Lo que pasó esa noche y nunca le conté a nadie
Me llamo Clara y esto me cuesta escribirlo. No porque me avergüence —ya superé esa parte hace semanas— sino porque lo que pasó esa noche entre Andrés, Mateo y yo no encaja bien en ninguna categoría que yo conociera hasta entonces. Lo voy a contar igual, porque tengo que contárselo a alguien, y al menos aquí nadie sabe quién soy.
Fue un sábado de octubre. Andrés y yo llevábamos once años casados y una vida en común que funcionaba bien, mejor que bien, pero que desde hacía algunos meses arrastraba una conversación sin terminar sobre lo que nos atrevíamos o no a hacer. Lo habíamos hablado en la cama, en susurros, con la luz apagada, como solo se hablan las cosas que una todavía no está segura de querer del todo. La posibilidad de que hubiera alguien más. Un extraño. Sin nombres, sin historia previa, sin nada que complicara lo que teníamos. Que me follaran entre los dos, sin pedir permiso a nadie más que a nosotros mismos, era la frase exacta que Andrés había soltado una noche al oído y que desde entonces ninguno de los dos había podido quitarse de la cabeza.
No esperábamos que fuera esa noche. Ni ese hombre.
La sala estaba casi vacía cuando Mateo se sentó a mi derecha. La película ya había empezado. Él llegó tarde, se acomodó sin hacer ruido, y durante los primeros veinte minutos no existió para mí. Luego extendió el brazo sobre el reposabrazos y nuestras pieles se rozaron, y cuando lo miré para disculparme con un gesto, me encontré con unos ojos que no tenían ninguna prisa en apartar la mirada.
Era joven. Veinticuatro o veinticinco años, pelo oscuro algo largo, ese tipo de cara que no intenta nada y lo consigue todo sin proponérselo. Sonrió un poco, sin ser del todo amable, sin ser maleducado. Solo presente.
Andrés vio el intercambio. Como digo, me conoce muy bien.
Lo que pasó en la sala durante los veinte minutos siguientes lo resumo así: el brazo de Mateo no se movió del reposabrazos, el mío tampoco, y en algún momento las yemas de sus dedos se deslizaron por encima de los míos y de ahí a la cara interna de mi muñeca, despacio, como midiendo si lo iba a apartar. No lo aparté. La mano de Andrés encontró la mía por el otro lado y me la apretó con una pregunta sin palabras a la que yo respondí apretando también. Las bragas ya las tenía mojadas antes de que terminara la película.
Cuando terminó, Andrés fue el primero en hablar.
—Si quieres tomar algo, conocemos un sitio cerca —le dijo a Mateo, tranquilo, como si nada de aquello fuera extraordinario.
Mateo nos miró a los dos. Tardó tres segundos. Luego dijo que sí.
***
En el taxi nadie habló. Yo iba en el medio, el muslo de Andrés pegado al mío por la izquierda y la rodilla de Mateo rozando la mía por la derecha. La ciudad pasaba por las ventanillas con sus farolas y su indiferencia, y yo tenía el corazón latiéndome en el cuello y un calor entre las piernas que me costaba mantener quieto. La mano de Mateo se posó en mi muslo a la altura de la falda y subió un par de centímetros, despacio, lo justo para que yo cerrara los ojos un segundo. La de Andrés hizo lo mismo por el otro lado. Entre los dos me iban acariciando los muslos por debajo de la tela y yo apretaba las piernas para no gemir delante del taxista.
Nuestra casa tiene un salón amplio con dos sofás de cuero oscuro y estanterías llenas de libros que llevamos años sin releer. Andrés sirvió whisky. Mateo se quedó de pie junto a la estantería, mirando los lomos de los libros sin leerlos realmente. Yo apagué las luces del techo y dejé solo la lámpara del rincón.
—¿Has hecho algo así antes? —le pregunté.
—¿Esto? —repitió, señalando el espacio entre los tres con un gesto vago.
—Esto.
Tardó un momento.
—Con una pareja, sí. Pero solo con ella. Nunca con el marido también.
