La tarde que no pude sacarlos de mi mente
Llegué a casa con el cuerpo sudado y la cabeza en otra parte. Había subido las escaleras más rápido de lo normal, como si necesitara poner puertas entre yo y el mundo antes de que se me notara en la cara lo que me estaba pasando por dentro.
El apartamento estaba vacío. Perfecto.
Tiré la bolsa deportiva en el pasillo, me apoyé en la puerta cerrada y dejé que el silencio me envolviera un momento. Afuera, la tarde seguía con su vida: coches, voces, el ruido sordo de la ciudad. Aquí adentro, solo yo, mi polla ya medio dura apretada contra la tela del pantalón corto, y lo que había estado aguantando desde hacía dos horas.
El problema tenía nombre. Bueno, dos nombres.
Adrián llevaba tres temporadas en el equipo de baloncesto universitario. Era de esos que no necesitaban esforzarse para que los demás los miraran: un metro ochenta y algo, cabello castaño que llevaba siempre corto por los lados, una mandíbula cuadrada que parecía diseñada para que te quedaras mirando sin darte cuenta. No era el más hablador del equipo, pero cuando decía algo, la gente lo escuchaba.
Gonzalo era diferente. Moreno, con los ojos casi negros y una forma de moverse que era demasiado lenta para alguien que jugaba tan bien. Como si supiera exactamente lo que hacía en todo momento y no tuviera ninguna prisa en demostrarlo. Tenía las manos grandes, con las venas marcadas en el dorso, y yo llevaba semanas intentando no mirarlas demasiado tiempo seguido, imaginándomelas apretándome el cuello, entrando en mi boca, agarrándome el culo.
Esa tarde, al terminar el partido interno, los dos se habían quedado en el gimnasio estirando mientras el resto nos marchábamos. Sin camiseta. Adrián con las manos en la nuca, los codos hacia atrás, los músculos del pecho tensándose con cada movimiento y una franja de vello oscuro bajando desde el ombligo hasta perderse dentro del pantalón. Gonzalo sentado en el suelo, inclinado hacia adelante, la espalda brillante de sudor y el bulto marcado contra el elástico de los shorts cada vez que se estiraba.
Yo había recogido mis cosas con una velocidad que probablemente resultó sospechosa, la verga hinchándoseme dentro del calzoncillo y una humedad pegajosa manchándome la punta.
El autobús de vuelta duró veinte minutos. Veinte minutos sentado con los auriculares puestos y una canción que no estaba escuchando, con la mochila cruzada sobre el regazo para tapar la erección que no se iba, mientras mi mente construía en silencio todo lo que no había pasado y no iba a pasar. Pero en casa era diferente. En casa podía cerrar los ojos, bajarme los pantalones y dejarlo pasar.
***
Me fui directo al baño. El agua tardó un poco en calentarse. Me desvestí sin mirar al espejo, la polla ya completamente dura señalando hacia arriba, tensa contra el vientre, y entré bajo el chorro en cuanto el vapor empezó a formarse.
El agua caliente cayó sobre la nuca, los hombros, la espalda, resbaló por el pecho y me chorreó por los huevos ya recogidos. Cerré los ojos.
Fue suficiente.
La imagen de Adrián apareció de inmediato, clara y sin esfuerzo. Ya no era el gimnasio. En mi mente estábamos los dos aquí, en este baño pequeño que de alguna manera ya no era pequeño, los dos desnudos, la polla de Adrián colgándole gruesa entre las piernas, todavía blanda pero prometiendo. El vapor nos rodeaba. El agua caía sobre los dos.
Me agarré la verga con la mano derecha y empecé a acariciarme despacio, subiendo y bajando el prepucio sobre el glande hinchado, siguiendo el ritmo natural de la fantasía.
—Llevas semanas mirándome la polla —me decía Adrián con la voz más grave que en la vida real, cerca de mi oído—. Pensé que no lo ibas a reconocer nunca. Ponte de rodillas.
Y yo me arrodillaba. En la fantasía, el suelo de la ducha era tibio bajo mis rodillas, el chorro de agua me pegaba en la espalda, y él se agarraba la verga con una mano y me la ponía delante de la cara. Gruesa, oscura, latiéndole en el puño. Le sacaba una gota de líquido claro del agujerito, y me pasaba la punta por los labios cerrados hasta que yo abría la boca.
—Chúpala —me ordenaba—. Toda.
Gonzalo aparecía detrás. Callado al principio, como siempre. Se metía en la ducha sin hacer ruido, se ponía a mi espalda, me pasaba las manos por los hombros firmes y pacientes. Sin prisa. Notaba su polla dura contra la parte baja de mi espalda, dejándome un rastro de humedad en la piel mojada.
