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Relatos Ardientes

Mi marido y mi hermana creyeron que dormía

4.1 (16)

Primero es un sonido casi imperceptible, lo justo para sacarme de ese sueño ligero que tengo últimamente. Un roce de tela. El leve chasquido de la puerta al cerrarse con más cuidado del necesario.

Reconozco la respiración de Valeria antes de que Marcos diga nada.

Es algo que aprende una de vivir muchos años bajo el mismo techo: el ritmo exacto de quien respira cerca de ti se vuelve tan tuyo como el propio. Valeria siempre ha contenido el aliento en los momentos de tensión. Siempre ha pisado con el borde del pie para no hacer ruido en las habitaciones ajenas. Treinta y dos años me separan de esa niña que entraba en mi cuarto a escondidas, y sigue haciéndolo exactamente igual.

A mi lado, Marcos se mueve. Lo siento incorporarse despacio, con cuidado de no agitarme. Un instante de silencio absoluto entre ellos dos. Deben estar mirándose en la oscuridad, calibrando algo.

No voy a abrir los ojos.

Él hace un sonido suave, un chasquido con la lengua, y escucho cómo los pasos de mi hermana se desplazan desde la puerta hacia el otro extremo de la habitación, donde está el sofá que tenemos frente al espejo. El crujido al sentarse es mínimo, pero en el silencio de las tres de la madrugada resulta imposible ignorar.

Me muevo un poco, como haría alguien que se acomoda en el sueño. Los dos se detienen de golpe. Espero. Relajo los músculos, dejo que la respiración se haga lenta y regular. Al cabo de unos segundos, el silencio se llena de nuevo de pequeños ruidos.

Un sonido húmedo, suave al principio.

La están besando.

Me quedo completamente inmóvil. El estómago se me aprieta de una manera que no sé cómo clasificar todavía. Rabia, sí, pero debajo de la rabia hay algo más oscuro y más difícil de nombrar, algo que prefiero no examinar de cerca.

El beso se alarga. Escucho cómo se devoran: el pequeño sonido de sorpresa que hace ella cuando él la agarra, que se convierte en algo diferente. El movimiento de ropa, o quizás la mano de ella sobre él. Me pregunto si ha venido desnuda debajo de la camiseta. Me pregunto cuántas veces habrán hecho esto antes.

***

Se mueven hacia el baño. La luz que se filtra bajo mis párpados cambia: una rendija tenue aparece desde la puerta entreabierta. Los oigo ahora con más claridad, sin el amortiguamiento del espacio abierto.

Abro los ojos solo una fracción, lo justo para distinguir formas a través de las pestañas. La puerta del baño está abierta de par en par y la luz del espejo los ilumina desde arriba con ese tono frío y sin sombras. Valeria está de espaldas al lavabo con las piernas abiertas. Lleva solo una camiseta larga, sin nada debajo, exactamente como sospechaba. Marcos la tiene agarrada del pelo con una mano y la obliga a inclinar la cabeza hacia atrás.

El sonido de su cuerpo contra el mueble es sordo y regular.

Me obligo a cerrar los ojos de nuevo. A mantener la respiración. A no moverme.

Escucho agua corriendo durante unos segundos. Escucho algo parecido a una risa, breve y baja. Y luego silencio, y luego los pasos de los dos volviendo a la habitación.

***

Vuelven al sofá. Los oigo instalarse, el peso de los dos sobre los cojines, el movimiento continuo y rítmico que empieza a marcar el tiempo. La voz de Valeria pide algo en un murmullo que no llego a descifrar del todo. Marcos no le responde con palabras.

Lo que sigue dura un tiempo que no podría calcular.

El ritmo de las respiraciones cambia. Un sonido sordo y constante, casi musical en su repetición. Los gemidos que ella intenta ahogar contra la palma de su mano, o contra la boca de él, no estoy segura de cuál. Tiene esa tendencia a hacer ruido cuando se concentra, siempre la ha tenido. Incluso estudiando. Incluso cocinando. Ahora escucho esa versión suya que nunca debería haber oído.

