Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que por fin le perdí el miedo al juguete

Lo compré en octubre. Lo guardé en el cajón de la mesita de noche, debajo de un libro que no había terminado de leer y una libreta vieja. Pasaron semanas. Seguía ahí.

La primera vez que lo intenté fue un sábado por la tarde, sin pensar demasiado en ello. Abrí el paquete, lo saqué, lo miré. Me pareció más grande de lo que recordaba en la foto de la tienda. Me tendí en la cama, me toqué un rato, y cuando creí que era suficiente, intenté introducirlo. No fue suficiente. El dolor fue inmediato, tenso, un rechazo que venía desde adentro, y lo saqué enseguida sin terminar de entenderlo. Me quedé quieta un momento, respirando, sintiéndome un poco ridícula y bastante decepcionada. Lo guardé de vuelta en el cajón.

Durante días pensé en devolverlo o en regalarlo. No sabía a quién. Lo dejé donde estaba.

***

La segunda vez fue en enero. Un jueves por la noche, sin motivo especial. Mis compañeras de piso habían salido y yo me había quedado con la excusa de que tenía sueño, que mañana trabajaba, que no tenía ganas de ruido. Era verdad, pero no era toda la verdad. Llevaba todo el día con una especie de inquietud debajo de la piel, esa tensión vaga que no es hambre ni cansancio sino otra cosa distinta, más difícil de nombrar.

Fui a la cocina, me hice una infusión que no llegué a terminar. Apagué las luces del salón. Cerré la puerta de mi habitación con pestillo, aunque sabía que no había nadie. El pestillo era para mí, no para nadie más.

Me senté en el borde de la cama un momento. Esta vez lo hago bien, pensé. Sin prisas. Sin esperar que funcione en cinco minutos.

Cogí el teléfono y busqué algo para ver. No cualquier cosa: quería algo que me gustara de verdad, no lo primero que aparecía. Me tomé mi tiempo eligiendo. Encontré un video largo, con una mujer que se tocaba sola, sin prisa, sin música de fondo estridente. Solo ella, su respiración, sus manos. Me pareció honesto.

Empecé a verlo con el teléfono apoyado en la almohada de al lado. Al principio solo miraba, como si fuera una cosa neutral. Pero no tardé mucho en notar que el video estaba haciendo su trabajo: el calor empezó a concentrarse entre las piernas, los pezones se endurecieron bajo la camiseta, y me di cuenta de que llevaba varios minutos apretando los muslos sin ser consciente de ello.

Me quité la camiseta. Después las bragas. Me quedé tumbada sobre el edredón, con el video todavía corriendo, y empecé a tocarme el pecho. Despacio, solo explorando. Las yemas de los dedos sobre la piel, bajando por el esternón, subiéndome de vuelta.

Cuando llevé la mano hacia abajo, sentí que estaba mucho más preparada que la primera vez. Húmeda de verdad, no un poco, sino de esa manera que hace que todo resbale y los dedos se muevan sin resistencia. Me acaricié el clítoris con un dedo, apenas rozando, y el contacto fue tan directo que solté el aire de golpe.

Seguí así un rato largo. Sin pensar en el cajón, sin pensar en nada concreto. Solo la sensación bajo los dedos, el sonido del video, mi propia respiración volviéndose más corta y más irregular.

***

Cuando lo saqué del cajón no lo pensé demasiado. Simplemente extendí el brazo, abrí el cajón y lo cogí. Lo sostuve un momento entre las manos. Era más suave de lo que recordaba, la textura casi tibia al tacto.

Lo llevé a la boca y lo lamí despacio, varias veces, cubriendo bien la punta y parte del cuerpo. Quería que estuviera húmedo de verdad, no solo un poco. El gesto me resultó más natural de lo que esperaba. No raro, no técnico: simplemente lo que tocaba hacer en ese momento.

Volví a tocarme con los dedos antes de intentarlo. Me aseguré de que seguía tan húmeda como antes, que la excitación no se había disipado mientras me distraía. No se había disipado. Estaba, si acaso, más intensa que antes.

Apoyé la punta contra la entrada y noté la presión enseguida. El músculo resistió un instante, ese primer momento de duda que tiene el cuerpo ante algo nuevo. Respiré despacio por la nariz. No forcé nada. Solo mantuve la presión suave, constante, mientras con la otra mano me seguía acariciando el clítoris en círculos lentos.

Y entonces cedió.

Solo la punta al principio, y fue diferente a la primera vez: no dolió. Había una sensación de apertura, de llenado, que era nueva y extraña pero no mala. Me quedé quieta. Respiré. Dejé que el cuerpo se acostumbrara a esa pequeña invasión antes de pedir nada más.

Con los dedos seguía moviéndome, despacio, manteniendo la excitación activa para que el cuerpo no tuviera tiempo de ponerse en guardia. Funcionó. Sentí cómo la tensión muscular se aflojaba de a poco, cómo el tejido se adaptaba, cómo lo que antes era resistencia se convertía en algo más parecido a una bienvenida.