Lo dijo sin tensión, como alguien que lleva el inventario de su propia vida sin drama. Andrés asintió desde el sofá. Yo me acerqué a Mateo y le quité el vaso de la mano. Lo besé sin preámbulo, mordiéndole el labio inferior, y noté de inmediato cómo se le ponía dura contra mi cadera por encima del pantalón. Le metí la mano por el pantalón sin desabrochárselo todavía y le agarré la polla por encima del calzoncillo. Estaba caliente y dura y se movió contra mi palma.
—Joder —murmuró contra mi boca.
—Eso, exactamente —le contesté.
***
Empezamos despacio, aunque despacio no es la palabra correcta. Siempre es así cuando hay alguien nuevo: los cuerpos se presentan antes de que la cabeza decida nada. Mateo tenía las manos cálidas y no tenía ninguna prisa, lo cual me gustó. Me bajó la cremallera del vestido por la espalda con dos dedos y dejó que la tela cayera por sí sola hasta la cintura. No llevaba sujetador. Se quedó un segundo mirándome las tetas antes de inclinarse y meterse uno de los pezones en la boca, chupándomelo con fuerza, mordiéndolo despacio hasta que se me escapó un gemido que sonó más fuerte de lo que yo pretendía.
Andrés se sentó al principio, solo mirando, dejándome espacio, porque así es él y así lo quiero. Tenía una mano apoyada en su propia polla por encima del pantalón y se la frotaba muy despacio mientras nos miraba. Mateo me empujó hasta el sofá y se arrodilló entre mis piernas. Me arrancó las bragas hacia un lado sin quitármelas del todo y se quedó un momento mirándome el coño abierto, brillante, antes de bajar la cabeza y empezar a comérmelo.
Lo hacía bien. Lo hacía mejor que bien. Tenía la lengua plana primero, lamiéndome de abajo hacia arriba con paciencia, y luego empezó a chuparme el clítoris con los labios mientras me metía dos dedos en el coño y los curvaba hacia arriba buscando el punto. Lo encontró rápido. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y le hundí la cara contra mí sin disimulo.
—Así, no pares, así —le pedía, y él no paraba.
Andrés se acercó por detrás del sofá, se inclinó sobre el respaldo y me besó del revés, metiéndome la lengua en la boca mientras Mateo seguía comiéndome el coño abajo. La primera corrida me llegó casi sin avisar: las piernas se me cerraron contra la cabeza de Mateo, el coño le palpitó alrededor de los dedos y yo me eché a temblar entera sobre el cuero del sofá, gimiendo contra la boca de mi marido.
Cuando los tres acabamos en el sofá, la dinámica cambió de golpe.
Mateo estaba entre los dos, todavía vestido de cintura para arriba pero con la polla fuera del pantalón, una verga larga y gruesa de cabeza rosada que me brillaba ya en la punta de líquido preseminal. Y noté en su cuerpo el momento exacto en que se dio cuenta de que Andrés también lo estaba tocando. Que la mano de mi marido había bajado por su pecho hasta su vientre y de ahí a la base de su polla, agarrándosela con suavidad pero con firmeza. No se apartó. Pero se quedó quieto un segundo, calibrando.
—Nunca he estado con un tío —dijo.
—No tienes que estarlo —respondió Andrés, y lo decía de verdad. Lo conozco demasiado bien. Cuando Andrés dice algo en serio, el tono es distinto. Pero la mano de Andrés seguía moviéndose, despacio, en la verga de Mateo, masturbándolo con un ritmo lento, y Mateo no le pedía que parase.
—Pero tampoco dices que no quieres —añadí yo.
Mateo soltó el aire por la nariz. Una especie de risa muy corta y casi involuntaria.
—No —dijo—. No digo eso.
Andrés le subió la mano hasta la cabeza de la polla y le pasó el pulgar por el glande, untándole su propio fluido. La cadera de Mateo se levantó del sofá sola.
—Esta noche es tuya también —dijo Andrés—. Haz lo que quieras hacer. No hagas lo que no quieras. Así de simple.
