La noche que confesamos nuestras fantasías más sucias
Era una de esas noches de verano en Rosario en las que el calor todavía pegaba fuerte aunque el sol ya se hubiera escondido. Mis viejos se habían escapado el fin de semana con mi hermana menor a la costa, y la casa era mía hasta el domingo. A las nueve esperaba a mis cuatro amigas de toda la vida. Había limpiado el living a la tarde, tirado almohadones en el piso y armé el sofá como un nido. Las luces apagadas, una lámpara de sal en la esquina y un par de velas en la mesa ratona.
La primera en llegar fue Romina, con una bolsa del chino: papas fritas, palitos salados y dos botellas de fernet. Venía relajada, con una remera oversize gris, un short de jean y zapatillas. El pelo suelto, esa sonrisa pícara que pone cuando sabe que la noche viene cargada.
—Cami, preparate que vengo con sed —dijo dándome un beso en la mejilla y metiéndose directo a la cocina.
Atrás llegó Florencia, puntual como siempre, con dos cajas gigantes de pizza. Jeans ajustados, musculosa negra básica, el pelo lacio cayéndole sobre los hombros.
—Traje pepperoni y cuatro quesos, porque conozco a Ailín y se queja si no hay variedad —se rio mientras se sacaba las zapatillas en la entrada.
Ailín entró diez minutos más tarde y, cuando le abrí la puerta, pegué un grito. Venía con un top negro de escote bestial, de esos que apenas tapan lo justo, tirantes finitos y tela brillante. Abajo unos shorts de jean rotos y sandalias altas. Pelo suelto, maquillaje fuerte y esa energía que se le notaba a leguas.
—¿Me extrañaron, putitas? —dijo entrando con una bolsa de hielo y unas latas de cerveza.
La última fue Sofía. Vestido corto blanco ajustado, escote en V sutil, el pelo lacio perfecto y unos aros largos que le brillaban con la luz. Traía cocas para acompañar el fernet y más papitas.
—Perdón la demora, tuve que armar el outfit con tiempo —bromeó guiñándome un ojo.
Nos acomodamos como pudimos: yo en el medio del sofá, Romina y Florencia tiradas entre almohadones, Ailín del otro lado con las piernas cruzadas mostrando más de lo necesario, Sofía sentada en el piso con la espalda apoyada contra el sillón. La música sonaba bajito. Empezamos hablando pavadas: chismes del laburo, memes que nos mandamos por el grupo, una salida desastrosa de Ailín de la semana pasada en la que el tipo le pidió permiso hasta para respirar. Las mejillas se nos pusieron coloradas rápido. El fernet iba y venía.
Después de un rato, Romina se quedó callada. Tomó un trago largo y miró alrededor con cara de «acá pasa algo».
—Chicas… ¿y si dejamos de hablar de boludeces y nos ponemos un poco más picantes? Yo estoy media caliente y el alcohol me está pegando para ese lado.
El living se quedó un segundo en silencio, solo se oía la música de fondo y nuestras respiraciones. Yo me incorporé entre los almohadones.
—¿De qué querés hablar exactamente, Romi? Pedí, dale.
Nadie contestó de entrada. Florencia se mordió el labio y miró para el costado. Sofía se rio bajito tapándose la boca. Ailín solo levantó una ceja con cara de «yo ya sé por dónde va esto», recostada en el sofá con ese escote que apenas contenía nada.
—Si quieren picante de verdad —soltó Ailín—, hablemos de garches. De los buenos, de los que te dejan caminando como un pato al día siguiente.
Romina levantó las manos riendo.
—Pará, pará. Mejor hablemos de fantasías. Las que tenemos en la cabeza y nunca contamos. Es más rico.
Todas dijimos que sí casi al mismo tiempo. Pero después vino el silencio incómodo: nadie quería ser la primera. Terminamos mirando a Ailín, que ya tenía esa sonrisa traviesa.
—Son todas unas cagonas —se rio—. Bueno, arranco yo.
Se acomodó mejor en el sofá, cruzó las piernas dejando que el short se le subiera un poco más y empezó a hablar con voz baja, como si nos contara un secreto.
—Mi fantasía favorita es una orgía. Pero no cualquiera. Me imagino en el salón de deportes de la secundaria, de noche, después de un partido. El piso es de parqué, huele a sudor y a goma de zapatillas. Hay como veinte tipos, todos mayores, sin caras, sin nombres. Solo cuerpos.
Hizo una pausa, tomó un trago y siguió cada vez más metida en la escena.