Me apoyé en la pared de azulejos con la mano libre. El frío del material contra la palma abierta contrastaba con el calor del agua y el calor todavía mayor de mi propia verga bombeándose sola en el puño cerrado.
En la fantasía, tenía la boca llena de Adrián. Le chupaba despacio al principio, con la lengua plana bajo el glande, aprendiéndole la forma, la vena gruesa que le recorría la parte de abajo, el sabor a jabón y a piel limpia. Él me agarraba de la nuca con las dos manos y empezaba a marcarme el ritmo, entrando y saliendo, cada empujón un poco más hondo, hasta que la punta me golpeaba en la garganta y yo tenía que respirar por la nariz.
—Así, muy bien —jadeaba él—. Toda entera. Traga.
Detrás, Gonzalo empezaba a bajar las manos por mis costados. Lentamente, con esa calma que lo caracterizaba. Sin saltarse nada. Las costillas, la cintura, la cadera. Y entonces se detenía ahí, sujetándome las caderas con firmeza, controlándome el movimiento. Sentía dos dedos suyos separándome las nalgas, buscando, encontrándome el agujero, presionando ahí sin llegar a meterlos.
—Tranquilo —me decía en voz baja—. Que te vamos a dejar el culo abierto.
Adrián me sacaba la polla de la boca y me obligaba a mirarlo. Me daba un par de golpes suaves con la verga en la mejilla y en los labios, marcándome con el líquido preseminal que le brotaba sin parar. Después me besaba. No con suavidad, sino con la urgencia de alguien que ha estado esperando. Su boca contra la mía, su lengua metiéndose hasta el fondo, su mano en mi nuca, su barba incipiente raspándome la mandíbula y bajando hasta el cuello a morderme donde se marcaría.
Mis movimientos en la ducha se fueron haciendo más intensos. La mano me subía y bajaba por la polla con más fuerza, el pulgar rozándome el glande en cada pasada, los huevos golpeándome contra la muñeca. La respiración se me cortaba en pequeñas oleadas.
En mi mente, Gonzalo me metía el primer dedo de golpe, hasta el nudillo, y yo gemía con la boca todavía pegada a la de Adrián. Sin lubricante, solo con el agua y con la baba de mi propia boca que él se había pasado por los dedos antes.
—Te ves bien así —me decía, la voz tranquila detrás de la oreja—. Mojado. Con dos pollas alrededor. Sin saber cuál chupar primero.
No era un insulto. Era una observación. Y eso era exactamente lo que me deshacía.
Adrián me besaba el cuello mientras Gonzalo me metía un segundo dedo, girándolos despacio, abriéndome. Entre los dos creaban algo que en la realidad no había sentido nunca: una atención absoluta, sin repartos, sin turnos. Una polla en la boca, dos dedos en el culo, dos bocas comiéndome por partes.
Me detuve justo antes de que todo terminara, apretándome la base de la verga con fuerza para frenar la corrida que ya se me estaba subiendo desde los huevos. No quería que terminara todavía. Cerré la llave del agua y me quedé un momento inmóvil, respirando, la polla latiéndome sola en la mano, dejando que la sensación se asentara sin llegar a desbordarse.
***
Me envolví en una toalla sin secarme del todo. Quería mantener el calor, la textura de la piel húmeda, el aroma del gel mezclado con el vapor que todavía llenaba el cuarto. La verga me empujaba la toalla desde dentro, todavía dura, con la punta asomándome por el borde.
Volví a la habitación.
La luz de la tarde entraba oblicua por las persianas entornadas, dejando rayas de sol en el suelo. Me tumbé en la cama boca arriba. La toalla se deslizó a un lado y la dejé ir. La polla se me golpeó contra el vientre, dejándome una marca húmeda en la piel.
Cerré los ojos y retomé el hilo desde donde lo había dejado.
Esta vez la escena era diferente. Ya no el baño. Los tres en una cama, esta cama, pero más grande. Adrián de pie junto al borde, desnudo, con los brazos cruzados, la polla dura apuntándome, mirándome con esa expresión suya que no revelaba nada y lo revelaba todo. Gonzalo sentado a mi lado, en calma, pasándome la mano por el pecho sin prisa, pellizcándome los pezones hasta ponérmelos duros.
—No tienes que hacer nada —me dijo Gonzalo—. Solo quedarte quieto y abrir las piernas.
Y yo me quedaba quieto y las abría.
