Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Las cervezas en la playa y el trío que imaginamos

3.8 (19)

Llevaban cuatro veranos yendo juntos a la misma playa, siempre el mismo apartamento en primera línea, siempre los mismos rituales: la compra del primer día, el paseo nocturno por el paseo marítimo, la discusión de rigor sobre qué chiringuito tenía la música menos insoportable. Marcos y Diego se conocían desde el instituto. Eloísa y Valeria se habían hecho amigas después, casi por inercia, y a estas alturas era imposible imaginar agosto de otra forma.

Cuatro personas que se conocen demasiado bien tienen una manera peculiar de relacionarse en vacaciones. En octubre, cuando el año volvía a su curso habitual, cada uno se convertía en una versión más ordenada de sí mismo: trabajo, compromisos, la rutina discreta que mantiene las cosas en su sitio. Pero agosto lo disolvía todo. Los horarios desaparecían. La ropa era mínima. Y ciertas miradas que durante el resto del año pasaban inadvertidas, aquí se volvían más difíciles de ignorar.

Ese mediodía las cuatro toallas ocupaban el mismo hueco de siempre, un poco alejadas de la orilla, con la sombrilla inclinada hacia la izquierda para que la sombra cayera donde más hacía falta. Eloísa y Valeria llevaban ya un buen rato en el agua, más adentradas ahora, con las olas llegándoles a los hombros. Se movían con esa facilidad de quien ya no tiene ningún espectador en mente, hablando entre ellas con una concentración que no necesitaba testigos.

Marcos las observó desde la toalla sin darse cuenta de que lo hacía. La lata de cerveza que sostenía llevaba varios minutos sin ir a su boca. Cuando se percató, ya estaba tibia.

—Esta ya no vale para nada —dijo, incorporándose de golpe y sacudiéndose la arena de los antebrazos.

Diego abrió un ojo desde debajo del sombrero de tela que usaba cada verano y que estaba en un estado de deterioro avanzado.

—¿Qué?

—La cerveza. Está caliente.

Diego evaluó el esfuerzo que implicaría moverse y pareció no encontrar argumentos sólidos en contra.

—¿Vamos al chiringuito?

—Voy a buscar algo frío. ¿Vienes?

Diego se incorporó sin decir nada más. Ambos miraron un instante hacia el agua antes de levantarse. Eloísa y Valeria seguían ahí, indiferentes al sol y al tiempo, ajenas por completo a la playa que las rodeaba. Se movían en sincronía, como siempre, como si llevaran toda la vida hablando en el mismo idioma y no necesitaran ponerse al día nunca.

—No tardamos —murmuró Diego, casi para sí.

Marcos ya estaba de pie.

—No creo que nos echen de menos.

Caminaron sobre la arena caliente con ese paso relajado de quien no tiene ninguna prisa pero sí, quizás, una intención que todavía no se ha formulado del todo.

***

El chiringuito se llamaba El Ancla. Una construcción de madera y lona que llevaba varios veranos en el mismo sitio y que de algún modo resistía a todo: temporales, turistas, el desgaste lento de las estaciones. Había cuatro mesas altas en el exterior y una barra larga a la sombra donde varios bañistas consumían sus cosas sin apresurarse. Detrás del mostrador, un hombre de unos cincuenta y tantos años, con el pelo entrecano y una camiseta con el nombre del local bordado en el bolsillo, los atendió en cuanto pisaron la tarima de madera.

—Dos cervezas bien frías —pidió Marcos—. Si puede ser, de las que dan ganas de quedarse.

El hombre, cuya etiqueta decía Gerardo, asintió sin hacer comentarios innecesarios. Sacó dos botellines del frigorífico y los dejó sobre la barra con ese gesto preciso de quien lleva décadas haciendo lo mismo sin que se le haya pasado el oficio.

Marcos le dio el primer trago casi antes de que la botella tocara la madera. La diferencia con la lata de antes era como la diferencia entre una ducha fría y un grifo que solo da agua templada.

—Así sí.

Diego bebió más despacio, con los codos apoyados en la barra y la mirada fija en la línea de playa que se veía desde el chiringuito. Desde ahí se podía ver casi todo: la orilla, el movimiento constante del agua, las dos figuras que habían dejado atrás entre las olas.

El silencio entre ellos duró lo que dura un primer trago.

—No están mal hoy —dijo Marcos de repente.

Diego no preguntó a quién se refería. Era una de esas frases que no necesitan sujeto cuando llevas suficientes años conociéndose.

—Nunca lo han estado —dijo.

—Ya. Pero hoy hay algo distinto.

Diego dejó la botella sobre la barra un momento, mirando hacia el mar.

—El contexto —dijo finalmente.

—Exacto. Aquí todo se ve de otra manera.