—Empiezan uno por uno y no paran. Me ponen en cuatro sobre uno de esos bancos de madera, sin preliminares. El primero entra de golpe. Después el segundo, el tercero, sin darme tiempo a respirar. Me tiran del pelo, me dan cachetadas, se turnan. Y yo solo gimo y pido más. Quiero sentir cómo me van abriendo cada vez más, cómo me duele y me encanta al mismo tiempo. Me dejan tirada al final, palpitando, con las piernas chorreando. Acabo solo con eso, sin que nadie me toque la concha.
Florencia se tapó la cara con las manos riendo, Sofía tenía los ojos abiertos como platos y Romina ya se mordía el labio. Ailín nos miró con una sonrisa.
—¿Qué les parece, boludas? Y antes de que pregunten: en la fantasía no hay riesgo, no hay enfermedades, no hay consecuencias. Solo placer puro y sucio.
El living explotó en risas. Florencia le tiró un almohadón, Sofía se dobló diciendo «Dios, vos no tenés filtro ni en las fantasías» y yo solo podía negar con la cabeza, sintiendo que el calor ya no era solo del fernet.
—Romi, te toca —dije después, dándole un empujoncito con el pie—. Vos arrancaste con esto, no te hagas la santa.
Romina suspiró largo, miró el techo, tomó un trago.
—Está bien. Pero la mía es re tonta. Tipo… un glory hole.
El living explotó otra vez. Todas nos acordamos al instante de aquella noche de la fiesta de egresados, cuando Romina tenía dieciocho y terminó haciendo cosas que prometió no contar nunca.
—¡La noche de la cabina del DJ! —gritó Ailín muerta de risa.
—Estoy reformada, boludas —se defendió Romina con las mejillas rojas—. Esto es solo fantasía, ¿eh?
Se acomodó mejor y empezó.
—Me imagino en un baño público sórdido, de noche. Hay un agujero en la pared, nada más. Yo arrodillada del otro lado, sin saber quiénes son los tipos. Solo veo vergas anónimas entrando una atrás de otra. Algunas grandes, otras chicas. Sin caras, sin nombres.
Hizo una pausa, pero siguió, cada vez más metida.
—Empiezo con la primera. La meto hasta la garganta, babeando como loca. El tipo del otro lado empuja, me agarra del pelo a través del agujero, me la mete hasta que me dan arcadas. Cuando acaba, trago todo. Después viene la segunda, la tercera, la cuarta. Pierdo la cuenta. El piso se llena de mi baba. Tengo la cara destruida, el rímel corrido, los labios hinchados, los pelos pegados en la frente. Y yo solo quiero más. Me quedaría ahí horas, esperando la siguiente.
El silencio que siguió fue épico. Florencia soltó un grito ahogado de risa.
—¡Romina, sos peor que Ailín!
—Si vos también habrás tragado más de una vez, no te hagas —contestó Romina muerta de risa.
Ailín aplaudió despacio.
—Bienvenida al club de las degeneradas. Ahora sí estamos en el mismo nivel.
Yo miré a Sofía, que hasta ese momento había estado bastante callada, sentada en el piso con el vestido subido un poco por los muslos, bebiendo a sorbitos.
—Te toca, Sofi. No te escapás.
Sofía se puso colorada al instante. Bajó la mirada al vaso, jugó con el borde del vestido y murmuró:
—Yo paso. No tengo nada que contar.
—¡Mentira! —gritó Ailín—. Sos la más linda del grupo. Despertás pasiones en cualquiera que te mire. Imposible que no tengas algo guardado.
—Y sos la única virgen oficial del grupo —agregó Romina—. Eso lo hace más interesante. Dale, contá.
Sofía suspiró, se mordió el labio y cedió.
—Está bien. Hay algo. Pero es con un profesor de la facu.
Todas nos inclinamos hacia adelante al mismo tiempo. Ailín soltó un «uyyy» exagerado y Florencia le dio un codazo para que se callara.
—No es un bombón —siguió Sofía—. Tiene cuarenta y pico, despeinado, anteojos gruesos, la ropa siempre arrugada. Pero es ferozmente inteligente. Cuando explica en clase, todo encaja. Habla con una seguridad que me pone la piel de gallina. Fantaseo con que un día, después de cursar, me haga quedarme.
Hizo una pausa y miró al techo.
—El aula está vacía. Solo quedamos él y yo. Me dice que cierre la puerta con llave. Yo digo que no, que me tengo que ir. Pero termino haciéndolo igual, con el corazón a mil. Me ordena que me siente en su escritorio. Yo le digo que no es apropiado. No me escucha. Se para enfrente, se desabrocha el pantalón despacio. Me dice «abrí la boca, Sofía». Yo le digo que nunca lo hice, que soy virgen, que por favor no. Pero me agarra del pelo suave, no fuerte, solo lo suficiente para guiarme. Y abro la boca.
Le temblaba la voz, pero siguió, cada vez más ronca.
