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Relatos Ardientes

La fantasía que tengo cuando cierro los ojos

La habitación está a oscuras desde hace más de una hora y llevo ese mismo rato mirando el techo sin ver nada. El calor del día todavía está atrapado entre las paredes y el edificio cruje de vez en cuando, ese ruido de estructura vieja que al principio me desvelaba y ahora ya no escucho. En algún piso de arriba corre el agua. Nada de eso importa. Lo que importa empieza siempre de la misma manera: cierro los ojos y aparece Valeria.

No sé con exactitud cuándo comenzó esto. Hace cuatro o cinco meses, calculando mal. Fue poco después de que se mudara al piso de enfrente, en ese bloque donde los pasillos son demasiado estrechos y uno termina aprendiendo más de sus vecinos de lo que querría. La primera vez que la vi fue un viernes por la tarde: alta, con esa forma de cargar las bolsas de la compra como si el peso no existiera, una melena oscura que le tapaba medio perfil. Yo estaba saliendo a tirar la basura y me quedé tres segundos de más en el umbral.

Tres segundos. Con eso bastó.

Después vinieron los saludos en el ascensor, las conversaciones de cuatro minutos sobre cosas sin importancia. Que venía de otra ciudad. Que trabajaba en diseño gráfico. Que le gustaba el café solo y que las mañanas le costaban. Yo le conté cosas similares. Ninguna de las dos conversaciones pasó del rellano.

Pero hubo una noche, una sola, en que coincidimos en la puerta del edificio llegando los dos al mismo tiempo. Ella llevaba un vestido que no le había visto antes, más corto que los habituales, y la luz de la calle la recortaba de una manera que me hizo fijarme en cosas en las que hasta entonces no me había fijado. Entendí algo esa noche. O más bien mi cuerpo lo entendió y tardó unos días en explicármelo con claridad.

Ahora, en la oscuridad, mi mano se mueve sola. Es una costumbre con sus propias rutinas: el punto exacto donde la presión funciona mejor, el ritmo que me permite mantener la imagen sin que el cuerpo se adelante demasiado pronto.

***

En la fantasía siempre hay una habitación que no existe en ningún sitio real. Luz de lámpara, cama grande, ventanas sin cortinas que dan a ningún paisaje concreto. El cerebro necesita un escenario y lo construye con lo que tiene a mano.

Valeria está de pie junto a la ventana, de espaldas. No se vuelve de inmediato. Sabe que estoy ahí y prefiere que yo espere, que me acostumbre al hecho de estar en la misma habitación que ella antes de que ocurra cualquier otra cosa. Lleva una camisola fina, color crema, y el pelo suelto cayéndole sobre un hombro.

Cuando se vuelve, me mira de arriba abajo con una expresión que no es exactamente una sonrisa pero que funciona igual. Como si supiera algo que yo todavía estoy intentando formular.

—¿Cuánto llevas pensando en esto? —pregunta.

—Meses —digo en la fantasía, con la honestidad que me falta en la vida real.

—Lo sé.

Se acerca despacio, sin prisa. Sus dedos me rozan la mandíbula, suben hasta la sien, me estudian como si yo fuera algo que merece atención cuidadosa. En la realidad, ajusto el ritmo de la mano: más lento, más deliberado. Quiero que esto dure.

—¿Tienes miedo? —pregunta Valeria.

—Un poco.

—Bien —dice, y no explica por qué. No necesita explicarlo.

***

Me arrodillo frente a ella. Siempre llega este momento y siempre me toma por sorpresa aunque lo haya vivido docenas de veces: la camisola desaparece y hay un cuerpo entero delante de mí. Un cuerpo femenino en todo lo que reconozco como tal: las curvas largas, la piel morena que capta la luz de manera diferente en cada ángulo, los pezones oscuros que se endurecen al primer contacto del aire. Y también, sin que haya contradicción posible, un pene. El de Valeria. Que forma parte de ella exactamente de la misma manera que el resto, sin matices, sin reservas.

La primera vez que apareció en la fantasía no supe bien qué hacer con eso. Ahora lo sé perfectamente.

La tomo con la mano. El peso, la temperatura, el latido leve que hay debajo de la piel. Ella suelta una exhalación pequeña, casi imperceptible, y ese único sonido es suficiente para que mi mano en la cama real apriete más fuerte.

Abro la boca y me acerco. El primer contacto es suave, solo labios cerrados reconociendo la temperatura de ella. Luego abro del todo. La succión empieza despacio, la lengua explorando la forma, el sabor salado y limpio. La siento endurecerse del todo entre mi lengua y el paladar, y eso genera algo directo en el pecho, una satisfacción que no tiene nombre exacto pero que reconozco cada vez.

Su mano descansa en mi cabeza. No empuja. Solo apoya el peso. La diferencia entre esas dos cosas lo cambia absolutamente todo.

—Así —murmura.

Sigo. El ritmo se vuelve más firme, más seguro. Encuentro el punto justo bajo el glande que la hace tensarse, y me quedo ahí un momento, girando la lengua en círculos lentos, hasta que escucho que suelta algo parecido a rendirse. Bajo más, aguanto, subo. Repito. Ella hunde los dedos un poco más en mi pelo.

***

En la cama, en la realidad, llevo un rato con los ojos cerrados y la mandíbula relajada, respirando por la nariz. El hombro derecho trabaja. La fantasía tiene ahora esa densidad de algo que casi se puede tocar, casi se puede oler.

