Mi amante cumplió la fantasía que nunca le pedí
Hola. Me llamo Lucía y quiero compartir lo que viví hace pocas semanas. Si han leído mis confesiones anteriores ya saben que a mis treinta años, divorciada hace dos, decidí que no volvería a negarme nada. Mi cuerpo había estado callado demasiado tiempo y, desde la separación, dejé de pedir permiso para desearlo todo.
Para acompañarme en ese viaje tengo a Damián. Lo conocí cuando aún estaba casada: era amigo de mi exmarido y lo veíamos en cada asado familiar. Me lleva veintidós años, pero la diferencia se diluye en cuanto cierra la puerta del dormitorio. Empezamos como amantes a escondidas y hoy somos lo que la gente llama amigos con derechos, aunque la palabra «amigo» se queda corta para todo lo que comparte conmigo.
Hace unos meses leí la confesión de una mujer cuyo marido la había compartido con un desconocido sin avisarle, mientras ella estaba atada y con los ojos cubiertos. La historia me dejó dando vueltas. No era exactamente mi fantasía, jamás se me había cruzado por la cabeza algo así, pero el morbo se me instaló en alguna parte y, en uno de los descansos entre besos con Damián, le comenté lo que había leído.
—¿Te gustaría hacerlo? —preguntó él, todavía agitado, apoyado contra el respaldo de la cama.
—No sé —contesté riéndome—. Suena fuerte. Suena excitante. Pero no sé.
No le pedí nada. Nunca tuve que pedirle nada. Damián me lee como pocos hombres lo hicieron alguna vez. Cierra los ojos cuando hablo y, semanas después, encuentra la manera exacta de devolverme aquello que mencioné como un detalle al pasar. Así que olvidé el tema. O fingí olvidarlo.
Tendría que haber sospechado.
Hace unos días me escribió a media tarde. «Reservate el sábado, pequeña. Tengo algo preparado». No dio pistas. Nunca da pistas. Ese silencio anticipatorio es parte del juego que llevamos jugando desde el primer día. Me pasé la semana imaginando posibilidades y descartándolas, y para cuando llegó el viernes ya había decidido entregarme el sábado entero a un ritual de regaloneo: peluquería, depilación completa, manos, pies, perfume nuevo. Quería sentirme como una mujer que sabe que esa noche va a ser tocada con detalle.
Pasó por mí a las ocho. Manejó hasta su edificio sin decirme adónde íbamos, aunque ya lo intuía. Subimos en silencio al ascensor. Su mano se mantuvo apoyada en mi cintura todo el trayecto, posesiva y tibia, como si me estuviera anclando.
El departamento estaba casi a oscuras. Solo el dormitorio dejaba escapar una luz cálida y baja, y la cama king al centro me recibió con algo que me hizo frenar en seco: un conjunto de látex negro perfectamente extendido, con unos zapatos altos al lado. Talla mía. Cada detalle pensado. El sostén tenía un broche frontal que dejaría libres mis senos sin necesidad de quitarlo, y la prenda inferior, una especie de body con tirantes, cubría apenas la parte delantera de mi pelvis. Cualquier mano podría llegar a mí sin tener que sacar nada.
—Pequeña, ¿confías en mí? —preguntó Damián mientras se sacaba la camisa.
—Contigo voy a todas, bebé —respondí—. Con los ojos cerrados.
No tenía idea de lo literal que estaba siendo.
***
Me ayudó a vestirme y después me hizo ponerme de pie frente a él. Tomó cuatro pulseras de cuero ancho y las cerró alrededor de mis muñecas y mis tobillos. Cada una tenía una argolla de metal cosida en su parte exterior. Me ató las manos detrás de la espalda con una cuerda corta, me recogió el pelo en una cola alta y me cubrió los ojos con un antifaz negro que ajustó hasta dejarlo perfecto. Habíamos jugado muchas veces a amarrarnos, así que el procedimiento me era familiar. Lo nuevo era esa anticipación tirante en el estómago, la certeza de que esta vez había algo más esperándome.
Me acomodó de espaldas sobre la cama, con cuidado. Después sentí cómo unía mi muñeca derecha con mi tobillo derecho mediante una cuerda corta, y luego el lado izquierdo de la misma manera. Quedé con las piernas semiflexionadas, abierta de un modo que no era brutal pero que me dejaba expuesta. Cómoda. Y completamente disponible.
Empezó por la cara. Sus dedos recorrieron mi mandíbula, bajaron por el cuello, dibujaron mis clavículas. Cada roce me erizaba la piel. Soltó el broche del sostén y dejó al aire mi pecho derecho. Lo recorrió con la yema del pulgar, lento, hasta que el pezón se endureció. Apretó suave. Yo me retorcía intentando alcanzarlo, devolverle alguna caricia, pero la posición de los brazos me lo impedía. Esa imposibilidad de tocarlo fue lo primero que me hizo gemir.
