La criatura de la noche que eligió poseerme
Sebastián tenía la costumbre de encerrarse en la biblioteca cuando el resto de la mansión dormía. No era exactamente insomnio lo que lo traía hasta allí cada noche, sino algo más difícil de nombrar: una necesidad de quietud que las habitaciones bien iluminadas no podían darle. Le gustaba el olor a cuero viejo de los sillones, el chisporroteo ocasional de las brasas en la chimenea apagándose, la sensación de estar completamente a solas con sus pensamientos y con los miles de libros que nadie había tocado en décadas.
La mansión Aldervane llevaba tres siglos en pie, y él llevaba tres semanas viviendo en ella, contratado para catalogar la colección. Nadie le había dicho que la casa tuviese historia. Nadie le había advertido de nada.
Lo que no sabía es que él no estaba solo.
***
Isolde había habitado esas paredes mucho antes de que las construyeran. Era lo único inmortal que quedaba de un linaje que se había extinguido lentamente, por descuido y por hastío. Su presencia no hacía ruido alguno, pero el aire cambiaba cuando estaba cerca: se volvía más espeso, más frío, cargado de un hambre antigua que los vivos confundían con presagio.
Esa noche lo observaba desde el vano de la puerta, apoyada en el marco con una indiferencia que había aprendido a perfeccionar a lo largo de los siglos. Desde allí podía verlo perfectamente: Sebastián estaba sentado en el sillón de cuero, la camisa entreabierta sobre el pecho, el libro que había estado leyendo cerrado sobre la mesita a su lado. Tenía los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, con una expresión que en un humano común se habría llamado paz, pero que en él tenía una calidad más concentrada, más interior.
Entonces él deslizó la mano hacia abajo.
Isolde no se movió. Había visto morir a cientos de hombres y a unos pocos vivir con auténtica intensidad. Pero esto era diferente. Había algo en la manera en que Sebastián lo hacía —sin prisa, sin vergüenza, con los ojos todavía cerrados y la mandíbula ligeramente tensa— que le resultaba fascinante de un modo que no era estrictamente hambre.
Lo observó con una atención que ella misma no se había reconocido en siglos: la manera en que sus labios se entreabrían, cómo su pecho subía y bajaba cada vez más deprisa, cómo su mano aceleraba el ritmo sin que ningún músculo de su cara perdiera esa expresión de entrega absoluta. Y cuando él dejó escapar un sonido bajo, íntimo, casi indefenso, Isolde sintió que algo se movía en su vientre.
Hacía siglos que no sentía eso. Siglos en que su cuerpo era solo frío y necesidad de sangre.
Esto era distinto. Era necesidad de otra clase.
Se había acostumbrado a tomar decisiones rápidas con sus presas: clavar los colmillos, consumir, olvidar. Pero este hombre, con esa entrega tan descuidada y tan suya, le había robado la resolución. Ya no quería su cuello. Quería saber qué sonido haría si era ella quien lo tocaba. Quería ver si jadeaba igual o si lo hacía con más fuerza. Había pasado siglos sin preguntarse nada de nadie. La curiosidad misma la desconcertaba.
***
Sebastián abrió los ojos despacio, todavía en ese estado intermedio entre el placer y la calma que viene después. No se limpió enseguida. Se quedó mirando el techo oscuro, dejando que la respiración volviera a la normalidad, los dedos todavía húmedos sobre el muslo.
Fue entonces cuando sintió el frío.
No el frío de la noche que se colaba por las rendijas de la ventana. Este era distinto, más preciso. Se deslizaba por su nuca como un dedo invisible, deliberado.
Se puso tenso de golpe.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió. Pero el aire se movió.
Isolde salió de las sombras sin hacer ruido, con los pies descalzos sobre el parqué frío, un vestido negro ceñido a su figura que caía hasta los tobillos. Sus ojos brillaban con esa luz particular que no venía de ninguna fuente que él pudiera identificar.
Sebastián no huyó. No gritó. Se quedó mirándola con una mezcla de incredulidad y algo que, para su propia sorpresa, no era exactamente miedo.
—No deberías estar aquí —dijo ella.
—Tampoco deberías estar tú —respondió él, sin apartar la vista.
Ella inclinó la cabeza, estudiándolo. Esperaba pánico. Esperaba súplica. Era lo que siempre obtenía. Pero este hombre la miraba como si estuviera calculando algo, como si la ecuación que tenía delante no fuese exactamente amenazadora sino simplemente nueva.
—Podría matarte —dijo ella. No como una amenaza. Como una constatación.
—Podrías —concedió él—. Pero no lo harás.
—¿Por qué no?
—Porque llevas ahí parada desde antes de que terminara. Y sigues aquí.
Isolde apretó la mandíbula. Era verdad, y eso la irritaba de una forma que no reconocía como irritación sino como algo más cercano a la vulnerabilidad.
—Eres arrogante para ser un simple mortal.
—Soy observador —la corrigió él—. Hay diferencia.
—La curiosidad mata.
—El aburrimiento también.
***
Ella se acercó despacio, midiendo cada paso, hasta que estuvo lo bastante cerca para olerlo. Sudor, papel viejo, algo más íntimo que no quería nombrar. Sus colmillos pulsaron. Pero lo que latía con más fuerza no estaba en su mandíbula.
—Tu sangre huele diferente —dijo.
—¿Mejor?
—Más peligrosa.
Sebastián sonrió. No con burla, sino con algo que se parecía demasiado a la confianza.
—¿Cuánto tiempo llevas en esta casa? —preguntó.
—Demasiado para que te importe.
—Me importa. —Hizo una pausa breve—. Tócame.
Isolde lo miró fijamente.
—No.
—Tienes ganas. Lo veo en cómo te acercaste. No tienes hambre de sangre ahora mismo. Tienes hambre de otra cosa.