***
Me arrodillé entre los dos. Los tenía a los dos sentados, separados apenas un palmo, ya con los pantalones bajados hasta los tobillos, las dos pollas dura y al aire, y los miré desde abajo mientras les agarraba una con cada mano. El contraste entre los dos cuerpos era tangible y extrañamente hermoso: Mateo joven y liso, con esa tensión de quien está a punto de cruzar una línea y todavía no sabe bien si quiere, la polla recta y dura clavada hacia el techo; Andrés más denso, más calmado, con la verga gruesa que conozco de memoria, la que me ha follado durante once años y que esta noche iba a compartir conmigo por primera vez.
Empecé por Mateo. Le metí la polla entera en la boca sin avisar, de un solo movimiento, hasta sentirla golpear el fondo de la garganta. Se le escapó un gruñido y los dedos se le hundieron en mi pelo de golpe. Le saqué la verga lentamente, dejando un hilo de saliva colgando, y volví a metérmela hasta el fondo. Lo hice tres veces, cuatro, mientras con la mano izquierda no dejaba de masturbar a Andrés. Mateo tenía un sabor limpio, ligeramente salado, y se le notaba el cuerpo entero tensarse cuando le succionaba la cabeza con la mejilla hundida.
Solté su polla y pasé a la de Andrés. La de mi marido la conozco tan bien que podría chupársela con los ojos cerrados en cualquier estado, y eso hice: me la metí hasta la garganta de una sola vez, apretando los labios, y subí y bajé con un ritmo que él reconoció inmediatamente. Andrés gimió bajo, ese sonido grave que se le escapa cuando está cerca. Le seguí masturbando a Mateo con la mano derecha al mismo tiempo, sintiendo cómo la polla del chico latía contra mis dedos.
—Quiero que os beséis mientras yo sigo aquí —dije, sacándome la verga de Andrés de la boca con un sonido húmedo.
Silencio. Dos segundos, tres.
Luego Andrés se inclinó hacia Mateo. El chico no se apartó. Cerró los ojos cuando las bocas de los dos se encontraron: torpe al principio, la barba de Andrés raspando la piel joven de Mateo, luego más lento y más hondo, hasta que los dos dejaron de ser conscientes de que yo los miraba desde abajo. La lengua de Andrés entró en la boca de Mateo y este la recibió con un gemido bajo que se le escapó sin querer.
Me tomé mi tiempo. Pasé de una polla a la otra, encontrando el ritmo de cada uno, aprendiendo en qué momento la respiración de Mateo se aceleraba o se cortaba. Las chupaba juntas: les acercaba las cabezas, las apoyaba una contra otra y pasaba la lengua por las dos a la vez, lamiéndoles los glandes en círculos hasta que ninguno de los dos era capaz de seguir besándose sin gemir. Cuando levanté los ojos, los dos seguían con los párpados cerrados, la boca del uno contra la del otro, las manos de Andrés en el pelo del chico, y algo en esa imagen me dejó paralizada un segundo entero.
Andrés rompió el beso y habló en voz baja, directo al oído de Mateo.
—¿Quieres probar tú?
Mateo abrió los ojos y me miró a mí. No sé qué buscaba. Complicidad, quizás. O permiso. O simplemente un punto de referencia.
—Ve —le dije.
Lo que vino después fue torpe y honesto a la vez, y encuentro la torpeza honesta mucho más interesante que la destreza impostada. Mateo bajó la cabeza despacio hacia la polla de mi marido, la sostuvo con la mano un momento, mirándola de cerca como si quisiera reconocerla antes de probarla, y luego le pasó la lengua por toda la longitud, de la base al glande, con una lentitud que hizo que Andrés echara la cabeza atrás contra el respaldo del sofá y soltara un "joder" muy bajo. Lo intentó otra vez, esta vez metiéndose la cabeza en la boca, succionando con las mejillas hundidas, y cuando se ahogó un poco y tuvo que sacarla para respirar, ninguno de los tres se rio. Lo volvió a intentar. La segunda vez aguantó más. La tercera vez ya había encontrado un ritmo y Andrés tenía la mano en su nuca, sin forzar, con esa paciencia que tiene para todo lo que considera que vale la pena.