Valeria me dice que suba. Me tumba a su lado en la cama y se recoloca sin prisa, y antes de que yo entienda completamente lo que está proponiendo ya lo estoy entendiendo con el cuerpo: se pone al revés respecto a mí, cabeza con pies, y de repente su cara queda a la altura de mi cadera y la mía a la altura de la suya.

Un 69. Nunca lo he hecho así, de ninguna manera, con nadie. Pero en la fantasía parece lo más natural del mundo.

Empezamos sin hablar.

Yo vuelvo a cogerla con la boca, esta vez desde otro ángulo, con las manos libres para agarrar sus caderas. Ella me rodea a mí con sus labios y comienza a moverse con una cadencia deliberada, de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo. La presión de su boca en torno a mí hace que tenga que concentrarme el doble para no dejar de hacer lo que estoy haciendo yo.

Hay algo de concentración pura en este intercambio: mantener el propio ritmo mientras el otro interfiere con él de la mejor manera posible. Valeria gime contra mí y las vibraciones viajan directo a mi columna. Yo hago lo mismo contra ella sin proponérmelo. Nos apretamos un poco más, un poco más profundo, compitiendo en algo que ninguno de los dos quiere ganar demasiado pronto.

Lleva la lengua a esa zona sensible del frenillo que hace que me arquee sin poder evitarlo. Me toma más profundamente y aguanta, y yo respondo haciendo lo mismo: bajando hasta donde me cabe, con la garganta trabajando alrededor de ella, hasta que los dos tenemos que respirar al mismo tiempo y paramos un segundo y volvemos a empezar.

Mis manos recorren sus muslos, sus caderas, esa curva que no me canso de trazar con los dedos. Succiono suavemente las bolas, dejo que el peso descanse en mi lengua un momento, vuelvo al tronco. Ella replica cada movimiento en mí con variaciones propias, como si estuviéramos improvisando sobre una misma melodía y cada uno añadiera algo.

***

La mano en la realidad lleva un rato acelerada. Tengo el cuello tenso y la respiración entrecortada, y el pulso me late fuerte en la sien. Me permito parar un momento. Suelto. Respiro. Vuelvo más despacio.

Valeria se separa. Se recoloca encima de mí, de cara, con las rodillas a los lados de mis caderas. Apoya las manos en mi pecho y me mira desde arriba con esa expresión que tiene de saber exactamente cuánto me cuesta todo esto.

—¿Seguro? —pregunta.

—Sí.

No añade nada más.

Cuando entra en mí, en la fantasía, la sensación no tiene equivalente real, pero el cuerpo lo interpreta de todas formas: una presión que empieza despacio y después deja de ser despacio, una llenura que obliga a los pulmones a hacer un esfuerzo diferente. Me clavo en las sábanas imaginarias con ambas manos. Ella empieza a moverse.

Sus caderas marcan un ritmo que va cambiando sin avisar. A veces lento, casi cruel, dejándome en ese borde donde uno ya no puede más pero tampoco llega. A veces directo y profundo, sin margen para pensar. Me agarra de la cadera con una mano para controlar el ángulo y yo me dejo, porque para eso está ella en esta fantasía que me he construido exactamente como la quiero.

Se inclina hacia mí en un momento. La cara cerca de la mía, el pelo cayéndole a un lado. El calor de su aliento.

—¿Qué más quieres? —pregunta al oído.

No lo sé. Todo. Más de esto. Que no se acabe.

El cuerpo responde por mí: me arqueo, la abrazo, la acerco más. Ella entiende y empuja con más fuerza y yo suelto un sonido que no había planeado soltar.

***

El orgasmo en la realidad llega antes de que yo lo quiera, como siempre. La tensión se concentra en un punto y después se expande hacia fuera en una ola que no dura mucho pero que es intensa y completa. Me mancho la mano, el vientre, un poco el pecho.

Me quedo quieto.

La habitación vuelve a ser habitación. El techo, el calor pegado a las paredes, el ruido del agua en algún piso de arriba. Valeria se disuelve despacio en la oscuridad, la imagen cediendo ante el hecho concreto del silencio y la almohada y el olor de mi propia habitación.

Respiro por la nariz. Despacio.

Me limpio con la camiseta que tengo en el suelo, que para eso está ahí.

***

Lo que siento después de esto no es exactamente alivio. Tampoco es exactamente culpa. Es algo más parecido a una pregunta que llevo meses sin saber formular del todo: si Valeria supiera que existe esta fantasía, ¿qué diría? Y si yo mismo me permitiera salir de ella, de la fantasía y entrar en la posibilidad real, ¿qué haría entonces?

No tengo respuesta esta noche.

Pero mañana hay que tirar la basura, y el ascensor es pequeño, y a lo mejor coincidimos otra vez. A lo mejor ella lleva ese vestido o a lo mejor lleva otra cosa, y yo me quedo tres segundos de más en el umbral como la primera vez, y en algún momento del día siguiente, cuando estén apagadas las luces y el edificio esté en silencio, voy a cerrar los ojos.

Y ella va a estar ahí.

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Comentarios (7)

Romi_84

tremendo!!! no me lo esperaba para nada

FelipeGdl

segunda parte por favor, quede con ganas de mas

Pato_BsAs

me hizo acordar a una fantasia de las mias que nunca conte jajaja. Muy bueno el relato

MarcosTP

como sabes lo que le pasa por la cabeza a uno? jaja muy identificado con esto

Valentina_mx

Increible como lo describiste, se siente muy real. Sigue asi!

SombraK

cortito pero intenso, queremos mas!!

leetodo

Que bien escrito, se nota que esto lo sientes de verdad. Felicitaciones

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