Siete noches de ausencia y una confesión muy roja
Cuando bajó del avión y me estrechó entre sus brazos, supe que no iba a dejar que nada —ni siquiera el calendario— nos detuviera esa noche.
Cuando bajó del avión y me estrechó entre sus brazos, supe que no iba a dejar que nada —ni siquiera el calendario— nos detuviera esa noche.
Bajé por una botella de agua a las tres de la madrugada y allí estaba ella, sorbiendo un café con las dos manos como si la taza fuera lo único que la mantenía despierta.
Cuando me senté en el asiento trasero y crucé las piernas, ya sabía que ese taxi no me iba a llevar directamente al hotel. Su mirada en el retrovisor lo dijo todo.
Después de la tercera copa de vino supe que esa noche iba a pedirle algo que no le pedía desde hacía mucho. El corazón me latía antes de abrir la boca.
El jardín estaba oscuro cuando Marcos me arrastró detrás de los setos. Lo que vino después, entre champán y cuerpos, no lo había planeado nadie.
Cuando empezaron los gemidos al otro lado de la pared, ella dormía a mi lado. Lo que vi en el espejo esa madrugada todavía no sé cómo contárselo a nadie.
Cuando me llamó a su escritorio y me pidió que dejara de distraerlo, supe que el viernes mi tanga no iba a volver a casa conmigo.
Mateo tenía veinticinco años y una mirada que no pedía permiso. Cuando Andrés lo invitó a casa, los dos sabíamos que esa noche no iba a terminar pronto.