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Relatos Ardientes

Mi profesor me citó en la biblioteca después de clase

Me llamo Camila, tengo veintidós años y estudio Letras. Mido un metro sesenta, tengo el pecho grande y una cola redonda que se mueve sola cuando camino. Desde que dejé el secundario me obsesioné con la ropa interior bonita y con las faldas tableadas que llegan justo por encima de la rodilla, esas que parecen formales hasta que cruzas las piernas y la tela se desliza hacia un costado. Nunca me consideré una provocadora consciente. Me gusta sentirme deseable; el resto suele venir solo.

Lo que voy a contar pasó este último cuatrimestre, en la materia que tenía con el profesor Andrés. Tendría unos treinta y siete años, casado seguro, con esa pinta de hombre que se cuida. Camisa siempre celeste, lentes finos, una manera de apoyar el muslo contra el escritorio cuando explicaba que dejaba ver la línea de la pierna debajo del pantalón. Antes de aquel lunes no me había fijado en él más que cualquier alumna se fija en cualquier docente. Hasta que, de pronto, me fijé en cómo se fijaba él en mí.

Estaba sentada en la segunda fila. Me había puesto una tanga negra nueva y la falda gris que me hace una cintura imposible. La clase iba por la mitad cuando noté que Andrés no me quitaba los ojos de encima cada vez que cambiaba de pierna. Lo hice tres veces, al principio sin maldad. La cuarta ya fue a propósito.

—Camila —dijo, con voz neutra—. Acérquese un momento, por favor.

Me levanté sintiendo a media aula mirarme la espalda. Cuando llegué a su escritorio, bajó la voz.

—Está distrayendo a sus compañeros y, sobre todo, me está distrayendo a mí.

Tendría que haber sentido vergüenza. En cambio, sentí una corriente eléctrica desde el ombligo hasta las rodillas. Volví a mi lugar sin contestarle y, cuando me senté, descrucé las piernas mucho más despacio de lo necesario. Andrés siguió hablando del programa, pero no se levantó de la silla en lo que quedaba de hora. Cuando lo miré, vi por qué: tenía la mano apoyada en el regazo y se acomodaba el pantalón con un movimiento lento, cada tanto. La tela se le marcaba.

Esa noche, en mi cuarto, me masturbé pensando en él. Lo imaginé en su escritorio, bajándose el cierre, mirándome a los ojos mientras se la agarraba. Me corrí dos veces, una detrás de la otra, mordiendo la almohada para que no me oyera mi compañera de piso.

***

El miércoles, antes de su clase, me cambié dos veces de ropa interior. Terminé eligiendo una tanga roja muy fina, casi un hilo, y la misma falda gris. Esta vez me senté en la primera fila, justo enfrente. Cuando él levantó la vista del cuaderno y la posó en mis piernas, separé los muslos lo suficiente para que viera la tela roja. No fue un segundo: le sostuve la mirada mientras lo hacía.

A los cinco minutos volvió a llamarme. Esta vez se inclinó cuando me acerqué.

—No juegue con eso, Camila. No me voy a aguantar mucho más.

—¿Puedo ir al baño?

Asintió con la mandíbula tensa. En el baño me saqué la tanga, la guardé en el bolsillo del cárdigan y me subí la falda dos dedos antes de volver. Cuando regresé, me senté igual que antes y, cuando Andrés volvió a mirar, abrí las piernas un instante y se las cerré con una sonrisa. Vi cómo tragaba saliva.

Al final de la clase, mientras los demás guardaban las cosas, se acercó al pasar.

—Si no la tiene puesta, démela.

—Me la regalaron —dije, fingiendo dignidad.

—Préstemela hasta el viernes. Se la devuelvo con una sorpresa.

Lo pensé tres segundos. La saqué del bolsillo, todavía un poco tibia, y la deslicé en su mano cerrada. Andrés la metió en el bolsillo interior del saco como si fuera un examen recogido. Salí de esa aula con las rodillas flojas.

