Lo que descubrí sobre mi tía en aquel motel
Me llamo Diego y tengo treinta y cuatro años. Llevo meses dándole vueltas a si contar esto o no, y si finalmente me decido es porque el anonimato pesa menos que el silencio. Lo que voy a narrar desnuda algo más que una fantasía: desnuda una impericia profesional, porque soy psicólogo y trabajo, entre otras cosas, con pacientes que cargan complejos familiares mal digeridos. Edipo, Electra, dinámicas domésticas turbias. Se supone que los ayudo a ponerlos en su sitio. Lo cómico —o lo patético, según cómo se mire— es que uno nunca sabe si también es capaz de ponerlos en su sitio dentro de su propia casa.
Mi tía Lucrecia tiene sesenta años y es periodista. No una estrella, pero tampoco una desconocida. Ha trabajado siempre en televisión, sobre todo en documentales de investigación, y durante los últimos años se ha especializado en temas incómodos. Enviudó hace cinco años. Tiene un solo hijo, mi primo Alejandro, casado con Marta y emigrado a Santander por razones laborales. Mis padres murieron durante la pandemia, así que mi tía y yo, casi sin proponérnoslo, nos fuimos convirtiendo en algo más cercano que tía y sobrino. Ella misma me llamaba «mi segundo hijo». Vivimos en el mismo edificio, en pisos distintos, en un barrio tranquilo de Valencia.
Lucrecia mide un metro con setenta, tiene el pelo rubio impecable y una figura que a muchos les cuesta creer que pertenezca a una mujer de su edad. Tetas grandes, todavía firmes, culo redondo, piernas largas de las que sostienen la mirada de cualquier hombre en la calle. Nunca me fijé en ella de esa manera. La veía guapa, elegante, imponente incluso. Pero era la hermana de mi madre. Punto.
Hasta que grabó ese documental.
El tema, precisamente, era el incesto. Como psicólogo disponible y de confianza, me entrevistó en dos sesiones largas. Le hablé de las dinámicas madre-hijo, de la culpa, del tabú, del deseo reprimido, de cómo el inconsciente filtra lo que la conciencia se niega a reconocer. Ella tomaba notas con cara de profesional concentrada. Entrevistó después a otros colegas, a antropólogos, a abogados, a personas que habían vivido experiencias reales. El documental se emitió en una plataforma de pago y tuvo eco. De repente, mi tía pasó a ser «la periodista del incesto».
En un programa de sobremesa, un colaborador le preguntó con medio tono de broma si ella había vivido alguna vez una experiencia así. Lucrecia respondió que no. Pero sonrió. Y esa sonrisa, con todo su contenido no verbal, me persiguió durante semanas sin que yo supiera por qué.
La respuesta me la dieron dos alumnos míos en la cafetería de la facultad.
—Está buenísima la periodista —decía uno—. Una milf de manual. Yo le rompía el coño sin pensarlo.
—Yo creo que esa risita la delató —contestó el otro, guiñando un ojo—. Esa mujer tiene ganas de meterse a su hijo en la cama y comerle la polla hasta el fondo.
No se habían dado cuenta de que yo estaba en la mesa contigua. Y tampoco se dieron cuenta de que, al salir, me quedé un rato mirando el fondo del café como si ahí dentro pudiera leer lo que acababa de pasarme. Porque algo había pasado. Algo en mí se había desenchufado.
A partir de esa tarde, mi tía dejó de ser solo mi tía. O, mejor dicho, empezó a ser también otra cosa. Empecé a mirarle las piernas cuando se sentaba, el escote cuando se agachaba, las caderas cuando caminaba de espaldas, la forma en que las tetas le temblaban dentro del sujetador cuando reía. Empecé a masturbarme pensando en ella —en su boca chupándome la polla, en sus tetas rebotando encima de mí, en su coño maduro estrechándose sobre mi verga— y, peor aún, a justificármelo con mi propio lenguaje profesional. Es una transferencia provocada por el trabajo compartido. Es una fantasía simbólica. Mentiras bien redactadas.
Unos días más tarde subí a su casa a arreglarle una fuga del grifo. Ella había salido a hacer la compra. Desde el salón se veía la puerta abierta del despacho. Entré. No debí hacerlo. Sobre la mesa había una carpeta con un título subrayado en rojo: «Incesto madre-hijo: ¿una relación autorizada por la sociedad?».
