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Relatos Ardientes

La noche que confesamos nuestras fantasías más sucias

Era una de esas noches de verano en Rosario en las que el calor todavía pegaba fuerte aunque el sol ya se hubiera escondido. Mis viejos se habían escapado el fin de semana con mi hermana menor a la costa, y la casa era mía hasta el domingo. A las nueve esperaba a mis cuatro amigas de toda la vida. Había limpiado el living a la tarde, tirado almohadones en el piso y armé el sofá como un nido. Las luces apagadas, una lámpara de sal en la esquina y un par de velas en la mesa ratona.

La primera en llegar fue Romina, con una bolsa del chino: papas fritas, palitos salados y dos botellas de fernet. Venía relajada, con una remera oversize gris, un short de jean y zapatillas. El pelo suelto, esa sonrisa pícara que pone cuando sabe que la noche viene cargada.

—Cami, preparate que vengo con sed —dijo dándome un beso en la mejilla y metiéndose directo a la cocina.

Atrás llegó Florencia, puntual como siempre, con dos cajas gigantes de pizza. Jeans ajustados, musculosa negra básica, el pelo lacio cayéndole sobre los hombros.

—Traje pepperoni y cuatro quesos, porque conozco a Ailín y se queja si no hay variedad —se rio mientras se sacaba las zapatillas en la entrada.

Ailín entró diez minutos más tarde y, cuando le abrí la puerta, pegué un grito. Venía con un top negro de escote bestial, de esos que apenas tapan lo justo, tirantes finitos y tela brillante. Abajo unos shorts de jean rotos y sandalias altas. Pelo suelto, maquillaje fuerte y esa energía que se le notaba a leguas.

—¿Me extrañaron, putitas? —dijo entrando con una bolsa de hielo y unas latas de cerveza.

La última fue Sofía. Vestido corto blanco ajustado, escote en V sutil, el pelo lacio perfecto y unos aros largos que le brillaban con la luz. Traía cocas para acompañar el fernet y más papitas.

—Perdón la demora, tuve que armar el outfit con tiempo —bromeó guiñándome un ojo.

Nos acomodamos como pudimos: yo en el medio del sofá, Romina y Florencia tiradas entre almohadones, Ailín del otro lado con las piernas cruzadas mostrando más de lo necesario, Sofía sentada en el piso con la espalda apoyada contra el sillón. La música sonaba bajito. Empezamos hablando pavadas: chismes del laburo, memes que nos mandamos por el grupo, una salida desastrosa de Ailín de la semana pasada en la que el tipo le pidió permiso hasta para respirar. Las mejillas se nos pusieron coloradas rápido. El fernet iba y venía.

Después de un rato, Romina se quedó callada. Tomó un trago largo y miró alrededor con cara de «acá pasa algo».

—Chicas… ¿y si dejamos de hablar de boludeces y nos ponemos un poco más picantes? Yo estoy media caliente y el alcohol me está pegando para ese lado.

El living se quedó un segundo en silencio, solo se oía la música de fondo y nuestras respiraciones. Yo me incorporé entre los almohadones.

—¿De qué querés hablar exactamente, Romi? Pedí, dale.

Nadie contestó de entrada. Florencia se mordió el labio y miró para el costado. Sofía se rio bajito tapándose la boca. Ailín solo levantó una ceja con cara de «yo ya sé por dónde va esto», recostada en el sofá con ese escote que apenas contenía nada.

—Si quieren picante de verdad —soltó Ailín—, hablemos de garches. De los buenos, de los que te dejan caminando como un pato al día siguiente porque tenés el coño destrozado y el orto ardiendo.

Romina levantó las manos riendo.

—Pará, pará. Mejor hablemos de fantasías. Las que tenemos en la cabeza mientras nos hacemos la paja y nunca contamos. Es más rico.

Todas dijimos que sí casi al mismo tiempo. Pero después vino el silencio incómodo: nadie quería ser la primera. Terminamos mirando a Ailín, que ya tenía esa sonrisa traviesa.

—Son todas unas cagonas —se rio—. Bueno, arranco yo.

Se acomodó mejor en el sofá, cruzó las piernas dejando que el short se le subiera un poco más y empezó a hablar con voz baja, como si nos contara un secreto.