***

El viernes me preparé como para una primera cita. Me bañé despacio, me depilé entera, me puse perfume detrás de las rodillas. Otra falda, otra blusa blanca y, esta vez, sin tanga desde que salí de casa. La idea de cruzar la ciudad sin nada debajo de la falda me tenía mojada antes de llegar al edificio.

Andrés entró puntual. Pasó lista, se apoyó en el escritorio, abrió su carpeta. En un movimiento que pareció casual, me dejó un sobre pequeño sobre el banco mientras explicaba un autor del programa. Lo abrí con el corazón a mil. Adentro estaba mi tanga roja, un poco más arrugada de como yo la había entregado, y una nota a lápiz: «Vaya al baño, póngasela y vuelva. Quédese al final de la clase».

En el baño la olí antes de ponérmela. Tenía el olor inconfundible del semen seco en la entrepierna. Me la subí lo más ajustada que pude, hasta que la tela se me marcó entre los labios. Volví al aula con esa humedad mezclada con la mía y, cuando me senté, crucé y descrucé las piernas otra vez. Andrés interrumpió un instante la explicación cuando me miró. Tuve que morderme el labio para no reírme.

Antes de irse, se inclinó sobre mi banco para juntar unas hojas que no eran suyas.

—La espero en la biblioteca después de la última hora. Avísele a su otro profesor que la voy a necesitar.

***

La última clase del viernes era con un titular mayor que ya estaba pensando en el fin de semana. Cuando le dije que Andrés me había pedido para una consulta, ni preguntó. «Lleve sus cosas, Camila, por las dudas». Recogí la mochila y bajé al sótano donde está la biblioteca de la facultad: un pasillo largo, dos salas de lectura y, al fondo, los estantes altos donde nadie va los viernes a la tarde.

Andrés me esperaba ahí. Cerró la puerta con la traba interna en cuanto entré. Apoyó la espalda en la madera y me miró de arriba abajo, sin disimulo, como si por fin pudiera hacerlo.

—Ven.

Me acerqué. Me puso las manos en los hombros, después en la cintura, después en la cadera. Se pegó contra mí lo suficiente para que sintiera lo dura que la tenía a través del pantalón.

—Quiero tocar todo lo que vengo mirando hace una semana.

—¿Y yo qué gano? —le contesté, con más coraje del que tenía.

—Mejores notas.

—Ya tengo buenas notas.

Se rio bajito, sacó la billetera del bolsillo de atrás y me dejó algunos billetes en la mano. Lo miré con una ceja levantada y los guardé en el bolsillo del frente de la mochila, sin contar. Esa parte la tenía clara: si iba a hacer esto, iba a hacerlo entera.

Me llevó al pasillo entre dos estantes altos, donde no llegaba la luz directa. Sacó una colchoneta enrollada que tenía escondida detrás de unos manuales viejos. La extendió contra la pared y me hizo señas para que me sentara. Apenas me senté, se arrodilló entre mis rodillas y empezó a subirme la falda con una calma que me puso peor que cualquier apuro.

—Quieta —me dijo, cuando le quise tocar la cara.

Apartó la tanga con un dedo y se acercó. La primera lengua fue lenta, casi tímida. La segunda ya no. Me hundió la cara contra los muslos y me abrió con dos dedos mientras me chupaba como si tuviera hambre. Le agarré la nuca y arqueé la espalda; la colchoneta me raspaba la blusa. Me corrí en su boca antes de lo que esperaba, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar.

Cuando levantó la cabeza, tenía la barbilla brillante.

—Ahora tú.

Me arrodillé. Le abrí el cinturón, le bajé el cierre y se la saqué con cuidado. No era enorme, pero era preciosa: derecha, con las venas marcándose, un poco curva al final. Me la metí entera de una vez. Andrés gimió y se apoyó con una mano contra el estante para no perder el equilibrio. Le agarré la base mientras subía y bajaba. A los pocos segundos me puso la mano en la nuca y empezó a marcar el ritmo, hundiéndomela hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Me encantó ese descontrol suyo.