Dentro había algo más que material profesional. Listas de películas. Capturas de páginas porno donde madres maduras se dejaban follar por sus hijos. Relatos eróticos recortados de revistas, con párrafos subrayados: pollas gruesas hundidas en coños de cuarentonas, corridas dentro, hijos mamando las tetas de sus propias madres. El ordenador estaba encendido y sin contraseña. En el historial, decenas de búsquedas recientes —posteriores al cierre del documental— sobre el mismo tema: «madura follada por su hijo», «mom pov creampie», «tabú incesto real». Mi tía no estaba investigando. Mi tía se estaba alimentando.
Cerré la carpeta con las manos temblando.
Esa noche, cuando volví a mi piso, me saqué la polla y me masturbé pensándola. Me imaginé arrancándole la falda, abriéndole las piernas, metiéndole la lengua en el coño hasta hacerla gritar mi nombre. Me corrí en la mano en menos de dos minutos, apretando los dientes para no gemir. No fue la primera vez, pero sí la primera en que dejé de fingir que era casualidad.
***
Unos días después, Lucrecia me propuso acompañarla a Santander. Estaba preparando un programa sobre las elecciones municipales y necesitaba a su equipo allí. Yo tenía pendiente una tesis sobre hipnosis regresiva y la excusa era demasiado perfecta para no aceptarla.
—Y de paso —dijo, con media sonrisa— igual me usas de conejillo de indias.
Salimos a las cuatro de la tarde. Ella estaba agotada tras una reunión de madrugada y acabó durmiendo en el asiento del copiloto. Yo conducía intentando no mirar cómo el vestido de gasa oscura se le deslizaba cuando cambiaba de postura. Tenía medias negras y no supe resolver, kilómetro tras kilómetro, si eran de liguero o pantis. Esa pregunta estúpida me acompañó desde Valencia hasta la sierra, junto con la imagen mental de esas medias abriéndose para mí, de mi cara enterrada entre esos muslos de sesenta años que todavía podían con la mitad de las jóvenes que yo conocía.
Entonces llegó la nieve.
Empezó con una lluvia brutal que se convirtió, sin previo aviso, en una tormenta blanca. En media hora el asfalto desapareció. Los coches empezaron a detenerse. A los treinta kilómetros, avanzábamos como una procesión a quince por hora. Lucrecia se despertó con el ruido del granizo golpeando el parabrisas.
—Sobrino, esto no tiene pinta de mejorar.
Un cartel anunciaba un motel en la siguiente salida. «Venecia Motel», decía el letrero. Nos salimos sin dudar.
El edificio tenía dos plantas y una fachada discreta. Por dentro, la decoración ya hacía sospechar. Recepción iluminada con luz rosada, sofás de terciopelo, un pasillo con cuadros vagamente eróticos en blanco y negro: culos, escotes, bocas entreabiertas. La recepcionista nos recibió con una sonrisa entrenada.
—¿Tienen reserva?
—No —contestó Lucrecia, con el pelo goteando—. Pero necesitamos habitación.
—Por supuesto. ¿La quieren por noche o por horas?
Nos miramos. Entendimos al mismo tiempo dónde habíamos caído.
—Por noche —dijo ella, cortante.
La única asequible era la Suite Vals. La otra, la Suite Tantra, costaba trescientos ochenta euros y, según el catálogo que vimos después, incluía un arsenal que no voy a enumerar. Pagamos los ochenta y cinco y caminamos por el pasillo en silencio.
La habitación era imposible de ignorar. Cama enorme, sábanas blancas, cabecero acolchado con una barandilla metálica —de las que sirven para atar muñecas, pensé sin querer—, un espejo gigante en la pared lateral que reflejaba la cama de punta a punta, otro espejo en el techo rodeado de luces. Sobre el cabecero, un cuadro en blanco y negro: una mujer con antifaz sosteniendo una manzana roja.
—¿Dónde nos hemos metido? —dije, entre risas nerviosas.
—Lo importante es no morirse de frío —contestó ella, entrando al baño.
Su ropa salió del baño colgada sobre el radiador. Braguitas y sujetador negros, goteando. Entendí entonces que ella llevaba debajo del albornoz exactamente nada. Me metí al baño yo también, en parte para cambiarme, en parte para recuperar el aliento. Me miré al espejo. Estaba sudando. La polla se me hinchaba dentro del pantalón sin poder disimularlo.
