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Relatos Ardientes

La orgía prometida que terminó entre miradas

Una noche, en una cena con amigos, uno de ellos me contó al oído cómo era ir a esas fiestas privadas que organizaban algunas chicas atrevidas. Decía que se juntaban diez o quince hombres, dos o tres morras dispuestas, unas copas y, antes de que pudieras notarlo, la noche se convertía en otra cosa. Las chicas terminaban siendo el centro absoluto, bañadas, marcadas, exhaustas. Lo contó como quien recuerda una película favorita, con esa pequeña sonrisa que delata que volvería sin pensarlo.

Me quedé con la imagen en la cabeza durante semanas. Cada vez que Diego y yo cogíamos en casa, yo se la susurraba al oído como si fuera un guion que repetíamos hasta gastarlo. Le contaba qué haría yo, qué dejaría que me hicieran, cuántas manos quería sentir al mismo tiempo. A él se le ponía dura solo de oírme. A mí se me empapaba la tanga solo de oírme decirlo.

Una mañana, tomando café, me dijo lo que yo ya sabía:

—Vamos a buscar una.

Resultó más complicado de lo que parecía. Nosotros éramos nuevos en el ambiente y solo conocíamos los clubes liberales donde la gente se quedaba en su mesita, bebía un trago caro y se iba a su casa sin tocar a nadie. Diego decidió abrir una cuenta en una red social dedicada solo a buscar lo que queríamos. Ese mundo se nos abrió como una puerta secreta. Eventos privados, fiestas en hoteles, flyers digitales con tipografía cursiva. Un amigo nuestro, al que llamaré Andrés, nos pasó el dato: una exanimadora de un club bastante conocido organizaba reuniones cada dos o tres meses. La entrada costaba seiscientos pesos por pareja. Nada exagerado.

Estuvimos fantaseando con esa fiesta durante días enteros. La pancarta prometía sexo en vivo, strippers para ambos sexos, juegos picantes y más de treinta parejas. Diego y yo nos pasábamos audios calentándonos: él me decía qué quería ver, yo le decía qué quería que me hicieran. Cuando llegó la fecha, ya teníamos el morbo afilado.

Me puse el vestido gris que él me había regalado por nuestro aniversario. Largo, sin tirantes, con caída suave hasta los tobillos. Sin sostén. Una microtanga que apenas alcanzaba a llamarse ropa interior. Me solté el pelo y me puse el perfume que él dice que le saca de quicio.

Pasó por mí a las once y media. Traía su kit de siempre: agua mineral, una toalla doblada en el asiento trasero por si manchaba el carro, toallitas húmedas, condones, lubricante y una parada en la tienda de la esquina por refrescos y dos cervezas. Era su puta, sí, pero también era su consentida. Me dejaba mimar sin culpa.

El motel estaba lejos, casi al otro lado de la ciudad. Veníamos calientes desde antes de subir al carro. En el primer semáforo le puse la mano sobre el pantalón y sentí cómo se le iba endureciendo. Diego me miró con esa cara medio burlona que pone cuando sabe que ya me tiene.

—¿Y todavía no llegamos? —murmuró.

—Tú concéntrate en manejar.

Le desabroché el botón. Le bajé el cierre. Lo masturbé despacio con la mano mientras le susurraba al oído todo lo que llevábamos imaginando. Que me iba a dejar tocar, que iba a chuparle a otro mientras él miraba, que iba a venir empapada en la cama del cuarto principal. Le hice eso un buen tramo, hasta que se le marcó la vena que se le marca cuando ya no aguanta. Le pasé el dedo por la punta y me lo llevé a la boca.

—Estás listo —le dije—. Llegamos y me la metes.

—Aguántate, putita.

No me iba a aguantar nada y los dos lo sabíamos.

***

El lugar era una habitación enorme, decorada como un salón de motel temático: sala con sillones, una barra al fondo, un tubo de pole dance en una esquina, un columpio de cuero colgado del techo en el centro y tres recámaras adicionales con sus propios baños. Llegamos casi al final, así que la anfitriona, una mujer de unos cuarenta con el pelo platinado y unas piernas espectaculares, nos sacó un par de sillas y nos sentó hasta el último rincón.

