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Relatos Ardientes

Confesión: estaba obsesionada con el padre de mi amiga

Llevaba dos meses inventando excusas para no ir a casa de Valentina. Exámenes pendientes, dolores de cabeza convenientes, compromisos que no existían. Cualquier mentira servía con tal de no tener que cruzar esa puerta y verme frente a él.

No era orgullo. Era puro miedo disfrazado de vergüenza.

El señor Herrera me había visto salir corriendo el día de la cena doble como si el apartamento se hubiera incendiado. Desde esa noche, cada vez que Valentina mencionaba a su padre en cualquier conversación, algo en mi pecho se encogía como papel mojado. No podía explicarlo con palabras. Solo sabía que lo extrañaba con una intensidad que no sabía cómo clasificar.

No era lo que sentía por un actor de pantalla ni por algún chico de la facultad. Era algo más pesado. Algo más vergonzoso. Algo que se instaló en mí sin pedirme permiso y se negaba a irse.

El miércoles de la semana de mi último parcial, Valentina me esperó a la salida del entrenamiento con esa expresión suya que significaba que no iba a aceptar ningún no como respuesta.

—Hoy te vienes a casa —dijo, y tomó mi bolso sin pedirme permiso.

—Val, estoy sudada y huelo horrible, en serio…

—No me importa. Vamos.

La seguí porque era más fácil que discutir. Y porque en algún rincón cobarde de mi cabeza, una parte de mí quería ir.

Cuando vi la camioneta gris estacionada junto al portón del club, mis pies se clavaron en el asfalto. Reconocí ese vehículo con los ojos cerrados: olía a perfume de hombre adulto mezclado con algo limpio que no sabía describir. El mismo que años atrás me había llevado a casa tantas veces sin que yo lo mereciera, el mismo en el que nos habíamos reído hasta llorar en más de una salida.

—No —dije—. Valentina, por favor. No me hagas esto.

—Sube.

—Te lo suplico. Otro día, te juro que otro día…

Me tomó de la muñeca con una firmeza que no le conocía y me llevó hasta la puerta trasera. La abrió. Me miró. No tuve palabras. Subí.

El señor Herrera nos saludó sin girarse del todo, apenas un gesto breve con la cabeza mientras arrancaba el motor. Serio. Silencioso. Como si yo no fuera nadie en particular, o como si fuera demasiado para ignorarlo del todo. Seis meses atrás ese mismo hombre me habría preguntado cómo me había ido el día, me habría buscado en el espejo retrovisor con esa sonrisa suya.

No dije nada durante el trayecto. Valentina habló por las tres, como siempre. Yo miraba la calle por la ventanilla y sentía el calor en las mejillas a pesar de que el aire acondicionado estuviera al máximo. Me pregunté si él también lo notaba. Decidí que probablemente no le importaba.

***

En casa, nos duchamos por turnos mientras él preparaba la comida. El olor a cebolla sofrita y especias llegaba hasta el pasillo del segundo piso, igual que siempre, igual que antes de que yo lo arruinara todo.

Fue en el baño donde pasó algo que llevaba meses sin procesar del todo.

Valentina esperaba su turno sentada en el borde de la bañera mientras yo me cambiaba de camiseta. No habíamos vuelto a estar así de cerca desde aquella tarde en que algo entre nosotras había estado a punto de romper el equilibrio de todo. Nunca lo hablamos. Lo dejamos sepultado bajo la costumbre de vernos todos los días sin nombrarlo, sin rozarlo siquiera.

Se levantó despacio. Se acercó más de lo necesario.

No me moví. Tampoco dije nada.

Alzó una mano hacia mi rostro con una suavidad que me cortó la respiración. Sus dedos se detuvieron a centímetros de mi mejilla. Pude oler el desodorante que usaba, el mismo de siempre, y el sudor de dos horas de entrenamiento que aún no nos habíamos quitado del todo.

Dile que no. Ahora mismo, díselo.

Pero lo único que vino a mi cabeza fue su padre ahí abajo, revolviendo una olla sin saber que en el baño de arriba su hija y yo estábamos así de juntas, respirando el mismo aire, a punto de hacer algo que no tendría marcha atrás.

Aparté la cara.

Le rodeé los hombros con los brazos y la abracé fuerte, con la frente apoyada en su cuello. Ella tardó un segundo. Luego me devolvió el abrazo sin hacer preguntas, sin decir nada, con sus manos recorriéndome la espalda despacio. Así terminó el momento. No lo nombramos. No lo volvimos a nombrar jamás.

