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Relatos Ardientes

La propuesta que me hizo en el mirador apartado

Llevábamos cuatro días en la carretera y ninguno de los dos quería volver. Mateo había acondicionado la furgoneta con sus propias manos durante el invierno: un colchón a medida, cortinas oscuras pegadas a las ventanas con velcro, una nevera pequeña enchufada al mechero del coche, y un par de luces cálidas que él insistía en llamar «ambiente». Yo me había reído de la palabra al principio, pero después de tres noches durmiendo en aparcamientos de pueblo, empezaba a entender por qué la usaba.

Aquella tarde habíamos seguido una carretera secundaria que se metía entre robles y pinos, subiendo despacio hasta la cresta de una sierra. Habíamos parado en tres miradores antes de encontrar el bueno: un claro casi rectangular al final de una pista de tierra, sin señales, sin barreras, sin nadie. Solo la curva del valle abriéndose frente a nosotros y un cielo que se iba poniendo del color de la fruta madura.

—Aquí —dijo él, apagando el motor.

Aparcamos con el morro contra unos arbustos y la puerta trasera apuntando al horizonte. Mateo abrió el portón, que se levantaba hacia arriba como una visera, y el colchón quedó expuesto al paisaje. Me senté con los pies colgando, descalza, mientras él me traía una cerveza de la nevera. Estaba tan fría que el cristal sudaba.

—No me acostumbro a esto —dije.

—¿A qué?

—A que no haya nadie. A que no se oiga nada.

Él se sentó a mi lado y miró hacia el valle. Era verdad que no se oía nada. Ni un coche, ni un perro, ni una voz humana. Solo el viento moviendo las copas de los pinos y, muy lejos, el silbido de algún pájaro que ninguno de los dos sabía identificar.

El sol bajaba rápido. Me recosté sobre el colchón, apoyada en los codos, y dejé que la luz me diera en la cara. Llevaba una falda corta de algodón y una camiseta blanca, y debajo el conjunto rojo que él me había regalado por mi cumpleaños y que yo guardaba para ocasiones que casi nunca llegaban. Aquella mañana, sin saber muy bien por qué, lo había sacado del cajón.

—Oye —dijo él de pronto, sin mirarme.

—¿Qué?

—¿Echamos un polvo?

Me reí tan fuerte que casi se me cae la cerveza.

—Joder, y así me lo dices.

—¿Cómo querías que te lo dijera? —contestó, sonriendo de medio lado—. Tenemos las ventanas tapadas, la puerta apunta al vacío y no hay un alma en kilómetros a la redonda. ¿Quién nos va a ver?

Su mano había empezado a recorrerme la pierna mientras hablaba. Subía despacio por la parte interior del muslo, sin prisa, sin pedir permiso, como si ya supiera la respuesta. Cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, el cielo había cambiado otra vez de color.

—Vale —dije.

***

Me bajé del colchón y me arrodillé en la tierra, sobre la manta que él había echado en el suelo para no ensuciar nada. Mateo se quedó sentado en el borde del maletero, con los pies apoyados en el parachoques, y yo le desabroché el cinturón sin dejar de mirarlo. Tenía esa expresión que ponía cuando algo le sorprendía: la ceja un poco levantada, la boca medio abierta, como si todavía no se creyera que iba a pasar.

—¿Estás seguro de que no viene nadie? —pregunté yo, ya con su polla en la mano.

—Ahora me lo preguntas.

—Ahora.

—Estoy seguro.

Empecé despacio. Lo lamí desde la base hasta la punta, sin meterla todavía, solo dibujando líneas con la lengua. Él suspiró y apoyó la mano en mi nuca, no apretando, solo descansándola allí, como un recordatorio. Lo miré desde abajo, con los labios entreabiertos, y vi cómo se mordía el interior de la mejilla.

—No me hagas eso —dijo él.

—¿El qué?

—Mirarme así.

Sonreí sin contestar y me la metí en la boca. Empecé despacio, llevando el ritmo con la mano y la lengua a la vez, mientras él intentaba no moverse demasiado. Pero a los pocos minutos su mano dejó de descansar en mi nuca y empezó a marcar el ritmo, suave al principio, más insistente después. Yo lo dejaba. Me gustaba que lo hiciera. Me gustaba sentir que estaba a punto de perder el control.