—O te permites verlo de otra manera —añadió Diego.

Marcos asintió despacio.

—Lo mismo.

***

Gerardo fingía ordenar vasos en el extremo de la barra con esa habilidad discreta de los barman que han aprendido a estar sin estar. No se entrometía, pero tampoco era el tipo de hombre que se pierde los matices de una conversación cuando trabaja a medio metro de distancia.

—¿Te has fijado en cómo iba Eloísa hoy? —preguntó Marcos.

Diego tardó un momento.

—Sí.

—Ese bañador.

—Sí.

—No es casual. Sabe exactamente lo que hace cuando elige algo así.

Diego no lo negó. Le dio otro trago a la cerveza y después la apoyó con cuidado en la barra.

—Siempre lo ha sabido —dijo—. Desde que la conocí, eso no ha cambiado.

Marcos asintió. Hubo una pausa del tipo que se instala cuando una conversación ha cruzado una línea sin que nadie haya tenido que cruzarla de manera explícita.

—Y Valeria…

Diego giró levemente la cabeza hacia él.

—¿Qué pasa con Valeria?

Marcos se encogió de hombros, con una media sonrisa que no era de disculpa.

—Que parece que no. Pero también.

—Sé más concreto.

—Que tiene algo que no desaparece aunque uno quiera no verlo. No es lo más evidente del mundo, pero cuando la ves moverse en el agua, o cuando se ríe de esa forma que tiene, mirándote de reojo…

Dejó salir el aire despacio.

—Hay algo ahí.

Diego no respondió enseguida. Miró de nuevo hacia la playa, hacia ese punto impreciso entre las olas donde las dos figuras se movían con lentitud.

—Ya lo sé —dijo finalmente.

Marcos lo miró.

—Claro que lo sabes.

El silencio que siguió fue de los que no resultan incómodos sino todo lo contrario. Del tipo que confirma que dos personas están pensando lo mismo sin necesidad de decirlo.

—Llevamos mucho tiempo siendo muy ordenados en esto —dijo Marcos.

—¿Ordenados?

—Correctos. Comedidos. —Hizo un gesto vago con la mano—. Muy dentro de los límites.

Diego soltó una risa breve.

—¿Y eso es un problema?

—No dije que fuera un problema. Dije que es una observación.

—¿Cuál es la diferencia?

Marcos se lo pensó un instante.

—Un problema requiere solución. Una observación solo requiere honestidad.

Diego bebió. Marcos también.

—¿Tú crees que Eloísa no sabe cómo la miras? —preguntó Marcos.

—Eloísa se da cuenta de todo —dijo Diego—. Siempre. Es de las personas que no se pierden nada aunque lo finjan.

—Exacto. —Marcos apoyó la botella—. Y si se da cuenta y no dice nada, es porque no le resulta tan incómodo como asumimos.

Diego lo miró un momento con esa expresión de quien evalúa si seguir o frenar.

—O porque sí le resulta incómodo y precisamente por eso lo ignora.

—También puede ser.

—Entonces no sabemos nada.

—Sabemos lo suficiente. —Marcos se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz sin ninguna intención real de ocultarse—. Sabemos que son dos mujeres inteligentes. Y que llevan cuatro años pasando este agosto con nosotros sin que nadie haya dicho nada en voz alta. Eso también es un dato.

Diego lo pensó un momento.

—O es un dato. O es simplemente que nadie quiere arruinar algo que funciona.

—¿Y si funcionara mejor?

Diego no respondió de inmediato. Dio un trago largo. Después dejó la botella sobre la barra con más cuidado del necesario.

—Eso no lo sabe nadie hasta que pasa —dijo.

—No. Pero tampoco lo sabe nadie si no pasa.

***

Gerardo se acercó con la excusa de recoger un vaso que no necesitaba ser recogido.

—¿Otra ronda? —preguntó.

—Sí —dijo Marcos.

Diego asintió sin decir nada. El barman puso dos botellines nuevos sobre la barra y estuvo a punto de alejarse, pero se detuvo un segundo.

—Hay cosas —dijo, con un tono neutral que no buscaba ni aconsejar ni juzgar— que es mejor dejarlas donde están.

Marcos lo miró.

—¿Por qué?

—Porque cuando salen, ya no vuelven a caber donde estaban.

Marcos asintió despacio.

—Lo mismo pasa con no decirlas. Lo callado también ocupa su sitio. Y a veces ese sitio se llena tanto que ya no cabe nada más.

Gerardo lo consideró unos segundos con una expresión difícil de clasificar. Después se encogió de hombros y se alejó sin añadir nada más, con esa elegancia práctica de quien sabe cuándo una conversación ya no lo necesita.

Diego esperó a que estuviera fuera de alcance.

—No está del todo equivocado.

