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Relatos Ardientes

Doce desconocidos, un finde, una casa apartada

Hace algo más de un año decidí que necesitaba algo distinto. Tenía treinta y un años, vivía solo en Granada y llevaba meses con la sensación de que la rutina se me había metido en el cuerpo. Me llamo Daniel y este es el relato del fin de semana que lo cambió todo.

La idea era simple sobre el papel y endemoniada en la práctica: alquilar una casa rural lo bastante apartada como para que nadie nos oyera, reunir a once desconocidos durante dos noches y montar algo a medio camino entre un experimento y una fantasía compartida. Sin parejas mías. Sin amigos en común. Sin más vínculo entre los invitados que las ganas.

Encontré la casa en un valle al norte de la sierra. Cinco habitaciones, piscina, una cocina enorme y, lo más importante, ningún vecino en kilómetros. Pagué la fianza y empecé la parte difícil.

Buscaba seis chicas y seis chicos. Ni más, ni menos. Personas con la cabeza abierta, con curiosidad y con un mínimo de palabra. Antes de hablar con nadie redacté una lista de condiciones para que nadie llegara a la casa con sorpresas.

La primera: durante esas cuarenta y ocho horas no existía la ropa dentro de la casa. La segunda: habría tiempo libre y habría juegos. En los juegos te podía tocar con quien menos te atrajera, y aun así había que jugar; la regla existía para que nadie se sintiera apartado. La tercera: las parejas que vinieran sabían que iban a compartir. Si esa idea les molestaba, mejor no entrar.

Costó más de lo que imaginaba. Hubo chicos que se inventaban una novia para colarse. Parejas que pretendían ser la excepción de la norma. Gente que se borraba a tres días vista. Al final tenía a las doce personas que necesitaba, tres de ellas en pareja.

Las chicas: Carla, treinta y tres años, morena, pelo corto, curvas generosas y un pecho que llamaba la atención apenas la veías. Lucía, veintiún años, pelirroja, casi un metro setenta y cinco de líneas largas y cara de muñeca, novia de Bruno. Bea, veintiséis, rubia bajita, sonrisa que invitaba a confiar y un cuerpo compacto. Vera, diecinueve, morena espectacular, el mejor culo del grupo y una mirada que prometía problemas. Helena, treinta y nueve, rubia, elegante, pecho de revista y la forma de moverse de quien sabe lo que provoca, novia de Iván. Y Patricia, treinta y uno, morena rellenita, cara preciosa y caderas anchas que pedían que las miraras, novia de Esteban.

Antes de cerrar el grupo había preguntado a cada una si estaba dispuesta a estar con otra chica. Todas excepto Helena y Vera dijeron que sí. Tomé nota de esos límites para diseñar los juegos.

Los chicos: yo. Tomás, treinta y seis, exatleta de élite, con el cuerpo todavía marcado por años de competición. Mauro, veinticuatro, el más rellenito y el dueño de la polla más larga del grupo. Iván, novio de Helena, treinta y ocho, el tipo de hombre que se cuida con disciplina. Bruno, veinte, novio de Lucía, cuerpo de gimnasio diario. Y Esteban, treinta, novio de Patricia, complexión normal y la polla más gruesa que vi aquel finde.

La semana previa fue casi tan intensa como el fin de semana. Mandé mensajes a cada uno con escenas posibles, sin desvelar lo que de verdad iba a hacer. Quería que llegaran a la casa con la cabeza ardiendo. Funcionó. La noche antes ya estábamos todos sin dormir.

***

El sábado a las once de la mañana llegó el primer coche. Había diseñado la entrada por orden, con cinco minutos de diferencia entre cada uno. Cada persona pasaba a una habitación distinta, dejaba la ropa dentro y esperaba en silencio. Cuando el último estuvo dentro, hice sonar la bocina del coche.

