Las cervezas en la playa y el trío que imaginamos
Llevaban cuatro veranos yendo juntos a la misma playa, siempre el mismo apartamento en primera línea, siempre los mismos rituales: la compra del primer día, el paseo nocturno por el paseo marítimo, la discusión de rigor sobre qué chiringuito tenía la música menos insoportable. Marcos y Diego se conocían desde el instituto. Eloísa y Valeria se habían hecho amigas después, casi por inercia, y a estas alturas era imposible imaginar agosto de otra forma.
Cuatro personas que se conocen demasiado bien tienen una manera peculiar de relacionarse en vacaciones. En octubre, cuando el año volvía a su curso habitual, cada uno se convertía en una versión más ordenada de sí mismo: trabajo, compromisos, la rutina discreta que mantiene las cosas en su sitio. Pero agosto lo disolvía todo. Los horarios desaparecían. La ropa era mínima. Y ciertas miradas que durante el resto del año pasaban inadvertidas, aquí se volvían más difíciles de ignorar.
Ese mediodía las cuatro toallas ocupaban el mismo hueco de siempre, un poco alejadas de la orilla, con la sombrilla inclinada hacia la izquierda para que la sombra cayera donde más hacía falta. Eloísa y Valeria llevaban ya un buen rato en el agua, más adentradas ahora, con las olas llegándoles a los hombros. Se movían con esa facilidad de quien ya no tiene ningún espectador en mente, hablando entre ellas con una concentración que no necesitaba testigos.
Marcos las observó desde la toalla sin darse cuenta de que lo hacía. La lata de cerveza que sostenía llevaba varios minutos sin ir a su boca. Cuando se percató, ya estaba tibia.
—Esta ya no vale para nada —dijo, incorporándose de golpe y sacudiéndose la arena de los antebrazos.
Diego abrió un ojo desde debajo del sombrero de tela que usaba cada verano y que estaba en un estado de deterioro avanzado.
—¿Qué?
—La cerveza. Está caliente.
Diego evaluó el esfuerzo que implicaría moverse y pareció no encontrar argumentos sólidos en contra.
—¿Vamos al chiringuito?
—Voy a buscar algo frío. ¿Vienes?
Diego se incorporó sin decir nada más. Ambos miraron un instante hacia el agua antes de levantarse. Eloísa y Valeria seguían ahí, indiferentes al sol y al tiempo, ajenas por completo a la playa que las rodeaba. Se movían en sincronía, como siempre, como si llevaran toda la vida hablando en el mismo idioma y no necesitaran ponerse al día nunca.
—No tardamos —murmuró Diego, casi para sí.
Marcos ya estaba de pie.
—No creo que nos echen de menos.
Caminaron sobre la arena caliente con ese paso relajado de quien no tiene ninguna prisa pero sí, quizás, una intención que todavía no se ha formulado del todo.
***
El chiringuito se llamaba El Ancla. Una construcción de madera y lona que llevaba varios veranos en el mismo sitio y que de algún modo resistía a todo: temporales, turistas, el desgaste lento de las estaciones. Había cuatro mesas altas en el exterior y una barra larga a la sombra donde varios bañistas consumían sus cosas sin apresurarse. Detrás del mostrador, un hombre de unos cincuenta y tantos años, con el pelo entrecano y una camiseta con el nombre del local bordado en el bolsillo, los atendió en cuanto pisaron la tarima de madera.
—Dos cervezas bien frías —pidió Marcos—. Si puede ser, de las que dan ganas de quedarse.
El hombre, cuya etiqueta decía Gerardo, asintió sin hacer comentarios innecesarios. Sacó dos botellines del frigorífico y los dejó sobre la barra con ese gesto preciso de quien lleva décadas haciendo lo mismo sin que se le haya pasado el oficio.
Marcos le dio el primer trago casi antes de que la botella tocara la madera. La diferencia con la lata de antes era como la diferencia entre una ducha fría y un grifo que solo da agua templada.
—Así sí.