Sonaba Sade de fondo. Reconocí los primeros compases de algo que me gusta y cerré la boca para escuchar mejor. Damián liberó el otro pecho y empezó a jugar con los dos a la vez. Su lengua bajó hasta uno de los pezones y lo capturó. Yo ya estaba mojada antes de que ese instante ocurriera.
Su boca subió hasta la mía y me besó largo. Estaba detrás de mi cabeza ahora, inclinado sobre mí. Y entonces sentí otra boca. En la parte interna del muslo, justo arriba de la rodilla. No era él. La boca de Damián seguía sobre la mía. Mi cuerpo se tensó como un alambre.
—Relajate, pequeña —me susurró al oído sin separarse del beso—. Está todo bien.
Me costó un par de segundos soltarme. Pero la boca que recorría mi muslo era paciente. Subía con calma, marcando cada centímetro, y unas manos desconocidas separaron las tiras de tela que cubrían mi sexo y dejaron paso libre. Esa boca se instaló entre mis piernas y empezó a lamerme con una técnica que no era la de Damián. Era distinta. Más lenta en algunos momentos, más insistente en otros. Yo ya no podía pensar.
Damián soltó mi boca. Lo escuché moverse sobre el colchón. Un instante después, algo cálido y duro me rozó los labios. Abrí la boca esperando reconocer a Damián, esperando ese pene circuncidado que conozco de memoria, pero el que me llenó tenía prepucio. No era él. Eran cuatro personas en esa habitación, y yo estaba en el centro de todo.
—Comételo —dijo la voz de Damián desde algún rincón del cuarto—. Así como a mí me gusta.
En ese momento volvió a mi cabeza la confesión que había leído. Damián la había guardado todo este tiempo y la estaba escribiendo de nuevo, sobre mí, con tinta de hombres que no podía ver. Decidí dejar de resistir lo que de todas formas ya estaba pasando. Si él los había elegido, entonces eran perfectos para esa noche.
Empecé a chuparlo despacio, recorriendo el contorno con la lengua, midiéndolo. Era largo y de buen grosor, pero no era el más grande de los que iba a conocer esa noche. Mientras tanto la boca entre mis piernas no me daba tregua. Dos dedos se sumaron a la lengua, entrando y saliendo con un ritmo cuidadoso, encontrando un punto exacto en mi interior que me hizo arquear la espalda. Me retorcía, atada como estaba, gimiendo alrededor del pene que tenía en la boca.
***
Unas manos me incorporaron y me dejaron de rodillas en el medio del colchón. Las cuerdas se ajustaron a esa nueva postura sin lastimarme. Por el peso del colchón a mi lado supe que alguien se había puesto de pie junto a mí. Otro pene buscó mi boca y me lo metieron tomándome de la cola, hasta que sentí su punta tocando la garganta. Lo sacaron, me giraron la cabeza hacia el otro lado y otro pene esperaba. Este era distinto, mucho más grueso. La cabeza apenas me cabía. No era el de Damián tampoco. Sentirme zarandeada de esa manera, sin poder usar las manos, sin saber a quién pertenecía la verga que me hacía tragar, me prendió de una forma nueva.
Alguien volvió a deslizarse entre mis piernas y retomó la tarea de antes. La lengua, los dedos, la presión exacta sobre el clítoris. Me llevaron hasta el borde rapidísimo, mucho más rápido de lo que hubiera podido controlar. Sentí el cosquilleo subir desde el vientre. Estaba a un segundo del orgasmo, ese tipo de orgasmo que ya no se puede frenar.
Y se detuvieron. Todos. La boca, las manos, las vergas. Me dejaron al borde, suspendida, jadeando con la cara contra mi propio hombro. Los escuché moverse alrededor durante lo que se sintió como una eternidad y debió ser apenas un minuto.
Después me levantaron y me sentaron sobre un cuerpo. No era Damián. Mis pechos reconocerían ese pecho velludo que tantas veces me sirvió de almohada. Este torso era lampiño, suave, ligeramente sudado. Una verga rígida se acomodó en mi entrada.
—Tranquila, pequeña —susurró Damián a mi espalda—. Cuando vos digas, paramos.
Me besó la nuca. El que estaba debajo de mí me penetró despacio, con cuidado, abriéndose paso en mi humedad. Era larga. Cuando estuvo entera dentro empezó a moverse con un ritmo lento. Damián me sostenía desde atrás para que no cayera. Y entonces sentí unas manos amasarme las nalgas, separarlas, y un líquido frío deslizarse entre ellas. Dedos hábiles distribuyeron el lubricante con cuidado, masajeando, preparándome.