—Mi fantasía favorita es una orgía. Pero no cualquiera. Me imagino en el salón de deportes de la secundaria, de noche, después de un partido. El piso es de parqué, huele a sudor y a goma de zapatillas. Hay como veinte tipos, todos mayores, sin caras, sin nombres. Solo cuerpos y pijas duras.

Hizo una pausa, tomó un trago y siguió cada vez más metida en la escena.

—Yo entro descalza, con una pollerita mínima y sin bombacha. Me arrancan la ropa entre varios, me manosean las tetas, me chupan los pezones a la vez que otros me abren las piernas para lamerme el coño. Siento lenguas por todos lados, dedos que se me meten en la concha y en el culo al mismo tiempo. Me ponen en cuatro sobre uno de esos bancos de madera, sin más preliminares. El primero me la clava de golpe, hasta el fondo, y me hace gritar. Se corre adentro en tres minutos y ni se retira: sale el siguiente y entra el otro, con la pija ya empapada de la corrida del anterior.

Tomó aire, se pasó la lengua por los labios y siguió más ronca.

—Y no paran. El segundo, el tercero, el cuarto, sin darme tiempo a respirar. Me tiran del pelo, me obligan a chupar dos vergas a la vez mientras un tercero me la mete por atrás. Otros se cascan al lado y me acaban en la cara, en las tetas, en el pelo. Uno me abre el culo con los pulgares y me lo lame antes de metérmela seca. Me dan cachetadas en la cola, me escupen la boca, me llaman puta, y yo pido más. Quiero sentir cómo me van abriendo cada vez más, cómo me duele y me encanta al mismo tiempo. Me tiran leche adentro tantas veces que se me chorrea por los muslos, me hacen tragar hasta que no puedo respirar. Al final me dejan tirada boca arriba en el banco, el coño palpitando abierto, el culo ardiendo, la panza y las tetas cubiertas de semen. Acabo yo sola, temblando, sin que nadie me toque la concha, solo con la sensación de estar rota y llena.

Florencia se tapó la cara con las manos riendo, Sofía tenía los ojos abiertos como platos y Romina ya se mordía el labio con la mano metida entre los muslos disimuladamente. Ailín nos miró con una sonrisa.

—¿Qué les parece, boludas? Y antes de que pregunten: en la fantasía no hay riesgo, no hay enfermedades, no hay consecuencias. Solo pija, leche y placer puro y sucio.

El living explotó en risas. Florencia le tiró un almohadón, Sofía se dobló diciendo «Dios, vos no tenés filtro ni en las fantasías» y yo solo podía negar con la cabeza, sintiendo que el calor ya no era solo del fernet: tenía la bombacha pegándoseme a la concha.

—Romi, te toca —dije después, dándole un empujoncito con el pie—. Vos arrancaste con esto, no te hagas la santa.

Romina suspiró largo, miró el techo, tomó un trago.

—Está bien. Pero la mía es re tonta. Tipo… un glory hole.

El living explotó otra vez. Todas nos acordamos al instante de aquella noche de la fiesta de egresados, cuando Romina tenía dieciocho y terminó haciendo cosas que prometió no contar nunca.

—¡La noche de la cabina del DJ! —gritó Ailín muerta de risa—. ¡La que chupó tres pijas en fila apoyada contra la bandeja!

—Estoy reformada, boludas —se defendió Romina con las mejillas rojas—. Esto es solo fantasía, ¿eh?

Se acomodó mejor y empezó, ya con la voz más baja y ronca.

—Me imagino en un baño público sórdido, de noche. Uno de esos de estación de servicio de ruta, con olor a lavandina y a meo. Hay un agujero en la pared a la altura de mi cara, nada más. Yo arrodillada del otro lado, en pollera corta y sin corpiño, con las tetas colgando debajo de la remera. Sin saber quiénes son los tipos. Solo veo vergas anónimas entrando una atrás de otra por el agujero. Algunas grandes y venosas, otras finitas y curvadas. Sin caras, sin nombres. Solo carne dura esperando a que yo abra la boca.

Hizo una pausa, respiró hondo, siguió cada vez más metida.

—Arranco con la primera. La agarro con las dos manos, la mimo con la lengua desde los huevos hasta la punta, la meto de a poco. Después la trago entera, hasta que la nariz me choca contra la pared y me la meten por la garganta. Babeo como loca, hilos de saliva me caen a las tetas. El tipo del otro lado empuja, me agarra del pelo a través del agujero, me la mete hasta que me dan arcadas y se me llenan los ojos de lágrimas. Cuando acaba, me llena la boca de leche caliente y no me deja escupir: me obliga a tragar cada gota. Trago todo. Después viene la segunda, la tercera, la cuarta. Pierdo la cuenta.