—Te quiero —le escucho decir, con esa voz que se quiebra por la mitad.

—Calla —dice él.

El estómago se me vuelve a encoger.

Sé que Marcos me mira de vez en cuando. Casi puedo sentirlo: la pausa en el movimiento, la cabeza girándose un instante hacia la cama para comprobar que sigo inmóvil. Que sigo dormida. Eso también forma parte de algo, aunque aún no sepa del todo de qué.

Ella gime de nuevo. Esta vez no se molesta demasiado en ahogarlo.

—Fóllame —dice. Y después, más bajo, casi para sí misma—: No pares.

Escuchar ese tono en su voz, esa voz que reconozco desde que éramos niñas, diciendo esas palabras a este hombre, lo es de una manera diferente y más complicada de lo que habría esperado.

No abro los ojos.

***

El movimiento en la cama me llega como una vibración antes de que entienda lo que está pasando.

Marcos la ha traído aquí.

La dobla sobre el borde del colchón. La cara de Valeria queda cerca de mis pies. Siento el calor de su cuerpo a través de la sábana, el pequeño desplazamiento del colchón bajo su peso. Me giro ligeramente, como si durmiera, y entreabro los ojos lo suficiente para ver el espejo lateral que tenemos junto a la cama.

Ahí están los dos.

Él la sujeta por las caderas. Ella tiene las palmas apoyadas en el colchón, la espalda arqueada hacia abajo, los cabellos oscuros colgando sobre la cara y sacudiéndose con cada empujón. Marcos trabaja en silencio, con esa concentración suya que reconozco demasiado bien, como si no existiera nada fuera de ese momento.

La mano de Valeria sube por mi pantorrilla.

No me muevo.

Ella busca algo a lo que aferrarse y me encuentra a mí. Me agarra con una mano, suave al principio, luego con más fuerza cuando la tensión se acumula en su cuerpo. Sus dedos me aprietan con cada embestida, midiendo el tiempo por la presión, sin darse cuenta de lo que hace o sin importarle.

Abro los ojos un poco más.

En el espejo los veo completos: él de pie al borde de la cama con las manos en sus caderas, ella doblada hacia adelante con la cara girada hacia un lado y la boca entreabierta. Los tres cabemos en ese espejo. Los tres estamos en el mismo cuarto. Me pregunto si Marcos lo sabe, si lleva un rato sabiéndolo.

Ninguno dice nada.

***

Marcos la gira. La pone boca arriba, la cabeza en la almohada junto a la mía. Nos separan apenas unos centímetros. Escucho la respiración de Valeria entrecortada casi contra mi oído. Siento el movimiento de su cuerpo transmitirse a través del colchón, esa vibración constante que me llega a la espalda y a las caderas como si también fuera mía.

Valeria me mira.

No sé cuánto tiempo lleva mirándome. Sus ojos están abiertos y brillantes, los labios separados. Hay algo en esa mirada que reconozco desde décadas atrás y algo que no reconozco en absoluto. Me mira con una expresión que prefiero no nombrar todavía.

Marcos le levanta las piernas. La embiste y ella aparta la mirada hacia el techo con los ojos cerrados.

—Ahí —dice, despacio—. Ahí, no pares.

Me quedo mirando el perfil de mi hermana mientras él la tiene a su lado. La línea de su cuello estirado. La columna de aire que le sube y baja por la garganta con cada gemido que intenta contener. Lo conozco todo de ese perfil y ahora estoy viéndolo de una manera completamente nueva.

Entonces Marcos me pone la mano en la cara.

***

Me gira hacia ellos despacio, con la yema de los dedos en mi mejilla. Tengo los ojos casi cerrados, pero noto que ya lo sabe, que sabe que llevo un rato despierta, que lo he sabido desde el principio. No dice nada. Me pasa los labios por la mejilla, por la comisura de la boca, como hace cuando quiere algo que no va a pedir directamente.

Valeria también se acerca.

Siento dos bocas distintas al mismo tiempo: la de él, que conozco de memoria, y la de ella, que es completamente diferente, más suave, con menos urgencia, casi como una pregunta. Huele al perfume que le regalé en su último cumpleaños.