—¿Bebé? —pregunté, intuyendo lo que venía.
—Sí, amor —contestó Damián desde mi espalda.
—Por favor, vos, solo vos hacelo por ahí —le pedí en un susurro. Hace tiempo había tenido una experiencia con un chico que fue brusco y me dejó adolorida durante días.
—Por supuesto, pequeña —me confirmó él—. Sé como te gusta.
Era cierto. Damián me había estrenado el culo y era el único con quien yo había disfrutado de esa parte sin reservas.
Me hicieron inclinarme un poco hacia adelante, sin sacar la otra verga de mi vagina. Damián se acomodó detrás. Un primer dedo lubricado, paciente. Después un segundo. No tenía apuro. Me preparó hasta que dejé de tensarme, y solo entonces apoyó la punta de su pene en mi entrada y empezó a empujar. Esa mezcla de dolor y placer, esa apertura lenta, me arrancó un gemido largo. Cuando estuvo todo dentro, los dos hombres comenzaron a moverse al mismo tiempo, sincronizados, alternando el ritmo de manera que siempre uno entraba mientras el otro salía.
Estaba llena. Estaba completamente llena de dos cuerpos y empecé a gemir cada vez más fuerte, perdiendo el control sobre el volumen. Alguien debió considerarlo un problema porque me apoyaron contra los labios el pene más grueso de la noche, ese que apenas me cabía, y me pidieron que lo abriera. Lo recibí. Me sostuvieron la cabeza por la nuca y me lo metieron hasta donde pude. La falta de aire intermitente, la imposibilidad de articular palabras, los tres ritmos cruzándose dentro y fuera de mí, me llevaron hasta un sitio del que ya no recuerdo la geografía.
Exploté. No hay otra palabra. El orgasmo no fue una ola: fue un terremoto. Mi cuerpo se sacudía sin permiso, mis piernas temblaban, y los hombres no me dieron descanso. En un movimiento coordinado me dieron vuelta y me dejaron de espaldas sobre Damián, que sin salir de mi culo me sostuvo entre sus brazos. Y entonces el más grueso, ese que me había llenado la boca, me penetró por delante. Entró con dificultad incluso con lo mojada que estaba.
Mi sexo estaba ultrasensible. Cada embestida era una descarga. No era placer ya, era otra cosa. Algo más intenso, casi insoportable. Intenté contenerme pero no había nada que contener: mi cuerpo ya no me obedecía. Pataleé entre los brazos de Damián, grité, intenté articular palabras. Postergué pedir que se detuvieran porque una parte de mí quería seguir, pero llegó el momento en que las contracciones venían desde tan adentro que ya no eran soportables.
—¡Paren! ¡Paren, por favor! —grité, o lo que salió de mí parecido a un grito.
Damián los apartó de inmediato. Salieron los dos al mismo tiempo y el vacío me terminó de quebrar. Me dejó caer de costado sobre la cama y me soltó las amarras una a una, hablándome bajito. No soportaba que me tocaran. Me quedé encogida, temblando, sollozando algo que no eran palabras, durante un tiempo que perdí por completo.
***
Cuando volví a habitar mi cuerpo, ya no tenía el antifaz puesto. Estaba cubierta hasta el pecho con la sábana. Sentía frío y la cama olía a sudor. Damián me acariciaba el pelo con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Me miraba con preocupación.
—¿Estás bien, pequeña? —preguntó muy suave.
—Mejor —contesté. La respiración me volvía. Busqué con la mirada por la habitación, esperando ver a los otros, pero estábamos solos.
—¿Y los demás?
—Ya no están —respondió—. Es parte de la experiencia: nunca vas a saber quiénes fueron.
Me acercó una taza de té tibio, muy dulce. Dijo que me iba a ayudar a recuperarme y tenía razón. Bebí despacio, sintiendo cómo el calor me devolvía algo parecido a un centro. Después se acostó a mi lado y dejé caer la cabeza sobre su pecho. Me dormí ahí, en el lugar donde siempre me duermo, hasta el día siguiente.
Han pasado varios días desde aquel sábado y todavía me siento sensible por dentro. Mientras escribo estas líneas, mi cabeza vuelve a la oscuridad del antifaz, al peso de los cuerpos sobre mí, a la voz de Damián diciendo que confiara. Nunca le había mencionado que esa fantasía existía, porque nunca había sabido que existía. Él la encontró por mí, en una confesión ajena que yo había leído al pasar, y la convirtió en la noche más intensa de mi vida.