Salimos al salón los doce a la vez. Desnudos, sin presentaciones, sin ropa que ocultara nada. Caras que no había visto nunca y cuerpos que en pocas horas iba a tocar. Nadie habló durante los primeros segundos. La piel se me erizó por la mezcla de pudor y excitación. A los demás les pasaba lo mismo. Algunas miradas se quedaban quietas, otras paseaban abiertamente.

—Bienvenidos —dije, intentando sonar sereno y sabiendo que mi cuerpo me delataba.

El primer juego era presentarse. Nos pusimos en círculo y, uno por uno, di la vuelta saludando a cada persona. A los chicos un apretón de manos. A las chicas, después de los dos besos de rigor, podía elegir un gesto: una caricia o un beso en algún lugar del cuerpo.

Empecé yo. A Carla le acaricié el pecho izquierdo y el pezón le respondió enseguida. A Lucía le besé la tripa, justo encima del ombligo. A Bea le apreté una nalga. A Vera le mordí un pezón con cuidado y la sentí tensarse. A Helena le besé el cuello y noté cómo cerraba un instante los ojos. A Patricia le besé el vello púbico, casi rozándole con la punta de la nariz.

Después fue Carla. Tímida, dos besos a cada uno y un beso en el ombligo a los chicos. Tomás copió mi idea pero con caricias en los culos de cada chica. Lucía nos besó a los chicos en un pezón, mirándonos a los ojos con una intención tan clara que me costó respirar.

Mauro le mordió suavemente un pezón a cada chica. Bea hizo algo más maquiavélico: bajaba la mano por el pecho de cada chico, parecía que iba a llegar a la polla y, justo antes, la apartaba. Iván se colocaba detrás de cada chica, pegaba el cuerpo entero al de ella y le besaba el cuello. Helena se estremeció cuando vio a su pareja hacerlo a otra mujer, pero sonrió.

Vera fue directa. A cada chico le acarició la polla unos segundos. A Helena le tocó el sexo sin pedir permiso. Bruno la copió y acarició la entrepierna de cada chica. Helena fue todavía más lejos: a cada chico nos dio un beso en la punta de la polla y a Vera un beso en el clítoris. Esteban, más contenido, se quedó con un beso en el ombligo. Patricia cerró el círculo pegándose a cada chico y apretándole el culo con las dos manos.

Cuando terminamos la rueda, el aire del salón parecía espeso. Nadie quería ser el primero en sentarse.

***

El siguiente paso era la ducha. Higiene primero, había prometido. Pero ducha al estilo de la casa.

El cuarto de baño grande tenía una mampara amplia y diez sillas que coloqué en abanico, como si fuese un escenario. Cada uno entraría a la ducha y otra persona, designada por sorteo, lo enjabonaría. Cinco minutos por turno. Los cuatro primeros minutos, la persona enjabonadora no podía levantar las manos del cuerpo del otro. La enjabonada no podía tocar, ni pedir, ni dirigir. Solo dejarse hacer. El último minuto era libre.

El orden quedó así: Bea, Bruno, Carla, Daniel, Helena, Tomás, Vera, Mauro, Lucía, Iván, Patricia y Esteban. Cada uno enjabonaba al siguiente. Esteban cerraba el círculo lavando a Bea.

Me tocó enjabonar a Carla. Cuando entró en la ducha se colocó debajo del chorro y dejó que el agua le bajara por el pelo, los hombros y los pechos. Me acerqué por detrás. Mi mano encontró la suya y la retiré enseguida. La regla era no dejar de tocar, no apurar.

Empecé por la espalda. Hombros, omóplatos, cintura. Bajé despacio hasta las nalgas y las amasé con calma, sin dejar de besarle el cuello. Sentí su respiración acelerarse. Subí por los costados, rodeé los pechos por debajo y empecé a enjabonarlos con las dos manos. Los apreté, los moví, le pellizqué los pezones a la vez. Mi polla, dura desde que había salido al salón, se le pegó al culo. No la moví.