Se movió un poco en el sofá, se acomodó como si el short le apretara.

—Algunos me acaban en la cara, otros en las tetas por encima de la remera hasta empaparme. Uno me la mete tan al fondo que me hace vomitar un poco de saliva y él sigue empujando en mi garganta hasta que se descarga con un rugido. Otro me pide que le saque los huevos por el agujero también, se los chupo mientras me hago la paja arriba del piso mugriento. Me meto dos dedos en el coño y me lo trabajo al ritmo de las pijas que trago. El piso se llena de mi baba, de semen y de mis flujos. Tengo la cara destruida, el rímel corrido, los labios hinchados y rojos, los pelos pegados en la frente por el sudor y la leche. Y yo solo quiero más. Me quedaría ahí horas, con el coño chorreando y la boca abierta, esperando la siguiente pija. Acabo yo sola sobre mis dedos mientras trago la corrida número no sé cuántos.

El silencio que siguió fue épico. Florencia soltó un grito ahogado de risa.

—¡Romina, sos peor que Ailín!

—Si vos también habrás tragado más de una vez, no te hagas —contestó Romina muerta de risa.

Ailín aplaudió despacio.

—Bienvenida al club de las degeneradas. Ahora sí estamos en el mismo nivel de guarras.

Yo miré a Sofía, que hasta ese momento había estado bastante callada, sentada en el piso con el vestido subido un poco por los muslos, bebiendo a sorbitos.

—Te toca, Sofi. No te escapás.

Sofía se puso colorada al instante. Bajó la mirada al vaso, jugó con el borde del vestido y murmuró:

—Yo paso. No tengo nada que contar.

—¡Mentira! —gritó Ailín—. Sos la más linda del grupo. Despertás pasiones en cualquiera que te mire. Imposible que no tengas algo guardado.

—Y sos la única virgen oficial del grupo —agregó Romina—. Eso lo hace más interesante. Dale, contá.

Sofía suspiró, se mordió el labio y cedió.

—Está bien. Hay algo. Pero es con un profesor de la facu.

Todas nos inclinamos hacia adelante al mismo tiempo. Ailín soltó un «uyyy» exagerado y Florencia le dio un codazo para que se callara.

—No es un bombón —siguió Sofía—. Tiene cuarenta y pico, despeinado, anteojos gruesos, la ropa siempre arrugada. Pero es ferozmente inteligente. Cuando explica en clase, todo encaja. Habla con una seguridad que me pone la piel de gallina y la bombacha húmeda. Fantaseo con que un día, después de cursar, me haga quedarme.

Hizo una pausa y miró al techo.

—El aula está vacía. Solo quedamos él y yo. Me dice que cierre la puerta con llave. Yo digo que no, que me tengo que ir. Pero termino haciéndolo igual, con el corazón a mil y el coño palpitando. Me ordena que me siente en su escritorio. Yo le digo que no es apropiado. No me escucha. Se para enfrente, se desabrocha el pantalón despacio y saca una pija dura, gruesa, más grande de lo que hubiera imaginado en un tipo así. Me dice «abrí la boca, Sofía». Yo le digo que nunca lo hice, que soy virgen, que por favor no. Pero me agarra del pelo suave, no fuerte, solo lo suficiente para guiarme. Y abro la boca.

Le temblaba la voz, pero siguió, cada vez más ronca.

—No sé por qué lo hago, en la fantasía no quiero, pero lo hago. Al principio la lamo torpe, como una nena aprendiendo, y él me va enseñando. «Así, con la lengua abajo, chupá la punta, ahora bajá, meté los huevos en la boca.» Yo obedezco todo. Se me llena la boca de saliva, chorrea por la comisura y me mancha el vestido. Él empieza a empujar de a poco, cada vez más adentro, hasta que siento la punta pegándome en la garganta y me dan arcadas. «Aguantá, nena, sos una buena alumna cuando querés. Vas a tener buenas notas si aprendés a garganteármela.» Yo lloro un poco, de vergüenza y de morbo, la baba me chorrea al vestido blanco, pero no paro. Me hace mirarlo a los ojos mientras me la mete hasta el fondo, con la nariz enterrada en su pubis.

