abierto una puerta en sí misma y no la había cerrado. Quizá el documental había destapado algo viejo, algo que siempre había estado ahí.
La pregunta se me clavó. ¿Y si yo, que pasaba tantas tardes con ella desde que Sergio se había mudado, ocupaba en su imaginación un sitio distinto al que yo creía?
La invité a cenar a mi casa unos días después con la excusa de ponerle un documental que, supuestamente, me había impresionado. Era el suyo. Después de un par de copas de vino, cuando los dos estábamos relajados en el sofá, me la jugué. Le dije que en su respuesta al colaborador, en aquella entrevista, había habido un tic no verbal demasiado elocuente. Que cuando alguien reacciona con una sonrisa exagerada a una pregunta comprometida, lo que está haciendo es señalar precisamente el territorio prohibido. Que su «no» había sido, en realidad, un «sí» disfrazado.
Esperé. Clara se tomó su tiempo. Me miró con una seriedad distinta a la habitual, casi desafiante, y respondió:
—Puede ser.
Sentí un calor subirme por la nuca hasta las sienes.
—¿Qué te pasa, Daniel? —preguntó al verme ensimismado.
—Nada —disimulé—. Pensaba en la tesis. No tengo clase estos días y necesito avanzar.
—Mañana salgo para Bilbao —dijo ella—. Tenemos que preparar un programa sobre las elecciones municipales y mi equipo me espera allí. ¿Por qué no me acompañas? Puedes trabajar por las mañanas. Yo te agradecería la compañía en el coche.
Acepté sin pensarlo dos veces.
***
Me recogió a las cuatro de la tarde del día siguiente con un vestido de gasa oscura, suelto, que se le deslizaba sobre las medias cada vez que movía las piernas al cambiar de marcha. Conducir le costaba después de una reunión larga, así que la convencí para que durmiera un rato y me puse yo al volante.
A los pocos kilómetros de salir de la ciudad empezó a llover con fuerza. Después vinieron los copos. Después, un manto blanco que cubrió el asfalto en cuestión de minutos. La radio advertía del temporal; yo había confiado en que no nos alcanzaría.
—Esto no va a parar —murmuró Clara, despierta ya y tensa.
Nos vimos obligados a tomar la salida de un polígono donde un cartel anunciaba un motel. Aparcamos entre la nevada, corrimos hasta la entrada y llegamos empapados a la recepción. El sitio se llamaba Azalea. Los carteles de las paredes no dejaban mucho lugar a la duda: «Azalea, una experiencia única», «Azalea, vive un momento íntimo», «Descubre nuestras suites para disfrutar en pareja».
—No tenemos reserva —dijo Clara—. Dígame que hay algo libre.
La recepcionista tecleó en el ordenador.
—Dos habitaciones. ¿La quieren por horas o por noche?
Clara me miró de reojo. La pregunta lo decía todo. Pidió la de ochenta y cinco euros la noche. La otra, la Suite Tantra, costaba trescientos ochenta.
—¿Te importa compartir? —me preguntó con cierta incomodidad.
—Tranquila —respondí.
La habitación era, en realidad, una escenografía. Una gran cama blanca con un cabecero acolchado, una barandilla metálica encima del cabecero (para qué, creo que era obvio), un espejo en la pared que reflejaba entera la cama, otro espejo en el techo rodeado de luces. En una mesilla, bajo el folleto del servicio de habitaciones, había un catálogo. Lo abrí por curiosidad mientras Clara entraba al baño: juguetes, disfraces, consoladores de todas las formas imaginables. Lo cerré enseguida.
Clara salió del baño envuelta solo en un albornoz blanco. Había dejado la ropa junto al radiador. La ropa interior, también.
Me encerré entonces yo en el baño con cualquier excusa. Mi mirada tropezó con sus braguitas y su sujetador negros, empapados sobre la calefacción. Debajo del albornoz, Clara no llevaba nada. Respiré hondo frente al espejo y me obligué a calmarme antes de salir.
Cenamos lo que trajeron del servicio de habitaciones en la pequeña mesa de la entrada. Una hamburguesa para mí, una ensalada para ella. El albornoz se le abría de vez en cuando por el escote, lo suficiente para insinuar. Yo intentaba mirar a los ojos y fracasaba.