—No —concedió Marcos—. Pero tampoco del todo en lo correcto.

—¿Y qué propones exactamente?

—De momento, nada concreto. —Marcos miró hacia la playa—. Propongo que dejemos de fingir que no pensamos lo que pensamos. Solo eso. El resto ya se ve.

—¿Y si ellas no piensan lo mismo?

—Entonces nos habremos equivocado con elegancia —dijo Marcos—. Pero si sí lo piensan y no decimos nada, habremos pasado otro agosto siendo muy correctos y muy aburridos.

Diego lo miró un momento.

—¿Cuándo se te ocurrió todo esto?

—Creo que siempre lo he sabido. —Se encogió de hombros—. Hoy simplemente tengo calor y la cerveza está fría y ya no tengo energía para fingir que no.

Diego soltó una risa corta, genuina.

—Eres una persona muy extraña.

—Y tú llevas cuatro años de vacaciones con una persona muy extraña. Así que algo dice eso de ti.

***

Pidieron la cuenta. Gerardo la dejó sobre la barra sin decir nada, aunque cuando Marcos se giró para marcharse tuvo la sensación de que el hombre lo observaba con esa expresión ligeramente irónica de quien ya ha visto todo esto antes y sabe, más o menos, cómo termina.

Salieron al sol.

La tarde estaba ya en ese punto dorado que tienen las últimas horas antes de que la gente empiece a pensar en la ducha y la cena. La luz caía de lado y hacía que todo pareciera un poco más cinematográfico de lo que era: la arena, las sombrillas, el movimiento lento de la orilla. Había algo en ese tipo de luz que hacía que ciertas cosas que de mañana habrían parecido exageradas se sintiesen, en cambio, completamente razonables.

Caminaron sin apresurarse.

—Hay toda una tarde por delante —dijo Marcos.

—Y una cena después —añadió Diego.

—Y una noche.

Diego no respondió, pero tampoco hizo falta.

***

Cuando se acercaron a las toallas, vieron que Eloísa y Valeria habían salido ya del agua. Estaban tumbadas una al lado de la otra, con el cabello mojado extendiéndose sobre el tejido y los ojos cerrados. Desde la distancia parecían dormidas, pero Marcos conocía demasiado bien a Eloísa para creerlo.

Efectivamente, cuando pisó la arena junto a su toalla, ella abrió los ojos. Y la mirada que le dirigió fue un segundo más lenta de lo que habría sido una mirada cualquiera de un martes de octubre. No era una mirada de reproche ni de curiosidad inocente. Era la mirada de alguien que lleva un rato pensando en algo y acaba de confirmar que la otra persona también lo ha estado pensando.

—Ya tardabais —dijo.

—Nos entretuvimos.

—¿Con qué?

—Con hablar.

Eloísa lo observó un momento sin responder. Después miró a Diego, que se estaba sentando al lado de Valeria. Y después miró a Valeria, que también había abierto los ojos. Algo pasó en ese cruce de miradas que Marcos no supo descifrar del todo, pero que tampoco le pareció que necesitara traducción inmediata.

—¿De qué hablabais? —preguntó Valeria.

Diego se colocó las gafas de sol antes de responder.

—Del calor.

Valeria sonrió muy levemente, con la comisura del labio, sin abrir los ojos del todo. Eloísa también. Era el tipo de sonrisa que comparten dos personas que acaban de confirmar algo que ya sabían, algo que habían estado esperando sin saber exactamente si llegaría.

—El calor —repitió Eloísa, con un tono que no era de pregunta.

—El calor —confirmó Marcos.

Eloísa asintió despacio. Luego se giró sobre la toalla, de espaldas al sol, y cerró los ojos otra vez. Pero había algo diferente en su postura. Una relajación que no era de quien se duerme sino de quien decide esperar.

La tarde seguía ahí, larga y dorada, llena todavía de horas por delante.

Y nadie tenía prisa.

Valora este relato

3.8 (19)

Comentarios (8)

playero33

Excelente relato!!! me encanto la situacion, muy bien armado

Carlos_BsAs

jaja la parte de los dos hombres hablando me mato, se ve que los dos pensaban exactamente lo mismo y ninguno se animaba primero

SofiaB

Muy bien escrito. Se siente el calor de la playa y esa tension entre los cuatro. Espero la continuacion!

VeranoK99

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo entre ellos

leo85

me recordo a unas vacaciones con amigos hace años... esas charlas que empiezan inocentes y van cambiando de tema solas jaja. Tremendo relato

Valeria_88

Increible!! El final me dejo con la boca abierta. Mas por favor :)

seba70

Buenisimo, se nota que lo viviste o algo parecido. Saludos

DiegoPaz

¿y cuándo sale la continuación? porque asi no se puede quedar un relato jajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.