Diego bebió más despacio, con los codos apoyados en la barra y la mirada fija en la línea de playa que se veía desde el chiringuito. Desde ahí se podía ver casi todo: la orilla, el movimiento constante del agua, las dos figuras que habían dejado atrás entre las olas.
El silencio entre ellos duró lo que dura un primer trago.
—No están mal hoy —dijo Marcos de repente.
Diego no preguntó a quién se refería. Era una de esas frases que no necesitan sujeto cuando llevas suficientes años conociéndose.
—Nunca lo han estado —dijo.
—Ya. Pero hoy hay algo distinto.
Diego dejó la botella sobre la barra un momento, mirando hacia el mar.
—El contexto —dijo finalmente.
—Exacto. Aquí todo se ve de otra manera.
—O te permites verlo de otra manera —añadió Diego.
Marcos asintió despacio.
—Lo mismo.
***
Gerardo fingía ordenar vasos en el extremo de la barra con esa habilidad discreta de los barman que han aprendido a estar sin estar. No se entrometía, pero tampoco era el tipo de hombre que se pierde los matices de una conversación cuando trabaja a medio metro de distancia.
—¿Te has fijado en cómo iba Eloísa hoy? —preguntó Marcos.
Diego tardó un momento.
—Sí.
—Ese bañador.
—Sí.
—No es casual. Sabe exactamente lo que hace cuando elige algo así. Se le marca todo. El coño, las tetas, el culo entero. Y sabe que se le marca.
Diego no lo negó. Le dio otro trago a la cerveza y después la apoyó con cuidado en la barra.
—Siempre lo ha sabido —dijo—. Desde que la conocí, eso no ha cambiado.
Marcos asintió. Hubo una pausa del tipo que se instala cuando una conversación ha cruzado una línea sin que nadie haya tenido que cruzarla de manera explícita.
—Y Valeria…
Diego giró levemente la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa con Valeria?
Marcos se encogió de hombros, con una media sonrisa que no era de disculpa.
—Que parece que no. Pero también.
—Sé más concreto.
—Que tiene un culo que llevo cuatro años intentando no mirar y no lo consigo. Y que cuando sale del agua y se le pegan las bragas al coño, cualquiera con ojos ve lo que hay debajo. No es lo más evidente del mundo, pero cuando la ves moverse, o cuando se ríe de esa forma que tiene, mirándote de reojo…
Dejó salir el aire despacio.
—Hay algo ahí. Y me pone.
Diego no respondió enseguida. Miró de nuevo hacia la playa, hacia ese punto impreciso entre las olas donde las dos figuras se movían con lentitud.
—Ya lo sé —dijo finalmente.
Marcos lo miró.
—Claro que lo sabes.
El silencio que siguió fue de los que no resultan incómodos sino todo lo contrario. Del tipo que confirma que dos personas están pensando lo mismo sin necesidad de decirlo.
—Llevamos mucho tiempo siendo muy ordenados en esto —dijo Marcos.
—¿Ordenados?
—Correctos. Comedidos. —Hizo un gesto vago con la mano—. Muy dentro de los límites.
Diego soltó una risa breve.
—¿Y eso es un problema?
—No dije que fuera un problema. Dije que es una observación.
—¿Cuál es la diferencia?
Marcos se lo pensó un instante.
—Un problema requiere solución. Una observación solo requiere honestidad.
Diego bebió. Marcos también.
—¿Tú crees que Eloísa no sabe cómo la miras? —preguntó Marcos.
—Eloísa se da cuenta de todo —dijo Diego—. Siempre. Es de las personas que no se pierden nada aunque lo finjan.
—Exacto. —Marcos apoyó la botella—. Y si se da cuenta y no dice nada, es porque no le resulta tan incómodo como asumimos.
Diego lo miró un momento con esa expresión de quien evalúa si seguir o frenar.
—O porque sí le resulta incómodo y precisamente por eso lo ignora.
—También puede ser.
—Entonces no sabemos nada.
