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Relatos Ardientes

Me quedé desnuda en la tienda y todos me miraron

Vivo en Bogotá desde hace tres años, aunque nací en Cali. Tengo pareja —un hombre tranquilo y algo predecible— y siempre he necesitado más de lo que la rutina ofrece. No es que me queje. Es que soy así.

Esa tarde de martes no tenía ninguna intención especial. Salí del trabajo temprano, me metí entre la multitud de la Carrera Séptima y terminé deambulando por una de esas galerías del centro donde conviven los puestos de ropa, las papelerías y, si uno sabe buscar, algún sex shop discreto en los pisos de arriba. Los hay. No hace falta preguntar; solo hay que saber qué escaleras tomar.

Entré porque necesitaba renovar algo. Tenía un consolador que me había regalado un ex antes de que termináramos —hacía ya cuatro años— y que cumplía su función con dignidad pero sin ningún entusiasmo. Era hora de jubilarlo.

El local era más amplio de lo que esperaba desde afuera. Luz cálida, estantes organizados por colores, una sección de lencería en el fondo, música instrumental apenas audible. Y detrás del mostrador, una chica de unos veinticinco años que levantó la vista cuando entré y no la bajó hasta que llegué hasta ella.

Se llamaba Valeria. Me lo dijo ella misma al cabo de un momento, con la naturalidad de quien ha atendido cien veces a una mujer que finge indiferencia mirando los expositores.

—¿Buscas algo en especial?

—Algo para uso personal —dije, que es exactamente lo que dice todo el mundo.

Valeria sonrió y salió del mostrador para acompañarme. Fue entonces cuando lo vi.

Llevaba un pantalón de tela fina, casi traslúcida bajo la luz directa de los focos, y en la curva de sus nalgas se adivinaba sin ninguna ambigüedad un tapón anal pequeño, con una gema que reflejaba el rojo de las luces decorativas del estante cercano. No lo ocultaba. No lo disimulaba. Simplemente existía ahí, como parte de su uniforme.

¿Lo lleva puesto desde que llegó al trabajo?

Tuve que hacer un esfuerzo consciente para no quedarme mirando fijo. Valeria me habló de estimulantes, de lubricantes solubles en agua, de las diferencias entre los materiales —silicona médica, TPE, vidrio templado— con la misma fluidez con que una farmacéutica explica un antihistamínico. Mientras hablaba, se giró para señalar una repisa alta, y el pantalón se tensó. No había ninguna duda posible.

—¿Te incomoda? —pregunté, sin pensarlo del todo.

Ella se giró despacio, sin sorpresa en la cara.

—¿El qué?

—Lo que llevas.

Una pausa breve. Luego:

—Para nada. Me ayuda a concentrarme en el trabajo.

No supe qué contestar a eso. Pero algo se despertó en algún lugar entre mi estómago y mis rodillas, y ya no se durmió.

***

Terminé comprando un consolador realista, color piel, con motor de vibración integrado en la base. Valeria me lo mostró encendido, con la cabeza ladeada como quien juzga una obra de arte, y yo pensé en la ducha de mi apartamento y en el tiempo que tardaría en llegar hasta allí en metro. Demasiado tiempo. El calor que sentía desde hacía veinte minutos no tenía intención de esperar.

—¿Tienen algún lugar donde probarlo? —pregunté. La pregunta sonó exactamente tan absurda como era, y lo supe mientras la decía, y la dije igual.

Valeria no se rió. Me miró un segundo, calculando algo.

—No hay probador como tal. Pero si quieres, puedo mover unas cajas del almacén y darte algo de espacio. No es la primera vez que lo hago.

Debería haberle dicho que no. Debería haber pagado, dado las gracias y esperado al metro. En cambio, asentí como si fuera la cosa más lógica del mundo.

Valeria desplazó dos cajas grandes hacia un lateral y colocó un expositor alto como si fuera una puerta improvisada. El resultado era un rincón de metro y medio de ancho que quedaba parcialmente oculto desde la entrada pero no desde el mostrador. Tres paredes: cajas apiladas, pared de ladrillo y un armario de plástico. La cuarta era ese expositor, frágil como una promesa.

