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Relatos Ardientes

Lo que pasó esa noche y nunca le conté a nadie

4.3 (36)

Me llamo Clara y esto me cuesta escribirlo. No porque me avergüence —ya superé esa parte hace semanas— sino porque lo que pasó esa noche entre Andrés, Mateo y yo no encaja bien en ninguna categoría que yo conociera hasta entonces. Lo voy a contar igual, porque tengo que contárselo a alguien, y al menos aquí nadie sabe quién soy.

Fue un sábado de octubre. Andrés y yo llevábamos once años casados y una vida en común que funcionaba bien, mejor que bien, pero que desde hacía algunos meses arrastraba una conversación sin terminar sobre lo que nos atrevíamos o no a hacer. Lo habíamos hablado en la cama, en susurros, con la luz apagada, como solo se hablan las cosas que una todavía no está segura de querer del todo. La posibilidad de que hubiera alguien más. Un extraño. Sin nombres, sin historia previa, sin nada que complicara lo que teníamos.

No esperábamos que fuera esa noche. Ni ese hombre.

La sala estaba casi vacía cuando Mateo se sentó a mi derecha. La película ya había empezado. Él llegó tarde, se acomodó sin hacer ruido, y durante los primeros veinte minutos no existió para mí. Luego extendió el brazo sobre el reposabrazos y nuestras pieles se rozaron, y cuando lo miré para disculparme con un gesto, me encontré con unos ojos que no tenían ninguna prisa en apartar la mirada.

Era joven. Veinticuatro o veinticinco años, pelo oscuro algo largo, ese tipo de cara que no intenta nada y lo consigue todo sin proponérselo. Sonrió un poco, sin ser del todo amable, sin ser maleducado. Solo presente.

Andrés vio el intercambio. Como digo, me conoce muy bien.

Lo que pasó en la sala durante los veinte minutos siguientes lo resumo así: el brazo de Mateo no se movió del reposabrazos, el mío tampoco, y en algún momento la mano de Andrés encontró la mía por el otro lado y me la apretó con una pregunta sin palabras a la que yo respondí apretando también.

Cuando terminó la película, Andrés fue el primero en hablar.

—Si quieres tomar algo, conocemos un sitio cerca —le dijo a Mateo, tranquilo, como si nada de aquello fuera extraordinario.

Mateo nos miró a los dos. Tardó tres segundos. Luego dijo que sí.

***

En el taxi nadie habló. Yo iba en el medio, el muslo de Andrés pegado al mío por la izquierda y la rodilla de Mateo rozando la mía por la derecha. La ciudad pasaba por las ventanillas con sus farolas y su indiferencia, y yo tenía el corazón latiéndome en el cuello.

Nuestra casa tiene un salón amplio con dos sofás de cuero oscuro y estanterías llenas de libros que llevamos años sin releer. Andrés sirvió whisky. Mateo se quedó de pie junto a la estantería, mirando los lomos de los libros sin leerlos realmente. Yo apagué las luces del techo y dejé solo la lámpara del rincón.

—¿Has hecho algo así antes? —le pregunté.

—¿Esto? —repitió, señalando el espacio entre los tres con un gesto vago.

—Esto.

Tardó un momento.

—Con una pareja, sí. Pero solo con ella. Nunca con el marido también.

Lo dijo sin tensión, como alguien que lleva el inventario de su propia vida sin drama. Andrés asintió desde el sofá. Yo me acerqué a Mateo y le quité el vaso de la mano.

***

Empezamos despacio. Siempre es así cuando hay alguien nuevo: los cuerpos se presentan antes de que la cabeza decida nada. Mateo tenía las manos cálidas y no tenía ninguna prisa, lo cual me gustó. Andrés se sentó al principio, solo mirando, dejándome espacio, porque así es él y así lo quiero.

Cuando los tres acabamos en el sofá, la dinámica cambió de golpe.

Mateo estaba entre los dos, y noté en su cuerpo el momento exacto en que se dio cuenta de que Andrés también lo estaba tocando. No se apartó. Pero se quedó quieto un segundo, calibrando.

—Nunca he estado con un tío —dijo.

—No tienes que estarlo —respondió Andrés, y lo decía de verdad. Lo conozco demasiado bien. Cuando Andrés dice algo en serio, el tono es distinto.

—Pero tampoco dices que no quieres —añadí yo.

Mateo soltó el aire por la nariz. Una especie de risa muy corta y casi involuntaria.