Lo fui metiendo milímetro a milímetro. No había prisa. A veces paraba, dejaba que la sensación se asentara, y volvía a moverme. Cada pausa era una pequeña negociación con mi propio cuerpo: ¿estás bien? ¿seguimos? Y el cuerpo, para mi sorpresa, respondía que sí.

Hubo un momento en que lo sentí completamente adentro. No lo empujé hasta el límite ni hice nada dramático: simplemente llegó un punto en que ya no había más recorrido, y comprendí que estaba ahí, llena de una manera que mis propios dedos no podían replicar. La sensación era densa, continua, presente en cada pequeño movimiento que hacía.

Me quedé sin moverlo un buen rato. Solo lo tuve dentro, quieto, mientras seguía tocándome el clítoris con la otra mano. La combinación de las dos sensaciones era extraña en el buen sentido: cada movimiento de los dedos hacía que sintiera el juguete de una manera diferente, como si el placer de una zona amplificara el de la otra. Eran dos cosas distintas que se sumaban en algo más grande que la suma de sus partes.

***

Empecé a moverlo cuando sentí que el orgasmo comenzaba a formarse. No muy rápido, no con amplitud: movimientos pequeños y lentos, entrando y saliendo solo un poco, mientras los dedos aceleraban el ritmo sobre el clítoris.

La sensación fue creciendo de una manera que reconocí y que al mismo tiempo era nueva. Reconocida porque era mi cuerpo y lo conozco bien, nueva porque había algo más, una presión interna que añadía una capa a todo lo demás. Me mordí el labio inferior sin darme cuenta. Los dedos de los pies se flexionaron solos contra el edredón.

Ya está. Ya llega.

Aceleré un poco más con la mano, mantuve el juguete en la misma posición y el orgasmo llegó en una ola larga, sin el pico brusco de otras veces, sino expandiéndose desde adentro hacia afuera. Cada contracción se sentía amplificada por lo que tenía dentro, como si el cuerpo aprovechara esa presencia para extenderse más, para durar más. Cerré los ojos y me dejé llevar sin intentar controlarlo.

Me quedé quieta cuando terminó. Los dedos se detuvieron solos. Respiré hondo varias veces seguidas, con los ojos todavía cerrados, sintiendo cómo el cuerpo volvía en sí despacio, como agua que se calma después de un movimiento.

Saqué el juguete con cuidado, sin prisa. Lo limpié con agua y jabón en el baño, lo sequé bien, lo volví a guardar en el cajón. Esta vez sin la sensación de fracaso de la primera vez. Sin arrepentimiento. Solo ese cansancio liviano y agradable que es la mejor forma de terminar una noche.

***

Sigo pensando que necesito práctica. Hay algo en la coordinación de las dos manos que todavía no domino del todo: a veces no sé bien a qué velocidad mover el juguete ni cuánto recorrido darle, y hay momentos en que la atención se divide entre las dos cosas y pierdo el hilo de una de ellas. No lo tengo resuelto del todo y soy honesta al respecto.

Pero también sé que la diferencia entre la primera vez y esta fue casi completamente mental. La primera vez lo intenté con demasiada prisa, sin haberme preparado de verdad, como si la excitación fuera un trámite a resolver antes de llegar a lo importante. Esta vez me tomé el tiempo que necesitaba. Dejé que el cuerpo llegara a donde tenía que llegar antes de pedirle nada más, y eso cambió todo.

Eso, creo, es lo que nadie te dice cuando compras un juguete por primera vez: que el trabajo previo importa tanto como el juguete en sí. Que la diferencia entre que duela y que no duela no siempre está en el tamaño ni en la técnica, sino en cuánto tiempo le dedicaste a ti misma antes de llegar ahí. El cuerpo no se niega por capricho. Cuando resiste, está diciendo algo. Hay que escucharlo.

La próxima vez lo haré mejor. Ya sé cómo empezar.

Valora este relato

Comentarios (7)

Romi_lee

excelente!! me llego de verdad

Martin_Cba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio. Muy buen relato!

SofiaBaires

Me recordo a la primera vez que yo tambien me anime a algo parecido. Es exactamente eso que describis, el cuerpo sabe cuando se lo dejás. Gracias por contarlo!

PescadorNocturno

y despues te animaste a compartirlo con alguien mas? jeje. Espero que sigas escribiendo

CarmenDelSur

Me gusto como lo contaste, sin exagerar ni vulgaridades. Se siente genuino y eso es lo que hace que se lea de un tiron. Muy bien escrito!

MarisolPaz

jajaja lo de apagar las luces me mato, tan tipico jeje. Tremendo

ValenRo92

Que valiente compartir esto!! Creo que muchas pasamos por algo asi y no lo contariamos ni loca. Me senti muy identificada en mas de una parte :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.