El cielo se había puesto rojo. Lo veía cada vez que levantaba la vista para mirarlo, y él me devolvía la mirada con una intensidad que me ardía por dentro. En un momento me detuve, solo para tomar aire, y nos quedamos quietos los dos, respirando, mirándonos.

—Estoy a punto —jadeó.

Volví a la punta, succionando, ayudándome con la mano, apretando justo lo suficiente. Sentí el latido antes que el resto. Ese pulso que avisa. Me quedé hasta el último segundo, lo justo para tragar el primer chorro, y luego me aparté para que el resto cayera sobre mi pecho, sobre el sujetador rojo que él me había regalado y que ahora quedaba marcado.

Le saqué la lengua, despacio, y él se quedó callado un instante.

—Creo que me manchaste un poco —dije, con toda la ironía que pude reunir.

—Mira qué pena.

***

—Ven —dijo después, dándose unas palmaditas en el regazo.

Me reí bajito, porque su tono había cambiado. Ya no era el de pedir permiso. Era el de quien sabe que ya no hay que pedirlo. Me subí al maletero, me coloqué de pie frente a él, y dejé que la falda cayera al suelo. El tanga rojo lo aparté hacia un lado con un dedo, sin quitármelo, porque sabía que a él le gustaba así. Me di la vuelta, dándole la espalda, y bajé sobre su regazo mirando el paisaje.

El valle entero se desplegaba frente a mí. Las luces de un pueblo lejano empezaban a encenderse, una a una, como si alguien las fuera contando. Se sentía irreal. Como si estuviéramos en un decorado y no en un sitio donde alguien podía aparecer en cualquier momento.

Cogí su polla con la mano y la guié hasta mi entrada. Vacilé un segundo, rozando la punta contra mí, jugando con la idea, hasta que me pareció que no aguantaba más y la dejé entrar. Despacio. Centímetro a centímetro. Hasta el final.

Él soltó el aire de golpe.

—Joder.

Sus manos me rodearon la cintura primero. Luego subieron por debajo de la camiseta y me soltaron el sujetador del broche delantero con una facilidad que me sorprendió. Sus dedos encontraron mis pezones casi al instante y los apretaron, suaves al principio, más fuerte después. Me besó el cuello con la boca abierta, mordiéndome justo donde sabía que me volvía loca.

Yo movía las caderas en círculos. Despacio. Sintiéndolo entero. Dejando que la presión se acumulara sin descargarse del todo.

—¿Te pone follar en medio del campo? —murmuró en mi oído.

—Me pone follar contigo. El sitio es lo de menos.

Él se rió contra mi cuello, una risa baja, y me apretó los pechos con las dos manos. Apoyé las palmas en mis propios muslos y empecé a moverme de verdad. Subía y bajaba con intensidad, con los ojos clavados en el valle, sintiendo el aire fresco entrar por la puerta abierta y golpearme en la cara. La camiseta se me había subido hasta los pechos. El sujetador colgaba inútil del codo. La falda estaba en el suelo, a un metro del coche.

Si alguien hubiera aparecido por la pista en ese momento, lo habría visto todo.

Y, por algún motivo, esa idea me ponía más todavía.

***

—¿Cambiamos? —pregunté después de un rato, cuando empecé a notar que las piernas se me resentían.

—Ponte a cuatro —contestó él, sin rodeos.

Me bajé de su regazo, me quité la camiseta del todo y me subí al colchón. Me coloqué a cuatro patas en el borde de la cama, con la cara hacia el interior y el culo apuntando al exterior. Hacia el valle. Hacia el cielo, que ya estaba casi negro, salpicado de las primeras estrellas.

—Estas sí que son buenas vistas —dijo él detrás de mí.

Sentí su mano subir por la parte trasera de mi muslo, despacio. Luego la otra. Luego su polla rozándome, entrando solo la punta y saliendo, entrando otra vez y volviendo a salir. Era insoportable. Era exactamente lo que él quería que fuera.

—Joder, métela —me quejé.

—Pídelo bien. Me gusta oírte rogar.

Chasqué la lengua, casi contra mi voluntad.

—Métela, por favor.

Él sonrió. Lo noté en el silencio antes del golpe. Y entonces la metió de una vez, hasta el fondo, y solté un gemido que probablemente se oyó hasta el pueblo de las luces lejanas.

—Así. Así me gusta —murmuró.