Sus manos recorrían mi torso despacio. Las costillas, el estómago, la línea de vello que bajaba desde el ombligo. Todo lo hacía con la misma precisión que tenía en la cancha: sin desperdicio de movimiento, sin nada que estuviera de más. Me agarraba los huevos con la palma abierta, me los pesaba, me los apretaba justo lo suficiente para hacerme jadear.
Adrián se acercó y me levantó la barbilla con dos dedos, después me metió el pulgar en la boca. «Mírame», dijo. «Mientras te chupa».
Porque Gonzalo se había inclinado. Me abría las piernas más, me subía las rodillas al pecho, y me pasaba la lengua por los huevos primero, uno y otro, metiéndoselos en la boca uno a uno, dejándomelos brillantes de saliva. Después me lamía la vena de la polla desde abajo hasta arriba, se detenía en la punta, la chupaba entera de un trago hasta el fondo de la garganta.
Lo miraba. Y él me devolvía la mirada con esa atención que hacía sentir que eras lo único importante en ese cuarto, en esa tarde, en ese instante, mientras su boca subía y bajaba por mi verga con una técnica que en la realidad nadie me había dado nunca.
Me acaricié siguiendo el ritmo que la fantasía marcaba. La mano subía y bajaba entera desde la base hasta el glande, apretando fuerte, con el pulgar frotándome la ranura mojada de líquido preseminal. Los ojos cerrados, la mandíbula suelta, la respiración cada vez más lenta y más profunda al mismo tiempo. Con la otra mano me apretaba los pezones, alternando, imitando lo que Gonzalo me haría.
En mi mente, Adrián se me subía a horcajadas sobre el pecho, con las rodillas a los lados de mi cabeza, y me pasaba la polla por los labios de nuevo. Yo abría la boca y él se metía entero, más profundo que en la ducha, follándome la cara despacio mientras Gonzalo me seguía chupando la verga abajo. Le sentía los huevos golpeándome contra la barbilla, el olor fuerte a hombre, el peso de él encima. Gonzalo me metía dos dedos en el culo sin previo aviso, con lubricante esta vez, y buscaba el punto de dentro con la yema, apretándome hasta hacerme gemir con la boca llena.
—¿Qué quieres? —repitió Adrián, sacándome la polla de la boca solo un segundo, un hilo de saliva colgándome de los labios a la punta.
—Que me follen —susurré, y en la cama real la voz me salió sola, casi sin darme cuenta—. Los dos. A la vez.
La escena avanzó. Gonzalo se ponía detrás de mí, me giraba de lado, me levantaba una pierna. Sentía la punta de su polla, gruesa y caliente, empujándome en el agujero ya abierto por los dedos. Entraba despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos me tocaban los míos y su vello púbico me raspaba el culo. Adrián enfrente, agarrándome la cabeza con las dos manos, cogiéndome la boca al mismo ritmo que Gonzalo me cogía por atrás. Sentía dos vergas al mismo tiempo, moviéndose dentro de mí, coordinándose sin hablar. El sonido de los cuerpos chocando, del cuero cabelludo húmedo, de tres respiraciones jadeando en el cuarto. Esto no va a pasar nunca, pensé. Y la idea, lejos de frenarlo, lo intensificó todo.
Mis movimientos sobre la cama se volvieron más rítmicos. Más urgentes. La mano me machacaba la polla arriba y abajo, dejaba caer un salivazo desde arriba para que resbalara mejor, me apretaba los huevos con la otra hasta hacerme daño del bueno.
Me detuve de nuevo cuando sentí que ya estaba demasiado cerca, la corrida agolpándoseme en la base. Tenía algo más en mente.
***
Me di vuelta y busqué en la mesita de noche. Guardaba allí un bote de aceite de almendras que usaba para relajar los gemelos después del entrenamiento. Lo tomé, lo calenté entre las palmas un momento, y me eché un chorro generoso sobre la polla y los huevos, dejando que resbalara por debajo hasta el agujero.
El contacto cambió todo.
La mano se deslizaba de otra manera. Cada movimiento resultaba más suave y más intenso al mismo tiempo, como si la piel de repente tuviera el doble de terminaciones nerviosas. El puño me subía y bajaba por la verga con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Me tomé el tiempo necesario. Me metí un dedo aceitado en el culo, después dos, buscándome el punto de adentro, apretándomelo mientras la otra mano me la meneaba, sintiendo cómo la próstata me hacía chorrear más líquido de la punta.
En mi mente, eran las manos de Gonzalo las que tenían el aceite. Me recorrían la espalda con las palmas abiertas, subiendo y bajando, sin ir nunca directo al lugar al que yo quería que fueran. Me embadurnaba las nalgas, me las separaba, me pasaba el pulgar por el agujero sin llegar a meterlo.