Se detuvo, tragó saliva de verdad, y siguió.

—Y ahí, con la pija en la boca, me sube la mano por debajo del vestido, me corre la bombacha y me mete un dedo en el coño. Descubre que estoy empapada. «Mirá cómo se le moja la conchita a la nena virgen mientras chupa pija de profesor.» Me mete otro dedo, me los mueve despacio, me toca el clítoris con el pulgar. Yo gimo con la boca llena. Me hace acabar así, temblando arriba del escritorio, con la baba chorreando y sus dedos hasta el fondo. Al final él me agarra la cabeza con las dos manos y me coge la boca a su ritmo, sin dejarme respirar. Me llena hasta que ya no puedo más y me dice que si trago me sube la calificación. Y trago. Cada chorro. Uno tras otro. Me llena la garganta de leche caliente y espesa. Se guarda la pija, todavía babeada, en el pantalón. Me deja ir y me dice «mañana volvé a la misma hora, y venite sin bombacha». Y yo me voy con las piernas temblando y el coño chorreando por los muslos.

El living se quedó callado un segundo. Florencia soltó un silbido bajo.

—Sofi, eso fue intenso. ¿Y decís que es tonto?

—¿Te tocás pensando en él? —preguntó Ailín sin filtro.

Sofía asintió con una sonrisa chiquita y culpable.

—Casi todas las noches. Tengo un consolador chiquito. Me lo meto pensando que es él el que me lo está enseñando a chupar.

Romina la abrazó de costado.

—Reina, sos la más inocente y la más sucia a la vez.

Miré a Florencia.

—No te salvás. Sofía se animó siendo virgen, Romina nos dejó a todas con la boca abierta. Ahora vos.

Florencia se rio y levantó las manos.

—Está bien, boludas. Mi fantasía es re simple comparada con las suyas. Es con uno solo. Un tipo cualquiera, no importa la cara ni el nombre. Pero con una pija monstruosa. Tipo treinta centímetros, gruesa como una lata.

El living explotó otra vez. Ailín fue la primera en saltar.

—¿Treinta? Tenés que ir a buscarlo al zoológico, reina.

—O a un caballo —se sumó Romina—. ¿Segura que no querés un centauro?

Florencia se rio con nosotras pero siguió, ahora con voz más baja.

—No es broma. En la fantasía me lo imagino en una pieza oscura. Se baja el pantalón y ahí está esa cosa enorme, venosa, pesada, colgando semi-dura hasta la mitad del muslo. Me quedo mirándola como una boluda un rato largo. Yo me arrodillo y la intento meter en la boca, pero apenas entra la punta. Me estira los labios al máximo, siento la mandíbula queriendo desencajarse. Babeo como loca, le lamo todo el fuste desde los huevos hasta arriba, le chupo los huevos uno por uno, me los meto en la boca. La sostengo con las dos manos y todavía me queda pija sin agarrar. Se la masturbo mientras la lamo, y me la restriega por toda la cara, por los ojos, por las tetas.

Se acomodó mejor, cruzó las piernas y siguió.

—Después me pone en cuatro sobre la cama, me abre las piernas y apoya la punta contra el coño. Ya de sentir la punta apoyada me da un pre-orgasmo. Empuja despacio y siento cómo se me abre la concha centímetro a centímetro. Duele al principio, siento que me parte, que no voy a poder, pero en la fantasía me encanta. Entra y entra y entra, y yo pienso «no puede haber más», pero siempre hay más. Me llena tanto que veo el bulto en mi panza cada vez que empuja hasta el fondo. Me la clava con embestidas lentas y brutales, me agarra de la cintura como una manija. Acabo una y otra vez, gritando en la almohada, con las piernas temblando y el coño apretándome alrededor de esa cosa. Me hace chorrear como una manguera, me empapa las sábanas y los muslos.

Tomó aire y siguió, con la voz más baja.