—Sabemos lo suficiente. —Marcos se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz sin ninguna intención real de ocultarse—. Sabemos que son dos mujeres inteligentes. Y que llevan cuatro años pasando este agosto con nosotros sin que nadie haya dicho nada en voz alta. Eso también es un dato.
Diego lo pensó un momento.
—O es un dato. O es simplemente que nadie quiere arruinar algo que funciona.
—¿Y si funcionara mejor? ¿Y si funcionara con ellas dos abiertas de piernas en la misma cama y nosotros dos follándolas?
Diego no respondió de inmediato. Dio un trago largo. Después dejó la botella sobre la barra con más cuidado del necesario.
—Eso no lo sabe nadie hasta que pasa —dijo.
—No. Pero tampoco lo sabe nadie si no pasa.
***
Gerardo se acercó con la excusa de recoger un vaso que no necesitaba ser recogido.
—¿Otra ronda? —preguntó.
—Sí —dijo Marcos.
Diego asintió sin decir nada. El barman puso dos botellines nuevos sobre la barra y estuvo a punto de alejarse, pero se detuvo un segundo.
—Hay cosas —dijo, con un tono neutral que no buscaba ni aconsejar ni juzgar— que es mejor dejarlas donde están.
Marcos lo miró.
—¿Por qué?
—Porque cuando salen, ya no vuelven a caber donde estaban.
Marcos asintió despacio.
—Lo mismo pasa con no decirlas. Lo callado también ocupa su sitio. Y a veces ese sitio se llena tanto que ya no cabe nada más.
Gerardo lo consideró unos segundos con una expresión difícil de clasificar. Después se encogió de hombros y se alejó sin añadir nada más, con esa elegancia práctica de quien sabe cuándo una conversación ya no lo necesita.
Diego esperó a que estuviera fuera de alcance.
—No está del todo equivocado.
—No —concedió Marcos—. Pero tampoco del todo en lo correcto.
—¿Y qué propones exactamente?
—De momento, nada concreto. —Marcos miró hacia la playa—. Propongo que dejemos de fingir que no pensamos lo que pensamos. Solo eso. El resto ya se ve.
—¿Y si ellas no piensan lo mismo?
—Entonces nos habremos equivocado con elegancia —dijo Marcos—. Pero si sí lo piensan y no decimos nada, habremos pasado otro agosto siendo muy correctos y muy aburridos.
Diego lo miró un momento.
—¿Cuándo se te ocurrió todo esto?
—Creo que siempre lo he sabido. —Se encogió de hombros—. Hoy simplemente tengo calor, la cerveza está fría, la polla lleva media tarde tirándome del pantalón y ya no tengo energía para fingir que no.
Diego soltó una risa corta, genuina.
—Eres una persona muy extraña.
—Y tú llevas cuatro años de vacaciones con una persona muy extraña. Así que algo dice eso de ti.
***
Pidieron la cuenta. Gerardo la dejó sobre la barra sin decir nada, aunque cuando Marcos se giró para marcharse tuvo la sensación de que el hombre lo observaba con esa expresión ligeramente irónica de quien ya ha visto todo esto antes y sabe, más o menos, cómo termina.
Salieron al sol.
La tarde estaba ya en ese punto dorado que tienen las últimas horas antes de que la gente empiece a pensar en la ducha y la cena. La luz caía de lado y hacía que todo pareciera un poco más cinematográfico de lo que era: la arena, las sombrillas, el movimiento lento de la orilla. Había algo en ese tipo de luz que hacía que ciertas cosas que de mañana habrían parecido exageradas se sintiesen, en cambio, completamente razonables.
Caminaron sin apresurarse.
—Hay toda una tarde por delante —dijo Marcos.
—Y una cena después —añadió Diego.
—Y una noche.
Diego no respondió, pero tampoco hizo falta.
***
Cuando se acercaron a las toallas, vieron que Eloísa y Valeria habían salido ya del agua. Estaban tumbadas una al lado de la otra, con el cabello mojado extendiéndose sobre el tejido y los ojos cerrados. Desde la distancia parecían dormidas, pero Marcos conocía demasiado bien a Eloísa para creerlo.