Yo me coloqué detrás de Mateo, recorriéndole la espalda y los hombros con las yemas de los dedos, escuchando cómo cambiaba el sonido de su respiración con cada cosa nueva que descubría. Le abrí las nalgas con las dos manos y me untó los dedos en el bote de lubricante que tenía Andrés siempre a mano en el mueble del salón. Empecé por el ano, dibujándole círculos con un dedo resbaladizo, sin penetrar todavía, hasta que el chico empezó a empujar el culo hacia atrás contra mi mano.
Fui metiendo los dedos despacio en el ano de Mateo, primero uno, hasta el nudillo, sintiendo cómo se cerraba a su alrededor y luego se abría, y después el segundo, buscando la resistencia y esperando a que fuera cediendo. Gruñó en voz baja contra la polla de Andrés, sin sacársela de la boca. No se apartó. Al contrario: arqueó la espalda un poco, abrió más las piernas, como pidiéndome que siguiera. Le curvé los dedos hacia delante y le toqué la próstata. Se le escapó un gemido tan agudo que la polla de Andrés se le salió de la boca un segundo.
—Así —murmuró Andrés, agarrándole la cara y devolviéndole la verga a los labios—. No pares.
Yo no paré. Le folle el culo con los dedos al ritmo en que él chupaba a mi marido, los tres conectados en una cadena imposible, y noté cómo a Mateo se le ponía la polla más dura cada vez que le rozaba la próstata. Le habría dejado correrse así, solo con los dedos en el culo y la verga de mi marido en la boca, pero todavía no.
***
Me tumbé en el sofá y los llamé a los dos. Les dije lo que quería sin rodeos: los dos dentro de mí al mismo tiempo, uno en el coño y otro por detrás, hasta el fondo, sin que nadie fingiera que eso no era lo más animal e íntimo que ninguno de los tres había hecho nunca.
Mateo me miró un momento.
—¿Estás segura?
—Completamente. Quiero las dos pollas dentro a la vez. Quiero que me folléis los dos.
Andrés me untó el culo con lubricante, despacio, metiéndome dos dedos primero y luego tres, abriéndome con la paciencia de quien lleva once años conociendo este cuerpo. Yo me puse a horcajadas sobre Mateo, con el chico tumbado boca arriba, y me ensarté en su polla yo misma, dejándome caer despacio, sintiendo cómo me iba llenando hasta el fondo. Cuando lo tuve entero dentro me quedé quieta un momento, las manos apoyadas en su pecho, el coño palpitando alrededor de su verga.
Entró Mateo primero, despacio, midiendo el espacio y el calor, y noté cómo se le entrecortaba la respiración cuando llegó hasta el fondo y se quedó quieto un instante. Luego Andrés por detrás, con la firmeza y la paciencia que lo caracterizan, separándome las nalgas con las manos, apoyando la cabeza de la polla contra mi ano y empujando muy despacio. Solté un quejido cuando la cabeza entró, esa quemazón tan específica del primer momento, y Andrés se quedó quieto, dejándome respirar, hasta que yo misma empujé hacia atrás pidiendo más.
Empujó hasta que los dos estuvieron dentro y yo solté el aire de golpe y ya no fui capaz de pensar en nada que no fuera esa presión doble, densa y constante. Tenía el coño lleno de la polla de Mateo y el culo lleno de la polla de mi marido, y cada vez que uno se movía el otro lo sentía a través del finísimo tabique que los separaba dentro de mí.
—Joder, joder, joder —repetía Mateo con los dientes apretados—. La noto, noto la tuya, joder.
—Lo sé —respondió Andrés con la voz ronca—. Yo también.
