Mis fantasías que nunca le he contado a nadie
Hace tiempo que quería escribir esto. No como un diario, sino como una confesión de verdad, de las que dan vergüenza decir en voz alta pero que uno carga en la cabeza todo el tiempo.
Tengo veintiocho años. Sé lo que implica esa cifra en el imaginario colectivo: una mujer que ya debería tenerlo todo resuelto, que debería conocerse de memoria, que no debería sorprenderse con sus propios deseos. Pero la verdad es que a los veintiocho todavía descubro cosas sobre mí misma que no sabía que estaban ahí.
No voy a hablar demasiado de mi vida personal. Solo lo suficiente para que se entienda el contexto. He tenido períodos complicados en los últimos años, de esos en los que uno se levanta sin ganas de nada y se acuesta con la sensación de que el día no sirvió para nada. Períodos en los que la única constante fue el cajón del lado izquierdo de mi cama, con sus tres o cuatro compañeros de silicona que nunca me fallaron.
Eso también es una confesión.
Pero últimamente he estado más activa, más presente en mi propio cuerpo, con más ganas de explorar. Y eso me llevó a hacer algo que nunca había hecho: sentarme a escribir en orden todo lo que quiero experimentar. Todas las fantasías que tengo guardadas y que rara vez comparto con nadie.
Esta es esa lista.
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La primera fantasía es la que más me cuesta admitir en voz alta, aunque en la cabeza la tengo clarísima: el transporte público.
No sé cuándo empezó exactamente. Tal vez una tarde de hace años, apretujada en el metro en hora pico, cuando sentí el calor del cuerpo de alguien detrás de mí y mi mente fue directo a un lugar que no tenía nada de inocente. Era un desconocido. Olía a algo limpio y fresco. No llegué a verle la cara.
Desde entonces tengo esa imagen recurrente: ir de pie en un vagón lleno, rodeada de gente que mira el teléfono o finge mirar por la ventana, y que alguien —nadie en particular, un personaje que cambia cada vez— se acerque lo suficiente como para que la situación sea completamente posible y completamente prohibida al mismo tiempo.
Me imagino la textura fría del pasamanos bajo la palma. El ruido del vagón. La vibración constante del suelo. Y esa mano que no debería estar donde está.
Lo que me excita de esa fantasía no es la falta de control. Es exactamente lo contrario: la elección. La decisión consciente de dejar que suceda.
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Otra fantasía tiene que ver con el tamaño. Lo voy a decir sin rodeos porque no tiene sentido darle vueltas.
He tenido relaciones con varios hombres. Ninguno fue exactamente una decepción, pero siempre quedé con la pregunta. Con esa curiosidad sobre si la diferencia física produce una diferencia real en la experiencia o si es simplemente un mito que el porno se encargó de instalar en la cabeza de toda una generación.
Quiero saberlo. Quiero sentirlo una vez y que la pregunta se quede quieta.
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Hay una fantasía que me parece más íntima que las anteriores, aunque en apariencia suene más sencilla. Que alguien me bese los senos el tiempo suficiente como para llevarme al orgasmo solo con eso. Sin que pase a otra cosa, sin apuros, sin el impulso constante de avanzar hacia el siguiente paso.
La he buscado. No he tenido suerte.
No es que mis parejas no hayan prestado atención a esa parte de mi cuerpo. El problema es que siempre lo hacen como un trámite previo, como un paso obligatorio antes de continuar con lo que consideran el tema principal. Dos o tres minutos y ya se pasa a otra cosa.
Yo quiero que alguien se quede. Que decida que eso es el destino y no el trayecto. Que se tome el tiempo de aprender qué presión, qué ritmo, qué temperatura. Que entienda que si me presta la atención correcta en ese lugar, no necesita hacer nada más para que el resultado sea exactamente el que busca.
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El squirt es otra obsesión de la lista. Llevo años persiguiéndolo.
He visto videos, leído artículos, escuchado a amigas describirlo con gestos en la cara que mezclan el escándalo y la nostalgia en proporciones iguales. Dicen que el cuerpo toma el control completamente, que uno deja de pensar, que hay un momento en que el cerebro simplemente se apaga y lo que queda es solo sensación pura y sin nombre.
Lo quiero.
Sé que depende de la estimulación correcta, del ángulo correcto, de cierta relajación que no siempre consigo porque en el momento preciso mi cabeza decide ponerse a procesar pendientes del día. Pero sigo intentándolo. Con mis juguetes, en las posiciones que dicen que funcionan, en los momentos en que tengo suficiente tiempo y privacidad como para no tener ninguna prisa.
Todavía no ha pasado. Pero cuando pase, lo voy a saber.
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El sexo oral es un capítulo aparte en esta lista.
Nadie me lo ha hecho bien. Lo digo con toda la calma del mundo y sin necesidad de señalar a nadie, porque estoy bastante segura de que no es un problema de mi cuerpo. He tenido parejas que lo intentaron con buena voluntad pero sin orientación. Parejas que lo tratan como un favor que conceden y no como algo que podrían aprender a hacer bien, o incluso disfrutar.
El resultado: no siento nada. O peor, siento una incomodidad vaga, como cuando alguien te toca repetidamente en el lugar equivocado y uno no encuentra la manera de decir para.