Efectivamente, cuando pisó la arena junto a su toalla, ella abrió los ojos. Y la mirada que le dirigió fue un segundo más lenta de lo que habría sido una mirada cualquiera de un martes de octubre. No era una mirada de reproche ni de curiosidad inocente. Era la mirada de alguien que lleva un rato pensando en algo y acaba de confirmar que la otra persona también lo ha estado pensando.
—Ya tardabais —dijo.
—Nos entretuvimos.
—¿Con qué?
—Con hablar.
Eloísa lo observó un momento sin responder. Después miró a Diego, que se estaba sentando al lado de Valeria. Y después miró a Valeria, que también había abierto los ojos. Algo pasó en ese cruce de miradas que Marcos no supo descifrar del todo, pero que tampoco le pareció que necesitara traducción inmediata.
—¿De qué hablabais? —preguntó Valeria.
Diego se colocó las gafas de sol antes de responder.
—Del calor.
Valeria sonrió muy levemente, con la comisura del labio, sin abrir los ojos del todo. Eloísa también. Era el tipo de sonrisa que comparten dos personas que acaban de confirmar algo que ya sabían, algo que habían estado esperando sin saber exactamente si llegaría.
—El calor —repitió Eloísa, con un tono que no era de pregunta.
—El calor —confirmó Marcos.
Eloísa asintió despacio. Luego se giró sobre la toalla, de espaldas al sol, y cerró los ojos otra vez. Pero había algo diferente en su postura. Una relajación que no era de quien se duerme sino de quien decide esperar.
La tarde seguía ahí, larga y dorada, llena todavía de horas por delante.
***
Se quedaron así hasta que el sol empezó a bajar de verdad. Cada gesto pequeño confirmaba en silencio lo que ya se había dicho sin decirse en el chiringuito: Eloísa cambiando de postura para que la cadera se le marcase más contra el bañador, Valeria estirándose con los brazos por encima de la cabeza hasta que las tetas se le levantaron un dedo bajo la tela mojada, Diego pasando el aceite bronceador con una demora nueva por la espalda de una y de otra, deteniéndose en la curva del culo un segundo de más antes de retirar la mano.
Volvieron al apartamento cuando la luz empezó a teñirse de naranja. Subieron los cuatro juntos, con las toallas al hombro y la sal secándose sobre la piel, y esa risa suave que aparece cuando el cuerpo ya sabe algo que la boca todavía no ha dicho.
—Yo me ducho primero —dijo Valeria.
—Yo después —dijo Eloísa, sin mirar a nadie en particular.
El agua corrió durante bastante rato. Los dos hombres se quedaron en el salón, cada uno con una cerveza recién sacada de la nevera, sin decir gran cosa. No hacía falta. La puerta del baño se abría y se cerraba, y cada vez que salía una de ellas —envuelta en una toalla, con el pelo mojado pegándose al cuello, con esa piel ligeramente enrojecida por el sol de la tarde— la conversación pendiente entre los cuatro se hacía un grado más densa.
Cenaron en la terraza. Alguien abrió una segunda botella de vino tinto sin discutirlo. La brisa entraba tibia del mar. Eloísa llevaba un vestido corto, blanco, sin nada debajo que Marcos pudiera adivinar por debajo de la tela cuando ella se inclinaba a servir. Valeria se había puesto una camiseta larga de tirantes que le llegaba a mitad del muslo, y cada vez que cruzaba las piernas Diego seguía el gesto con los ojos sin disimulo, buscándole el hueco entre los muslos.
En algún momento —cuando la segunda botella iba por la mitad— Eloísa apoyó la barbilla en la mano y miró a los tres, uno por uno, muy despacio.
—¿Vamos a seguir fingiendo hasta septiembre —dijo—, o vamos a hablar de una vez?
Valeria soltó una risa breve, sin sorpresa.
—Yo pensaba que ibas a tardar más.
—Yo pensaba que iba a tardar menos —dijo Eloísa.