Empezaron a moverse, primero uno y luego el otro, descoordinados al principio y encontrando un ritmo después: cuando Mateo subía, Andrés bajaba, alternándose dentro de mí, follándome con una sincronización que parecía imposible de improvisar. No hay manera elegante de describirlo. Estar así de llena, con el peso de dos cuerpos sobre el tuyo, sintiendo que cada movimiento resuena el doble porque hay cuatro manos y dos pares de pulmones sincronizándose con los tuyos, dos pollas duras follándote a la vez, dos respiraciones jadeando contra tu cuello. Andrés se inclinó sobre el hombro de Mateo y los dos se volvieron a besar mientras seguían moviéndose, sin que ninguno detuviera el ritmo, las lenguas metiéndoseles en la boca del otro encima de mí, y yo metí la mano entre los cuerpos y me toqué el clítoris con fuerza porque si no creía que iba a perder la cabeza.
—No paréis —pedí—. Por favor, no paréis, follad más fuerte.
No pararon. Al contrario, aceleraron. La polla de Andrés entraba y salía de mi culo con un ritmo cada vez más fuerte, la de Mateo me embestía el coño desde abajo, las dos vergas frotándose una contra otra dentro de mí, y yo solo pude apoyar la frente en el hombro de Mateo y gritar contra su piel.
Mateo llegó primero, con un sonido roto que no había escuchado antes y que tampoco él reconocía como suyo, los dedos clavados en mis caderas, la frente apoyada en mi hombro. Sentí su polla palpitar dentro del coño, dos, tres, cuatro veces, vaciándose entero contra el fondo. Yo llegué casi al mismo tiempo, el cuerpo entero convulsionando, los muslos apretando a los dos, el coño exprimiendo a Mateo hasta la última gota y el culo apretándose en espasmos alrededor de la verga de mi marido. Andrés aguantó un poco más, lo suficiente para que yo terminara del todo, y luego se corrió también, hundiéndose hasta el fondo de mi culo y llenándomelo con un gemido grave que reconozco de memoria.
Nos quedamos los tres sin movernos durante lo que debieron ser dos minutos. Solo el sonido de la respiración de los tres, recuperándose poco a poco. La polla de Andrés salió primero, despacio, y sentí un hilo caliente de semen escurriéndose por mis muslos. La de Mateo se quedó dentro un poco más, ablandándose conmigo encima, antes de salirse también.
***
Descansamos. Bebimos agua. Andrés encendió la lámpara del pasillo porque la del salón había quedado lejos y ninguno tenía ganas de levantarse a buscarla. Mateo estuvo callado un rato largo, con los ojos en el techo, y yo no le pregunté qué estaba pensando porque me pareció que necesitaba ese silencio exactamente.
Luego habló solo.
—No me esperaba esto —dijo.
—¿Lo de nosotros dos o lo de Andrés? —pregunté.
—Lo de todo. Lo mío.
Andrés se movió a su lado y le puso la mano en el hombro sin decir nada. No hizo falta. La mano bajó luego por el pecho de Mateo, por el vientre, hasta su polla, que volvía a estar medio dura. La acarició despacio, sin presión, hasta que el chico volvió a tensarse.
Lo que pasó después de ese descanso fue distinto. Más lento, más consciente, los tres ya sin la prisa nerviosa de la primera vez. Mateo se puso de rodillas en el suelo y le chupó la polla a Andrés sin que nadie se lo pidiera, esta vez con confianza, mirándolo a los ojos mientras se la metía hasta el fondo. Andrés le agarraba el pelo con las dos manos y le folleaba la boca despacio, sin brusquedad pero con autoridad, y Mateo se dejaba con los ojos cerrados, gimiendo alrededor de la verga de mi marido.
Yo me coloqué detrás de Mateo, con él todavía de rodillas. Volví a lubricarle el ano y esta vez le metí los dedos sin disimulo. Tres. Curvándolos. Tocándole la próstata cada vez que entraba mientras él chupaba a Andrés. Y luego, cuando le sentí abierto y rendido, me puse de pie y le pedí a Andrés el strap-on que guardábamos en el cajón del mueble. El chico abrió los ojos al oír lo que pedía. No dijo que no. Asintió con la verga de mi marido todavía en la boca.