—Toma el tiempo que necesites —dijo, y volvió al mostrador con la misma calma con que habría vuelto después de colocar un producto en su sitio.

Me quedé sola en ese rincón absurdo y perfecto.

***

Me agaché, me quité los jeans, me bajé la ropa interior —que ya notaba húmeda sin ninguna sorpresa de mi parte— y me senté en el suelo de madera laminada. Estaba frío. Me gustó ese contraste.

Abrí el vibrador de su envoltorio, lo encendí al mínimo. El zumbido era discreto, casi doméstico.

Valeria me miraba desde el mostrador. No disimulaba, no fingía revisar papeles ni ordenar productos. Solo miraba. Y en lugar de molestarme, eso hizo que todo fuera tres veces más intenso.

—¿Puedes mirar? —le pregunté en voz baja—. Me gusta que me vean.

Ella cruzó los brazos sobre el mostrador, apoyó el mentón en los nudillos, y asintió con una sola inclinación de cabeza.

Me recosté un poco hacia atrás, apoyando el peso en una mano libre. Con la otra fui pasando el vibrador por el exterior, despacio, sin meterlo todavía. El calor acumulado desde que la vi girarse hacía que todo estuviera hipersensible; cada contacto llegaba amplificado, duplicado. Cerré los ojos un instante y los abrí porque no quería perdérmela.

Valeria se acercó unos pasos. Se detuvo a un metro. Tenía los labios entreabiertos.

Subí la intensidad del vibrador y lo introduje despacio. El cuerpo respondió de inmediato con un espasmo que me obligó a doblar las rodillas. El primer orgasmo llegó antes de lo que esperaba: brusco, corto, suficiente para que se me escapara un sonido que no era exactamente silencioso. Valeria extendió la mano y encendió la vibración al máximo sin preguntarme. Yo se lo agradecí sin palabras.

***

Me quité la camiseta. El sujetador también. El suelo frío contra mi espalda desnuda era exactamente el contraste que mi cuerpo necesitaba en ese momento. Valeria seguía mirando, de pie, con las manos en los bolsillos de ese pantalón fino que dejaba adivinar demasiado.

El segundo orgasmo tardó más y fue mejor: más profundo, más largo, con ese temblor en las piernas que dura varios segundos después de que todo termina. Cuando abrí los ojos, Valeria no estaba en su sitio.

Voces al fondo del local. Pasos sobre el suelo laminado.

Me quedé inmóvil.

Desde donde estaba podía escuchar pero no ver: dos hombres y una mujer, jóvenes, que se reían entre ellos y hacían comentarios en voz baja sobre los productos. Valeria los atendía con su tono profesional de siempre, como si detrás del expositor a tres metros no hubiera una mujer desnuda con un vibrador entre las manos.

Mi ropa estaba al otro lado del rincón. Si me incorporaba, me verían.

No te muevas.

No me moví.

Y el morbo de esa situación —ese grupo de desconocidos a tres metros, sin saber, comprando lubricante o lo que fuera, mientras yo estaba ahí— fue exactamente suficiente para que siguiera. Despacito. Sin hacer ruido. Con la concentración absurda de quien desactiva una bomba en silencio.

Escuché al grupo reírse de algo. Los imaginé mirando los estantes, tocando cajas, sin sospechar nada. Eso me excitó más que cualquier otra cosa de esa tarde. Me tapé la boca con el dorso de la mano y seguí.

El tercer orgasmo se construyó lento y subterráneo. Cuando llegó me obligó a apoyar la espalda entera en la pared para no doblarme hacia adelante.

La caja grande se movió.

No sé si la empujé sin querer o si simplemente era el momento inevitable. La caja cedió hacia afuera con un golpe sordo, abriendo el rincón como un escenario de teatro cuando suben el telón.

***

Silencio total.

Yo en el suelo. Sin ropa. Las piernas abiertas. El vibrador todavía encendido.

Los dos chicos y la chica mirando desde el pasillo central, con las manos quietas y las bocas ligeramente abiertas.

Valeria, a un lado, con una sonrisa completamente serena que no había tenido que fabricarse.

—Es parte de nuestra sección de demostraciones —dijo, con una calma que rozaba lo surrealista—. Pueden acercarse a observar si les interesa.