—No sabes lo que dices.
—Sé que llevas siglos sola. —Dio un paso hacia ella, despacio, sin ninguna brusquedad—. Sé que me miraste con una atención que no era solo depredadora. Y sé que si no hubieras querido que te viera, no habrías salido de las sombras.
Isolde extendió la mano y le rodeó el cuello. No con la fuerza suficiente para dañarlo, pero sí para que él sintiera la frialdad de sus dedos y supiera exactamente de qué era capaz.
—Un movimiento más y te abro la garganta.
—Entonces no me toques el cuello —dijo él con voz tranquila—. Tócame aquí.
Y tomó su mano libre y la guió.
Isolde se quedó inmóvil.
Nunca la habían usado así. Nunca había sido ella quien ocupaba ese lugar de incertidumbre, de no saber exactamente qué hacer con los propios impulsos. La sensación le resultaba completamente desorientadora y, precisamente por eso, irresistible.
Un calor lento subió desde su vientre. Sus pezones se endurecieron bajo la tela del vestido. Algo que creía definitivamente extinto en ella palpitó con una insistencia que no podía ignorar.
Entonces lo tocó.
Primero con los dedos, cautelosa, como si tanteara algo que pudiera quemarla. Luego con más decisión. Él hizo un sonido bajo y ella lo sintió como una corriente que le recorría el brazo entero. Empezó a mover la mano imitando lo que había visto desde las sombras, y luego encontró su propio ritmo, más lento, más deliberado.
—Más fuerte —dijo él entre jadeos.
Ella obedeció.
—Así. Sin detenerte.
La verga de Sebastián palpitaba entre sus dedos, caliente, completamente viva. Isolde pensó que era lo más vivo que había tocado en mucho tiempo, y ese pensamiento la sacudió más de lo que esperaba. En ese instante tomó una decisión que no era racional. Fue instinto, pero distinto al instinto de la sangre.
—Eres mío esta noche —dijo con los dientes apretados.
—Esta noche y las que quieras —respondió él, jadeando.
Se arrodilló entre sus piernas sin que él tuviese que pedírselo.
***
Sus colmillos salieron solos, por reflejo, cuando tomó la verga de Sebastián en la boca. No de hambre, sino de excitación. Él contuvo el aliento un instante al sentir el contraste entre el frío de sus labios y el calor de su lengua, y luego dejó escapar un sonido que llenó la biblioteca de una manera que los libros nunca habían logrado.
Le enredó los dedos en el pelo con cuidado, sin empujar, sin dirigir. Solo sosteniéndola.
—Así —dijo—. No pares.
Isolde lo hizo sin técnica aprendida pero con una urgencia que lo compensaba todo. Chupaba con hambre, sin artificio, como si quisiera arrancarle algo que no era físico. Cuando él llegó al límite y se corrió, ella no se apartó. Se lo tragó y se quedó quieta un momento, procesando el calor en su garganta, la densidad de algo completamente vivo dentro de ella. Por un instante se sintió llena de algo que no era sangre. Era otra clase de conexión, más cálida y mucho más peligrosa.
Se levantó sin mirarlo.
—Vístete —dijo.
—Isolde.
Ella se giró.
Sebastián se había puesto de pie. La miraba con los ojos todavía oscuros por el deseo, la camisa abierta, completamente sin vergüenza.
—Mi turno —dijo.
***
Lo que ocurrió después no siguió ningún orden que ella hubiera podido anticipar. Él la empujó suavemente hacia la estantería y ella lo dejó, porque podría haberlo lanzado al otro extremo de la habitación y eligió no hacerlo.
Le bajó el tirante del vestido con una lentitud deliberada, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Sus manos eran cálidas hasta resultar casi dolorosas contra su piel. Isolde cerró los ojos y apretó los dientes para no hacer ningún sonido que lo animara demasiado, pero la batalla la perdió a mitad de camino.
Él recorrió su cuello con los labios, luego bajó. Ella lo agarró del pelo y tiró hacia arriba. Él la miró desde abajo con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—¿Sigues queriendo matarme? —preguntó.
—Más que nunca —respondió ella.
Cuando él la penetró fue lento al principio, midiendo su reacción, observándola con esa atención que la había desconcertado desde el principio. Luego encontró un ritmo constante. Ella arqueó la espalda contra la estantería. Los libros a su alrededor permanecían ajenos, mudos testigos de algo que no debería estar ocurriendo en una mansión que se suponía vacía.
—¿Cuánto tiempo llevas sin sentir esto? —preguntó él entre jadeos.
Ella no respondió. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla en voz alta habría hecho demasiado real lo que estaba pasando.
Cuando llegó al clímax, los colmillos encontraron la curva entre su cuello y su hombro de forma inevitable, instintiva. La sangre llegó a su lengua exactamente en el momento en que él se vaciaba dentro de ella, caliente y denso. El sabor era diferente a todo lo que había probado. No era solo la sangre. Era el calor que la rodeaba, las manos que la sostenían, la voz que pronunciaba su nombre con un jadeo que sonaba a rendición.
Sebastián hizo un sonido de dolor mezclado con algo que no era exactamente placer pero se le parecía mucho. Y luego, increíblemente, se rio.
Isolde se separó de él, se arregló el vestido con manos que no terminaban de obedecerla, y lo miró por última vez.
—Duerme —dijo.
—Mañana por la noche...
—Duerme.
Y se disolvió entre las sombras antes de que él pudiera terminar la frase.
***
Y justo ahí me vine.
Los dedos todavía húmedos, la pantalla del teléfono brillando en la oscuridad de mi cuarto, la respiración todavía entrecortada y el pecho acelerado.
Carajo. Qué cabeza tan fantasiosa la mía.