Me lo puse. No era enorme, no quería romperlo en su primera vez, y le penetré el culo despacio, milímetro a milímetro, con la mano apoyada en su espalda para sentir cómo se iba abriendo. Cuando estuve hasta el fondo me quedé quieta un momento. Mateo gimió contra la polla de Andrés, una mezcla de queja y placer, y yo empecé a moverme despacio mientras él seguía mamando.
Verlo así fue una de las imágenes más fuertes de la noche: Mateo de rodillas, con la polla de mi marido en la boca y yo follándolo por el culo desde atrás, los tres conectados en una línea recta. Andrés me miraba por encima de la cabeza de Mateo, con esa mirada suya que sé reconocer en cualquier circunstancia, y yo le sostenía la mirada mientras le movía las caderas a su nuevo amante.
Andrés terminó en la boca de Mateo. El chico tragó casi todo y lo que se le escapó por la comisura lo recogió Andrés con el pulgar y se lo metió otra vez entre los labios. Mateo lo chupó sin apartar la mirada.
Cambiamos de posición. Tumbé a Mateo boca arriba en el sofá y me senté en su cara, dejándole el coño justo encima de su boca, y el chico empezó a comérmelo con un hambre que no había tenido la primera vez, sacando la lengua para meterla todo lo hondo que podía, chupándome el clítoris mientras Andrés, ya recuperado, le abría las piernas y se las levantaba y le penetraba el culo por primera vez con su propia polla, no con un juguete. El chico gritó contra mi coño cuando sintió la verga de Andrés entrando entera, y vibró ese grito contra mi clítoris, y yo me corrí encima de su cara mientras mi marido lo follaba por debajo.
La segunda vez que Andrés y Mateo se besaron fue completamente distinta a la primera: sin la timidez inicial, sin la conciencia de que los estaban mirando. Solo los dos, despacio, tomándose su tiempo, con la misma naturalidad con que pasan las cosas cuando ya se ha cruzado el punto sin retorno. Andrés todavía estaba dentro de Mateo, moviéndose muy despacio mientras se besaban, y yo me había bajado a un lado del sofá y los miraba acariciándome el coño con dos dedos, todavía empapada de lo que acababa de pasar.
Andrés se corrió dentro del culo de Mateo poco después. El chico se corrió en su propia mano casi al mismo tiempo, masturbándose con frenesí mientras mi marido le llenaba el culo.
Yo los observé desde el otro lado del sofá y guardé esa imagen como se guardan las que una sabe que van a durar mucho tiempo.
***
Eran casi las cuatro de la mañana cuando Mateo se vistió para irse. Le ofrecimos la habitación de invitados, pero dijo que vivía a quince minutos caminando y que necesitaba el aire. Lo entendí a la perfección. Yo también habría necesitado el frío de la calle y la distancia y el tiempo de procesarlo sola antes de dormir.
En la puerta, antes de salir, se giró y nos miró a los dos.
—Gracias —dijo, y lo decía a los dos por igual.
—A ti —respondió Andrés.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella un momento con los ojos cerrados. Andrés estaba a un metro, con los brazos cruzados, esperando sin presionar.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí —dije—. Estoy muy bien.
Y era verdad. No completamente tranquila, no del todo segura de qué había cambiado en los dos esa noche y si había cambiado algo o si simplemente habíamos confirmado que éramos capaces de hacer espacio para esto sin rompernos. Pero bien. Mejor que bien, si soy del todo honesta.
Andrés me cogió de la mano y me llevó a la cama. Nos dormimos abrazados con la ropa a medio quitar y la lámpara del salón todavía encendida, y no volvimos a hablar de Mateo hasta el desayuno del día siguiente.
No fue una conversación larga. Solo nos miramos sobre el café y Andrés preguntó:
—¿Repetimos alguna vez?
Pensé en Mateo saliendo por esa puerta, en la forma en que se había despedido, en todo lo que los tres habíamos aprendido esa noche sobre nosotros mismos sin habérnoslo propuesto.
—Sí —dije—. Pero la próxima vez no espero a que terminen los créditos.
Andrés sonrió. Yo también. Y eso fue todo.