***

Dos semanas después aprobé mis últimos exámenes con notas que no merecía sola. Valentina me había arrastrado a estudiar, me había obligado a comer cuando no tenía ganas, me había devuelto a la vida de a poco, con una paciencia que yo no habría tenido por nadie.

Cuando el señor Herrera nos invitó a cenar para celebrarlo, acepté antes de que mi instinto de autoprotección pudiera intervenir.

Esa tarde fuimos juntas a buscar algo que ponerme. Yo no tenía ropa para ese tipo de lugar. Nunca la había necesitado.

Entramos a una tienda del centro que olía a tela cara y a perfume de vitrina. Valentina se movía entre las perchas con una soltura que yo admiraba y envidiaba a partes iguales. Yo la seguía pegada a su espalda, mirando los precios de reojo y sintiéndome completamente fuera de lugar, como siempre que me adentraba en su mundo.

Fue ella quien encontró el vestido, metido en un rincón como si alguien lo hubiera escondido a propósito. Negro, ajustado en el torso, con una falda que llegaba a la mitad del muslo y un encaje fino cubriéndole los hombros y los brazos. No era algo que yo me hubiese atrevido a señalar por mi cuenta.

—Pruébatelo —dijo Valentina, y no fue una sugerencia.

—No puedo pagarlo…

—Papá dijo que nos consentiéramos. Sus palabras exactas: «cómprenles algo bonito y asegúrate de que la Martina no se haga la tímida».

Me quedé mirándola sin saber qué decir.

—Esta cena es en tu honor, tontita.

Tragué saliva. Tomé el vestido y entré al probador.

Frente al espejo, necesité unos segundos para reconocerme. El encaje en los hombros, la tela ajustada al cuerpo, la falda moviéndose cuando giraba. Nunca me había visto así. Pensé que quizás él me miraría diferente. Me odie un poco por haberlo pensado. Parpadeé rápido para que no se me notara nada cuando saliera.

La reacción de Valentina desde el otro lado de la puerta terminó de convencerme.

***

La noche de la cena llegó más rápido de lo que quería.

El señor Herrera nos esperaba en el salón cuando bajamos las escaleras. Valentina había insistido en que él no nos viera antes de tiempo, tapándole los ojos con las manos cada vez que nos cruzábamos por la casa durante las últimas horas. Lo obligaba a caminar a ciegas entre las habitaciones mientras ella reía y él protestaba con esa voz grave y divertida que yo había extrañado sin querer.

Cuando bajé el último escalón y levanté la vista, él me estaba mirando.

Me detuve.

Llevaba una camisa oscura y un saco que encajaba perfectamente en sus hombros. El pelo peinado hacia atrás, la mandíbula recién afeitada. Cuarenta y tantos años llevados con una calma que a mí me resultaba completamente injusta. Me sostuve del pasamano con más fuerza de la necesaria.

No lo mires así, Martina. Por favor, no lo mires así.

No pude evitarlo.

Llegamos al restaurante en taxi. Era el tipo de lugar en que nunca había estado: mantelería blanca, música en vivo al fondo del salón, una vista desde la ventana que parecía diseñada para impresionar. Pedimos sin entender la mitad de la carta. Brindamos con champán rosado que Valentina mantuvo bajo la mesa para que lo compartiéramos a escondidas, oculto de los ojos de los demás comensales, como si fuéramos tres conspiradores.

El señor Herrera habló esa noche. Habló de verdad, como hacía antes: consejos sin pedirlos, preguntas que demostraban que había estado prestando atención, esa manera suya de escuchar que te hacía sentir que lo que decías importaba. Algo se fue aflojando en mi pecho durante la cena. Una tensión que llevaba meses ahí, guardada como un nudo que yo misma había apretado.

Hacia el final de la noche, cuando llegaron los postres, me regaló una de esas sonrisas suyas que guardaba para pocas ocasiones. La que le arrugaba levemente los ojos.

Me pregunté si Carmen también la vería así.

No sé de dónde me salió ese pensamiento. No debí haberlo tenido.

***

Caminamos por el paseo costero después de la cena. El frío era soportable con el movimiento y con el champán todavía circulando por la sangre. Valentina iba a su derecha, yo a su izquierda. Hablamos de cosas sin importancia y de cosas que sí importaban, y por primera vez en meses me sentí parte de algo.