Marcos dejó la copa sobre la mesa muy despacio. Diego se echó hacia atrás en la silla, no de defensa sino de quien acepta lo que ya sabía.
—¿Qué es exactamente lo que queréis? —preguntó Valeria, mirándolos a los dos.
—Creo que lo mismo que vosotras —dijo Marcos.
—Sé más concreto —dijo Eloísa.
Marcos se lo pensó apenas un segundo.
—Quiero follarte —dijo—. Y quiero que Diego se folle a Valeria. Y quiero que las dos veáis. Y después quiero cambiar. Ya está. Ese es el concreto.
Se hizo un silencio muy corto. Eloísa apretó levemente los labios, no de escándalo sino de quien acaba de escuchar exactamente lo que estaba esperando escuchar. Valeria miró a Diego. Diego asintió sin decir nada.
—Vale —dijo Eloísa.
—Vale —dijo Valeria.
Y no hubo más discusión.
***
Se levantaron de la mesa dejando los platos a medias. Eloísa fue la primera en entrar al dormitorio principal, y detrás fueron los otros tres. La cama era grande, con sábanas blancas revueltas del calor del día. Valeria encendió la lámpara de la mesita y la dejó al mínimo, esa luz tibia y amarilla que hace que la piel parezca de otro material.
Eloísa se sacó el vestido de un solo movimiento, tirándolo al suelo sin preocuparse por dónde caía. Estaba desnuda debajo, como Marcos había sospechado toda la cena, con los pezones ya duros y el pelo del pubis recortado en una línea fina que apuntaba directa al coño. Se acercó a Marcos, le agarró la cara con las dos manos y le metió la lengua en la boca sin ceremonia, empujándolo hacia el borde de la cama mientras le desabrochaba el pantalón.
—Fuera todo —le dijo contra los labios—. Ya.
Marcos se sacó la camisa y el pantalón sin dejar de besarla. Tenía la polla dura desde antes de subir la escalera del apartamento, y cuando ella le bajó el calzoncillo y se la agarró con la mano, apretándosela de la base a la punta y dándole un par de sacudidas lentas, él soltó un jadeo que Diego oyó perfectamente desde el otro lado de la cama.
—Joder —murmuró Eloísa, mirándosela—. La tienes mejor de lo que me imaginaba.
—¿Te la imaginabas?
—Muchas veces.
Del otro lado, Valeria se había quitado la camiseta y las bragas y estaba de rodillas en la cama frente a Diego, que también se estaba desnudando de pie. Tenía las tetas más pequeñas que Eloísa, con los pezones oscuros y muy erguidos, y una mata de pelo rubio oscuro entre las piernas que Diego llevaba cuatro veranos imaginándose sin permitirse imaginar. Cuando él se bajó los pantalones y ella le vio la polla ya empalmada, se relamió sin ninguna vergüenza.
—Ven aquí —le dijo, tirándole de la muñeca.
Diego se subió a la cama y Valeria le agarró la polla con las dos manos, mirándolo a los ojos mientras acercaba la boca. Se la metió despacio, primero solo la punta, chupándola con los labios cerrados, sacando la lengua para lamerle el glande con vueltas lentas. Después se la fue tragando de a poco, hasta la mitad, hasta el fondo, ahogándose apenas y volviendo a subir con un hilo de saliva colgando del labio. Diego le puso una mano en la nuca, sin empujar, solo sintiendo cómo ella marcaba el ritmo. Cada vez que se la tragaba entera y le apretaba los huevos con la otra mano, él soltaba un gruñido corto que se mezclaba con los ruidos que venían del otro lado de la cama.
Porque del otro lado Eloísa había hecho tumbarse a Marcos boca arriba y se había puesto encima, a horcajadas sobre su cara, con las rodillas a cada lado de su cabeza. Marcos le agarró el culo con las dos manos y la bajó, y le hundió la lengua entre los labios del coño ya mojado, chupándole el clítoris con hambre, metiéndosela adentro, saliendo, volviendo a subir. Eloísa echó la cabeza atrás y gimió sin pudor, moviendo la cadera contra la boca de él, follándole la cara al ritmo que quería.