—Y cuando ya no puedo más, cuando el coño lo tengo destrozado y abierto, me da vuelta, me escupe el orto y va por el otro lado. Me abre despacio, apoya la punta y empuja. Es brutal. Al principio no entra, hasta que de repente cede y siento cada vena de esa pija monstruosa estirándome hasta el límite. Grito, muerdo la almohada, pero pido más. Me duele rico, me quema, siento que se me van a partir las tripas. Me la mete entera, hasta los huevos, y me la mueve despacio en el culo mientras me mete tres dedos en el coño al mismo tiempo. Yo acabo otra vez, más fuerte, chorreando por los dedos. Cuando él ya no aguanta, se descarga en mi culo con chorros interminables. Me llena tanto que cuando saca la pija, el semen chorrea por mis piernas en un hilo espeso que no para. Quedo tirada boca abajo, palpitando, con el coño y el culo abiertos y ardiendo, incapaz de moverme. Me toco despacito el clítoris hasta acabar otra vez, solo con la sensación de estar tan llena y tan rota.

Ailín saltó como un resorte, con los ojos brillando.

—¡Yo estuve con una así una vez! No llega a treinta, pero fácil veinticinco, y gruesa que no la abarcaba con la mano. Me la clavó en el orto sin lubricante y sentí que me moría, pero me hizo acabar tres veces seguidas. Me dolió una semana cagar, pero valió cada segundo. Cuando probás una así te deja marcada, te lo juro. Después las pijas normales te parecen un dedo.

Florencia la miró con cara de «no me jodas».

—¿Sí? Entonces enseñame a montarlas, maestra.

—Te paso contactos, puta —se rio Ailín—. Bienvenida al club de las que quieren dilatarse toda.

El silencio cayó otra vez, pero ahora con sonrisas lentas y miradas cargadas. Ailín me apuntó con el dedo.

—Pará, ¿y vos, Cami? No te hagas la boluda. Sos la anfitriona, no te zafás.

Florencia se sumó tirándome un almohadón.

—Exacto. Nosotras largamos todo. ¿Y vos qué? Dale, no seas rata.

—Además sos la más precoz del grupo —agregó Romina con voz dulce—. Imposible que no tengas algo guardado.

Me reí nerviosa, me tapé la cara y negué con la cabeza.

—Ay, chicas. Tengo una, pero es re tranqui comparada con las de ustedes.

—Soltala —dijo Ailín—. No aceptamos excusas.

Tomé aire y empecé.

—Mi fantasía es algo que ya no puede pasar. Me hubiera gustado que se viralizara un video que grabé chupándosela a mi novio cuando íbamos al último año de la secundaria. Uno bien casero, yo arrodillada entre sus piernas en su cuarto, con el uniforme del colegio todavía puesto, la camisa desabotonada y las tetas al aire por encima del corpiño, mirando a la cámara con carita de nena buena mientras le mamaba la pija hasta el fondo. Un video de esos donde se me ve babeando, con hilos de saliva colgándome de la boca a las tetas, la lengua entrenada, y él agarrándome del pelo y diciéndome guarradas. Y al final, el clásico: yo con la boca abierta, la lengua afuera, mirando a la cámara mientras él me acaba en la cara, en la lengua, en las tetas, en la camisa del colegio. Y yo trago lo que cae en la boca y me relamo, mirando la cámara.

Hice una pausa, sintiendo la cara ardiendo.

—Que se filtrara en el colegio, en el grupo de amigos, en todos los WhatsApp. Que todos en Pichincha lo abrieran en el celular una y otra vez. Que las mamás lo comentaran en el súper, que los pibes se hicieran la paja pensando en mí, que las profesoras me miraran distinto. Que todos supieran lo que escondía detrás de la carita de nena buena: una pendeja que se moría por que le acaben en la cara y trague hasta la última gota. Que me tuvieran que cambiar de colegio porque no paraban de mirarme el culo en el pasillo y las lenguas venenosas no paraban.

Hice otra pausa, más corta.

—Como Brenda…

Todas asintieron al instante. Romina dijo:

—Tremendo lo de Brenda. El video dio vueltas meses, pobre. Toda mojada, la muy puta, gimiendo como una diosa. Pero qué morbo.

Florencia agregó:

—Y encima vos sos chetita de Pichincha, carita de modelo. Imaginate la cara de la gente al ver el video. «¿La Camila? ¿La de la familia bien? ¿La que va a misa con la mamá? Mirá lo que era en realidad, una chupapijas que trago como una experta…»

Yo asentí con las mejillas calientes y los pezones duros bajo la remera.