¿Qué demonios me está pasando?
Pedimos la cena al cuarto. Una hamburguesa para mí, una ensalada para ella. Cenamos frente a frente en la pequeña mesita de la entrada. Lucrecia se sentaba con las piernas cruzadas y el albornoz se le abría levemente sobre el pecho. En un descuido, cuando se inclinó a por el vaso, alcancé a ver la curva entera de una teta, blanca, generosa, con la aureola apenas asomando. Se me secó la boca. Yo intentaba no mirar. No siempre lo conseguía.
—Me voy a dormir —dijo al rato—. Estoy molida.
Se acostó en el lado izquierdo de la cama. Yo me quedé leyendo material sobre una técnica de hipnosis llamada Mildfunes, útil para abrir compuertas del subconsciente. Una ironía impresionante, teniendo en cuenta la cantidad de compuertas que se estaban abriendo aquella noche en aquella habitación.
Cerré los papeles. Apagué la luz grande y dejé solo la de emergencia. Me metí en la cama con cuidado. Ella respiraba despacio, profundamente dormida.
***
Entonces empezaron los ruidos.
Venían del otro lado del cabecero. Primero un jadeo. Luego varios. Una voz de mujer, al principio contenida, después menos.
—Sí… así… métemela toda… más fuerte, hijo de puta, rómpeme.
El hombre contestaba cosas peores. La habitación contigua era, evidentemente, un encuentro pagado, y él necesitaba decirse a sí mismo, en voz alta, que era mejor amante que cualquiera.
—¿Te gusta esta polla, guarra? ¿Eh? Dime que te gusta, dime que te la meta en el culo.
—Sí, papi, méteme la polla en el culo, hazme lo que quieras.
Ella fingía lo justo para seguir cobrando, pero el golpeteo del cabecero contra la pared era real, rítmico, brutal. Se oían las palmadas de la mano de él contra las nalgas de ella, el chapoteo obsceno de la polla entrando y saliendo de un coño empapado.
Yo intentaba respirar. Mi cuerpo decidió solo. En segundos, la verga se me puso durísima, del todo, palpitando dentro del pantalón del pijama como no recordaba haberlo estado nunca.
Miré a Lucrecia. Dormía de lado, dándome la espalda. La sábana le cubría apenas hasta la cintura. El albornoz se le había movido y en la espalda se dibujaba la curva que bajaba hasta el nacimiento de las nalgas. En el espejo de la pared lateral, iluminado por la luz ámbar del cuarto vecino que se colaba por debajo de la puerta, pude ver algo más: el reflejo de su pecho. El albornoz se le había abierto mientras dormía y una de sus tetas asomaba, libre, inconfundible. Grande, redonda, con el pezón rosado erguido apuntando hacia el espejo, como si me estuviera invitando a mí, y solo a mí, en aquella habitación de motel.
Sé lo que tendría que haber hecho. Levantarme, ir al baño, meterme bajo la ducha fría, rezar para que pasara. Pero no. Bajé la mano. Me bajé el pantalón del pijama hasta las rodillas. Saqué la polla, que me latía hinchada, con la punta ya húmeda, y me la agarré con la mano derecha. Empecé a masturbarme ahí, en silencio, con ella a cincuenta centímetros.
Cerré el puño alrededor del glande, giré la muñeca despacio, subiendo y bajando el prepucio sobre la corona, sintiendo cada cordón de la verga tensarse. La mano se me iba mojando con mi propio líquido preseminal. Me clavé los dientes en el labio para no gemir.
—Nadie me folla como tú, nadie, papi —gemía la mujer al otro lado de la pared—. Córrete dentro, córrete en mi coño.
—Toma, puta, toma toda mi polla, toma…
Mi mano aceleraba. La cabeza me daba vueltas. Mis ojos saltaban del espejo —esa teta desnuda de mi tía brillando en la penumbra— al cuerpo real que respiraba profundo a mi lado. Me imaginé bajarme del todo, arrodillarme sobre el colchón, apartarle el albornoz, chuparle esa teta despacio, meterme el pezón entre los labios y morderlo hasta hacerla gemir. Me imaginé bajando la lengua por su vientre, abriéndole las piernas de sesenta años, encontrando ese coño maduro, húmedo, comiéndoselo hasta que ella me agarrara del pelo y me lo hundiera en la cara.