En un momento, él nos tomó a las dos de la mano.

No lo pensé. No lo analicé. Solo lo sentí: su mano grande cerrándose sobre la mía, la calidez de esa palma, el peso de ese gesto tan sencillo. Cerré los ojos dos segundos mientras caminábamos. Me dejé llevar por el ruido del mar y del viento, por la sensación de que por un momento todo estaba bien y todo era posible.

Deseé que ese tramo de costero nunca terminara.

***

En el taxi de vuelta, Valentina se sentó en el medio.

Íbamos casi en silencio cuando ella soltó, con esa ligereza suya que nunca calculaba las consecuencias:

—¿Estás listo para tu cita de esta noche, papá?

El señor Herrera no respondió.

—Papá tiene cita —me informó Valentina, girándose hacia mí con los ojos brillantes—. Después de doce años como el soltero más desperdiciado del barrio, alguien finalmente lo convenció.

Sonreí. O intenté sonreír. No sé bien qué cara puse exactamente.

—¿Cómo se llama? —insistió Valentina.

Silencio.

—Papá…

—Carmen —dijo él, seco, sin despegar la vista de la calle.

Valentina se volvió hacia mí con cara de complicidad. Yo asentí. Seguí mirando por la ventanilla.

Carmen.

No la conocía. No sabía nada de ella. Pero en ese momento la odié con una precisión que me asustó.

Me pregunté qué tendría esa mujer que yo no. La edad, lo más evidente. La experiencia. Una historia que no era la de la amiga joven de su hija, la cría que llegaba a su casa a estudiar y se quedaba a cenar y él trataba con esa mezcla de paciencia y afecto que me había confundido desde el principio.

Me pegué todo lo que pude a la puerta del taxi. Las luces de la calle pasaban por el cristal y yo las conté una a una para no tener que pensar. Para no imaginar nada.

***

Cuando el taxi se detuvo frente a mi edificio, me despedí con la voz que me quedaba.

—Gracias por la cena —le dije al señor Herrera—. De verdad.

Me miró un momento. Luego me regaló esa sonrisa.

—No será la última —dijo.

Asentí. Bajé. Valentina me gritó algo desde la ventanilla pero yo ya estaba en la acera y no giré la cabeza.

Subí al apartamento, entré a mi cuarto, me senté en el borde de la cama con el vestido negro todavía puesto. El encaje del hombro me rozaba el cuello. El apartamento estaba en silencio total.

Me quedé ahí un rato largo, sin moverme, sin llorar todavía.

Luego sí lloré. Despacio, sin hacer ruido, con la cara enterrada en la almohada. Lloré por Carmen, por los cuarenta y tantos años del señor Herrera, por su mano cerrándose sobre la mía en el paseo, por ese nombre dicho con esa voz plana y definitiva en el taxi. Lloré también por el vestido, que me había puesto pensando en él sin reconocerlo del todo hasta ese momento.

Lloré porque durante unas horas esa noche me había permitido creer en algo que sabía perfectamente que no era real.

Y lloré porque volvería a creerlo. Eso era lo peor de todo. Que al día siguiente respondería los mensajes de Valentina. Que tarde o temprano estaría otra vez en esa casa. Que él estaría ahí, y yo lo miraría exactamente igual que lo había mirado toda la noche, con esa mezcla de deseo y vergüenza que no sabía cómo desenchufar.

Sin poder evitarlo. Sin querer evitarlo.

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Comentarios (7)

Carmen_Baires

Dios mio, me quede pegada hasta el final. No podia parar!!!

Nico_Baires

Por favor continuacion, quede con mil preguntas sin respuesta jaja. Que nervios todo

LuciaRosario

Ese tipo de tension silenciosa que describis es la mas dificil de aguantar. Me identifique bastante con la narradora, muy bien contado

atrevidoyloco

buenisima!! la categoria confesiones tiene cada joya... sigue subiendo mas

SilvinaOk

Me encanto como lo narraste, sin rodeos pero sin pasarte. Ese equilibrio no es facil de lograr

Mati_lect

jajaja la parte de la camioneta me mato, que situacion tan incomoda y emocionante al mismo tiempo xD

ElViajante90

Y como quedo la relacion con Valentina despues de todo? eso me genera mucha intriga, la amistad en estas situaciones es complicada

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