Sin soltar un pecho, bajé la otra mano por el vientre hasta el sexo. Le metí un dedo de golpe, lo saqué empapado y empecé a acariciarle los labios. Cogí la alcachofa de la ducha y le dirigí el chorro al clítoris mientras alternaba caricias y dedos. La oí jadear con la boca cerrada, intentando no dar espectáculo y dándolo a la fuerza. Cuando sonó el cronómetro estaba al borde, pero no la dejé llegar. Se giró, me miró, sonrió con los labios apretados.

—Esto no termina aquí —murmuró antes de salir.

***

Mi turno fue el siguiente. Helena entró en la ducha conmigo. Yo de pie, todavía duro, con la marca de Carla en la piel.

Helena no se puso detrás. Se pegó al lado, me rodeó la cintura con un brazo y dejó que sus pechos me rozaran el costado. Subió la alcachofa para que el agua nos cayera desde arriba. Cogió el jabón y, sin recorrer mi cuerpo apenas, fue directa a lo que le interesaba.

—Te has currado el organizar todo esto —me dijo al oído, con la boca pegada a mi cuello—. Quiero que te corras en estos cinco minutos.

Y me empezó a hacer una paja con una mano mientras me sostenía con la otra. La técnica era de quien la tiene muy practicada. Apretaba en los puntos justos, alternaba el ritmo, paraba un instante cuando notaba que iba a llegar y volvía a empezar más despacio. Me besó. Su lengua entró sin pedir permiso, igual que su mano. Diez metros más allá, sentado en la primera fila, su pareja Iván miraba con la polla dura y una calma que no entendí hasta más tarde.

Lo que hizo Helena duró menos de cinco minutos pero fue una clase. Sus dedos sabían cuándo apretar y cuándo aflojar. Su boca no me soltó hasta que sintió que ya no podía aguantar. Me corrí pegado a ella, con su mano cerrada sobre la polla y su lengua dentro de la mía. Las diez personas sentadas frente a la mampara aplaudieron.

—Bienvenido a tu propio finde —me susurró Helena al separarse.

***

Las duchas siguieron. Cada uno enjabonó y fue enjabonado. Hubo escenas que aún recuerdo con detalle: Vera arrodillada delante de Mauro durante el último minuto, Patricia abriendo las piernas para que Esteban le dirigiera el chorro donde quisiera, Bruno mirando a Lucía y dejándola hacer mientras ella disfrutaba abiertamente de saberse observada, Tomás levantando a Bea contra los azulejos como si pesara la mitad.

Cuando salimos del baño con la piel limpia y la cabeza incendiada, eran las cuatro de la tarde. Nos quedaban cuarenta y cuatro horas en aquella casa. Mientras nos secábamos con toallas que nadie devolvía a su sitio, pensé dos cosas a la vez. Una: que había salido bien. Dos: que el verdadero fin de semana no había hecho más que empezar.

Lo que pasó después es otra historia. Pero esa primera tarde, viendo cómo doce desconocidos se miraban ya como cómplices, supe que aquello iba a quedarse conmigo durante años.

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Comentarios (10)

Martu_Rosario

Increible!!! uno de esos relatos que no podés dejar de leer

PatricioG85

Necesito una segunda parte urgente, me dejaste con las ganas

Luz_Cordoba

Me recordo a unas vacaciones con gente que no conocia de nada... aunque no llego a tanto jajaja. Muy buen relato

Gaston_Vte

jajaja doce personas y nadie se conocia? tremendo concepto, bravo

LectoraK

Que bien narrado todo. El ambiente que generás se siente real, como si estuvieras ahi mismo

martin_lector

Esa casa apartada existe de verdad? pregunto para un amigo jajaj

Romi_BA

Buenisimo!!!

Tomas_CC

Me encantó el concepto de los doce desconocidos. Muy original, seguí así!

Vale_Sur

Excelente relato, lo leí de un tirón. Me gustó mucho como generás la atmósfera antes de que empiece todo. Espero que escribas mas seguido

alquve

Muy buen relato. Se nota que fue pensado con cuidado, no es el tipico

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