De pronto me atreví a más: posé la mano izquierda sobre la sábana, justo encima de sus nalgas, tocándola apenas, un roce que podría justificar si se despertaba. La carne cedía, firme, redonda debajo del albornoz. Bajé un poco más los dedos, deslicé el pulgar hasta rozar el pliegue entre las nalgas por encima de la tela. Se me escapó un jadeo mudo. No se despertó. Probé con un toquecito minúsculo en el hombro.
—¿Estás dormida, Lucrecia? —susurré, con la polla clavada en la mano, la corrida ya rondándome los cojones.
Nada. Respiración regular.
Le tiré con dos dedos del cuello del albornoz. La tela cedió sin resistencia. En el espejo, su teta se descubrió entera, magnífica, redonda, con la piel blanquísima y ese pezón puntiagudo que parecía llamarme. Bajé más el cuello del albornoz y apareció la otra, gemela, igual de firme, igual de descarada. El pezón, rosado, erguido por el frío o por algún sueño que yo prefería no imaginar —o quizá sí, quizá estaba soñando exactamente esto, quizá estaba soñando conmigo—. Algo se rompió en mí. O se soltó.
Me la meneé más rápido. Saqué la lengua sin poder evitarlo y, muy lentamente, con el cuerpo temblando de miedo y de excitación, acerqué la cara a su pecho. No la toqué. Solo respiré encima. El aire caliente de mi boca chocó contra ese pezón y lo vi endurecerse todavía más. Casi le pasé la lengua. Casi. Me contuve en el último milímetro y volví a mi lado, la polla a punto de reventar en mi puño.
Los gemidos de la pared llegaron a su crescendo. El cabecero del vecino golpeaba tan fuerte que el nuestro vibraba. El hombre anunció su final con esa vulgaridad de quien necesita comentarlo todo:
—Me corro, puta, me corro dentro, toma toda mi leche…
Ella soltó un grito largo, agudo, seguramente falso, seguramente magistral.
Yo llegué un segundo después. Se me contrajeron los cojones, sentí el latigazo desde la base de la polla hasta la punta, y la corrida salió disparada en tres, cuatro, cinco chorros gruesos, calientes, que me manchaba la mano, el vientre, la sábana… y el albornoz de mi tía. Me mordí los labios hasta hacérmelos sangrar para no hacer ruido. Los espasmos duraron una eternidad. Cada latido me sacaba otro hilo de semen. Cuando por fin abrí los ojos, tenía el pecho empapado y la respiración descontrolada.
Me quedé inmóvil, el corazón golpeando, el sudor frío mezclándose con el calor que todavía no se me iba. Cogí papel higiénico del baño, limpié la sábana, limpié el albornoz con cuidado quirúrgico —el semen se había pegado justo al borde del pecho, casi rozándole la teta desnuda, y tuve que resistirme para no volver a empalmarme al verlo—, subí la sábana hasta cubrirla. Ella siguió durmiendo como si no hubiese pasado nada.
O al menos eso creí.
***
Me desperté con su voz.
—Diego, despierta.
Abrí los ojos despacio. Ella ya estaba vestida, con la ropa del día anterior seca y planchada por el calor del radiador. De pie, junto a la ventana. Mirándome con una expresión que no supe leer.
—Ven, levántate —dijo—. Tenemos que hablar.
El estómago se me cerró.
—¿Qué pasa?
Señaló la ventana con el mentón. Afuera, la nieve había cubierto todo. Metro y medio, tal vez más. Coches enterrados hasta las ventanillas, carreteras borradas, el cielo todavía cerrado.
—Han cortado las carreteras. No sé cuándo podrán abrirlas.
—Joder —dije, mezclando alivio y vértigo—. ¿Y entonces?
—Entonces —contestó ella, acercándose despacio, sin apartar la mirada— vamos a tener que quedarnos aquí al menos otra noche más.
Se sentó en el borde de la cama, muy cerca de mí, y me rozó apenas la rodilla con los dedos. Después bajó la vista hacia donde, unas horas antes, yo había creído ser invisible —hacia el bulto que la sábana no terminaba de disimular, porque la polla se me había vuelto a poner dura solo con oír su voz—. Se detuvo ahí un segundo de más. Luego volvió a mirarme.
No dijo nada más. No hacía falta.
Yo, que me dedico profesionalmente a interpretar lo que la gente calla, entendí perfectamente lo que su silencio quería decir.
(continuará)