—No —dijo—. No digo eso.

Andrés le puso la mano en el muslo, un roce tranquilo y sin prisa que hizo que la respiración de Mateo cambiara de ritmo aunque él no moviera un músculo.

—Esta noche es tuya también —dijo Andrés—. Haz lo que quieras hacer. No hagas lo que no quieras. Así de simple.

***

Me arrodillé entre los dos. Los tenía a los dos sentados, separados apenas un palmo, y los miré desde abajo mientras los sujetaba a los dos con las manos. El contraste entre los dos cuerpos era tangible y extrañamente hermoso: Mateo joven y liso, con esa tensión de quien está a punto de cruzar una línea y todavía no sabe bien si quiere; Andrés más denso, más calmado, con la seguridad que dan los años.

—Quiero que os beséis mientras yo sigo aquí —dije.

Silencio. Dos segundos, tres.

Luego Andrés se inclinó hacia Mateo. El chico no se apartó. Cerró los ojos cuando las bocas de los dos se encontraron: torpe al principio, la barba de Andrés raspando la piel joven de Mateo, luego más lento y más hondo, hasta que los dos dejaron de ser conscientes de que yo los miraba desde abajo.

Me tomé mi tiempo. Pasé de uno al otro, encontrando el ritmo de cada uno, aprendiendo en qué momento la respiración de Mateo se aceleraba o se cortaba. Cuando levanté los ojos, los dos seguían con los párpados cerrados, la boca del uno contra la del otro, y algo en esa imagen me dejó paralizada un segundo entero.

Andrés rompió el beso y habló en voz baja, directo al oído de Mateo.

—¿Quieres probar tú?

Mateo abrió los ojos y me miró a mí. No sé qué buscaba. Complicidad, quizás. O permiso. O simplemente un punto de referencia.

—Ve —le dije.

Lo que vino después fue torpe y honesto a la vez, y encuentro la torpeza honesta mucho más interesante que la destreza impostada. Mateo aprendiendo el ritmo, equivocándose, corrigiéndose sobre la marcha, escuchando las señales del cuerpo del otro. Andrés con la mano en el pelo del chico, sin forzar nada, con esa paciencia que tiene para todo lo que considera que vale la pena. Yo detrás de Mateo, recorriéndole la espalda y los hombros con las yemas de los dedos, escuchando cómo cambiaba el sonido de su respiración con cada cosa nueva que descubría.

Fui metiendo los dedos despacio en el ano de Mateo, primero uno, luego dos, buscando la resistencia y esperando a que fuera cediendo. Gruñó en voz baja contra la polla de Andrés. No se apartó. Al contrario: arqueó la espalda un poco, como pidiéndome que siguiera.

—Así —murmuró Andrés—. No pares.

***

Me tumbé en el sofá y los llamé a los dos. Les dije lo que quería sin rodeos: los dos dentro de mí al mismo tiempo, uno en el coño y otro por detrás, hasta el fondo, sin que nadie fingiera que eso no era lo más animal e íntimo que ninguno de los tres había hecho nunca.

Mateo me miró un momento.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Entró él primero, despacio, midiendo el espacio y el calor, y noté cómo se le entrecortaba la respiración cuando llegó hasta el fondo y se quedó quieto un instante. Luego Andrés por detrás, con la firmeza y la paciencia que lo caracterizan, empujando muy despacio hasta que los dos estuvieron dentro y yo solté el aire de golpe y ya no fui capaz de pensar en nada que no fuera esa presión doble, densa y constante.

No hay manera elegante de describirlo. Estar así de llena, con el peso de dos cuerpos sobre el tuyo, sintiendo que cada movimiento resuena el doble porque hay cuatro manos y dos pares de pulmones sincronizándose con los tuyos. Andrés se inclinó sobre el hombro de Mateo y los dos se volvieron a besar mientras seguían moviéndose, sin que ninguno detuviera el ritmo, y yo metí la mano entre los cuerpos y me toqué con fuerza porque si no creía que iba a perder la cabeza.

—No paréis —pedí—. Por favor.

No pararon.

Mateo llegó primero, con un sonido roto que no había escuchado antes y que tampoco él reconocía como suyo, los dedos clavados en mis caderas, la frente apoyada en mi hombro. Yo llegué casi al mismo tiempo, el cuerpo entero convulsionando, los muslos apretando a los dos. Andrés aguantó un poco más, lo suficiente para que yo terminara del todo, y luego se corrió también.