—Exacto. Que detrás de la carita inocente hubiera una degenerada que se moría por que la vieran chupando pija en un video que todos miraban una y otra vez mientras se hacían la paja pensando en mí. Que fuera la puta oficial del barrio sin haberlo elegido. Y no poder hacer nada, solo bancármela y saber, en el fondo, que me encantaba.

El silencio que siguió fue distinto: más cargado, más íntimo. Habíamos cruzado una línea. Ailín la rompió primero.

—Chicas, o nos vamos a dormir o pasa algo. Porque yo ya estoy re caliente, tengo la bombacha empapada.

—Pará, malísima —saltó Florencia entre risas.

***

Las risas se fueron apagando de a poco, reemplazadas por bostezos y miradas somnolientas. El fernet se terminó. Subimos al primer piso. Mi cuarto es grande, tiene cama y un colchón inflable que saqué del placard de mis viejos. Nos tiramos todas: yo en el medio del inflable, Ailín y Florencia a un lado, Romina y Sofía en mi cama. En ropa interior y remerones, con el aire prendido bajito.

No pasó nada. Ni un beso, ni una mano que se escapara, ni un roce intencional. Solo calor de cuerpos cercanos, olor a perfume mezclado con alcohol, el ronquido suave de Florencia que nos hizo reír antes de quedarnos dormidas. Pero yo tuve un sueño. De esos que se sienten tan reales que al despertar te quedás confundida un segundo.

Estaba completamente desnuda en el cuarto de mis viejos. La cama grande, el espejo de la pared, la luz tenue. Mi novio estaba conmigo, también desnudo, con la pija ya dura apuntándome, mirándome con esa cara de hambre que me vuelve loca. Me arrodillé frente a él y empecé a mamársela lento, baboso, de esos orales que sé que le encantan. Le lamí desde los huevos hasta la punta con la lengua ancha, le chupé cada huevo con dedicación, le besé el glande con los labios abiertos. Después me la fui metiendo entera, hasta el fondo de la garganta, hasta que la nariz me chocaba contra su pubis. La saliva me chorreaba por la comisura y me caía a los pechos. Él me agarraba el pelo con las dos manos y gemía «así, mami, chupámela toda, sos una chupapijas hermosa».

De repente, en el sueño, tenía las tetas grandes. Pesadas, redondas, perfectas, con los pezones oscuros y erectos. No me pregunté por qué, solo me excitó más. Me las junté con las manos y le hice una cubana lenta, envolviendo su pija dura entre mis pechos, moviéndome de arriba abajo mientras le sacaba la lengua para que la punta me la lamiera cada vez que subía. Él gemía más fuerte, me decía «qué tetas más lindas tenés hoy, mami, te voy a dejar leche entre ellas». Le escupí en la pija para lubricar mejor y seguí, apretando fuerte, sintiendo cómo latía entre mis tetas.

Después me tiró en la cama, me abrió las piernas y hundió la cabeza en mi coño. Me lo comió como si tuviera hambre de semanas, con la lengua entera contra el clítoris, chupándome los labios, metiéndome la lengua adentro. Acabé dos veces contra su boca antes de que se subiera y me cogiera en misionero. Entraba despacio pero profundo, hasta el fondo, mirándome a los ojos con cada empujón. Me chupaba los pezones mientras me cogía. De repente me susurró al oído, con voz ronca:

—Quiero romperte el orto, mami. Quiero verte llorar mientras te lo destrozo.

Me dio vuelta, me puso en cuatro, me escupió el culo y me penetró de un solo empujón, hasta los huevos. Fue salvaje, brutal. Grité con la cara contra la almohada mientras me clavaba en el orto con embestidas duras. Me daba cachetadas en la cola, me tiraba del pelo, me hablaba sucio. «Puta, mirate cómo te gusta que te la meta por el culo. Sos una degenerada, mami.» Me cambiaba de posición todo el tiempo: contra la pared con una pierna levantada, en el orto siempre; sobre el escritorio de mi viejo, con las tetas aplastadas contra la madera; en el piso, yo montada de espaldas empalada en su pija; otra vez en la cama, yo boca arriba con las piernas contra su pecho, viendo cómo su verga entraba y salía de mi culo. Como si yo no pesara nada, me manejaba como una muñeca.

En uno de esos movimientos, contra la cómoda, con las manos apoyadas y él clavándomela por atrás, me vi reflejada en el espejo grande. Y no era yo.