No respondo.

O no respondo con palabras.

Mi cuerpo se mueve solo hacia el calor de los dos, hacia el movimiento constante del colchón que ya no para. Mis manos encuentran algo a lo que aferrarse y se aferran sin que yo decida hacerlo.

***

Hay un momento en el que dejo de pensar.

No es una decisión consciente. Es más bien la ausencia de una decisión, que en estas circunstancias viene a ser exactamente lo mismo.

El colchón se mueve bajo los tres. Escucho respiraciones superpuestas, la mía incluida, mezcladas en algo que ya no sabría separar. La mano de Marcos en mi cadera. La de Valeria en mi nuca, con los dedos enredados en mi pelo del mismo modo en que lo hacía cuando éramos niñas. Los tres llenando el silencio de la habitación con algo que no tiene nombre todavía.

—Calla —le vuelve a decir él a ella, pero esta vez el tono es completamente diferente. Ya no es una orden. Es casi una súplica.

Valeria no calla. Pero baja la voz hasta convertirla en un murmullo.

Yo tampoco digo nada.

En algún momento sus piernas se enganchan con las mías. En algún momento la boca de ella está contra mi hombro. Marcos tiene la frente apoyada en mi cuello y la mano en la espalda de Valeria, moviéndose entre los dos sin detenerse, como si hubiera encontrado un ritmo que no quiere perder.

No sé qué orden tuvieron las cosas después de cierto punto. Solo recuerdo el calor. La sensación de que los bordes entre las tres habían desaparecido, que ya no era posible distinguir dónde empezaba una y terminaba la otra. La oscuridad tibia. El sonido de los tres mezclado en algo que no sabría reproducir.

Valeria se corre primero, con un sonido largo que termina de golpe en silencio. Marcos lo hace después, con los dientes apretados y la frente hundida en mi cuello. Yo me corro sin hacer ruido, mirando el techo, con los ojos por fin completamente abiertos.

***

Después, el silencio.

Valeria duerme o finge dormir. No lo sé, y esta noche no me importa averiguarlo. Marcos tiene la mano sobre mi estómago y respira despacio, ya tranquilo, igual que siempre después.

La habitación huele diferente.

Por la rendija de la persiana empieza a filtrarse la primera luz gris de la mañana. Ese azul pálido que lo devuelve todo a su tamaño real, que hace que las cosas tengan contornos otra vez y que resulte imposible seguir ignorándolas.

Giro la cabeza hacia Valeria.

Ella tiene los ojos abiertos. Me estaba mirando. Al ver que la miro, sonríe apenas, con la comisura, como si se disculpara o como si celebrara algo que ninguna de las dos ha nombrado todavía. Nos miramos en silencio durante un tiempo que podría ser largo o corto; a esa hora de la mañana es difícil calcularlo.

Marcos sigue durmiendo entre las dos.

No le devuelvo la sonrisa de inmediato.

Pero tampoco aparto la mirada.

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4.1 (16)

Comentarios (10)

Romi_BA

Madre mia que comienzo... quede sin palabras. Por favor seguí, no podes dejarnos asi!

DiegoBA_85

La tension desde el primer parrafo es increible. Muy buena pluma, de verdad.

curiosa_porteña

Yo en esa situacion me hubiera levantado a los gritos jaja. Admiro la frialdad de quien lo narra

Paty_23

Excelente!!! me tuvo con el corazon en la boca todo el tiempo. Seguí por favor

Mariela_99

El titulo te prepara pero igual te agarra de sorpresa. Tremendo relato.

FernandoC

Muy bien narrado. La forma en que transmite la tension sin decir demasiado es lo que mas me gusto.

lechtor77

Necesito saber que paso despues!! no podes dejarlo asi abierto

NachoBsAs

jajaja la parte de reconocer la respiracion es un detalle genial. Muy creible todo

ClaraMdz

Se siente real, eso es lo mejor del relato. Seguí escribiendo!

taxi_fan99

Buenisimo. Espero la segunda parte con ansias

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