—Date la vuelta —pidió, sacándome de la boca.

Me puso de espaldas contra el estante, las palmas apoyadas en los lomos de los libros, la falda subida hasta la cintura. Apartó la tanga otra vez y entró de un solo movimiento, despacio pero entero. Se me cortó la respiración.

—Dime que querías esto.

—Lo quería —jadeé—. Desde el lunes.

Empezó a moverse contra el estante. Los libros temblaban con cada empujón. Me tapaba la boca con una mano mientras me la metía hasta el fondo con la otra apretada en la cadera. En algún momento se escuchó pasar a alguien por el pasillo principal de la biblioteca y me quedé quieta, con él dentro, escuchando los pasos alejarse. Cuando volvió a moverse, supe que esa pausa la iba a recordar siempre.

Me llevó otra vez a la colchoneta, esta vez en cuatro patas. Me sacó la tanga del todo y la dejó arrugada cerca de mi mano. Me tomó del pelo, no fuerte, justo lo necesario para que arqueara la espalda. Cuando empecé a decirle, en voz baja, que era una alumna mala, que me castigara, me dio una palmada en una nalga que me sonó en los huesos. Me reí, gemí, le pedí otra. Me la dio.

—Te vas a portar mejor el lunes —dijo, agarrándome de la cintura.

—No prometo nada.

Sentí cómo aceleraba. La sacó justo a tiempo, me apretó las nalgas con las dos manos y me las llenó. Caliente, espeso, todo entre la espalda baja y el comienzo del muslo. Me quedé quieta, con la frente apoyada en la colchoneta, hasta que la respiración volvió a la normalidad.

***

Me limpié con la tanga roja antes de volver a ponérmela. Era mi pequeña venganza poética: que el resto del día caminara con su olor pegado a mí. Me bajé la falda, me peiné con los dedos, recogí la mochila. Andrés me besó en la sien antes de abrir la puerta.

—El lunes, primera fila otra vez.

Salí de la biblioteca cuando los últimos compañeros se iban. Caminé hasta la parada con las piernas todavía tibias y la sensación de que algo me bajaba muslo abajo a cada paso. En el autobús no pude dejar de mirar por la ventanilla; sentía que cualquiera que me mirara se daba cuenta.

En casa fui directo al baño. Me bajé la tanga despacio, la apoyé en el lavabo y me la acerqué a la nariz. Olía a él, a mí y a esa hora completa que acababa de pasar. Pasé la lengua por la tela una sola vez, lo justo para sentir el sabor, y la guardé en el cajón de arriba de la cómoda, debajo de un par de medias. Después me metí a la ducha y lloré un poco, no de pena. Más bien de algo parecido al alivio.

El lunes, por supuesto, fui a primera fila.

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Comentarios (8)

Pamela_72

jajaja ya con el titulo sabia que iba a ser bueno... no me defraudo para nada!!

DaniSantiago

Por favor que haya segunda parte, justo cuando se pone bueno termina jajaj

LuciaRdP

Me recordo tantisimo a una situacion que vivi en la facultad. Obvio que la mia no llego a esto pero la tension del principio es identica. Muy bien narrado, se siente real.

AnaV_87

increible relato, de los mejores que lei ultimamente

MarcosRio

Lo que mas me gusto es que no va directo al grano, primero construye la situacion. Eso le da credibilidad. Felicidades!

Romina_Lee

jajajaj me quede con ganas de mas. 10 puntos

NocheEnPaz

Soy docente y te juro que jamas me pasaria algo asi por la cabeza... pero leer esto es otro tema completamente jajaja. Muy natural la forma en que cuenta todo. Ojala escriba mas.

SantiBA

corto pero contundente. quiero leer mas de esto

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