Era mi mamá. Tenía su cuerpo: las tetas grandes colgando y bamboleándose con cada embestida, la cintura más ancha, la cola más generosa marcada con los dedos de él, el pelo más corto y con rulos pegado a la frente por el sudor. Era Patricia la que estaba siendo cogida por mi novio. Mi mayor fantasía prohibida durante la adolescencia, mi mayor pesadilla. Era ella la que gemía, la que tenía la pija de él enterrada en el orto hasta los huevos, la que ponía cara de puta mirándose al espejo, la que se mordía el labio mientras se dejaba coger.

Por alguna razón eso me excitó muchísimo más. Sentí una calentura prohibida, como si estuviera viendo algo que no debía. Me vi (o la vi) meterme la mano al coño y hacerme la paja mientras él me la clavaba en el orto, con los ojos entrecerrados de placer. Empecé a acabar sin control, apretándome alrededor de su pija, temblando entera, chorreando por los dedos. En ese momento él se descargó adentro con un rugido: chorros calientes, profundos, uno tras otro, llenándome el culo hasta que sentí la leche resbalándome por el interior de los muslos. Sentí cómo me inundaba, cómo me chorreaba entre las piernas mientras seguía mirando a mi mamá en el espejo, acabando como nunca, con la boca abierta en un gemido mudo.

Me desperté de golpe, agitada, con el corazón a mil. Tenía la bombacha empapada y un poco los muslos también. Me quedé quieta un rato, respirando fuerte, con una mezcla rarísima de vergüenza, morbo y culpa. Sentí el clítoris latiendo, pidiendo más. Metí la mano despacio bajo el remerón, aparté la bombacha empapada y me acaricié el coño con dos dedos, muy despacio, sin hacer ruido, mientras las chicas dormían alrededor mío. Con un movimiento chiquito, apretando los labios, acabé una vez más pensando en el reflejo del espejo, en mi mamá acabando en la pija de mi novio. Me mordí el labio para no gemir.

Durante mi adolescencia tuve muchísimos complejos con mi madre. Patricia siempre fue una diosa total y yo, una chica bonita pero plana, sin sex appeal. Tuve pesadillas en las que ella se cogía a mi novio, pero también alguna vez lo soñé despierta. Es un secreto que solo yo sé, porque la culpa después es tremenda.

Miré alrededor: todas seguían dormidas. Ailín roncando bajito, Sofía abrazada a una almohada con una mano metida entre los muslos. El sol ya entraba por las persianas.

***

Al día siguiente fingimos demencia total, como si nada. Desayunamos medialunas y café en la cocina, hablando de pavadas: el finde largo, el laburo de Romina, que Ailín tenía que devolver una plata por una apuesta perdida. Nos sacamos fotos tontas para el grupo, nos maquillamos mutuamente porque «hoy salimos a caminar por el río». Nadie mencionó las fantasías ni los sueños ni el calor que todavía flotaba en el aire. Solo comentarios inocentes: «anoche nos pasamos con el fernet», «qué lindo dormir todas juntas, deberíamos repetirlo».

Pero yo sé que cada una se llevó algo adentro. Y que, tarde o temprano, alguna va a sacar el tema de nuevo. Porque después de una noche así, las cosas no vuelven a ser exactamente iguales.

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Comentarios(9)

GabrielMDQ

increible, no pude parar de leer. De los mejores en esta categoria!!

CamilaLect

Por favor tiene que haber una segunda parte!!! Me quede con ganas de saber que paso al dia siguiente. Muy bueno

lectura_nocturna7

El arranque con la pizza y el fernet le da mucha autenticidad. Se siente real, no forzado. Buen trabajo!

PatricioSur

me recordo a una noche con amigos donde las cervezas aflojaron las lenguas jajaja. Nada tan intenso pero la sensacion de confesarte es real

Marta_77

Pregunta: esto es real o completamente inventado? Porque se siente muy autentico, como una historia que alguien podria contar

ElHormiga99

buenisimo!!! tremendo

Diegote77

Me gusto mucho como fluye la narrativa, los dialogos se sienten naturales. Sigue publicando, te lo pido!

Lautaro55

jajaja la noche de fernet terminando asi... tremendo giro. No me lo esperaba

DarkReader_22

Muy buen relato, esperando ansioso el proximo. Saludos desde Cordoba

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