Quiero que alguien me lo haga bien de verdad. Que escuche las señales. Que pregunte, si hace falta. Que no asuma que lo que le funcionó a otra persona me va a funcionar a mí. El cuerpo de cada persona es distinto y merece atención específica, no genérica.
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El anal es una historia diferente.
Llevo un tiempo explorando esa posibilidad en solitario. Con los juguetes adecuados, con mucho cuidado, y he descubierto que la sensación me gusta más de lo que esperaba. El problema es logístico: el lubricante adecuado, el tiempo necesario, la paciencia de no tener prisa.
No siempre cumplo esas condiciones. A veces la impaciencia llega antes que el criterio. Lo sé y lo acepto, aunque también sé que no es lo ideal.
Con una pareja todavía no lo he intentado, y no es porque no quiera. Es porque requiere el nivel correcto de confianza y la persona correcta. Alguien que no lo trate como una conquista sino como algo que exploramos juntos, con cuidado y atención recíproca, sin apuros y sin ego de por medio.
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Los juguetes forman parte de mi vida cotidiana desde hace años. No de manera triste, como si fueran un sustituto de algo que falta, sino de manera práctica y sin drama. Los tengo, los uso, me hacen bien.
Lo que me frustra es que varios hombres con los que he salido se ponen incómodos cuando los ven. Como si su presencia fuera un comentario implícito sobre su desempeño, cuando en realidad no tiene nada que ver con eso.
He tenido que guardarlos antes de que alguien llegara porque sabía que si los veía, la noche iba a tomar un giro innecesariamente complicado. Como si admitir que me masturbó sola fuera una especie de amenaza.
Quiero una pareja que no solo los tolere sino que quiera incorporarlos. Que entienda que no estoy reemplazando nada, que estoy sumando. Que se anime a explorar sin ponerse a la defensiva.
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Los tríos están en la lista en dos versiones posibles.
La primera: dos hombres y yo. Me imagino la dinámica de atención doble y simultánea, la sensación de estar completamente presente en todos los sentidos al mismo tiempo. No como algo mecánico sino como algo donde todo el mundo está realmente ahí, donde nadie está simplemente haciendo su parte.
La segunda versión me genera más curiosidad todavía: otra mujer y un hombre. Porque eso significaría la primera vez que estaría con una mujer de verdad, y eso también está en la lista por derecho propio.
He besado a una mujer una vez. En una fiesta, hace varios años, con suficiente alcohol como para no saber con claridad qué era lo que sentí exactamente. Desde entonces me pregunto qué habría pasado si hubiéramos tenido privacidad y ninguna prisa. Si la fiesta no hubiera existido.
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Con mujeres en general: es algo que quiero explorar con calma y sin etiquetas. No sé si me gustaría más o menos que con hombres, o simplemente diferente. No lo sé porque todavía no lo he vivido de verdad, y no saberlo genera una curiosidad que a veces se siente como impaciencia.
Lo mismo pasa con la experiencia trans. He conocido chicas trans y hay algo en esa mezcla de familiaridad y diferencia que me resulta genuinamente atractivo. No como fetiche ni como exotismo, sino como curiosidad auténtica. Como ganas de conectar con alguien que vive su cuerpo y su deseo de una manera que yo no conozco todavía.
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El sexo al aire libre también está en la lista. En un bosque, en una playa de noche, en cualquier lugar donde el techo sea cielo y el suelo tenga textura real. No sé exactamente qué me atrae más de esa idea: si es el riesgo latente de que alguien pase, o la sensación de ser pequeña en un espacio enorme, o simplemente el contraste entre el aire frío de la noche y el calor de dos cuerpos juntos que no quieren separarse.
Y en un coche. Ese también. Con todo lo que implica de logística incómoda: los asientos que no cooperan, el espacio insuficiente, las ventanas que se empañan desde adentro. Hay algo en esa incomodidad que lo hace más intenso, no menos. Como si el cuerpo se adaptara a los límites y encontrara ahí algo que no encuentra en la comodidad de una cama bien hecha.
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Escribir esto fue más difícil de lo que pensé al principio.
No porque me avergüencen las fantasías en sí, sino porque articularlas me obliga a reconocer cuántas llevan años esperando. Cuántas veces estuve con alguien y pensé una cosa mientras hacía otra, porque la situación no daba para más o porque no me animé a pedir lo que realmente quería.
Eso también es parte de la confesión: que sigo aprendiendo a pedir. A decir esto sí y esto no, esto más despacio, esto quiero intentarlo. No es que no sepa lo que quiero. Es que a veces el espacio para decirlo no aparece, o cuando aparece ya pasó el momento, o simplemente tengo miedo de que la persona del otro lado lo interprete como una crítica cuando lo único que estoy haciendo es ser honesta.
Tengo veintiocho años y todavía estoy descubriendo mi propio cuerpo. Todavía estoy aprendiendo qué pedir, cómo pedirlo, y con quién vale la pena pedirlo. Y mientras aprendo, sigo explorando, sigo escribiendo, sigo descubriendo qué es lo que mi cuerpo ya sabe y qué tiene todavía pendiente.
Esta fue mi confesión de hoy.