La tarde que soñé con perder el control
Empecé a explorar ese territorio casi sin querer. Estaba en un foro buscando algo completamente distinto cuando la palabra apareció en un comentario y me detuve. La copié, la pegué en el buscador. Encontré un artículo. Luego otro. Luego un relato que hizo que el cuarto se volviera un poco más caliente. Luego otro relato más.
Cuando me di cuenta llevaba casi dos horas frente a la pantalla con el corazón acelerado y las mejillas encendidas, intentando entender por qué esas cosas que leía me afectaban de esa manera. No era curiosidad abstracta. Era algo físico, concreto, una sensación que me recorría la espalda cada vez que encontraba ciertas palabras.
BDSM. Dominación. Sumisión. Términos que hasta ese día me habían parecido ajenos, casi clínicos, y que de repente tenían un peso completamente diferente.
Estuve mucho tiempo mirando la pantalla después de cerrar el último artículo. Me pregunté si era normal sentir eso. Me pregunté si todo el mundo sentía algo parecido al principio. No encontré respuesta. Solo noté que algo se había abierto adentro mío que no iba a poder cerrar fácilmente, y que eso, lejos de asustarme, me generaba una especie de vértigo que no era del todo desagradable.
Esa noche tardé mucho en dormirme. Pensé en todo lo que había leído mientras miraba el techo. Pensé en las palabras que seguían repitiéndose en mi cabeza como un eco. Pensé en la persona con la que mi cerebro había decidido poblar esas fantasías sin consultarme. Y eso, sí, eso me sorprendió.
***
La tarde siguiente tenía que estudiar con Nicolás para el parcial de sociología. Lo conocía desde el segundo año de la facultad: tranquilo, concentrado, de los que no necesitan hacer ruido para que uno note su presencia en el cuarto. Nos habíamos acostumbrado a preparar los exámenes juntos porque él manejaba bien la teoría y yo me acordaba de los ejemplos concretos, y juntos, generalmente, nos iba bien.
Fui a su departamento a las cuatro de la tarde. Vivía solo, en un edificio de paredes gruesas que atrapaban el frío de junio. Él abrió la puerta en remera y descalzo, con el pelo apenas húmedo, y me hizo una señal para que pasara sin muchos preámbulos. Había dos tazas de café sobre la mesa baja y los apuntes ya abiertos sobre el sillón.
Nos sentamos. Desde la ventana llegaba algo de ruido de la calle, pero amortiguado, de fondo. La televisión estaba apagada. Solo estábamos nosotros y los textos de Bourdieu.
Yo no podía concentrarme.
No era la primera vez que me pasaba algo parecido cerca de él. Había algo entre nosotros, esa tensión suave que no tiene nombre pero que cualquiera reconoce, que existía desde hacía meses sin que ninguno de los dos la nombrara. Era como estática. Pero ese día era diferente. Esa noche había leído cosas. Había imaginado cosas que todavía me zumbaban en la cabeza. Y la teoría sociológica era lo último en lo que podía enfocarme.
A la hora de estudio cerramos los cuadernos casi al mismo tiempo.
—Para el parcial es suficiente —dijo él.
Propuso poner algo en la televisión. Yo dije que sí. Él eligió una película que ninguno de los dos estaba mirando realmente.
***
Fue entonces cuando sentí su mano en mi rodilla.
Al principio podría haber pasado por algo casual, si no fuera porque se quedó ahí el tiempo suficiente para que los dos supiéramos que no lo era. Después empezó a subir, despacio, sin urgencia, con una deliberación lenta que me cortó la respiración desde el primer movimiento.
No lo detuve.
Su mano dibujaba círculos pequeños sobre la tela de mis jeans, acercándose y alejándose de mi entrepierna sin llegar del todo. Era una pregunta sin palabras, y yo la estaba respondiendo con mi silencio, con el hecho de que no me había movido ni un centímetro.
De repente paró.
Me tomó del mentón con una mano y me giró hacia él. Lo miré. Él me miró. Había algo distinto en su cara, una calma que no encajaba con la persona que me había explicado a Giddens media hora antes.
—Si quieres que continúe —dijo, con una voz que no le había escuchado usar antes, más baja y más lenta—, necesito que me lo pidas.
Se me fue el aire del todo.
Nadie me había dicho algo así. Había tenido besos torpes y manos que asumían cosas sin preguntar, pero nadie me había pedido permiso de esa manera, con esa calma de alguien que no tiene apuro porque sabe exactamente lo que hace.
—Por favor —dije, y la palabra me sonó pequeña en mi propia boca—. Quiero que sigas.
***
Me tomó de la cintura con una firmeza que no esperaba y me acomodó sobre él como si mi cuerpo fuera algo que le perteneciera desde siempre. No con violencia, pero sí con una certeza total, como si hubiera decidido de antemano adónde iba a ir cada parte de mí y mi único trabajo fuera no resistirme.
No quería resistirme.
Sus manos me recorrieron la espalda, los costados, y en un momento que no supe anticipar tiraron de mi camiseta hacia arriba. Me la quité. Él me desabrochó el corpiño sin apuro y se quedó mirándome un momento. Solo mirando. Esa mirada duró pocos segundos pero fue suficiente para que el calor me subiera desde el pecho hasta las orejas.
Sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que entiende exactamente lo que le está pasando a la otra persona y lo disfruta sin ningún disimulo.
—Al suelo —dijo.
Dos palabras. Sin preámbulo, sin explicación.
Me quedé inmóvil un instante. No por miedo, sino porque algo en esa orden me había tocado en algún lugar que no sabía que existía, un lugar que respondía a ese tono sin pedirme permiso a mí primero.
—Vamos —agregó, con la misma calma de siempre—. De rodillas.
Y lo hice.
Me arrodillé frente a él sobre la alfombra, con las palmas apoyadas sobre los muslos, sin entender del todo lo que estaba ocurriendo dentro de mí pero sin ningún deseo de que parara. Él se inclinó hacia adelante y llevó un pulgar a mis labios, rozándolos despacio.
—Abre.
Abrí.
Introdujo dos dedos en mi boca con una lentitud deliberada. Cerré los labios alrededor de ellos. No necesité instrucciones: algo más antiguo que el razonamiento tomó el control. Los chupé. Él me observó sin decir nada, con esa concentración total que me hacía sentir completamente expuesta y, al mismo tiempo, completamente presente. Los metió un poco más adentro hasta que los sentí rozar la parte posterior de mi garganta, y entonces sí sonrió.
—Bien —dijo.
Una sola palabra. Y la manera en que me afectó no tenía ninguna explicación razonable.
***
Lo que siguió fue una mezcla de vergüenza y deseo que no supe separar en ningún momento, ni mientras pasaba ni mucho después.
Me indicó con las manos —nunca con brusquedad, siempre con esa misma precisión que atravesaba todo lo que hacía— qué hacer y de qué manera. Lo tomé en mi boca guiándome por la presión de sus dedos en mi pelo, por su respiración que se acortaba poco a poco, por las señales mínimas que fui aprendiendo a leer en tiempo real. Hubo momentos en que me faltó el aire. Hubo momentos en que los ojos se me pusieron húmedos sin que yo estuviera llorando realmente.
¿Era esto? ¿Esta combinación extraña de entrega y concentración absoluta, de sentirme pequeña y al mismo tiempo más presente que nunca en mi propia piel?
Cuando me levantó del suelo y me colocó de espaldas sobre el sillón, yo tenía la boca seca y el cuerpo encendido desde la garganta hasta las rodillas. Se arrodilló detrás de mí y me quitó los jeans despacio. Luego las medias. Sus dedos me recorrieron la cara interna del muslo con una lentitud que era casi cruel, acercándose y alejándose, construyendo una tensión que no sabía que podía sostenerse tanto tiempo antes de romperse.
—Tengo que decirte algo —conseguí decir entre una respiración y la siguiente.
Él paró.
Lo miré por encima del hombro. Él esperó.
—Nunca he hecho esto —dije—. No del todo. Quiero, pero necesito que lo sepas.
Hubo un silencio breve.
—Está bien —dijo—. Seré cuidadoso. Al principio.
La última parte la pronunció casi como una advertencia, y algo en mi interior se apretó de pura anticipación.
***
Al principio fue lento.
Sentí dolor, un dolor agudo y localizado que me hizo aferrar la tela del sillón con los dedos y exhalar despacio por la boca. Él no avanzó hasta que notó que mi cuerpo cedía, que la tensión se iba disolviendo, que yo me acomodaba a él. Había algo meticuloso en esa paciencia que contradecía todo lo demás de esa tarde, toda esa firmeza que no admitía negociación.
Y luego eso desapareció.
Lo que llegó en su lugar no me dio tiempo de pensar. Solo sentir. Su mano en mi cadera marcando el ritmo, la otra en mi espalda presionando hacia abajo. Su voz diciéndome cosas al oído que no voy a repetir pero que me quedaron pegadas a la piel durante días. El clímax llegó como una sacudida, breve y total, que me dejó sin aire durante unos segundos que no supe contar.
Después hubo silencio. Solo el ruido de la televisión de fondo, alguna música instrumental que no reconocí, y la sensación de que mi cuerpo pertenecía a alguien que todavía me sostenía.
***
Cuando abrí los ojos estaba sola.
Sola sobre mi cama, en mi cuarto, con la pantalla del portátil todavía encendida y los apuntes de sociología esparcidos sobre el escritorio. Las piernas me temblaban. La almohada estaba torcida bajo mi cadera.
Nicolás no existía, o existía, pero estaba en su departamento del otro lado de la ciudad, completamente ajeno a todo esto.
Me había ido sola al lugar más oscuro y más honesto que había encontrado hasta ese momento.
Todavía podía sentir sus manos imaginarias en mi piel. Todavía escuchaba esa voz —que no era la voz de nadie real— dándome órdenes que yo obedecía sin titubear un segundo.
Me quedé mirando el techo un rato largo. Las luces de la calle se filtraban por las persianas y hacían rayas oblicuas sobre la pared. Afuera alguien pasó con música desde un auto. Adentro, yo seguía temblando un poco.
Estiré el brazo y abrí el portátil de nuevo.
Había más para leer. Y yo quería leerlo todo.