Mi primer mes de novia terminó bajo la luna del parque
Aquella tarde de café se transformó en una noche en el parque. Lo que ocurrió junto al río, bajo la luz de la luna, marcó para siempre lo que sentía por él.
Aquella tarde de café se transformó en una noche en el parque. Lo que ocurrió junto al río, bajo la luz de la luna, marcó para siempre lo que sentía por él.
Helena llegó dos horas antes del vuelo. Le había comprado un perfume para darle las gracias. Ella tenía otro plan para despedirse.
Entré pidiendo una depilación. Salí con las piernas temblando y el cuerpo marcado por unas manos que conocían cada milímetro de mi piel mejor que yo misma.
Siete años de amistad fingiendo no sentir nada. Aquella madrugada, entre dos coches en un callejón, dejamos de fingir los dos.
Hace años que no tengo pareja. Decidí revisar viejos vídeos en lugar de scrollear. No esperaba que ella todavía me afectara tanto.
Llevaba meses sintiéndome un desastre. Bastó una invitación inesperada, tres copas de más y un hombre con una mirada que no prometía nada tranquilo.
Encontró el teléfono olvidado en la mesilla y tecleó el PIN sin pensarlo. Lo que leyó no era lo que esperaba, ni lo que esperaba sentir.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Apaga la luz. Desnúdate despacio. Hay una voz que ya sabe lo que necesitas, y esta noche va a guiarte hasta donde tú misma nunca te has llevado.
Cuando cerró la puerta con su maleta, nos quedamos solos. El sexo seguía ahí, intenso y familiar, pero algo faltaba. Algo que solo él traía.
Cuando le entregué la tanga doblada como una nota, supe que no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar al viernes y abrir el sobre que me devolvería en clase.
Estaba escribiendo una escena erótica cuando sonó el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara las teclas y empezara a tocarme.
Llevábamos meses sin tocarnos. Cuando por fin lo tuve sobre mí, supe que no íbamos a dormir esa noche, ni la siguiente, ni ninguna mientras pudiera evitarlo.
Crucé las piernas en su clase y él no pudo apartar los ojos. Supe que el juego había comenzado, y que esta vez yo iba a llevar la ventaja.
Cuando bajó el pantalón, Nadia supo que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era que un malentendido de treinta segundos le enseñara algo que no sabía sobre su propio cuerpo.
Tres días resistí antes de marcar su número. Cuando lo oí contestar, supe que nada de lo que me había prometido a mí misma durante esos días importaba ya.
Llevaba tres semanas en el cajón, sin abrir. Esa noche de jueves, con el piso para mí sola, decidí que ya no había más excusas.
Pensé que sería un café y una firma. Terminé desnudo en un baño termal con una desconocida que conocía mi nombre antes de que yo conociera el suyo.
Crucé las piernas, desabroché tres botones y le sostuve la mirada en el retrovisor. Faltaba media hora de trayecto, y yo ya sabía que no íbamos a llegar derechos al hotel.
El teléfono de su marido estaba en la mesilla. Ella sabía que no debía abrirlo. Lo abrió igual. Y lo que encontró la destruyó de dos maneras.