—Así —jadeó—. Justo así. No pares, joder, no pares.
Marcos no paró. Le lamió el coño entero, de arriba a abajo, se demoró en el clítoris haciendo círculos con la punta de la lengua, le metió dos dedos moviéndoselos por dentro mientras seguía chupando. Eloísa se apoyó en el cabecero con una mano y con la otra se agarró una teta, apretándosela, pellizcándose el pezón. Cuando levantó la mirada, se cruzó con la de Valeria, que le sostuvo los ojos con la polla de Diego todavía en la boca. Se sonrieron, cómplices, sin dejar de hacer lo que estaban haciendo.
—Voy a correrme —anunció Eloísa después de un rato, con la voz rota—. Marcos, joder, voy a correrme en tu boca.
Y se corrió, con las piernas cerrándose contra la cabeza de él, temblándole los muslos, apretando el coño contra su boca hasta que Marcos casi no podía respirar. Le dejó allí unos segundos más, empapándole la cara, antes de dejarse caer a su lado, jadeando.
—Ahora tú —le dijo, casi sin voz—. Ahora tú, quiero tenerte dentro ya.
Se dio la vuelta a cuatro patas, con el culo levantado y la espalda arqueada, ofreciéndose. Marcos se colocó detrás de rodillas y le agarró las caderas. Se pasó la polla un par de veces por los labios del coño, mojándose la punta, y después se la metió de un empujón entero. Eloísa gritó, agarrándose a la sábana con las dos manos.
—Sí, joder, sí. Fóllame así. Fuerte.
Marcos la agarró bien de la cintura y empezó a moverse. Al principio con embestidas largas, sacándola casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo. Después más rápido, sin pausa, con el ruido húmedo de la carne chocando contra la carne y los gemidos de Eloísa cada vez más agudos. Le agarró el pelo con una mano, tirándole de la cabeza hacia atrás, y con la otra le dio una palmada en el culo que dejó marca roja.
—Más —pidió ella—. Otra vez. Así.
Él le pegó otra en la otra nalga, y otra, y siguió follándola sin frenar.
Al lado, Valeria se había puesto de espaldas y Diego le había abierto las piernas de par en par. Se lo estaba comiendo con hambre, con la cara hundida entre los muslos de ella, chupándole el coño con lametazos largos y metiéndole la lengua adentro. Valeria se retorcía en la cama, se agarraba la cabeza de él, le tiraba del pelo.
—Métemela —le pidió por fin—. Diego, métemela ya, no aguanto más.
Diego se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se colocó entre las piernas de ella. Se la metió despacio, mirándola a los ojos, y Valeria abrió la boca en un jadeo mudo cuando la sintió entera adentro. Empezó a moverse con embestidas hondas, apoyando los codos a cada lado de la cabeza de ella, con la cara pegada a su cuello. Valeria le clavó las uñas en la espalda y le mordió el hombro.
—Fóllame —le susurró al oído—. Fóllame como llevas cuatro veranos queriendo hacerlo.
Diego gruñó algo ininteligible y aceleró. La cama empezó a golpear contra la pared con un ritmo regular que se sumó a los golpes que venían del otro lado, a los gemidos, a los jadeos, a los ruidos de piel contra piel.
En algún momento —ni Marcos ni Diego habrían sabido decir cuándo exactamente— pararon los dos casi a la vez y se miraron por encima de las mujeres. Sin necesidad de decirse nada, salieron. Marcos se apartó de Eloísa, que se quedó a cuatro patas jadeando, con el coño abierto y goteando. Diego se salió de Valeria, que gimió una queja por la pérdida.
Cambiaron de sitio.
Marcos se colocó entre las piernas de Valeria, le levantó los muslos hasta apoyárselos en los hombros y le metió la polla de una. Ella jadeó al sentir la diferencia —más gruesa, en otro ángulo—, agarrándose a las sábanas.
—Joder —dijo—. Joder, Marcos.
—¿Te gusta? —le preguntó él, empezando a moverse.