El ambiente, la verdad, estaba muerto. Las parejas que ya se conocían entre sí estaban en su plática, poniéndose al día. Algunos hombres salían cada veinte minutos a fumar mota afuera. Las morras bebían sus cubas mirando alrededor con cierta desconfianza. Nadie tocaba a nadie. Nadie hacía nada.

—Pareciera un funeral —me susurró Diego al oído.

—Dale tiempo.

Estuvimos un rato analizando a la gente. A quién nos cogeríamos. A quién no. Quién nos miraba a nosotros. Como llegamos tarde, nos tocó estar al lado de la zona de los hombres solos, los que pagan la entrada doble y rara vez consiguen algo. Tres de ellos no tardaron en intentar conversación. Diego, que es bastante más extrovertido que yo, les siguió la corriente. Que si era su primera vez, que si habían ido a otros eventos, qué tal la mota, dónde estaba el baño bueno.

La anfitriona pidió silencio y se subió a una pequeña tarima improvisada.

—Bueno, gente, vamos a presentarnos. Cada pareja dice nombres, qué buscan y rompemos el hielo.

Pasó después con una bandeja de chupitos, repartiendo a todos. Cuando llegó a las morras, intentó convencernos de que nos quedáramos en topless para encender el ambiente. Ninguna se movió. Todas se quedaron mirando al piso como si la pregunta fuera ofensiva.

Diego se acercó a mi oído.

—Quítate el vestido entero.

—¿Entero?

—Entero. Es más fácil que sacarte solo las tetas. Hazlo.

No supe si fue el chupito, la mirada que me echó o las ganas que ya traía desde el camino. Me levanté, me bajé el vestido y lo dejé caer hasta los pies. Me quedé en mi microtanga frente a treinta personas que de pronto cerraron todas las conversaciones a la vez. Diego se reclinó en la silla y me dio una nalgada despacio, como quien presenta un objeto en una subasta.

Sentí la mirada de los solteros. Uno de ellos, alto, de barba rojiza, dejó caer un comentario que me hizo reír.

—Qué tetas más bonitas, hermano.

—Gracias —contestó Diego, agarrándomelas con descaro—. Son mías, pero gracias.

Otro se animó a preguntarle directamente si se podía pasar a tocarme. Diego dijo que no, pero lo dijo con esa media sonrisa que invita a insistir. Yo, sentada en mi silla, con la tanga ya empapada, no supe en qué momento la noche había empezado a pasar.

***

El tiempo seguía sin moverse. La anfitriona, viendo que el ambiente no levantaba, sacó una fusta de cuero y propuso un juego: cada hombre solo se bajaba el pantalón, se inclinaba en el tubo y elegía a una chica para que le diera un fustazo. Quien recibía, después podía elegir.

El primero pasó entre risas. Una morena de pelo negro larguísimo, tetas pequeñas y un culito que a Diego le encantó, se ofreció a darle. Estuvo jugando con él un rato, pasándole la fusta por la nalga, simulando golpes, conversando como si nada. La gente la animó. Cuando por fin lo soltó, el chasquido fue tan limpio que todos en el salón inhalamos al mismo tiempo. Al pobre tipo le quedó marcada una línea roja perfecta.

—Yo quiero que me dé ella —le dije a Diego al oído.

—Pídelo.

—No me animo.

—Sí te animas.

Pasaron varios turnos. Yo seguía mirando a la morena. Sentía las ganas en el estómago, esa cosquilla de querer hacer algo prohibido y rendirme a hacerlo. Cuando ya no aguanté, me levanté. Caminé hasta el tubo en mi microtanga, con el vestido en la cintura, y le dije:

—¿Me das uno?

La morena se rio sorprendida. Diego, desde su asiento, gritó:

—¡Encuérenla, yo doy permiso!

Me hinqué frente al tubo, con el vestido bajado por completo. Mi culo entero quedaba a la vista de todos los solteros que tenía detrás. Sentí cómo el aire del cuarto se cargaba. La morena hizo lo mismo que con el primero: pasó la fusta por mi nalga, dio leves golpecitos en su propia palma, jugó con la espera. Yo cerré los ojos. Sentía la tanga literalmente goteando.