—No sé por qué lo hago, en la fantasía no quiero, pero lo hago. Me dice «así, nena, sos una buena alumna cuando querés. Vas a tener buenas notas». Yo lloro un poco, de vergüenza y de morbo, pero no paro. Al final me llena la boca y me dice que si trago me sube la calificación. Y trago. Después me deja ir y me dice «mañana volvé a la misma hora». Y yo me voy con las piernas temblando.
El living se quedó callado un segundo. Florencia soltó un silbido bajo.
—Sofi, eso fue intenso. ¿Y decís que es tonto?
—¿Te tocás pensando en él? —preguntó Ailín sin filtro.
Sofía asintió con una sonrisa chiquita y culpable.
—Casi todas las noches.
Romina la abrazó de costado.
—Reina, sos la más inocente y la más sucia a la vez.
Miré a Florencia.
—No te salvás. Sofía se animó siendo virgen, Romina nos dejó a todas con la boca abierta. Ahora vos.
Florencia se rio y levantó las manos.
—Está bien, boludas. Mi fantasía es re simple comparada con las suyas. Es con uno solo. Un tipo cualquiera, no importa la cara ni el nombre. Pero con una pija monstruosa. Tipo treinta centímetros, gruesa como una lata.
El living explotó otra vez. Ailín fue la primera en saltar.
—¿Treinta? Tenés que ir a buscarlo al zoológico, reina.
—O a un caballo —se sumó Romina—. ¿Segura que no querés un centauro?
Florencia se rio con nosotras pero siguió, ahora con voz más baja.
—No es broma. En la fantasía me lo imagino en una pieza oscura. Se baja el pantalón y ahí está esa cosa enorme, venosa, pesada. Yo me arrodillo y lo intento meter en la boca, pero apenas entra la punta. Me estira los labios al máximo. Babeo como loca, le lamo todo, le chupo los huevos. Después me pone en cuatro sobre la cama, me abre las piernas y empuja. Duele al principio, siento que me parte, pero en la fantasía me encanta. Entra centímetro a centímetro, me llena tanto que veo el bulto en mi panza cada vez que empuja. Acabo una y otra vez, gritando, con las piernas temblando.
Tomó aire y siguió.
—Y cuando ya no puedo más, me da vuelta y va por el otro lado. Me abre despacio, pero es brutal. Siento cada vena estirándome hasta el límite. Me duele rico, me quema, pero pido más. Al final me llena tanto que cuando sale chorrea por mis piernas. Quedo tirada, palpitando. Me toco hasta acabar otra vez solo con la sensación de estar tan llena.
Ailín saltó como un resorte, con los ojos brillando.
—¡Yo estuve con una así una vez! No llega a treinta, pero fácil veinticinco. Me dolió una semana, pero valió cada segundo. Cuando probás una así te deja marcada.
Florencia la miró con cara de «no me jodas».
—¿Sí? Entonces enseñame a montarlas, maestra.
—Te paso contactos, puta —se rio Ailín—. Bienvenida al club de las que quieren dilatarse toda.
El silencio cayó otra vez, pero ahora con sonrisas lentas y miradas cargadas. Ailín me apuntó con el dedo.
—Pará, ¿y vos, Cami? No te hagas la boluda. Sos la anfitriona, no te zafás.
Florencia se sumó tirándome un almohadón.
—Exacto. Nosotras largamos todo. ¿Y vos qué? Dale, no seas rata.
—Además sos la más precoz del grupo —agregó Romina con voz dulce—. Imposible que no tengas algo guardado.
Me reí nerviosa, me tapé la cara y negué con la cabeza.
—Ay, chicas. Tengo una, pero es re tranqui comparada con las de ustedes.
—Soltala —dijo Ailín—. No aceptamos excusas.
Tomé aire y empecé.
—Mi fantasía es algo que ya no puede pasar. Me hubiera gustado que se viralizara un video que grabé chupándosela a mi novio cuando íbamos a la secundaria. Uno bien casero, yo arrodillada entre sus piernas, mirando a la cámara hasta que él me acababa en la cara. Que se filtrara en el colegio, en el grupo de amigos, en todos los WhatsApp. Que todos en Pichincha supieran lo que escondía detrás de la carita de nena buena. Que me tuvieran que cambiar de colegio porque no paraban de mirarme distinto.
Hice una pausa.
—Como Brenda…
Todas asintieron al instante. Romina dijo:
—Tremendo lo de Brenda. El video dio vueltas meses, pobre. Pero qué morbo.
Florencia agregó:
—Y encima vos sos chetita de Pichincha, carita de modelo. Imaginate la cara de la gente al ver el video. «¿La Camila? ¿La de la familia bien? Mirá lo que era en realidad…»
Yo asentí con las mejillas calientes.