—Así no —le decía yo, con la voz ronca—. Metémela ya.
Y él sonreía. Ese gesto suyo que no era del todo una sonrisa. Y me metía la punta, solo la punta, lo justo para que yo empujara hacia atrás pidiendo más.
—Pídemelo bien —me decía.
—Fóllame, por favor —le suplicaba en la fantasía—. Fóllame fuerte, Gonzalo. Rómpeme.
Y entonces me la clavaba de una embestida hasta el fondo y yo gritaba contra la almohada.
Adrián observaba desde el otro extremo de la cama, meneándose la polla despacio, mirándonos. Tenía esa capacidad de quedarse quieto mientras todo pasaba, de mirar con esa atención absoluta que hacía sentir que eras lo único importante en el cuarto. Sus ojos no se apartaban de mí.
—Mírale la cara mientras se la metes —le dijo Gonzalo a Adrián, sin dejar de embestirme desde atrás—. Mira cómo se le desencaja.
Y Adrián me miraba. Y yo sostenía esa mirada en mi mente, esos ojos fijos en los míos, mientras en la cama real la mano seguía moviéndose sobre la polla resbalosa, los dedos entrándome y saliéndome del culo al mismo ritmo, los ojos cerrados, la respiración cada vez más corta y más irregular. Me imaginé a Adrián acercándose, arrodillándose a un lado de mi cara y descargándome toda la corrida encima, chorros gruesos y calientes cayéndome en la frente, en los labios, en la lengua sacada, mientras Gonzalo seguía cogiéndome por detrás.
La tensión llegó de a poco y de golpe al mismo tiempo. Esa contradicción que siempre me sorprendía: el cuerpo construyéndolo despacio durante horas y luego decidiendo de repente que ya era suficiente. Sentí cómo se me contraían los huevos, cómo se me tensaban las piernas, cómo la corrida se me subía desde muy abajo.
Me dejé ir.
El orgasmo fue largo. El primer chorro me llegó hasta el cuello, caliente y espeso; el segundo me cayó sobre el pecho; los siguientes me chorrearon sobre el puño cerrado, sobre el vientre, sobre el vello púbico. Una sacudida profunda que me dejó sin aire un segundo entero, y luego otra más suave, y luego otra todavía más leve. Los dedos de la otra mano seguían dentro del culo, apretándome la próstata, sacándome hasta la última gota. Me quedé inmóvil, esperando que pasara cada ola, sin moverme, sin pensar en nada, con el semen resbalándome despacio por los costados hasta las sábanas.
Cuando abrí los ojos, el techo de mi habitación me devolvió su imagen de siempre: la misma humedad en la esquina, el mismo ventilador apagado, la misma grieta fina que recorría el yeso desde la ventana hasta la lámpara.
Me reí solo, un poco. Me pasé un dedo por el pecho, recogí un poco de la corrida y me la llevé a la boca, todavía dentro de la fantasía por un momento más.
***
Me quedé tumbado un buen rato, dejando que el cuerpo se fuera enfriando, con el semen secándoseme sobre la piel y la polla ablandándoseme despacio contra el muslo. La luz había cambiado de ángulo. Afuera alguien pasó con una moto. Un vecino cerró una puerta al fondo del pasillo. El mundo seguía con lo suyo, ajeno a todo.
Pensé en Adrián y en Gonzalo. En la realidad eran compañeros de equipo con los que apenas había hablado más allá de lo estrictamente necesario. No sabía nada de sus vidas fuera del gimnasio. No sabía si les gustaban los hombres. No sabía si alguna vez habían notado que yo los miraba, o que se me marcaba la polla en los pantalones cortos cuando pasaban cerca en el vestuario.
Pero en mi cabeza habían construido algo sin saberlo. Una presencia, una tensión, un territorio que era completamente mío y que nadie más podía tocar. Dos pollas, dos bocas, cuatro manos, todo mío en el silencio de la tarde.
No me avergonzaba. Tampoco me generaba ansiedad. Era solo lo que era: una tarde libre, un apartamento vacío, una fantasía que había tardado semanas en madurar y que esa tarde había encontrado por fin su momento.
Me levanté despacio. Busqué ropa limpia. Me hice algo de comer sin encender la televisión, en silencio, mirando por la ventana cómo la tarde se iba convirtiendo en noche, cómo las luces de los edificios de enfrente se iban encendiendo una a una.
Al día siguiente habría entrenamiento.
Adrián y Gonzalo estarían allí, estirando en el mismo rincón del gimnasio de siempre, con los cuerpos sudados y las pollas marcándoseles bajo los shorts.
Y yo estaría allí también, con toda la calma del mundo.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts masculinos en Argentina.