El golpe llegó cuando ya no lo esperaba. Un chasquido, un ardor instantáneo, un coro de «uff» a mis espaldas. La marca me duró una semana entera en la nalga derecha.

Diego se levantó, me dio una nalgada en la otra para emparejar, me ayudó a subirme el vestido y me llevó de vuelta a mi silla. Habíamos llamado más la atención de la que queríamos.

***

De ahí en adelante, cada vez que volteaba lo encontraba mirándome de un modo distinto. Me acariciaba el muslo por debajo del vestido. Me apretaba la teta como si la estuviera marcando. Me susurraba al oído que me quería coger, que ya no aguantaba, que entráramos a uno de los cuartos.

—Vamos al baño.

—¿Para qué?

—Tú ven.

Lo seguí. Entré primero, él detrás. Cerró el pestillo. Lo más raro de la noche, mirándolo en perspectiva, fue que se quedó parado en la puerta para verme orinar. No sé qué le morboseaba, pero ahí estaba él, con los ojos clavados en cómo me bajaba la tanga, cómo me sentaba, cómo me limpiaba. Cuando me enderecé y caminé al lavabo, se paró detrás de mí y empezó a restregármela contra el culo.

—¿Ya me vas a dejar cogerte? —murmuró contra mi cuello.

—Sí. Ya estoy caliente.

—¿Ah, sí, putita? ¿Qué te puso así?

—Todo.

—Mmmm. A ver, déjame revisarte.

Me subió el vestido y metió la mano por debajo de la tanga, lento, como quien examina algo muy frágil. Se tomó su tiempo en la tela, sintiendo cuánto la tenía empapada. Después me corrió la prenda a un lado y me empezó a tocar el clítoris en círculos pequeños mientras me besaba el cuello.

—Ya está bien mojado esto. Quítate la tanga, ni te está sirviendo de nada. Sí traes el coñito hecho una sopa, putita.

Me metió dos dedos. Yo le agarré la verga por encima del pantalón.

—No me distraigas. O me la chupas o te quitas el vestido.

No tuvo que repetirlo. Me hinqué y se la saqué. Estaba ya tan gotosa que casi no necesité saliva. Me la metí completa, despacio, sintiendo cómo le temblaba el muslo cuando la garganta me tocaba la base. Estaba tan caliente que escuchaba mi propia respiración rebotando en las paredes del baño.

Pero yo quería público. Me levanté, le di un beso húmedo y le dije:

—Llévame a la cama.

***

Salimos al cuarto contiguo. Estaba vacío. Una cama king, sábanas oscuras, dos lámparas de noche encendidas. Diego me acabó de quitar el vestido, me puso en cuatro al borde y me empezó a chupar el culo y la concha al mismo tiempo, con esa hambre que solo le sale cuando sabe que alguien podría entrar en cualquier momento.

Y entraron.

Primero una pareja, en silencio, que se acomodó en una esquina y empezó a coger contra la pared. Después dos hombres se asomaron por la puerta. Después fueron cinco. Yo cambié de posición: me dejé caer de espaldas y le chupé la verga con la cabeza colgando hacia el borde de la cama, para que cualquiera que entrara me viera el cuello arqueado y la boca llena.

—¿No que no, putita? —se rio Diego—. Mira, ya tienes público.

Volteé. En la puerta había al menos cinco hombres. Algunos se sobaban encima del pantalón, otros se la sacaban directamente y se masturbaban viéndonos. La pareja del rincón seguía a lo suyo. Otra entró al baño que daba al cuarto y empezó a coger ahí, con la puerta abierta de par en par.

—¿La vas a mojar? —preguntó alguien desde la puerta.

—Sí —contestó Diego, sin dejar de mirarme.

Me puso boca arriba. Me abrió las piernas. Me metió la verga de un solo empujón mientras me veía a los ojos. Me cogió así un buen rato, sin apurarse, dejándome sentir cada centímetro. Después me giró, me puso en cuatro y me la volvió a meter mientras me tocaba el clítoris con la otra mano. Yo solo miraba hacia la puerta y veía cómo los espectadores se ponían más calientes, más rojos, más al borde.