—Sí. Sí. Más.
—¿Cuánto tiempo llevabas queriendo esto?
—Cuatro putos veranos —le contestó Valeria, arqueándose para recibirlo mejor—. Cuatro putos veranos mirándote de reojo. Fóllame más fuerte.
Marcos le agarró las tetas y se las apretó mientras la embestía, con la vista fija en cómo la polla entera se le hundía en el coño y volvía a salir brillando. Le pasó el pulgar por el clítoris y ella soltó un gemido agudo, cerrando las piernas alrededor de la cintura de él, clavándole los talones en las nalgas para pedirle más profundidad.
Diego, mientras tanto, se había colocado detrás de Eloísa, que seguía a cuatro patas. Le agarró las caderas y se la metió sin preámbulos. Eloísa dejó escapar un gemido largo, gutural, y giró la cabeza para verlo por encima del hombro.
—Cuánto tiempo —le dijo, casi con una sonrisa, casi con un reproche.
Diego le respondió con una embestida que la hizo callar. Empezó a follársela con ganas, agarrándole las tetas por debajo, apretándoselas, pellizcándole los pezones. Eloísa se dejaba, movía el culo contra él, buscándolo, encajándose la polla entera con cada empujón.
—Más adentro —le pidió—. Rómpeme.
Diego le agarró el pelo, tiró hacia atrás y empujó tan hondo como pudo. El coño de Eloísa apretaba tanto que él tuvo que apretar los dientes para no correrse antes de tiempo.
Las dos parejas se movían a ritmos distintos pero coordinados, como si hubieran ensayado esa coreografía durante cuatro veranos sin saberlo. Valeria alargó una mano y le acarició una teta a Eloísa, que le devolvió el gesto pellizcándole el pezón. Después Eloísa se inclinó hacia un lado, sin dejar de que Diego la siguiera follando por detrás, y besó a Valeria en la boca, lento, con lengua, mientras Marcos seguía embistiéndola por delante. Las dos gimieron una en la boca de la otra, con las lenguas enredadas, chupándose los labios como si tuvieran meses de hambre acumulada.
—Joder —murmuró Marcos, mirándolas—, esto no lo olvido en la vida.
—Cállate y sigue follándome —le contestó Valeria sin despegar del todo la boca de la de Eloísa.
—Me voy a correr —avisó Diego un momento después, con la voz apretada.
—Yo también —dijo Marcos.
—Encima —pidió Eloísa, apartándose la boca de la de Valeria un segundo—. Corréos encima. Los dos. En la cara.
Se salieron casi a la vez. Eloísa y Valeria se pusieron de rodillas juntas, hombro con hombro, con la boca abierta y los ojos cerrados y las tetas ofrecidas hacia arriba. Diego se corrió primero, con un gruñido largo, disparando chorros gruesos de semen sobre las tetas de Valeria, sobre la mejilla de Eloísa, sobre el hueco entre los pechos de las dos. Marcos se corrió justo después, agarrándose la polla y descargando sobre la boca abierta de Eloísa, sobre la lengua, sobre el mentón, mientras Valeria se acercaba y lamía lo que caía de más, chupándolo del pezón de la otra con una risita.
Cuando terminaron, Eloísa y Valeria se miraron con la cara y las tetas empapadas y se besaron otra vez, despacio, pasándose el semen de una boca a la otra sin ninguna prisa. Eloísa recogió con el dedo un hilo que le colgaba de la barbilla y se lo llevó a la boca, sin dejar de mirar a Marcos.
—Cuatro veranos —dijo—. Cuatro veranos perdiendo el tiempo.
Nadie contestó. No hacía falta.
Se dejaron caer los cuatro sobre la cama, revueltos, con las piernas cruzadas de cualquier manera y la respiración todavía agitada. La brisa del mar entraba por la ventana abierta y les secaba el sudor. Fuera, la noche estaba entera por delante, con el rumor del mar de fondo y la certeza compartida de que aquello no se iba a quedar en una sola vez.
Y nadie tenía prisa.