Me dio una nalgada que me hizo arquear la espalda. Luego otra. Luego un comentario en voz baja que no me esperaba.

—Joder, si vieras cómo te bota.

Empezó a moverse más fuerte. Las manos en mis caderas, los dedos clavados, el ritmo cada vez más urgente. Yo intentaba seguirlo, empujando hacia atrás, pero en algún momento dejé de intentarlo y me dejé llevar. Me dejé hacer. Las nalgadas se mezclaban con los gemidos, y los gemidos con el viento que entraba por la puerta abierta, y el viento con el sonido de nuestros cuerpos chocando.

—Me voy a venir —le avisé.

—Hazlo. Deja que sienta que solo yo soy capaz de hacerte venir a cuatro patas en medio del bosque.

Sus palabras me calaron más de lo que querría admitir. Cerré los ojos. Apreté los puños contra el colchón. Y me vine. Me vine con una intensidad que no recordaba desde hacía meses, con un grito que se llevó el viento, con todo el cuerpo temblándome de una forma que no podía controlar.

Él lo notó. Notó cómo me apretaba alrededor de él, cómo perdía el ritmo, cómo el cuerpo se me convulsionaba entero. Y se vino justo después, apretándome las caderas contra él, soltando un «joder» largo que pareció durar más que el orgasmo.

Caí rendida sobre el colchón. Boca abajo, los brazos a los lados, la cara contra la sábana. Un instante después, él cayó a mi lado, igual de muerto, igual de sudado, igual de incapaz de articular palabra.

***

Tardamos un rato en movernos. Mucho rato. Nos quedamos así, sin hablar, escuchando el viento y los grillos que habían empezado a cantar mientras nosotros estábamos en otra cosa. La puerta seguía abierta. Las estrellas se habían multiplicado. El aire olía a tierra y a pino y a algo más que probablemente éramos nosotros.

—Tengo que cerrar la puerta —dijo él al final, sin convicción ninguna.

—Espera un poco.

—No puedo esperar mucho. Hace fresco.

—Cinco minutos.

Se quedó. Cinco minutos, diez, quince. No los conté. Solo sé que en algún momento me giré hacia él, le pasé la pierna por encima, y me quedé así, abrazada, mirando el cielo a través de la apertura.

—¿Crees que volvemos algún día? —pregunté.

—¿Aquí?

—A este sitio.

Él se quedó pensando. La luz de las estrellas le iluminaba apenas la cara.

—No —dijo—. Creo que no. Y por eso ha estado bien.

Tenía razón. Hay sitios que solo funcionan una vez. Que se queman al usarlos. Si volviéramos al mismo claro, al mismo mirador, con la misma furgoneta y la misma cerveza, no sería igual. Sería una versión peor de lo que acababa de pasar. Y nada me daba más rabia que las versiones peores.

Le di un beso en el hombro y cerré los ojos.

Por la mañana, cuando abrí la puerta del coche, encontré la falda todavía tirada en la tierra, a un metro del parachoques. Estaba un poco arrugada, manchada de polvo, y me dio risa. La recogí, la sacudí, y la metí en la bolsa de la ropa sucia.

El día empezaba con sol y con un valle completamente distinto al de la noche anterior. Pero yo sabía algo que el valle no sabía: que ese sitio, durante un par de horas, había sido nuestro. Y que en algún rincón dentro de mí, iba a seguir siéndolo durante mucho tiempo.

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Comentarios (9)

Viajera45

jajaja eso si que es una fantasía hecha realidad!!! me encanto

MarcosRio

Buenísimo. Quede con ganas de mas, espero que haya continuacion

SilvinaRdz

Me encanto como lo contaste, se siente tan real. Esa espontaneidad es lo que mas me gusta de los relatos asi

Nico_Rosario

Uff, buenísimo. Me recordo un viaje que hize hace un par de años, algo parecido nos paso jaja

Lectora_Mdp

excelente!!!

RubenCte

La ambientacion del mirador le da mucho morbo al relato. Seguí escribiendo, tenés un estilo muy bueno

PamelitaRdz

Tremendo relato, me gusto mucho. Hay segunda parte?

ElProfe47

Que lindo cuando la realidad supera a la fantasia jeje. Muy bien narrado, enhorabuena

Tomas_99

Se hizo cortísimo, queria que siguiera. Más por favor :)

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