—Córrete, putilla. Quiero que me mojes.

Me corrí. Los solteros parecían a punto de romper la regla y meterse a la cama. Pero a Diego le divertía demasiado tenerlos a unos pasos sin dejarlos tocarme. A mí me divertían los orgasmos que él me arrancaba mientras nos miraban. En quince minutos éramos tantos en el cuarto que ya no se podía coger a gusto. Recogimos la ropa, las cosas y nos cambiamos al otro baño del salón principal.

***

Diego cerró la puerta y me lavó la concha con agua tibia, despacio, como quien repara una pieza valiosa. Se mojó la cara y se enjuagó las manos.

—No te corriste como sueles correrte —dijo—. ¿Estás bien?

Era cierto. El espacio, el morbo, la incomodidad de los cuerpos amontonados, todo había ayudado a calentar pero no a desatar. Le dije que sentía exactamente lo mismo. Que estaba caliente todavía, pero que no me había soltado.

—Yo igual —admitió—. Me quedé a medias.

Sonreí. Me subí al lavabo y le abrí las piernas.

—Siempre te dejo sin sacarte la leche. ¿La quieres aquí o en la casa?

Me retó con la mirada.

—¿Puedes?

Era una misión. Le bajé la bragueta, me la metí ahí mismo, le pasé las piernas por la cintura. Las paredes del baño eran de cristal y daban directo al cuarto contiguo. Cuando volteé, dos de los que nos habían seguido al primer cuarto estaban del otro lado, golpeando suave el cristal, pidiendo permiso para entrar.

Diego no les hizo caso. Me bajó del lavabo, me dio la vuelta, me levantó el culo y siguió cogiéndome contra el espejo. Yo me veía a mí misma en el reflejo: la cara colorada, el pelo revuelto, su mano izquierda sobre mi hombro y la derecha abriéndome la nalga. Me amenazó con meterme un dedo en el culo y me dio una nalgada cuando me tensé. Yo ya no escuchaba a los del cristal. Solo lo escuchaba a él.

Me hinqué de nuevo y se la chupé. Quería su leche, se la rogué.

—No creo que te la merezcas, putita. No me dejaste cogerte como quería. Gánatela.

—Por favor, papi. Dame lechita. Ya la extraño.

Se rio. Se la guardó. Me dio un beso largo en la boca.

—Vámonos a casa. Quiero cogerte como debe ser.

Cuando salimos del baño, dos solteros nos siguieron hasta la puerta principal del salón. Nos ofrecieron mover la fiesta a otro motel, seguirla en grupo, lo que quisiéramos. Diego me puso la mano en la espalda baja y los ignoró con elegancia. Recogimos nuestras cosas y bajamos al carro.

El camino de regreso fue silencioso. Yo iba mirando por la ventana, todavía con el vestido pegado al cuerpo y la tanga olvidada en el bolsillo de su chamarra. Sentí la decepción, sí. La orgía prometida no había sido ninguna orgía. Pero también sentía algo más raro, algo bueno: a veces, en una noche de treinta personas mirándonos, lo único que necesitaba para llegarle al fondo era él.

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Comentarios (10)

ElRonco_09

buenisimo!!! me imagino los nervios de estar en esa situacion jajaja

Maru_Salto

Sigue escribiendo asi, tenes mucho talento para crear tension. Se lee solo

CrisM88

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas y quiero saber como termino todo

Valeria_86

Me trajo recuerdos de algo parecido que vivi. Esa mezcla de verguenza y adrenalina es inigualable, muy bien descripta

LucasBsAs

Que arranque tan potente. Te agarra desde el primer parrafo y no te suelta

NocheRoja7

treinta desconocidos... madre mia 😮

SilvySelene

Me encanto que no fue lo que esperaba segun el titulo. Eso lo hace mucho mas interesante

nocturno88

Lei de un tiron sin pausas. Hace rato que no encontraba algo tan bien narrado en esta seccion

Willy_MZA

jaja el cartel prometia una cosa y la realidad fue otra, pero igual de buena al final

patri_b

Que final mas inesperado... espero que cuentes como siguio despues de todo eso

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