—Exacto. Que detrás de la carita inocente hubiera una que se moría por que la vieran chupando pija en un video que todos miraban una y otra vez.
El silencio que siguió fue distinto: más cargado, más íntimo. Habíamos cruzado una línea. Ailín la rompió primero.
—Chicas, o nos vamos a dormir o pasa algo. Porque yo ya estoy re caliente.
—Pará, malísima —saltó Florencia entre risas.
***
Las risas se fueron apagando de a poco, reemplazadas por bostezos y miradas somnolientas. El fernet se terminó. Subimos al primer piso. Mi cuarto es grande, tiene cama y un colchón inflable que saqué del placard de mis viejos. Nos tiramos todas: yo en el medio del inflable, Ailín y Florencia a un lado, Romina y Sofía en mi cama. En ropa interior y remerones, con el aire prendido bajito.
No pasó nada. Ni un beso, ni una mano que se escapara, ni un roce intencional. Solo calor de cuerpos cercanos, olor a perfume mezclado con alcohol, el ronquido suave de Florencia que nos hizo reír antes de quedarnos dormidas. Pero yo tuve un sueño. De esos que se sienten tan reales que al despertar te quedás confundida un segundo.
Estaba completamente desnuda en el cuarto de mis viejos. La cama grande, el espejo de la pared, la luz tenue. Mi novio estaba conmigo, también desnudo, mirándome con esa cara de hambre que me vuelve loca. Me arrodillé frente a él y empecé a hacerle un oral baboso, de esos que sé que le encantan. La saliva me chorreaba por la comisura. Él me agarraba el pelo y gemía.
De repente, en el sueño, tenía las tetas grandes. Pesadas, redondas, perfectas. No me pregunté por qué, solo me excitó más. Me las junté con las manos y le hice una cubana lenta. Él gemía más fuerte, me decía «qué tetas más lindas tenés hoy».
Después me tiró en la cama y me cogió en misionero. Entraba despacio pero profundo, mirándome a los ojos. De repente me susurró al oído, con voz ronca:
—Quiero romperte el orto, mami.
Me dio vuelta, me puso en cuatro y me penetró el culo de un solo empujón. Fue salvaje. Me cambiaba de posición todo el tiempo: contra la pared, sobre el escritorio de mi viejo, en el piso, otra vez en la cama. Como si yo no pesara nada.
En uno de esos movimientos, contra la cómoda, me vi reflejada en el espejo grande. Y no era yo.
Era mi mamá. Tenía su cuerpo: las tetas grandes, la cintura más ancha, la cola más generosa, el pelo más corto y con rulos. Era Patricia la que estaba siendo cogida por mi novio. Mi mayor fantasía durante la adolescencia, mi mayor pesadilla. Era ella la que gemía, la que tenía la pija de él enterrada por detrás.
Por alguna razón eso me excitó muchísimo más. Sentí una calentura prohibida, como si estuviera viendo algo que no debía. Empecé a acabar sin control, apretándome alrededor de su pija, temblando entera. En ese momento él se descargó adentro: chorros calientes, profundos. Sentí cómo me inundaba mientras seguía mirando a mi mamá en el espejo, acabando como nunca.
Me desperté de golpe, agitada, con el corazón a mil. Tenía la bombacha empapada y un poco las piernas. Me quedé quieta un rato, respirando fuerte, con una mezcla rarísima de vergüenza, morbo y culpa.
Durante mi adolescencia tuve muchísimos complejos con mi madre. Patricia siempre fue una diosa total y yo, una chica bonita pero plana, sin sex appeal. Tuve pesadillas en las que ella se cogía a mi novio, pero también alguna vez lo soñé despierta. Es un secreto que solo yo sé, porque la culpa después es tremenda.
Miré alrededor: todas seguían dormidas. Ailín roncando bajito, Sofía abrazada a una almohada. El sol ya entraba por las persianas.
***
Al día siguiente fingimos demencia total, como si nada. Desayunamos medialunas y café en la cocina, hablando de pavadas: el finde largo, el laburo de Romina, que Ailín tenía que devolver una plata por una apuesta perdida. Nos sacamos fotos tontas para el grupo, nos maquillamos mutuamente porque «hoy salimos a caminar por el río». Nadie mencionó las fantasías ni los sueños ni el calor que todavía flotaba en el aire. Solo comentarios inocentes: «anoche nos pasamos con el fernet», «qué lindo dormir todas juntas, deberíamos repetirlo».
Pero yo sé que cada una se llevó algo adentro. Y que, tarde o temprano, alguna va a sacar el tema de nuevo. Porque después de una noche así, las cosas no vuelven a ser exactamente iguales.