Los castigos que cambiaron todo con mi mejor amigo
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Le dije que la borraría, que no me hacía ninguna gracia. Mentí. Esa imagen se quedó dándome vueltas en la cabeza hasta que mis dedos buscaron lo que mi boca callaba.
Cada vez que mi hija me llama orgullosa desde Trujillo, pienso en esas tres tardes frente a la cámara y rezo para que nunca teclee mi nombre en internet.
Renata me esperó despierta cuando ya no quedaba nadie en la oficina, apoyada contra la mesada con esa mirada que conozco hace tres años.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Llegué a la hora exacta, ellos no aparecían. Hasta que recibí la foto: mi novia arrodillada frente a mi novio, en el baño del fondo, esperando a que yo finalmente entrara.
Eran las dos de la madrugada, era el aniversario de mi boda muerta, y yo llorando en el sofá. Marcos me rodeó con los brazos y dijo que no se iba a ningún lado.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Llevaba años imaginándolo viendo videos a escondidas. Una tarde, un mensaje en una página de contactos, y un desconocido subió a mi coche dispuesto a cambiarlo todo.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Lo esperé con un whisky y muy poca ropa. Él no sabía que esa noche era apenas el inicio de un plan que llevaba semanas armando en silencio.
Tres días sola en la playa, un hostel con literas y la excitación acumulada de todo el día. Me metí en la cama creyendo que estaba sola. No lo estaba.
Esa mañana la ducha duró casi una hora. Empezó con espuma y terminó con algo que nunca antes me había atrevido a descubrir del todo.
Llevaba años ocultando esa parte de mí, pero con ella era distinto. Cuando me dijo que quería vernos, supe que no había forma de decirle que no.
Llevaba cuarenta y siete años siendo exactamente quien se supone que debía ser. Una noche con la lencería de mi esposa en las manos cambió eso para siempre.
Natalia y yo compartíamos habitación. Solo eso. Pero cuando apagamos la luz y nuestros cuerpos quedaron a centímetros, los planes cambiaron.
Cuando mi hijo subió a dormir, él se levantó del sofá y me miró como si llevara toda la noche esperando que nos quedáramos solos.
Aceptó compartir a su novio con su mejor amiga. Lo que ninguna esperaba era que el placer real estuviera entre ellas dos, sin él en la habitación.