Nos quedamos los tres sin movernos durante lo que debieron ser dos minutos. Solo el sonido de la respiración de los tres, recuperándose poco a poco.

***

Descansamos. Bebimos agua. Andrés encendió la lámpara del pasillo porque la del salón había quedado lejos y ninguno tenía ganas de levantarse a buscarla. Mateo estuvo callado un rato largo, con los ojos en el techo, y yo no le pregunté qué estaba pensando porque me pareció que necesitaba ese silencio exactamente.

Luego habló solo.

—No me esperaba esto —dijo.

—¿Lo de nosotros dos o lo de Andrés? —pregunté.

—Lo de todo. Lo mío.

Andrés se movió a su lado y le puso la mano en el hombro sin decir nada. No hizo falta.

Lo que pasó después de ese descanso lo dejo aquí solo esbozado, porque hay cosas que pierden algo al contarse con demasiado detalle: cambiamos de posición, cambiamos de protagonismo, hubo momentos en que Mateo tomó la iniciativa de formas que no me habría esperado dos horas antes. Los tres fuimos aprendiendo en tiempo real qué quería cada uno y cómo dárselo. Hubo torpezas y correcciones y un par de momentos de risa genuina que aligeraron todo sin romper nada.

La segunda vez que Andrés y Mateo se besaron fue completamente distinta a la primera: sin la timidez inicial, sin la conciencia de que los estaban mirando. Solo los dos, despacio, tomándose su tiempo, con la misma naturalidad con que pasan las cosas cuando ya se ha cruzado el punto sin retorno.

Yo los observé desde el otro lado del sofá y guardé esa imagen como se guardan las que una sabe que van a durar mucho tiempo.

***

Eran casi las cuatro de la mañana cuando Mateo se vistió para irse. Le ofrecimos la habitación de invitados, pero dijo que vivía a quince minutos caminando y que necesitaba el aire. Lo entendí a la perfección. Yo también habría necesitado el frío de la calle y la distancia y el tiempo de procesarlo sola antes de dormir.

En la puerta, antes de salir, se giró y nos miró a los dos.

—Gracias —dijo, y lo decía a los dos por igual.

—A ti —respondió Andrés.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella un momento con los ojos cerrados. Andrés estaba a un metro, con los brazos cruzados, esperando sin presionar.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —dije—. Estoy muy bien.

Y era verdad. No completamente tranquila, no del todo segura de qué había cambiado en los dos esa noche y si había cambiado algo o si simplemente habíamos confirmado que éramos capaces de hacer espacio para esto sin rompernos. Pero bien. Mejor que bien, si soy del todo honesta.

Andrés me cogió de la mano y me llevó a la cama. Nos dormimos abrazados con la ropa a medio quitar y la lámpara del salón todavía encendida, y no volvimos a hablar de Mateo hasta el desayuno del día siguiente.

No fue una conversación larga. Solo nos miramos sobre el café y Andrés preguntó:

—¿Repetimos alguna vez?

Pensé en Mateo saliendo por esa puerta, en la forma en que se había despedido, en todo lo que los tres habíamos aprendido esa noche sobre nosotros mismos sin habérnoslo propuesto.

—Sí —dije—. Pero la próxima vez no espero a que terminen los créditos.

Andrés sonrió. Yo también. Y eso fue todo.

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4.3 (36)

Comentarios (10)

Valentina_91

Me dejo sin palabras. Que tension desde el primer parrafo, se siente que es real!!!

lectorsombra

Muy bueno. Lo lei de una sentada y quede con ganas de saber como termino todo entre ellos

CarlosM_85

excelente!!!

Carmencita78

Esa frase del principio me engacho enseguida. Sigue escribiendo por favor, tienes un estilo muy tuyo

morbo

Me recordo a una noche que yo tambien guarde en secreto mucho tiempo jaja. Buenisimo relato

Nocturna_33

Se hiso corto :( quiero saber que paso despues. Segunda parte??

Tomas_99

La categoria confesiones es justo para esto. Se nota que hay algo real detras, demasiados detalles para que sea pura invencion. Muy buen trabajo

IsabelRo

increible, sigue asi!!

RosendoK

Andres e Mateo... que duo. Me pregunto si volvieron a verse despues de esa noche

papillon68

Que bueno encontrar relatos asi en confesiones, de los que te dejan pensando. Saludos y espero el proximo

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