Nadie habló durante un segundo entero. Después la chica se inclinó hacia el chico que tenía al lado y le dijo algo al oído. Él asintió. El otro se quedó donde estaba, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, mirándome de una forma que no dejaba ninguna duda sobre lo que estaba pensando.

—Solo mirar —aclaró Valeria, como si estableciera las reglas de un juego conocido—. Sin tocar.

La chica se separó del grupo y se acercó. Se agachó a mi altura. Tenía el pelo oscuro recogido en una cola alta y unos ojos que me recorrían sin vergüenza, de arriba a abajo, con una curiosidad que era también otra cosa. Me acarició la rodilla con dos dedos, como probando que era real y no una instalación de arte contemporáneo.

Valeria se acercó a ella por detrás, le puso las manos en los hombros y la besó en el cuello con mucha calma, como continuando algo que hubieran empezado antes. La chica cerró los ojos un momento. Sus manos siguieron moviéndose sobre mi cuerpo, explorando sin apresurarse.

Los dos chicos no se acercaron. Desde donde estaban, uno de ellos se desabrochó el pantalón sin decir nada. El otro lo miró, luego me miró a mí, y lo imitó. Nadie pidió permiso. Nadie lo necesitó.

Valeria sacó de algún cajón un segundo juguete —más grande, de silicona negra— y lo intercambió con el mío sin previo aviso. La diferencia fue inmediata e irresistible. Me mordí el labio para no hacer demasiado ruido y fallé de todas formas. La chica me tapó la boca con la palma de la mano y yo la dejé.

El cuarto orgasmo llegó como una marea que rompe más adentro de lo esperado. Me dejó sin orientación espacial durante varios segundos. Escuché voces como desde lejos, sentí calor en distintos puntos de mi cuerpo, y después no sentí nada.

***

Cuando abrí los ojos, el local estaba en silencio y olía diferente.

Valeria barría el suelo a mi lado con calma absoluta, como si limpiara después de un día cualquiera de trabajo. Sobre mi cuerpo había unas telas suaves dobladas que alguien me había colocado mientras yo no estaba consciente. No sé quién. No pregunté.

Me vestí deprisa, con las piernas todavía inestables.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Unos veinte minutos. No más.

—Los otros...

—Se fueron. —Valeria dejó la escoba apoyada en la pared y sacó un papel pequeño del bolsillo delantero de su pantalón—. Pero dejaron esto antes de irse.

Era una dirección del norte de la ciudad y una hora anotada a mano. Sábado, nueve de la noche.

—Reunión privada —explicó Valeria—. Seríamos cuatro, más tú si decides ir. Nada que no haya pasado ya esta tarde, pero sin las cajas y con más tiempo.

Salí del local con el vibrador en la bolsa y ese papel en el bolsillo trasero del pantalón.

El sol de la tarde sobre la Carrera Séptima era exactamente el mismo que cuando entré, una hora antes. La multitud caminaba sin saber nada. Los puestos de ropa no sabían nada. Los vendedores de tinto no sabían nada.

Solo yo.

Todavía estaba pensando si ir el sábado cuando llegué al metro. Seguía pensándolo cuando llegué a casa. Creo que ya sé la respuesta, pero eso es otra historia.

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Comentarios (8)

GustiRossi

increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo

curiosa_del_sur

Me quede sin palabras. Lo que mas me gusto es como lo contaste, muy natural, sin exagerar nada. Tenes un estilo que engancha desde el principio, espero que sigas escribiendo.

CarlosM84

jaja la parte de la caja me mato, que situacion tan inesperada. Muy bien narrado, saludos

Tomas_99

Y que paso despues?? Se hizo cortisimo, quiero saber como termino todo

LucasBaires

Me recordo a una situacion incomoda que vivi en un local, aunque nada tan extremo como esto jaja. Muy bien contado

AndreaMdq

Segunda parte por favor!! quede con ganas de mas :)

Balta63

Tremendo relato. Me imagino la cara de la gente que estaba ahi mirando jajaja

MiriamOsorno

Que valentia!! no se si yo hubiera podido quedarme tan tranquila en esa situacion. Muy bueno

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