—Me voy a dormir —dijo al poco rato, sin acabar el plato—. Ha sido un día interminable.
Se acostó de lado, dándome la espalda. Yo intenté trabajar un rato en la tesis, pero enseguida cerré el portátil. Me tumbé en mi lado de la cama con cuidado. Apagué la luz principal y dejé solo la de emergencia.
Entonces empezaron los ruidos.
Venían de la habitación contigua, justo al otro lado del cabecero. Una mujer gemía, un hombre resoplaba. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero pronto las palabras se hicieron nítidas.
—¡Más fuerte, joder, más fuerte!
Y él, entre jadeos:
—Sé cómo satisfacer a una como tú…
Se me endureció la polla en segundos. Miré a Clara: respiraba profundo, dormida. Acerqué el oído al cabecero. Ella del otro lado fingía —profesionalmente sé distinguir un gemido real de uno interpretado— y él caía redondo en la actuación. Pero el espectáculo, fingido o no, me estaba destrozando.
Decidí que no podía levantarme al baño porque desde allí no oiría nada. Me bajé el pantalón del pijama y la ropa interior hasta las rodillas y empecé a masturbarme despacio, intentando no hacer ruido. Escuchaba los jadeos del otro lado y miraba el reflejo del cuarto en el espejo del techo.
Mi mirada bajó. Tenía a Clara a medio metro, de espaldas, con el albornoz algo subido por la cadera. Aparté un poco la sábana, lo justo para ver el contorno de su culo marcándose bajo la tela. En el espejo frontal, la luz azulada de emergencia le dibujaba el canalillo donde el albornoz se le había abierto mientras dormía.
La frontera entre lo permitido y lo que estaba a punto de cruzar se volvió demasiado fina.
—¿Clara? —susurré—. ¿Estás despierta?
No respondió. Respiraba despacio. Cogí el borde del albornoz a la altura del hombro y tiré apenas un milímetro. En el espejo vi cómo uno de sus pechos se le salía del todo. La polla me palpitó con tanta fuerza que pensé que iba a terminar en el mismo instante.
—Joder, cómo la chupas —bufaba el hombre de al lado—. Me voy a correr. ¿Te lo vas a tragar?
—Me lo voy a tragar todo —respondía ella.
Yo me masturbaba cada vez más rápido. La mano izquierda, sin que la cabeza la controlara, se posó muy suave sobre la nalga de mi tía por encima del albornoz. Apenas la rocé. Ella no se movió.
Un segundo más y mi cuerpo me venció. Aparté la mano del culo justo a tiempo para que el primer chorro cayera sobre la tela del albornoz, a la altura de la cadera. Los dos siguientes, más débiles, aterrizaron en la sábana entre los dos.
—Dios —murmuré con los ojos cerrados.
Me quedé unos segundos inmóvil, respirando. Después, con un terror retrasado, volvió la lucidez. Fui al baño de puntillas, cogí papel higiénico y limpié la sábana. Con más cuidado aún, pasé el papel húmedo por la mancha del albornoz hasta que desapareció. Clara no se movió en ningún momento.
Subí la sábana, apagué la luz de emergencia y me quedé escuchando su respiración hasta que me dormí.
***
Me despertó su voz al día siguiente.
—Daniel. Daniel, despierta. Tenemos que hablar.
Abrí los ojos con el estómago encogido. Clara estaba de pie junto a la cama, ya vestida con la ropa del día anterior, el gesto serio. Creí, por un segundo, que lo sabía todo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Señaló la ventana.
—Mira.
Me incorporé. Fuera había más de un metro de nieve y el cielo seguía blanco. En el televisor del fondo, en silencio, se veían carreteras cortadas, coches atrapados, la palabra «alerta» repetida una y otra vez.
—Han cerrado la autovía hasta nuevo aviso —dijo—. En las noticias hablan por lo menos de otro día. Nos vamos a tener que quedar aquí una noche más.
La miré desde la cama sin ser capaz de contestar. Su rostro no dejaba saber si lo sabía o si, simplemente, estaba preocupada. Clara me sostuvo la mirada más de lo necesario. Después se giró hacia la ventana y se quedó así, de espaldas, con los brazos cruzados.
Una noche más.
(continuará)